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Fecha: 20010603

Título: Maria es la gran maestra de Pentecostes

Original en audio: 28 min. 19 seg.


Qué alegría y qué amor tan grande se siente en este día de Pentecostés; qué privilegio para nosotros estar reunidos como pueblo de Dios junto con nuestro Obispo, y así juntos, alabar a Dios nuestro Padre en un mismo Espíritu, como manda la Sagrada Escritura.

Quiero compartir con ustedes, hermanos, una reflexión sobre esa llegada, esa efusión del Espíritu.

Cuando el Arcángel Gabriel saludó a la Santísima Virgen y le anunció que iba a ser Madre del Hijo de Dios, entonces María preguntó: "¿Cómo será esto?" San Lucas 1,34, y el Ángel le dijo: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra" San Lucas 1,35.

¡Qué suavidad, con la que llega una sombra!, ahora mismo lo podemos experimentar en este lugar, porque precisamente así descubierto, nos deja ver la suavidad con la que llega una sombra.

El día de Pentecostés hubo conmoción en la casa donde estaban orando: una ráfaga, un viento impetuoso, un ruido que se hizo sentir en toda la ciudad y que congregó a una gran multitud, es el mismo Espíritu Santo cuando llegó sobre la Virgen María con la suavidad de una sombra; cuando llegó el día de Pentecostés como una ráfaga impetuosa que sacudió los cimientos del lugar donde estaban orando.

Y yo me he puesto a mirar un poco estas dos escenas, estas dos llegadas del Espíritu. Podemos decir que María tuvo un pequeño Pentecostés, que es el comienzo no de la vida del Hijo de Dios en esta tierra, sino el comienzo de la Iglesia.

¿Por qué tanta suavidad en María? ¿Por qué ese viento tan fuerte? ¿Por qué esa ráfaga? ¿Por qué? Me he puesto a pensar en esas dos escenas, en esos dos momentos. Y me he puesto a pensar también en ese fervor con el que todos nosotros le decimos y le repetimos al Espíritu de Dios que venga, que venga sobre nosotros.

Y uno casi podría pensar; "Por qué tenemos que insistir tanto? ¿Por qué hay que orar con esa perseverancia para que venga el Espíritu?

Me parece entender, hermanos, que la razón de esa insistencia y de esa persistencia, y la razón de esa entrada impetuosa del Espíritu, como cuando se rompe un dique, como cuando se abre una grieta en la pared y entra un torrente de aire fresco, la razón de esa fuerza que nosotros necesitamos para pedir el Espíritu, y de esa llegada impetuosa del Espíritu Santo, está solamente en el pecado.

Cuando Dios vio nuestra realidad de pecadores, ya desde nuestros primeros padres, decretó, por su misericordia, salvarnos. Las primeras acciones de Dios con nuestros padres son acciones de misericordia; nos dice el libro del Génesis que Dios les hizo unos vestiditos y luego los sacó del Paraíso.

A veces hemos pensado que esa salida del Paraíso fue porque Dios estaba bravo y es que estaba disgustado, no. Dios, desde que vio al hombre cometer el pecado, decretó la salvación del mismo hombre, movido por una compasión sin límites, por una clemencia que no cabe en palabra humana.

Y si Dios sacó del Paraíso a estos nuestros primeros padres, fue por misericordia y para ponerlos en el camino de la redención que había de llegar no en los placeres de este mundo que nos siguen distrayendo de Dios, sino en la Cruz salvadora de Cristo de donde brota la salvación.

Dios ya en ese momento manifestó su ternura y su misericordia. Y en todas las edades y en todos los tiempos y para con todas las personas, Dios busca todos los caminos, todas las posibilidades, todas las puertas para darnos su amistad, para dejarnos conocer quién es Él, porque nos hizo para Él.

Pero el pecado no sólo daña sino que cierra, sella impermeabiliza; el pecado ha construido un dique, una muralla entre ese Dios amoroso y este hombre que necesita tanto de Dios, pero que no le conoce, ni lo venera, ni le obedece. Esa muralla, ese dique, esa pared, que es la triste cárcel en la que vive el hombre en pecado, esa es la que tiene que ser agrietada, la que tiene que ser vencida, para que Dios pueda comunicar su Espíritu.

Hay un texto impresionante cuando meditamos en la llegada del Espíritu, precisamente el texto propio de la Misa de la Vigilia para el Espíritu Santo. Entre las posibilidades está esta del Profeta Joel: "Derramaré mi Espíritu sobre todo mortal" Joel 3,1.

Con el perdón de los traductores, no está perfecta esta traducción. Si nosotros buscamos en el texto que conoció el Apóstol Pedro, es decir, la traducción de la Biblia hebrea al griego, la llamada Traducción de los Setenta, no dice: "Derramaré mi Espíritu", sino que añade una pequeña palabrita que es esencial para el mensaje que les quiero compartir hoy.

No dice: "Derramaré mi Espíritu", sino dice: "Derramaré de mi Espíritu sobre todo mortal, sobre toda carne"; "de mi Espíritu.

Desde que el hombre le dio la espalda a Dios, Dios ha estado persiguiendo con su amor al hombre para sacar de sus entrañas el amor que es el Espíritu, para derramar ese Espíritu sobre el hombre.

El día de Pentecostés no es el día en que Dios nos da algo, sino es el día en que se da a sí mismo, en que saca de su propio ser y lo comunica a nosotros, todo eso era lo que no se podía mientras estuviera la barrera del pecado.

Porque Satanás ya desde su acción astuta, como está contado en el Génesis, ha tratado de que miremos en Dios a un enemigo y que pensemos que los preceptos de Dios son para desgracia nuestra y que son imposibles de cumplir.

Y en esa pared que nos ha separado de Dios el diablo ha escrito que Dios es un enemigo nuestro, y por eso nosotros hemos temido acercarnos a Dios, y por eso nos hemos engolosinado y nos hemos fascinado con las criaturas.

Pero Dios se compadeció de nosotros y pensó, con una misericordia sin límites, en un plan para que la palabra que se cumpliera en nosotros fuera la palabra de Él y no el deseo de nuestro enemigo antiguo, el Diablo. Y este fue el plan precioso que Dios pensó: envió a su Hijo, su santísimo Hijo Nuestro Señor Jesucristo.

Cristo, ungido por este mismo Espíritu que hoy estamos celebrando, manifestó la verdad de Dios y así borró la mentira que el demonio había escrito en la pared que nos separaba de Dios.

Cristo mostró el rostro verdadero de Dios con su compasión para los pobres, con su tiempo y su ternura para los enfermos, con su misericordia para los pecadores, de manera que Cristo se convirtió en un aliado nuestro, en un abogado nuestro, eso se dice en griego Paráclito, un Paracletos, un abogado nuestro.

Y Cristo, a medida que predicaba, amaba, oraba, y mostró de tantas maneras el verdadero rostro de Papá Dios; Cristo, a medida que oraba así, iba adelgazando, iba quitando, iba derrumbando ese muro que separaba a Dios y al hombre.

Ese muro era terrible, y nos dice el Apóstol San Pablo que la parte más dura de ese muro Cristo la tuvo que destruir estrellando su propio cuerpo; con su propio cuerpo, que por eso quedó despedazado en la Cruz, Cristo abrió una grieta para que pudiéramos ver la luz de Dios.

Cuando se reventó, cuando se rompió el Cuerpo de Cristo en la Cruz, también nuestro corazón se rompió, porque nunca nadie nos había amado tanto; cuando vimos tanto amor, tanta inocencia tan castigada, tan destruida, entonces se cumplió lo que dijo Cristo: "Ahora es juzgado el mundo; y ahora es expulsado el príncipe de este mundo" San Juan 12,31.

Pero todo eso fue espantoso: tuvo que romper Él su Carne, tuvo que romper Él su Sangre, derramarla por nosotros, para que así se rompiera el muro.

Nosotros estábamos detrás de ese muro encarcelados en la mentira de Satanás, y se rompió esa pared y entonces entendimos que habíamos sido engañados, entonces entendimos que Dios era inocente, y entonces entendimos que Dios siempre nos había amado.

Esto fue lo que sucedió en la Pascua de Cristo. Cuando Cristo resucitado se aparece a los Apóstoles no para reclamar venganza, no para desquitarse de nadie, sino para anunciar paz, ellos entendieron que esa era la palabra y la voluntad definitiva de Dios, y entonces se sintieron libres del engaño del Demonio y sintieron que podía ser para Dios.

Cristo en su Pascua, con su Carne abierta y rota, rompió el muro, y lo que hoy está pasando es el fruto de esa Pascua.

Por eso, en este día, tiene su coronación todo el Tiempo Pascual. Ya quedó una grieta, cómo es de importante tener una grieta en el corazón, eso ya nos lo había enseñado el Rey David: "Un corazón quebrantado y humillado Tú no lo desprecias" Salmo 51,19.

A Dios le gustan los corazones quebrantados porque son los corazones por donde Él puede entrar; en un corazón quebrantado Dios tiene una oportunidad para escurrirse, para colarse, para entrarse. La Pascua de Cristo quitó la mentira del demonio, mostró el rostro de Dios Padre y abrió una grieta en nosotros.

Qué precio tan duro, tener que llegar hasta la cruz, tener que llegar hasta el abandono, el dolor y la muerte, pero Él ha vencido. Esa grieta es la que aprovecha Dios nuestro Padre.

Por eso Jesús, después de manifestarse glorioso y vivo, les dice a los Apóstoles: "Ahora, a orar", porque toda la oración podía hacer, que a través de esa grieta que ya había quedado abierta por el amor y la Pascua de Cristo, llegara el segundo regalo de Papá Dios.

El primer regalo de Papá Dios fue su Hijo, el Santísimo Señor Nuestro Jesucristo, pero ese era el primer regalo, hacía falta el segundo, como nos lo dice muy bien el mismo Señor Jesús en el Evangelio: "Yo rogaré al Padre -ustedes lleguen aquí-, yo voy a rogar al Padre, Él les dará otro Paráclito" San Juan 14,16.

Porque el primer Paráclito es Cristo, fue el primero que se puso a nuestro lado hasta el extremo de la cruz, la sangre y la muerte. "Él les dará otro Paráclito" San Juan 14,15.

La obra del Hijo de Dios en nuestra carne es es una obra que tenía que terminar y terminó en la hora de la Cruz; la obra del Espíritu Santo no termina nunca. Por eso dice el Señor: "Mi Padre les dará otro Paráclito que estará con ustedes para siempre" San Juan 14,16.

Y se fue Cristo, se fue a rogar por nosotros, se fue a pedir al Padre por nosotros, y nos mandó que nosotros oráramos, ¿para qué? Para que ese designio, ese plan bendito del amor del Padre se pudiera cumplir.

Y como fruto de las oraciones nuestras al lado de María y de las oraciones de Cristo al lado del Padre, ha sucedido lo que ha sucedido hoy: El Padre, mirando el rostro de su hijo y mirando la oración de María y los discípulos, ha tomado de su propio Espíritu y ha cumplido la promesa que estaba en el Profeta Joel: "Derramaré de mi Espíritu" Joel 3,1.

Así Dios sacó de sí mismo, se dio a sí mismo e hizo que nosotros pudiéramos acoger su pensamiento, pudiéramos sentir lo que Él siente y tuviéramos su misma fuerza para protegernos y defendernos del mal.

Es lo que nos ha dicho el Apóstol San Pablo en la lectura de hoy: "Ustedes no han recibido un espíritu de esclavos, sino el espíritu de hijos adoptivos que nos hace llamar a Dios: Abbá, es decir, Padre mío" Carta a los Romanos 8,15.

¡Qué gran maravilla ver a Dios hecho hombre, pero todavía hay una maravilla mayor: ver a los hombres empezar a sentir, a pensar y a obrar a la altura, a la manera y a a la escala de Dios.

El primer regalo que nos mandó Papá Dios fue su Hijo. Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre, es Dios en nuestra carne.

Pero ese Cristo, que con su abajamiento, con su humildad sin límites, con su caridad extraordinaria abrió la brecha, preparó el camino para el don definitivo, el don propio de los últimos tiempos, ese don es el Espíritu Santo, que hace que nosotros los hombres tengamos la vida de Dios.

Ahora díganme, hermanos, ¿qué habrá más maravilloso: ver a Dios tener vida de hombre, o ver a los hombres tener vida de Dios? Las dos cosas son maravillosas, las dos cosas son grandes, pero Cristo con una humildad que no tiene palabras, llega a decirles a los Apóstoles: "A ustedes les conviene que yo me vaya" San Juan 16,7.

Eso es demasiado, eso es alucinante, eso es enloquecedor, ¿qué es este tamaño de amor que Dios nos tiene que su propio Hijo dice estas palabras en beneficio nuestro, para bien nuestro, para amor nuestro?

Golpeando el muro del pecado con su Carne hasta destruirla, Cristo abrió una brecha y por esa grieta hoy llega a nosotros la luz, la gracia, la dulzura del Espíritu Santo. Cuando sonó esa ráfaga, cuando sonó esa estampida, esa explosión fue porque por fin se reventó esa cárcel que impedía que nosotros amáramos como Dios quería que amáramos.

Y por eso hubo violencia ahí, y por eso tuvo que sonar fuerte porque el mundo tenía que saber que se estaba rompiendo la cárcel en que el hombre había vivido por la envidia de Satanás. Se rompió esa cárcel, explotó en mil pedazos y cayó la lluvia del cielo, la lluvia de amor, la lluvia de gracia, y el ser humano pudo alabar a su Señor. Esa es la Fiesta de hoy.

Cuando el Espíritu llegó donde la Santísima Virgen no tuvo que hacer tanto ruido, porque Ella no tenía esa barrera, porque en Ella no había pecado; el Espíritu Santo no tuvo que romper nada para llegar donde Ella.

Y dicen los Padres de la Iglesia: "El Espíritu Santo, por designio del Padre, quiso libremente conservar el signo de la virginidad real, verdadera, física incluso de la Santa María; quiso conservar ese signo como señal de que sólo Dios, en su gracia, puede hacer lo que hace". Y ahora decimos nosotros: "Como señal de una vida que no tiene que romperse para abrirse a Dios".

María, Ella es la gran Maestra de Pentecostés; María, Ella es la que sabe los caminos del amor divino, porque su vida, su corazón no tuvieron que romperse para dar paso al amor de Dios.

¿Qué haremos nosotros? Agradecer, gozarnos, humillarnos ante Dios, porque esto que he contado y que va desde nuestros primeros padres hasta el día de hoy, esa es la historia que Dios repite también con cada uno de nosotros.

Cuando Dios nos ha visto pecar, en el acto mismo de vernos pecar, ya busca el camino para atraernos a Él. De manera que ni uno solo de sus niños se quede sin la bendición del cielo, sin el abrazo de Cristo y sin el beso de su Padre Dios.

¡Alabemos, hermanos, a Dios, démosle gracias por su misericordia y dejemos que este Espíritu impregne toda nuestra vida!

Bien nos decía el señor arzobispo al principio de esta celebración: " Esto es cosa seria"; no fue un juego para Cristo romper a golpes de su propio Cuerpo el muro que nos separaba de Dios, no fue un juego la Sangre de redención que tanto vale; es cosa seria este amor, que enviado de Dios, nos trae la vida divina.

Recibiendo el don del Espíritu Santo en nosotros adquirimos una hermosa responsabilidad: vivir a la manera de Dios. Nos ha dicho Jesucristo: "El Espíritu estará con ustedes para siempre" San Juan 14,16, y nos ha dicho también que por medio de ese Espíritu el mismo Cristo y el Padre Celestial vienen a ser morada en nosotros para siempre.

Y para siempre significa a todas las horas, en todas las circunstancias, en todos los lugares, ante todas las personas, pase lo que pase, suceda lo que suceda.

Esos son los cristianos engendrados por el Espíritu Santo, cristianos que viven su fe desde este amor que no tiene límites y que son lo que son frente a todo el mundo, a todas horas, en todas las palabras, en todas las circunstancias.

Doy gloria y alabanza a Dios en esta Fiesta de Pentecostés; le pido que siga extendiendo su ternura, su paciencia y su misericordia.

Y a todos invito a llevar vida digna del misterio que hemos celebrado, para la gloria del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.