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Pero no es la sangre de Confucio la que a mí me salva. No es la sangre de Lao Tse, no es la sangre de Mahoma. Hay Uno que ha dado su Sangre.
 
Pero no es la sangre de Confucio la que a mí me salva. No es la sangre de Lao Tse, no es la sangre de Mahoma. Hay Uno que ha dado su Sangre.
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El pueblo redimido, el pueblo pascual es el pueblo nacido de la Sangre, es el pueblo que conoce el precio de la Sangre del Cordero, el precio de la Sangre del Hijo de Dios.
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Si nosotros vamos a hablar de palabras inspiradas, Jesús es uno más en una fila muy larga de gente. Hay muchas personas que tienen palabras inspiradas, palabras bellas y sabias. Pero si vamos a hablar de la Sangre que redime, Jesús es el único.
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Y creo que esa memoria continua de la Sangre es muy necesaria en nuestro tiempo. Porque, si bien es verdad que toda persona humana, no importa cuál sea su opción, su origen, su política o su lo que sea, toda persona merece nuestro respeto, nuestro aprecio y merece ser apoyada como persona humana, tiene una serie de deberes pero, sobre todo, una serie de derechos. Si bien es cierto que toda persona merece eso, para nosotros ,los cristianos, la persona humana es ,ante todo, aquella que ha sido amada hasta el extremo en la Sangre de Jesús.
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Podemos decir que la Sangre de Jesús es el filtro a través del cual aprendemos a mirarnos los unos a los otros. Y con esto quiero decir que nosotros reconocemos a la otra persona, ante todo, como un amado de Dios, un perdonado, uno que ha sido comprendido, entendido por Dios, uno ,seguramente, tan pecador como yo, pero tan necesitado como yo de la Sangre, tan necesitado como yo del amor y del perdón.

Revisión del 21:01 28 abr 2007

Fecha: 20070429

Título: La Sangre del Cordero es la que unifica

Original en audio: 11min.39seg.


A mí me parece ,hermanos, que la imagen más hermosa en las lecturas de hoy es la que nos da la lectura del Apocalipsis ( véase Apocalipsis 7, 9-17 ). "La enorme muchedumbre, imposible de contar, distintas naciones y razas y pueblos y lenguas ,todos unidos en un mismo amor, en una misma alegría, en una misma luz. Todos unidos, todos reunidos por el poder, por la gloria, por la gracia de Cristo".

Pero eso tiene una expresión muy visible. Hay un símbolo precioso, ahí ,en esa lectura: "Unidos por la Sangre de Cristo, unidos por la Sangre del Cordero". Yo creo que no debemos olvidar esa expresión, si se quiere, escandalosa del amor.

La Sangre es el escándalo del Viernes Santo. Pero la Sangre es el adorno, es el orgullo, es la belleza, es la gloria del Cielo. Y pienso que no debemos olvidar ese precio, porque ahí está lo particular de Jesús.

Decir palabras hermosas o palabras sabias, las puede decir mucha gente. Muchos profesores, muchos filósofos, muchos Dalai Lama o muchos Mahoma o muchos Confucio pueden decir palabras profundamente inspiradas.

Pero no es la sangre de Confucio la que a mí me salva. No es la sangre de Lao Tse, no es la sangre de Mahoma. Hay Uno que ha dado su Sangre.

El pueblo redimido, el pueblo pascual es el pueblo nacido de la Sangre, es el pueblo que conoce el precio de la Sangre del Cordero, el precio de la Sangre del Hijo de Dios.

Si nosotros vamos a hablar de palabras inspiradas, Jesús es uno más en una fila muy larga de gente. Hay muchas personas que tienen palabras inspiradas, palabras bellas y sabias. Pero si vamos a hablar de la Sangre que redime, Jesús es el único.

Y creo que esa memoria continua de la Sangre es muy necesaria en nuestro tiempo. Porque, si bien es verdad que toda persona humana, no importa cuál sea su opción, su origen, su política o su lo que sea, toda persona merece nuestro respeto, nuestro aprecio y merece ser apoyada como persona humana, tiene una serie de deberes pero, sobre todo, una serie de derechos. Si bien es cierto que toda persona merece eso, para nosotros ,los cristianos, la persona humana es ,ante todo, aquella que ha sido amada hasta el extremo en la Sangre de Jesús.

Podemos decir que la Sangre de Jesús es el filtro a través del cual aprendemos a mirarnos los unos a los otros. Y con esto quiero decir que nosotros reconocemos a la otra persona, ante todo, como un amado de Dios, un perdonado, uno que ha sido comprendido, entendido por Dios, uno ,seguramente, tan pecador como yo, pero tan necesitado como yo de la Sangre, tan necesitado como yo del amor y del perdón.