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Fecha: 20070429

Título: La Sangre del Cordero es la que unifica

Original en audio: 11min.39seg.


A mí me parece ,hermanos, que la imagen más hermosa en las lecturas de hoy es la que nos da la lectura del Apocalipsis ( véase Apocalipsis 7, 9-17 ). "La enorme muchedumbre, imposible de contar, distintas naciones y razas y pueblos y lenguas ,todos unidos en un mismo amor, en una misma alegría, en una misma luz. Todos unidos, todos reunidos por el poder, por la gloria, por la gracia de Cristo".

Pero eso tiene una expresión muy visible. Hay un símbolo precioso, ahí ,en esa lectura: "Unidos por la Sangre de Cristo, unidos por la Sangre del Cordero". Yo creo que no debemos olvidar esa expresión, si se quiere, escandalosa del amor.

La Sangre es el escándalo del Viernes Santo. Pero la Sangre es el adorno, es el orgullo, es la belleza, es la gloria del Cielo. Y pienso que no debemos olvidar ese precio, porque ahí está lo particular de Jesús.

Decir palabras hermosas o palabras sabias, las puede decir mucha gente. Muchos profesores, muchos filósofos, muchos Dalai Lama o muchos Mahoma o muchos Confucio pueden decir palabras profundamente inspiradas.

Pero no es la sangre de Confucio la que a mí me salva. No es la sangre de Lao Tse, no es la sangre de Mahoma. Hay Uno que ha dado su Sangre.

El pueblo redimido, el pueblo pascual es el pueblo nacido de la Sangre, es el pueblo que conoce el precio de la Sangre del Cordero, el precio de la Sangre del Hijo de Dios.

Si nosotros vamos a hablar de palabras inspiradas, Jesús es uno más en una fila muy larga de gente. Hay muchas personas que tienen palabras inspiradas, palabras bellas y sabias. Pero si vamos a hablar de la Sangre que redime, Jesús es el único.

Y creo que esa memoria continua de la Sangre es muy necesaria en nuestro tiempo. Porque, si bien es verdad que toda persona humana, no importa cuál sea su opción, su origen, su política o su lo que sea, toda persona merece nuestro respeto, nuestro aprecio y merece ser apoyada como persona humana, tiene una serie de deberes pero, sobre todo, una serie de derechos. Si bien es cierto que toda persona merece eso, para nosotros ,los cristianos, la persona humana es ,ante todo, aquella que ha sido amada hasta el extremo en la Sangre de Jesús.

Podemos decir que la Sangre de Jesús es el filtro a través del cual aprendemos a mirarnos los unos a los otros. Y con esto quiero decir que nosotros reconocemos a la otra persona, ante todo, como un amado de Dios, un perdonado, uno que ha sido comprendido, entendido por Dios, uno ,seguramente, tan pecador como yo, pero tan necesitado como yo de la Sangre, tan necesitado como yo del amor y del perdón.

Y esto es muy importante subrayarlo, porque es la clave para lograr la reconciliación entre los enemigos. San Pablo dice que Jesús con su Pascua unió a los dos pueblos que eran enemigos, los judíos y los gentiles, o judíos y no judíos. Y con esta expresión quiere decir, que en Cristo Jesús, en su Carne rota, los judíos pudieron reconocer su propio pecado y pudieron reconocerse necesitados del perdón.

Y en el Cuerpo roto de Cristo ,los paganos pueden reconocer, a pesar de todos sus logros y su filosofía y su sabiduría, pueden reconocer, también, su propio fracaso, si queremos utilizar esa expresión. Y pueden encontrarse y pueden reconocerse como necesitados del amor.

Cuando yo me reconozco necesitado de amor, gracia y perdón, y veo a mi peor enemigo también necesitado de amor, de gracia y de perdón, la Sangre de Jesús impide que yo caiga en el odio hacia la otra persona. Por eso, la Sangre de Jesús es el verdadero pegamento, es el verdadero cemento, es lo único que puede unir a la humanidad.

Es en torno a la Sangre de Jesús, donde nosotros podemos unir las distintas culturas, las distintas razas y lenguas, opciones, los distintos pueblos; es decir, toda la familia humana.

En la Sangre de Jesús recupera su unión la familia humana, porque en la Sangre de Jesús cada uno es capaz de reconocerse como profundamente necesitado, ante todo, necesitado de perdón y de misericordia.

Y una vez que uno se reconoce necesitado de misericordia y abierto al amor, es imposible odiar. Es imposible. No cabe el odio en el corazón que se abre al milagro de la misericordia y del perdón.

Por eso creo que nosotros, los cristianos, tenemos un gran servicio que prestarle a la humanidad. Pero ese servicio no es disimular nuestra fe. Ese servicio tampoco es lo que quieren pensadores o teólogos como Hans Küng.

Hans Küng quiere que nosotros encontremos un mínimo común denominador: "A ver,¿qué es lo que dicen todos? ¿Qué es lo que creen todos, musulmanes, budistas, protestantes, católicos? ¿Qué es lo que creen todos? Encontremos el mínimo común denominador y ahí empecemos a construír".

Y esto no funciona. Es tentador para nuestra mente, pero no funciona en la práctica, porque jamás puede eliminar el prejuicio. El prejuicio es la indisposición del corazón hacia aquel que me ha ofendido o temo que me ofenda.

Y el prejuicio no se desarma con el mínimo común denominador. El mínimo común denominador que yo tengo con la persona que secuestró a mi papá es que ambos somos colombianos, y eso de poco sirve para que yo deje de detestarlo. Eso no sirve de nada. El mínimo común denominador no quita el odio, no quita el resentimiento, no quita la amargura, no quita el prejuicio.

La humanidad no va a recuperar su unidad primera y preciosa, no la va a recuperar con esfuerzos racionales de encontrar mínimos comunes denominadores.

La humanidad recupera su unidad, únicamente, en la Sangre del Cordero, porque es la Sangre que derriba todo orgullo, es la Sangre que devuelve a cada corazón al conocimiento de sí mismo, es la Sangre que me obliga a decir, sí, no importa lo que otros me hayan hecho. El peor de los daños lo ha hecho el pecado en mi vida.