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'''Bendito el que viene en el Nombre de Dios'''
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Dios te salve María, llena eres de Gracia, el Señor es contigo, bendita eres entre todas las mujeres, bendito el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
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En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
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¡Qué bien empezar este momento, este encuentro, mis amigos, con una oración!  Aquí les habla Fray Nelson Medina de la Orden de Predicadores. Me alegro de poder compartir este tiempo con cada uno de ustedes, porque lo que vamos a recibir, es precisamente Buena Noticia, la gran noticia, la hermosa noticia del amor de Dios. Y creo que ése es el mensaje más profundo que nos trae la Navidad.
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Cuando nació Nuestro Señor Jesucristo, los Ángeles que se aparecieron a los pastores dijeron estas palabras: “Les traigo una gran noticia que lo va a ser para todo el Pueblo. Hoy, en la ciudad de David ha nacido el Mesías, el Señor” (véase San Lucas 2,10-11).
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La Navidad es el tiempo de la gran noticia, es el tiempo de la Buena Noticia, una buena noticia que tiene que llegar a todo el pueblo.  Dios ha querido venir a vivir con nosotros,  ha puesto su tienda entre nosotros, se ha establecido en nuestro campamento y hemos contemplado su gloria.
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Así nos habla, como sabemos bien, el Evangelio según San Juan. En el capítulo primero, versículo catorce, encontramos esa frase: “El Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros” (véase San Juan 1,14). 
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Y por cierto, es muy interesante ese verbo “acampar”, porque tiene el sabor de aquello que se vieron obligados a realizar los Israelitas en el desierto: ellos tuvieron que acampar. No tenían morada permanente en el desierto, pero sí tenían que resguardarse de la furia del sol y de la noche, de ese sol quemante, de esa noche que cala hasta los huesos.
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Tenían que guardarse, tenían que protegerse. Para éso eran sus tiendas de campaña. Pero, no tenían casa permanente; estaban de paso. De algún modo ésa es también una imagen de la vida humana. Aunque edifiquemos hermosas moradas, aunque vivamos en edificios muy elegantes, incluso aunque construyamos un hermoso palacio, ese palacio será más tienda de campaña que otra cosa.
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Porque, tendremos que dejarlo. Todos estamos caminando, todos estamos en este peregrinar que se llama la vida humana, y todos vamos como esos israelitas hacia la Tierra Prometida.  Nosotros vamos avanzando hacia ese lugar, hacia esa nueva realidad en donde sí tendremos casa permanente.
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Nos dice el Apóstol San Pablo que, “Nosotros somos hijos de la Jerusalén de arriba, la que es libre” (véase Carta a los Gálatas 4,26).  Y vamos en peregrinación; todos vamos en peregrinación hacia esa ciudad celestial, hacia esa morada de Dios con los hombres.
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La ciudad de Jerusalén es llamada “la morada de Dios con los hombres” (véase Apocalipsis 21,2-3). Así se le llama en el libro del Apocalipsis, y es un regalo que viene del Cielo esa condición nueva, estable, permanente.
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No hemos llegado a esa condición. Estamos  avanzando, y avanzamos en tiendas de campaña. Por eso está muy bien que se hable de las tiendas de campaña, y por eso dice el Evangelio de Juan, que cuando Cristo vino a esta tierra, vino a acampar. También Él puso su tienda de campaña entre nosotros.
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Pero, hay una gran diferencia entre la presencia de Cristo y la presencia de cada uno de nosotros. Y es que nos dice el Evangelista: “En Cristo brilla esa gloria; en Cristo hemos contemplado la gloria del Padre” (véase San Juan 1,14).
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Esto quiere decir, que a la vez, Cristo estaba participando de nuestra condición humana, pero estaba manifestando, estaba revelando una realidad que va mucho más allá de nuestras fuerzas humanas. Estaba manifestando la hermosura, la gracia, la ternura, el poder, el amor que sólo reside en Dios Nuestro Señor. 
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¡Ésa es la fiesta grande! Ésa es la alegría grande, precisamente porque hemos visto a Jesús acampar entre nosotros, y precisamente porque a través de su vida, llena de humildad, de amor y de buenas obras, hemos visto resplandecer el amor de Dios. 
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Por eso hay una Buena Noticia, por eso los Ángeles dicen a los pastores: “Os traigo una Buena Noticia que lo será para todo el pueblo” (véase San Lucas 2,10).
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Y nosotros en este momento, en este programa especial, nos reunimos para alimentarnos de esos misterios. Nos reunimos como para compartir un banquete, nos alimentamos de esta verdad, de esta realidad.
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Ésta es Palabra que Dios nos ha dado. Él nos ha entregado su Palabra principalmente a través de la Escritura, en el testimonio de la Iglesia. Y esa Palabra nos va alimentando, esa palabra es alimento para nosotros. 
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Como dice el salmo: “Tu palabra me da vida, confío en Ti Señor” (véase Salmo. Nosotros nos reunimos para alimentarnos de esta Palabra. Nos reunimos para comerla; y esto significa saborearla, significa dejar que desarrolle en cada uno de nosotros su fuerza transformante. 
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El  alimento cuando está bien escogido, el alimento sano y nutritivo, es alimento que nos da nuevas fuerzas, es alimento que nos reconstruye por dentro y nos permite seguir el camino. Así también, cuando encontramos una predicación que verdaderamente nos reconstruye por dentro, nos devuelve al camino y nos invita a seguir hacia delante,  podemos decir que estamos siendo alimentados.
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Y por eso, además, yo me siento en este momento como a la mesa con cada uno de ustedes. Me siento como si estuviéramos compartiendo este banquete, en el cual queremos alimentarnos de estas verdades, de estas realidades maravillosas: que, “El Verbo se encarnó y se hizo Hombre” (véase San Juan  1,14), que su ternura ha llegado hasta nuestras vidas; que su amor no se ha quedado distante, que su verdad no es una verdad escondida sino una verdad que se ha mostrado y que nos ha traído claridad,  alegría y libertad.
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Ese es el motivo de nuestra reunión. Queremos, a la mesa de Cristo, sentados alrededor de este banquete, banquete espiritual, degustar, saborear la verdad que Dios nos ha dado, la verdad de su encarnación, la verdad de su nacimiento. Queremos  encontrar cuál es el sabor que éso tiene.
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¿Qué te dice Cristo? ¿Cómo suena la Palabra de Jesús en tus oídos? ¿Trae alegría Él a tu corazón? ¿Qué te dice la Palabra? ¿Qué te dice el Nombre de Jesús? ¿Cuando tú pronuncias el Nombre de Jesús, qué siente tu boca, qué siente tu corazón? ¿Ya has aprendido a degustar, a saborear la presencia de Cristo? ¿Has aprendido a disfrutarla? ¿Has aprendido a agradecerla? ¿Has aprendido a dejar que se disuelva deliciosamente en tu boca ese Nombre y que impregne todas las fibras de tu ser?  ¡Éso es comulgar!
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Escuchar atentamente y recibir atentamente la Palabra de Dios, se parece mucho al acto de recibir la Eucaristía y comulgar con ella. Yo creo que estos dos misterios se iluminan mutuamente.  Nosotros tenemos que recibir la Eucaristía como quien escucha la Palabra, el testimonio precioso de Dios. Y tenemos que recibir la predicación  como quien comulga, como quien abre su boca y recibe muy adentro de su ser la presencia salvadora y bellísima de Cristo.
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Estos dos misterios se iluminan. Por ejemplo, decía San Agustín que cuando nosotros vayamos a escuchar la Palabra de Dios o cuando vayamos a escuchar una predicación, tenemos que tener la misma actitud que cuando recibimos la Sagrada Hostia.
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Cuando recibimos la Eucaristía, tenemos extremo cuidado de que no vaya a caer una sóla partícula: que no se vaya a perder.  Pues, algo parecido hay que hacer cuando escuchamos la Palabra de Dios o cuando escuchamos una predicación que da testimonio de esta gloria divina.  Al escuchar una predicación que realmente viene así, ungida, nosotros tenemos que tener la misma actitud de quien está comulgando: que no se pierda nada de lo que Dios me ha dado. 
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Por ejemplo, si escuchamos una parábola, pues, tenemos que tener la actitud de no dejar perder ningún detalle. Si escuchamos al Papa, o escuchamos a uno de nuestros obispos que nos está enseñando, que está haciendo las veces de Pastor dentro del único rebaño de Cristo, nuestra actitud tiene que ser de total recepción, de total receptividad, de manera que llegue a nosotros todo ese mensaje. ¡Que nada se pierda! “Nada de lo que tú quieres para mí se puede perder, Señor”. 
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Con esa misma actitud, con ese deseo de saborear el amor de Dios, con esa misma actitud quisiera yo que nos acercáramos a este misterio tan precioso, el misterio de la Encarnación y del Nacimiento de Cristo. Tenemos que sentir el sabor de ese amor, tenemos que sentir el perfume de esa manifestación de la ternura divina.
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Tenemos que preparar nuestro corazón durante el Adviento, y tenemos que expandir nuestro corazón en la Navidad, para alegrarnos mirando a este Niño Jesús, para mirarlo a Él y decir: “Tú, tu presencia, tu sóla presencia ya es el milagro más grande: tu sóla presencia en mi casa, tu sóla presencia en mi vida, tu sóla presencia en mi pecho, tu sóla presencia en mi tierra, en la vida humana.  Ése es el mayor milagro. Gracias, Jesús, bendito seas, Jesucristo. ¡Bienvenido! ¡Bienvenido en el  Nombre del Señor!”
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Cuando Jesús entró en Jerusalén, la gente lo aclamaba: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en Nombre del Señor!” (véase San Mateo 21,9). ¿Y sabes una cosa? Esa frase que la recordamos siempre en el Domingo de Ramos, esa frase tiene dos interpretaciones. Porque, puede significar: “Nosotros bendecimos a Aquel que viene en Nombre del Señor”, o puede significar: “Nosotros bendecimos en el Nombre del Señor a Éste que viene”.
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Y los dos significados son reales, son válidos, son verdaderos. Según la comparación que estamos utilizando, los dos son nutritivos.  “¡Bendito el que viene en Nombre del Señor!” (véase San Mateo 21,9). Porque, Jesús no viene a nombre propio. Este Bebé que está en Belén, en el portal de Belén, no viene por cuenta suya; él dice varias veces, por ejemplo, en el Evangelio de Juan, Él se refiere a su Padre que lo ha enviado.
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Él se mira a sí mismo como el que ha sido enviado. En la Carta a los Hebreos nos habla de Jesucristo como Aquel que cuando entra en este mundo dice: “Aquí estoy para hacer Tu voluntad” ( véase Carta a los Hebreos 10,7). De manera que Jesús no se mandó a sí mismo. Su tributo de amor al Padre es tributo de obediencia también.
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Aquí hay, entonces, una enseñanza muy profunda en la que tenemos que entrar en unos pocos minutos: la relación entre el amor y la obediencia. Por lo pronto, eso quiere decir que si Jesús no se manda a sí mismo, si Jesús no se envió a sí mismo, entonces Jesús es el Embajador del Padre, Jesús es el Enviado del Padre. Y si Jesús es el Enviado del Padre, entonces en Jesús tenemos la grande y primera manifestación de cómo nos ha amado Dios.
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Jesús mismo, la Carne de Cristo en nuestra tierra, ese Bebé que vemos en el portal de Belén, ese Santo de los santos que muere en la Cruz, Él, Él es la expresión de cómo nos ama Papá Dios.  El mismo Jesús lo dice en el Evangelio de Juan, en esa frase que conocemos muy bien, Juan, capítulo tres, versículo dieciséis: “Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo único para que todo el que crea en Él no muera sino que tenga vida Eterna” ( véase San Juan 3,16).
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Si Jesús es el Enviado del Padre, Jesús es la expresión del amor del Padre. ¡Así me ha amado Dios! ¡Así me ha amado Papá Dios!  El Dios de los filósofos y de los sabios que decía Pascal, el Dios de Aristóteles, por ejemplo,- gran filósofo, gran pensador, quién lo va a negar-, era un Dios que solamente podía pensar en sí mismo, en sus cosas.
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Según Aristóteles, si Dios es infinitamente perfecto, no va a perder su tiempo, su amor, sus fuerzas, poniendo cuidado a lo que sucede en este mundo. El Dios de Aristóteles es un Dios que sólo piensa en sí mismo. Ese Dios de Aristóteles es la culminación, es la expresión más brusca del egoísmo, porque únicamente vive para sí y únicamente piensa en sí mismo. Ése es el Dios lejano, ése es el Dios incapaz de ser propiamente conocido,  pero sobre todo incapaz de amar.
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El Dios de Aristóteles es un Dios que no ama, o mejor dicho, es un Dios que solamente se ama a sí mismo. El Dios cristiano, el Dios que nos ha revelado la Escritura, el Dios que nos presenta la Iglesia, es en cambio el Dios que nos da la manifestación plena de su amor en su Hijo. En su Hijo, Jesucristo, tenemos el Rostro del amor.
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Jesús es el diccionario del Padre, Jesús es la enciclopedia del Padre, Jesús es el logos del Padre. Nos dice San Juan de la Cruz: “Jesús es todo lo que el Padre nos podía  decir”.
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“¡Bendito el que viene en Nombre del Señor!” ( véase San Mateo 21,9). Él no  viene en su propio nombre: Él viene en el Nombre del Señor. Él viene como Embajador del Padre, Él viene como Revelador, como Aquel que revela el ser del Padre y el amor del Padre.
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Pero, Cristo también puede recibir esta frase dicha de este otro modo: “¡Bendito en el Nombre del Señor aquel que viene!” Esa parte de, “en el Nombre del Señor”, puede referirse al acto de venir Cristo, o puede referirse al acto de nuestra bendición: “Aquel que viene, sea bendito en el Nombre del Señor”.
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¿Qué quiere decir esto? ¿Qué quiere decir bendecir? Por supuesto, es, “decir bien”, y “decir bien” es decir con verdad, es decir con amor y es decir con alegría.  Bendecir es abrir nuestra boca a la verdad, abrir nuestra boca al amor, abrir nuestra boca a la alegría que se funda en la verdad y el amor.
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Nosotros tenemos un nombre para esa clase de lenguaje: esto se llama alabanza. Bendecir es alabar, es proclamar, es manifestar la grandeza. Bendecir es darle un cauce a ese entusiasmo, a ese gozo que se siente cuando llega a nosotros una noticia magnífica. ¡Éso es bendecir!
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“¡Bendito el que viene en Nombre del Señor!” ( véase San Mateo 21,9), significa también: “A Éste que viene, a este Cristo que viene, nosotros lo bendecimos”. Nosotros recibimos con amor y recibimos con alegría la Noticia de Cristo.
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Y si éso es bendecir, ¿qué quiere decir bendecir en el Nombre del Señor? Para entender propiamente esta expresión, creo que tenemos que devolvernos a la historia de Abraham; tenemos que devolvernos al Génesis. Dios le hizo muchas promesas a Abraham. La más conocida, por supuesto, es que le iba a dar descendencia.
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Sabemos que el matrimonio de Abraham y Sara era un matrimonio estéril, y sabemos que ésta era una gran frustración de ellos. Dios, entonces, viene a sus vidas y hace una promesa magnífica. Dios le promete a Abraham que le va a dar un hijo, que le va a dar una descendencia tan abundante como las estrellas del cielo.
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En una ocasión, por lo menos, y creo que son más, invita a Abraham de noche; lo invita a salir.¿Te imaginas ese desierto? No había nubes, no había contaminación. ¿Te imaginas ese espectáculo impresionante? ¿El firmamento tachonado de estrellas imposibles de contar?  Y le dice Dios: “Así haré tu descendencia, así de numerosa” ( véase Génesis 15,5).
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Los astrónomos dicen que una persona que tuviera muy buena vista, en un lugar muy despejado donde no haya niebla, ni nubes, ni neblina, ni contaminación, podría llegar a contar cerca de cinco mil estrellas en una noche muy despejada.  Abraham ya era un anciano en esa época y tal vez no tenía ojos tan buenos como para contar todas esas estrellas; pero, en todo caso sabía que el regalo de Dios era abundantísimo, que era un regalo luminoso y bello.
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Y si no podía contar las estrellas, su mirada se cansaba  y quería descansar en la tierra, entonces Dios le dice: “Ahora mira la arena; así voy a hacer tu descendencia. El que pueda contar la arena podrá contar tu descendencia” ( véase Génesis 13,16).
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Son promesas bellísimas, sobre todo cuando pensamos que en ese texto ya estábamos nosotros. Nosotros somos la descendencia de Abraham, nosotros somos esos granos de arena, nosotros somos esas estrellas del cielo. De nosotros habló Dios cuando dirigió esa promesa a Abraham. De ti y de mí estaba hablando Dios en ese momento: “Así voy a hacer la descendencia de Abraham” ( véase Génesis 15,5).
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Y nosotros somos la descendencia de Abraham. Nos explica San Pablo en la Carta a los Gálatas, que la verdadera descendencia de Abraham no viene de la carne y de la sangre; aunque era necesario que Abraham tuviera una descendencia, claro, para que hubiera un pueblo que cantara las maravillas de Dios y educara a todos los demás pueblos en la esperanza.
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Pero, la verdadera esperanza va mucho más allá de la carne y la sangre. Y la Redención que Dios quería realizar, va mucho más allá a la descendencia que podía venir de la carne y de la sangre. Nos explica San Pablo en su Carta a los Gálatas que,  “la verdadera descendencia de Abraham está en aquellos que creen con una fe semejante a la de él” ( véase Carta a los Gálatas 3,7). En otras palabras, lo que nos hace descendientes de Abraham, es acoger el mensaje de Dios con un corazón creyente semejante al de Abraham. En éso podemos llamar a Abraham, padre nuestro en la fe.
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Pero, todo éso se refiere a la descendencia de Abraham, y según esa descendencia de Abraham, llegó Cristo a esta tierra. Porque, Cristo pertenece al linaje de Abraham. Es decir, que la descendencia, -así en singular-, la descendencia de Abraham, más que Isaac, es el mismo Jesús. En Jesús se cumple que Él es la descendencia de Abraham,  porque con Él sí que ha llegado esa plenitud de alianza que apenas estaba esbozada en las conversaciones entre Dios y Abraham. 
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¿Y qué más le prometió Dios a Abraham? Le prometió bendición. Dios le prometió a Abraham que lo iba a bendecir. Y Dios le prometió a Abraham, -y este es el punto al que quiero llegar-, que iba a hacer de él una fórmula de bendición. Creo que son cosas en las que hemos meditado poco, cosas que hemos predicado poco.
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Dios le anuncia a Abraham que lo va a bendecir. Y uno podría decir: “Pues, claro, Abraham recibió bendición en la descendencia, en el hijo que tuvo, en Isaac”. Pero, las cosas van mucho más allá. No es solamente que Dios va a bendecir a Abraham, sino que lo va a convertir en bendición. 
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A ver, yo leo un pedacito del capítulo doce del libro del Génesis, para que veamos qué significa bendecir en el Nombre del Señor, y para que veamos lo que significa saborear la llegada de Cristo, que es en últimas lo que estamos celebrando en Adviento y en Navidad.
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Cuando Dios llama a Abraham y lo pone en camino, le dice esto: El señor dijo a Abraham: “Vete de tu tierra, de entre tus parientes y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré. Haré de ti una nación grande, te bendeciré y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendigan y al que te maldiga, maldeciré. Y en ti serán benditas todas las familias de la tierra” ( véase Génesis 12,1-3). Palabra de Dios. Te alabamos Señor.
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Observa esa expresión, o mejor dicho, esa serie de expresiones. Mira todo lo que Dios le dice: que lo va a bendecir, que va a hacer de él una bendición y que en él va a bendecir a todas las familias de la tierra.
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Son tres usos diferentes de la palabra bendición. Repito; Dios le dice a Abraham: “Yo te voy a bendecir a ti” (véase Génesis 12,2). Dios le dice a Abraham: “Yo voy a hacer de ti una bendición” (véase Carta a los Gálatas 12,2). Y Dios le dice a Abraham: “Yo voy a bendecir en ti a todas las familias de la tierra” (véase Carta a los Gálatas 12, 3). Bien resumido: “Te bendeciré a ti, te convertiré a ti en bendición y en ti bendeciré a las demás razas de la tierra”.
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¿Qué aprendemos de aquí? Varias cosas. En primer lugar, recibir la bendición de Dios obviamente es recibir sus bienes, y entre ésos fundamentalmente el bien por excelencia, que es su misma amistad, su mismo amor, el estar en amistad y a paz y salvo con Él, o lo que llamamos tradicionalmente en la Iglesia Católica, “estar en gracia”, recibir bendición.
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Lo tercero que le dice Dios a Abraham, también lo podemos hasta cierto punto interpretar así. “Yo voy a bendecir en ti a todas las razas de la tierra” (véase Génesis 12,3), fíjate cómo con esa frase estaba diciendo que no va a ser solamente un asunto de carne y de sangre. Porque, si Dios dice que va a bendecir a todas las razas, es evidente que todas las razas no salieron de la raza de Abraham.  Luego, es evidente que la manera como Dios quiere usar a Abraham, no es únicamente para que a través de la carne y de la sangre tenga una descendencia. Y ahí, nuevamente se trata de un bien que Dios quiere hacer.
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Lo que más me llama la atención es la segunda expresión: “Yo te voy a convertir a ti en una bendición” (véase Carta a los Gálatas 12,2). Esto significa que Dios, a través de Abraham, va a hacer mucho bien. Pero, un momento; éso es lo mismo que la tercera interpretación: “Bendeciré en ti a todas las familias” (véase Carta a los Gálatas 12,3).
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Entonces, qué quiere decir realmente: “Hare de ti una bendición” (véase Carta a los Gálatas 12,2). ¿Éso qué quiere decir? Éso quiere decir que Abraham será convertido en fórmula de bendición.
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Resulta que en la Biblia existen las dos cosas: existe una fórmula de bendición y existe una fórmula de maldición. Una fórmula de maldición es, por ejemplo, cuando se menciona a Sodoma y Gomorra: “¡Que suceda con ustedes como con Sodoma y Gomorra!”. Éso es como una manera de expresar la terrible desventura que aguarda a una persona o a algún lugar.
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Cuando se habla de una fórmula de bendición o de una fórmula de maldición, lo que se quiere decir es que se toma a una realidad, a una familia o a una persona como ejemplo y también como expresión del deseo que le hacemos a otra persona. Por supuesto, que esté lejos de nosotros toda maldición.
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La Biblia es demasiado clara en esto. La Biblia nos dice muy claramente en el Nuevo Testamento que, “nosotros no podemos ni debemos responder a una maldición con otra maldición”(véase 1Pedro 3,9). Al contrario, nos dice que, “tenemos que responder con bendiciones a las maldiciones” (véase 1Pedro 3,9), y da una razón: porque, “nosotros mismos hemos sido llamados a heredar una bendición” (véase 1Pedro 3,9).
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Pero, el punto central aquí no son las fórmulas de maldición; –que Dios nos guarde de éso y que todo ese lenguaje esté lejos de nosotros-; el punto central aquí, es la fórmula de bendición. Abraham es una fórmula de bendición. Es decir, la vida de Abraham, éso que le sucedió a Abraham, se convierte como en un paradigma. Se convierte como en un modelo, en una referencia que sirve para decirle a otra persona: “Que a ti te suceda; que en tu vida todo sea como fue para Abraham”. Éso es convertir a una persona en una bendición.
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Entonces, bendecir en el Nombre del Señor es desear que los bienes que sólo Dios puede comunicar, lleguen a la vida de una persona. Pero, es incluso más que eso; es desear que esa vida que solamente Dios tiene, esa vida, esa luz, ese amor, esa alegría llegue al corazón de otra persona. Éso es lo  que estamos deseando.
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O sea que la expresión: “Bendito en el Nombre del Señor”, lo que quiere decir es éso: que todo lo que Dios tiene preparado para ti, se cumpla, y que tú mismo alcances el gozo, la verdad, la alegría, el amor que Dios mismo tiene, que Dios mismo es.
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Es como una explosión de amor. Bendecir de esta manera es muy poderoso: “¡Bendito en el Nombre del Señor!” (véase San Mateo 21,9). Y por cierto, éso es exactamente lo  que realiza el Papa, y éso es lo que estamos llamados a hacer, especialmente los sacerdotes. Pero, no solamente nosotros. Bendecir en el Nombre del Señor tiene un poder inmenso. ¡Inmenso! Porque, de lo que se trata es de abrir las compuertas del Cielo y que llegue con abundancia todo el bien que Dios ha pensado para ti.
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En el día de Ramos, el Domingo de Ramos que nosotros celebramos, cuando Jesús estaba entrando en Jerusalén, la gente estaba como  ebria de amor y de alegría. Llenos de entusiasmo le decían a este Jesús: “Que todo lo bueno llegue a tu vida, que todo el amor de Papá Dios llegue a tu vida, que tú mismo participes de la alegría, que tú mismo participes del amor que Él tiene y que Él es”.
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Jesús es el que viene en el Nombre del Señor, y a Jesús bendecimos en el Nombre del Señor. A este Jesús lo bendecimos, y en este Jesús somos bendecidos. Éste es el milagro maravilloso de la Navidad, ésta es la bendición que Jesús viene a traer a nuestras vidas. Jesús viene como Embajador del Padre y a Jesús nosotros le deseamos la victoria.
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Esto de bendecir al Mesías tiene una historia muy larga y muy bella dentro de la Sagrada Escritura. Recordemos ante todo que la palabra “Mesías” quiere decir “Ungido”. Ser el Mesías quiere decir ser el Ungido. ¿Y quiénes eran los ungidos? ¿Quiénes eran los Mesías en el Antiguo Testamento? Los reyes.
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Yo estoy seguro de que a muchos de ustedes puede sonarles extraño éso de que uno le desee bienes a Cristo. Que uno sea bendecido en Cristo como que se entiende más, pero que uno le desee bienes a Cristo suena extraño; o sea aquello de bendecir en el Nombre del Señor a Cristo. Pero, no es tan extraño.
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Jesús es el Mesías, Jesús es el Cristo. De hecho, la palabra Cristo en griego, quiere decir lo mismo que Mesías en hebreo. Mesías es en hebreo lo mismo que Cristo es en griego, lo mismo que ungido es en español. ¡Es lo mismo!
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Jesús es el Mesías; Jesús es el Cristo, Jesús es el Ungido, el Ungido del Padre. Y si Jesús es el Ungido, si Jesús es el Cristo, esto significa que Jesús es aquel que ha recibido la unción de Dios y que es el Rey victorioso.
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Yo creo que hay algo interesante que debemos recordar aquí, y es que la victoria de Cristo ya ha sucedido pero todavía está por suceder. Sabemos que en Cristo todo funciona con el “ya, pero todavía no”. En Cristo ya está dada la victoria, pero todavía está por suceder la victoria.
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A ver si me explico: Cristo murió en la Cruz para perdón de nuestros pecados. Cristo resucitó para que fuéramos salvos. De parte de Cristo ya no hay nada más que hacer o que esperar. Él lo dio todo, Él lo entregó todo. Ahí no hay nada más que agregar; simplemente Jesús entregó todo.
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Jesús amó hasta el extremo. Nada más hay que agregar ahí. ¡Nada más! Y sin embargo esa obra de la Redención todavía tiene que completarse del lado de nosotros. Ya Jesús ha ofrecido su amor; ha ofrecido su salvación, ha ofrecido su misericordia. Ya Él ha ofrecido todo esto; pero, falta todavía que yo se lo reciba. Falta todavía que este General y Rey victorioso entre así en mi corazón, y que todos los tesoros de su amor, de su piedad, de su poder, se completen en mi vida.
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¿Por qué es tan importante bendecir a Jesucristo? Porque en la medida en que bendecimos a Éste que viene, en la medida en que bendecimos en el Nombre del  Señor a Cristo que viene, estamos otorgándole la victoria, estamos diciéndole: “¡Ven a reinar!” “¡Ven a reinar!” ¿Dónde? “Ven a reinar en mi vida, ven a reinar en mi familia, ven a reinar en mi pasado”.
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“Cualquier cosa que haya sucedido  en mi pasado, ven a traer paz en las aguas tormentosas de mi corazón. ¡Ven a reinar! Que sea tu Palabra poderosa, Jesús, la que impere. ¡Ven a reinar en mi mente! Si mi mente está angustiada por recuerdos que me torturan, si mi cuerpo está angustiado por la enfermedad o por otra dolencia, si mi memoria está angustiada por preguntas que no logro responder o por pecados que he cometido, si hay esa turbulencia en mí, si no encuentro la paz, ven a reinar”. 
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Entonces, cuando bendecimos a Jesucristo –y esto es muy poderoso, mis hermanos, ¡muy poderoso!-, le estamos otorgando todo poder para que venga a reinar en nuestras vidas. Le estamos diciendo: “Tú eres el General victorioso y yo quiero que Tú ejerzas tu reinado, ejerzas tu poder en mi vida, y así vengas Tú a reinar en mí”.
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Recuerda que cuando nosotros bendecimos a Jesucristo le estamos deseando todos los bienes. ¿Y cuáles son los bienes de este Rey y Comandante, de este Rey y General victorioso? ¿Cuáles son los bienes de un guerrero tan eminente, tan valiente, tan grande, tan santo? ¿Cuáles son los bienes? La victoria. Por eso el libro del Apocalipsis representa a Jesucristo como soldado, como general victorioso que sale en un caballo que se llama “La Palabra de Dios”.
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¿Qué bien le puedo yo desear a un general que va a la batalla? ¿Cuál es el bien que yo le deseo? La victoria. ¿Y cuál es la victoria que yo le deseo a Cristo?  La victoria en mi vida, ante todo; y la victoria en mi familia, y la victoria en mi país; la victoria en el mundo entero y en todos los siglos. ¡Ven a Reinar!  ¡Ven a Reinar, Jesucristo! 
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Y por eso cuando celebramos la Navidad, mis hermanos, nuestro corazón se abre ante la compasión, ante la ternura del Niño. Nuestro corazón se abre ante la humildad del pesebre. Nuestro corazón se abre y le decimos: “¡Gracias!”  Pero, también lo bendecimos y también le decimos: “Que sea Tuya la victoria. General de las Huestes Celestiales, que sea tuya la victoria en mi vida. Rey poderoso y victorioso de los siglos, que tu victoria se realice en mi mente, en mi corazón. Que venga tu victoria, Señor; que se realice tu victoria en mi vida”.
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Yo, en el acto mismo de bendecir, ya estoy suplicando, ya estoy pidiendo. Sabemos muy bien que existe la oración de petición y existe la oración de alabanza. Digamos que en términos de teología de la vida espiritual, son dos clases de oración distintas. Pero, si uno lo analiza mejor, resulta que en el fondo se confunden; son la misma. Porque, en el acto de alabar a Cristo, yo le estoy diciendo: “¡Tú eres grande! ¡Tú eres poderoso! Te deseo y te entrego todo mi amor. Quiero todo lo  mejor para Ti.”
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Pero, como Él es precisamente eso, General que sale al combate espiritual, General que lidera la batalla por las almas, ¿qué le puedo desear yo a ese General? Que gane esas almas, que sean suyas, solamente suyas, completamente suyas para siempre. ¿Y cuáles almas voy a entregarle a este General? Pues, en primerísimo lugar, la mía.
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“A Ti, General de las Huestes Celestiales, a Ti, Rey victorioso, Jesucristo, tan humilde, tan pequeño, tan amoroso, tan compasivo; tan lleno de luz, tan lleno de pureza, tan lleno de santidad, a Ti te bendigo, a Ti Jesucristo te deseo la victoria. Y tu victoria es mí bien, porque tu victoria es que Tú me ganes a mí. Tu victoria es que Tú triunfes sobre mí. Tu victoria es que tú ganes. Tu victoria es que yo sea tuyo. Ésa es tu victoria y ésa es mi ganancia”.
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“Tu victoria es mi ganancia, Jesucristo: que Tú ganes, que Tú me ganes, que Tú obtengas mi propia vida como trofeo de tu batalla. Ése es un bien para mí. Porque, pertenecer a tu Reino, pertenecer a tu plan de salvación, pertenecer a tu propuesta de vida y de amor, es sencillamente lo mejor que podría sucederme. Jesús, en este momento queremos entregarnos a Ti. En este momento, Jesucristo, queremos que se manifieste en nosotros completamente tu compasión”.
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Y por eso ahora, mis hermanos, ya hemos hecho esta breve meditación sobre la grandeza de la visita de Dios a nuestra tierra en Navidad. Por eso ahora les invito a que entremos de lleno en un momento de oración, pidiéndole a este Jesucristo que sea bendición para nosotros, que su venida no sea en vano, que todos esos trabajos que Él  padeció desde el primer momento de su Nacimiento hasta su último suspiro en la Cruz, no se pierdan.
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“Jesús, no puede perderse tu amor. Yo no quiero que se derrame, que se desperdicie tu amor. No quiero que se desperdicie; quiero que caiga en tierra buena y bien preparada. Quiero abrirte mi corazón como tierra buena y preparada, Jesús, para que Tú derrames bendición, para que Tú derrames la bendición de tu Divino Espíritu, la bendición de tu Redención sobre mí”.
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Hagamos oración, mis hermanos. Hagamos oración; abramos nuestro corazón en este momento. Pidamos a Dios, Nuestro Señor, que sea grande su victoria, que sea grande, grande su amor.  “¡Oh sí, Jesucristo, Jesús, Señor y Salvador! ¡Oh sí, Jesús! Ven a realizar tu obra en nuestras vidas. Yo quiero alimentarme de Ti, yo quiero recibir lo que Tú has traído. Yo no quiero que se pierda tu dolor, tu esfuerzo”.
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“Yo creo en tu oración, Jesús. Yo creo, Jesús, que tu Sangre tiene poder. Yo creo, Jesús, que tu Palabra impera sobre los siglos. Yo creo, Jesús, que aquello que tú pides al Padre Celestial, se cumple. Yo creo, Jesús, que en Ti reside el poder para transformar mi existencia y la del mundo entero”.
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“Yo quiero abrirte amplio espacio, Jesucristo, en este momento. Quiero abrirte amplio espacio, para que seas Tú reinando en mi vida. Quiero bendecirte, Jesucristo, desde el centro y desde el fondo de mi corazón. Quiero bendecirte, Jesucristo, y desear que la victoria sea completamente tuya”.
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“Que crezca tu gloria, Jesús, en aquellas historias, en aquellas vidas especialmente golpeadas por la enfermedad, por la injusticia, por el pecado, por la soledad, por la depresión. Que en esas vidas, especialmente las más resistentes, que en los casos más difíciles, luzca tu amor y sea grande tu victoria, Jesús. ¡Divino Niño! ¡Precioso bebé! ¡Misterio de amor! ¡Milagro de la gracia! ¡Cristo!¡Verbo Encarnado! A Ti vengo con toda humildad a entregarte los casos más difíciles!”
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Hermanos, hagamos oración. Entreguemos en este momento los casos más difíciles: las personas a las que nos cuesta perdonar, las personas que sienten dificultad de perdonarnos. Entreguemos esos casos más difíciles: las personas que nos han hecho un daño terrible, las personas a las que de pronto nosotros hemos lastimado. Entreguemos frente al Pesebre de Jesús esas historias difíciles, para que este General victorioso de los Ejércitos Celestiales se glorifique.
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“Yo vengo a entregarte, Jesús, los regalos más extraños. No son los regalos que Tú mereces; pero, en esos regalos, Señor, está mi tributo de amor y de obediencia. Así como Tú obraste con amor y con obediencia al Padre, así quiero yo obrar con amor y obediencia a Ti”. 
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“Y mi obediencia consiste en que Tú dijiste: “Pedid y se os dará” (véase San Mateo 7,7). Tú me mandaste pedir y yo estoy pidiendo. Y tú dijiste: “Llamad y se os abrirá” (véase San Mateo 7,7), y por eso estoy llamando a la puerta”.
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“Estoy tocando a la puerta de tu misericordia para pedirte que sea tu Palabra la que devuelva la paz a mi corazón, una paz que nadie me pueda arrebatar, Señor, a pesar de que vengan recuerdos tormentosos a mi memoria, a pesar de que yo mismo entienda que hay muchas cosas que ya no puedo sanar, que ya no puedo restaurar, heridas o problemas que ya no puedo desenredar porque ya no hay manera, porque las personas ya no están, porque ya se murieron, porque están lejos, porque no me quieren oír, porque nunca nos entendimos, por lo que sea, porque hay tantas limitaciones en la mente y en el corazón humano”.
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“Yo sé que hay muchas cosas que yo no puedo reparar. Pero, esas mismas cosas las quiero entregar como extraño regalo a Ti, General de las Huestes Celestiales, a Ti que vienes con amor, Rey y Mesías, milagro de la gracia, Hijo de la Virgen María, piadoso Salvador; a Ti vengo a entregarte lo que soy”.
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“¡Bendito seas Jesucristo! ¡Bendito seas desde el fondo de mi corazón! ¡Que sea tuya la victoria! A Ti te entrego los problemas, los recuerdos, los pecados, las tentaciones que puedan estar más enraizadas en mi corazón. A ti te entrego los miedos, las oscuridades, las dudas, las confusiones, las preguntas que más perturban mi alma. A Ti te las entrego, Jesús”.
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“Yo no quiero más que sean mías. Nos dice el Apóstol San Pedro: “Descargad en Dios, descargad en Él todas vuestras preocupaciones” (véase 1Pedro 5,7). Así vengo yo, Señor; así vengo yo en este momento ante tu Pesebre; así vengo yo al Portal de Belén, con un costal, con una bolsa inmensa de regalos tristes”.
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“Son mis regalos tristes, Señor. ¿Pero, a quién más los voy a dar sino a Ti? Los voy a dar a Ti para que Tú los transformes en victorias de tu amor. Si te estoy entregando mis historias tristes, Señor, no es con una resignación triste, sino es con una esperanza firme y gozosa de que Tú puedes transformar una historia de derrota en una historia de victoria”.
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“Así te estoy entregando, Señor, las dudas y las preguntas; así te estoy entregando, Señor, los dolores y las heridas; así te estoy entregando, Señor, todo lo que soy y todo lo que tengo. Y en muchos casos ni siquiera me voy a preocupar, Señor, porque no tiene sentido. No tiene sentido angustiarse, no tiene sentido cuando muchas veces llego a comprender que el único que puede cambiar mi derrota en victoria eres Tú”.
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“A Ti te entrego todo lo que soy, Señor, y lo dejo a los pies de tu Pesebre. Entiendo que si Tú estás en esta tierra es solamente por ese motivo que dice el Credo: “Por nosotros y por nuestra Salvación”; y entiendo que tú llegada, Señor, tu amorosa llegada a mi vida, tu amorosa llegada a nuestras vidas, tiene sólo esa razón de ser, sólo esa misericordia que brotó del Corazón del Padre”.
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“¡Gracias, Jesús! En fe ya te doy las gracias. En fe ya te doy las gracias, porque sé que Tú no vas a rechazar mis regalos, mis extraños regalos que parecen tristes pero que Tú convertirás en victoria. Sí, Jesús; sí, Señor; en fe te doy ya las gracias. En fe te bendigo ya y en fe te digo: ¡Bienvenido en el Nombre del Señor! ¡Bienvenido, Tú! ¡Tú que vienes, bienvenido! ¡Bendito seas! ¡Santo eres, Jesucristo! ¡A Ti, gloria y alabanza por los siglos!”
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Mis hermanos, estuvo con ustedes Fray Nelson Medina de la Orden de Predicadores. Que esta música de oración que el Espíritu nos da, que esta certeza de la presencia de Cristo crezca en nosotros con cada Navidad hasta el día en que veamos cara a cara al  Rey de la gloria.  A  Él el honor y el poder por los siglos.
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Amén.

Revisión del 22:44 12 oct 2011


Bendito el que viene en el Nombre de Dios


Dios te salve María, llena eres de Gracia, el Señor es contigo, bendita eres entre todas las mujeres, bendito el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

¡Qué bien empezar este momento, este encuentro, mis amigos, con una oración! Aquí les habla Fray Nelson Medina de la Orden de Predicadores. Me alegro de poder compartir este tiempo con cada uno de ustedes, porque lo que vamos a recibir, es precisamente Buena Noticia, la gran noticia, la hermosa noticia del amor de Dios. Y creo que ése es el mensaje más profundo que nos trae la Navidad.

Cuando nació Nuestro Señor Jesucristo, los Ángeles que se aparecieron a los pastores dijeron estas palabras: “Les traigo una gran noticia que lo va a ser para todo el Pueblo. Hoy, en la ciudad de David ha nacido el Mesías, el Señor” (véase San Lucas 2,10-11).

La Navidad es el tiempo de la gran noticia, es el tiempo de la Buena Noticia, una buena noticia que tiene que llegar a todo el pueblo. Dios ha querido venir a vivir con nosotros, ha puesto su tienda entre nosotros, se ha establecido en nuestro campamento y hemos contemplado su gloria.

Así nos habla, como sabemos bien, el Evangelio según San Juan. En el capítulo primero, versículo catorce, encontramos esa frase: “El Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros” (véase San Juan 1,14).

Y por cierto, es muy interesante ese verbo “acampar”, porque tiene el sabor de aquello que se vieron obligados a realizar los Israelitas en el desierto: ellos tuvieron que acampar. No tenían morada permanente en el desierto, pero sí tenían que resguardarse de la furia del sol y de la noche, de ese sol quemante, de esa noche que cala hasta los huesos.

Tenían que guardarse, tenían que protegerse. Para éso eran sus tiendas de campaña. Pero, no tenían casa permanente; estaban de paso. De algún modo ésa es también una imagen de la vida humana. Aunque edifiquemos hermosas moradas, aunque vivamos en edificios muy elegantes, incluso aunque construyamos un hermoso palacio, ese palacio será más tienda de campaña que otra cosa.

Porque, tendremos que dejarlo. Todos estamos caminando, todos estamos en este peregrinar que se llama la vida humana, y todos vamos como esos israelitas hacia la Tierra Prometida. Nosotros vamos avanzando hacia ese lugar, hacia esa nueva realidad en donde sí tendremos casa permanente.

Nos dice el Apóstol San Pablo que, “Nosotros somos hijos de la Jerusalén de arriba, la que es libre” (véase Carta a los Gálatas 4,26). Y vamos en peregrinación; todos vamos en peregrinación hacia esa ciudad celestial, hacia esa morada de Dios con los hombres.

La ciudad de Jerusalén es llamada “la morada de Dios con los hombres” (véase Apocalipsis 21,2-3). Así se le llama en el libro del Apocalipsis, y es un regalo que viene del Cielo esa condición nueva, estable, permanente.

No hemos llegado a esa condición. Estamos avanzando, y avanzamos en tiendas de campaña. Por eso está muy bien que se hable de las tiendas de campaña, y por eso dice el Evangelio de Juan, que cuando Cristo vino a esta tierra, vino a acampar. También Él puso su tienda de campaña entre nosotros.

Pero, hay una gran diferencia entre la presencia de Cristo y la presencia de cada uno de nosotros. Y es que nos dice el Evangelista: “En Cristo brilla esa gloria; en Cristo hemos contemplado la gloria del Padre” (véase San Juan 1,14).

Esto quiere decir, que a la vez, Cristo estaba participando de nuestra condición humana, pero estaba manifestando, estaba revelando una realidad que va mucho más allá de nuestras fuerzas humanas. Estaba manifestando la hermosura, la gracia, la ternura, el poder, el amor que sólo reside en Dios Nuestro Señor.

¡Ésa es la fiesta grande! Ésa es la alegría grande, precisamente porque hemos visto a Jesús acampar entre nosotros, y precisamente porque a través de su vida, llena de humildad, de amor y de buenas obras, hemos visto resplandecer el amor de Dios.

Por eso hay una Buena Noticia, por eso los Ángeles dicen a los pastores: “Os traigo una Buena Noticia que lo será para todo el pueblo” (véase San Lucas 2,10).

Y nosotros en este momento, en este programa especial, nos reunimos para alimentarnos de esos misterios. Nos reunimos como para compartir un banquete, nos alimentamos de esta verdad, de esta realidad.

Ésta es Palabra que Dios nos ha dado. Él nos ha entregado su Palabra principalmente a través de la Escritura, en el testimonio de la Iglesia. Y esa Palabra nos va alimentando, esa palabra es alimento para nosotros.

Como dice el salmo: “Tu palabra me da vida, confío en Ti Señor” (véase Salmo. Nosotros nos reunimos para alimentarnos de esta Palabra. Nos reunimos para comerla; y esto significa saborearla, significa dejar que desarrolle en cada uno de nosotros su fuerza transformante.

El alimento cuando está bien escogido, el alimento sano y nutritivo, es alimento que nos da nuevas fuerzas, es alimento que nos reconstruye por dentro y nos permite seguir el camino. Así también, cuando encontramos una predicación que verdaderamente nos reconstruye por dentro, nos devuelve al camino y nos invita a seguir hacia delante, podemos decir que estamos siendo alimentados.

Y por eso, además, yo me siento en este momento como a la mesa con cada uno de ustedes. Me siento como si estuviéramos compartiendo este banquete, en el cual queremos alimentarnos de estas verdades, de estas realidades maravillosas: que, “El Verbo se encarnó y se hizo Hombre” (véase San Juan 1,14), que su ternura ha llegado hasta nuestras vidas; que su amor no se ha quedado distante, que su verdad no es una verdad escondida sino una verdad que se ha mostrado y que nos ha traído claridad, alegría y libertad.

Ese es el motivo de nuestra reunión. Queremos, a la mesa de Cristo, sentados alrededor de este banquete, banquete espiritual, degustar, saborear la verdad que Dios nos ha dado, la verdad de su encarnación, la verdad de su nacimiento. Queremos encontrar cuál es el sabor que éso tiene.

¿Qué te dice Cristo? ¿Cómo suena la Palabra de Jesús en tus oídos? ¿Trae alegría Él a tu corazón? ¿Qué te dice la Palabra? ¿Qué te dice el Nombre de Jesús? ¿Cuando tú pronuncias el Nombre de Jesús, qué siente tu boca, qué siente tu corazón? ¿Ya has aprendido a degustar, a saborear la presencia de Cristo? ¿Has aprendido a disfrutarla? ¿Has aprendido a agradecerla? ¿Has aprendido a dejar que se disuelva deliciosamente en tu boca ese Nombre y que impregne todas las fibras de tu ser? ¡Éso es comulgar!

Escuchar atentamente y recibir atentamente la Palabra de Dios, se parece mucho al acto de recibir la Eucaristía y comulgar con ella. Yo creo que estos dos misterios se iluminan mutuamente. Nosotros tenemos que recibir la Eucaristía como quien escucha la Palabra, el testimonio precioso de Dios. Y tenemos que recibir la predicación como quien comulga, como quien abre su boca y recibe muy adentro de su ser la presencia salvadora y bellísima de Cristo.

Estos dos misterios se iluminan. Por ejemplo, decía San Agustín que cuando nosotros vayamos a escuchar la Palabra de Dios o cuando vayamos a escuchar una predicación, tenemos que tener la misma actitud que cuando recibimos la Sagrada Hostia.

Cuando recibimos la Eucaristía, tenemos extremo cuidado de que no vaya a caer una sóla partícula: que no se vaya a perder. Pues, algo parecido hay que hacer cuando escuchamos la Palabra de Dios o cuando escuchamos una predicación que da testimonio de esta gloria divina. Al escuchar una predicación que realmente viene así, ungida, nosotros tenemos que tener la misma actitud de quien está comulgando: que no se pierda nada de lo que Dios me ha dado.

Por ejemplo, si escuchamos una parábola, pues, tenemos que tener la actitud de no dejar perder ningún detalle. Si escuchamos al Papa, o escuchamos a uno de nuestros obispos que nos está enseñando, que está haciendo las veces de Pastor dentro del único rebaño de Cristo, nuestra actitud tiene que ser de total recepción, de total receptividad, de manera que llegue a nosotros todo ese mensaje. ¡Que nada se pierda! “Nada de lo que tú quieres para mí se puede perder, Señor”.

Con esa misma actitud, con ese deseo de saborear el amor de Dios, con esa misma actitud quisiera yo que nos acercáramos a este misterio tan precioso, el misterio de la Encarnación y del Nacimiento de Cristo. Tenemos que sentir el sabor de ese amor, tenemos que sentir el perfume de esa manifestación de la ternura divina.

Tenemos que preparar nuestro corazón durante el Adviento, y tenemos que expandir nuestro corazón en la Navidad, para alegrarnos mirando a este Niño Jesús, para mirarlo a Él y decir: “Tú, tu presencia, tu sóla presencia ya es el milagro más grande: tu sóla presencia en mi casa, tu sóla presencia en mi vida, tu sóla presencia en mi pecho, tu sóla presencia en mi tierra, en la vida humana. Ése es el mayor milagro. Gracias, Jesús, bendito seas, Jesucristo. ¡Bienvenido! ¡Bienvenido en el Nombre del Señor!”

Cuando Jesús entró en Jerusalén, la gente lo aclamaba: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en Nombre del Señor!” (véase San Mateo 21,9). ¿Y sabes una cosa? Esa frase que la recordamos siempre en el Domingo de Ramos, esa frase tiene dos interpretaciones. Porque, puede significar: “Nosotros bendecimos a Aquel que viene en Nombre del Señor”, o puede significar: “Nosotros bendecimos en el Nombre del Señor a Éste que viene”.

Y los dos significados son reales, son válidos, son verdaderos. Según la comparación que estamos utilizando, los dos son nutritivos. “¡Bendito el que viene en Nombre del Señor!” (véase San Mateo 21,9). Porque, Jesús no viene a nombre propio. Este Bebé que está en Belén, en el portal de Belén, no viene por cuenta suya; él dice varias veces, por ejemplo, en el Evangelio de Juan, Él se refiere a su Padre que lo ha enviado.

Él se mira a sí mismo como el que ha sido enviado. En la Carta a los Hebreos nos habla de Jesucristo como Aquel que cuando entra en este mundo dice: “Aquí estoy para hacer Tu voluntad” ( véase Carta a los Hebreos 10,7). De manera que Jesús no se mandó a sí mismo. Su tributo de amor al Padre es tributo de obediencia también.

Aquí hay, entonces, una enseñanza muy profunda en la que tenemos que entrar en unos pocos minutos: la relación entre el amor y la obediencia. Por lo pronto, eso quiere decir que si Jesús no se manda a sí mismo, si Jesús no se envió a sí mismo, entonces Jesús es el Embajador del Padre, Jesús es el Enviado del Padre. Y si Jesús es el Enviado del Padre, entonces en Jesús tenemos la grande y primera manifestación de cómo nos ha amado Dios.

Jesús mismo, la Carne de Cristo en nuestra tierra, ese Bebé que vemos en el portal de Belén, ese Santo de los santos que muere en la Cruz, Él, Él es la expresión de cómo nos ama Papá Dios. El mismo Jesús lo dice en el Evangelio de Juan, en esa frase que conocemos muy bien, Juan, capítulo tres, versículo dieciséis: “Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo único para que todo el que crea en Él no muera sino que tenga vida Eterna” ( véase San Juan 3,16).

Si Jesús es el Enviado del Padre, Jesús es la expresión del amor del Padre. ¡Así me ha amado Dios! ¡Así me ha amado Papá Dios! El Dios de los filósofos y de los sabios que decía Pascal, el Dios de Aristóteles, por ejemplo,- gran filósofo, gran pensador, quién lo va a negar-, era un Dios que solamente podía pensar en sí mismo, en sus cosas.

Según Aristóteles, si Dios es infinitamente perfecto, no va a perder su tiempo, su amor, sus fuerzas, poniendo cuidado a lo que sucede en este mundo. El Dios de Aristóteles es un Dios que sólo piensa en sí mismo. Ese Dios de Aristóteles es la culminación, es la expresión más brusca del egoísmo, porque únicamente vive para sí y únicamente piensa en sí mismo. Ése es el Dios lejano, ése es el Dios incapaz de ser propiamente conocido, pero sobre todo incapaz de amar.

El Dios de Aristóteles es un Dios que no ama, o mejor dicho, es un Dios que solamente se ama a sí mismo. El Dios cristiano, el Dios que nos ha revelado la Escritura, el Dios que nos presenta la Iglesia, es en cambio el Dios que nos da la manifestación plena de su amor en su Hijo. En su Hijo, Jesucristo, tenemos el Rostro del amor.

Jesús es el diccionario del Padre, Jesús es la enciclopedia del Padre, Jesús es el logos del Padre. Nos dice San Juan de la Cruz: “Jesús es todo lo que el Padre nos podía decir”.

“¡Bendito el que viene en Nombre del Señor!” ( véase San Mateo 21,9). Él no viene en su propio nombre: Él viene en el Nombre del Señor. Él viene como Embajador del Padre, Él viene como Revelador, como Aquel que revela el ser del Padre y el amor del Padre.

Pero, Cristo también puede recibir esta frase dicha de este otro modo: “¡Bendito en el Nombre del Señor aquel que viene!” Esa parte de, “en el Nombre del Señor”, puede referirse al acto de venir Cristo, o puede referirse al acto de nuestra bendición: “Aquel que viene, sea bendito en el Nombre del Señor”.

¿Qué quiere decir esto? ¿Qué quiere decir bendecir? Por supuesto, es, “decir bien”, y “decir bien” es decir con verdad, es decir con amor y es decir con alegría. Bendecir es abrir nuestra boca a la verdad, abrir nuestra boca al amor, abrir nuestra boca a la alegría que se funda en la verdad y el amor.

Nosotros tenemos un nombre para esa clase de lenguaje: esto se llama alabanza. Bendecir es alabar, es proclamar, es manifestar la grandeza. Bendecir es darle un cauce a ese entusiasmo, a ese gozo que se siente cuando llega a nosotros una noticia magnífica. ¡Éso es bendecir!

“¡Bendito el que viene en Nombre del Señor!” ( véase San Mateo 21,9), significa también: “A Éste que viene, a este Cristo que viene, nosotros lo bendecimos”. Nosotros recibimos con amor y recibimos con alegría la Noticia de Cristo.

Y si éso es bendecir, ¿qué quiere decir bendecir en el Nombre del Señor? Para entender propiamente esta expresión, creo que tenemos que devolvernos a la historia de Abraham; tenemos que devolvernos al Génesis. Dios le hizo muchas promesas a Abraham. La más conocida, por supuesto, es que le iba a dar descendencia.

Sabemos que el matrimonio de Abraham y Sara era un matrimonio estéril, y sabemos que ésta era una gran frustración de ellos. Dios, entonces, viene a sus vidas y hace una promesa magnífica. Dios le promete a Abraham que le va a dar un hijo, que le va a dar una descendencia tan abundante como las estrellas del cielo.

En una ocasión, por lo menos, y creo que son más, invita a Abraham de noche; lo invita a salir.¿Te imaginas ese desierto? No había nubes, no había contaminación. ¿Te imaginas ese espectáculo impresionante? ¿El firmamento tachonado de estrellas imposibles de contar? Y le dice Dios: “Así haré tu descendencia, así de numerosa” ( véase Génesis 15,5).

Los astrónomos dicen que una persona que tuviera muy buena vista, en un lugar muy despejado donde no haya niebla, ni nubes, ni neblina, ni contaminación, podría llegar a contar cerca de cinco mil estrellas en una noche muy despejada. Abraham ya era un anciano en esa época y tal vez no tenía ojos tan buenos como para contar todas esas estrellas; pero, en todo caso sabía que el regalo de Dios era abundantísimo, que era un regalo luminoso y bello.

Y si no podía contar las estrellas, su mirada se cansaba y quería descansar en la tierra, entonces Dios le dice: “Ahora mira la arena; así voy a hacer tu descendencia. El que pueda contar la arena podrá contar tu descendencia” ( véase Génesis 13,16).

Son promesas bellísimas, sobre todo cuando pensamos que en ese texto ya estábamos nosotros. Nosotros somos la descendencia de Abraham, nosotros somos esos granos de arena, nosotros somos esas estrellas del cielo. De nosotros habló Dios cuando dirigió esa promesa a Abraham. De ti y de mí estaba hablando Dios en ese momento: “Así voy a hacer la descendencia de Abraham” ( véase Génesis 15,5).

Y nosotros somos la descendencia de Abraham. Nos explica San Pablo en la Carta a los Gálatas, que la verdadera descendencia de Abraham no viene de la carne y de la sangre; aunque era necesario que Abraham tuviera una descendencia, claro, para que hubiera un pueblo que cantara las maravillas de Dios y educara a todos los demás pueblos en la esperanza.

Pero, la verdadera esperanza va mucho más allá de la carne y la sangre. Y la Redención que Dios quería realizar, va mucho más allá a la descendencia que podía venir de la carne y de la sangre. Nos explica San Pablo en su Carta a los Gálatas que, “la verdadera descendencia de Abraham está en aquellos que creen con una fe semejante a la de él” ( véase Carta a los Gálatas 3,7). En otras palabras, lo que nos hace descendientes de Abraham, es acoger el mensaje de Dios con un corazón creyente semejante al de Abraham. En éso podemos llamar a Abraham, padre nuestro en la fe.

Pero, todo éso se refiere a la descendencia de Abraham, y según esa descendencia de Abraham, llegó Cristo a esta tierra. Porque, Cristo pertenece al linaje de Abraham. Es decir, que la descendencia, -así en singular-, la descendencia de Abraham, más que Isaac, es el mismo Jesús. En Jesús se cumple que Él es la descendencia de Abraham, porque con Él sí que ha llegado esa plenitud de alianza que apenas estaba esbozada en las conversaciones entre Dios y Abraham.

¿Y qué más le prometió Dios a Abraham? Le prometió bendición. Dios le prometió a Abraham que lo iba a bendecir. Y Dios le prometió a Abraham, -y este es el punto al que quiero llegar-, que iba a hacer de él una fórmula de bendición. Creo que son cosas en las que hemos meditado poco, cosas que hemos predicado poco.

Dios le anuncia a Abraham que lo va a bendecir. Y uno podría decir: “Pues, claro, Abraham recibió bendición en la descendencia, en el hijo que tuvo, en Isaac”. Pero, las cosas van mucho más allá. No es solamente que Dios va a bendecir a Abraham, sino que lo va a convertir en bendición.

A ver, yo leo un pedacito del capítulo doce del libro del Génesis, para que veamos qué significa bendecir en el Nombre del Señor, y para que veamos lo que significa saborear la llegada de Cristo, que es en últimas lo que estamos celebrando en Adviento y en Navidad. Cuando Dios llama a Abraham y lo pone en camino, le dice esto: El señor dijo a Abraham: “Vete de tu tierra, de entre tus parientes y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré. Haré de ti una nación grande, te bendeciré y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendigan y al que te maldiga, maldeciré. Y en ti serán benditas todas las familias de la tierra” ( véase Génesis 12,1-3). Palabra de Dios. Te alabamos Señor.

Observa esa expresión, o mejor dicho, esa serie de expresiones. Mira todo lo que Dios le dice: que lo va a bendecir, que va a hacer de él una bendición y que en él va a bendecir a todas las familias de la tierra.

Son tres usos diferentes de la palabra bendición. Repito; Dios le dice a Abraham: “Yo te voy a bendecir a ti” (véase Génesis 12,2). Dios le dice a Abraham: “Yo voy a hacer de ti una bendición” (véase Carta a los Gálatas 12,2). Y Dios le dice a Abraham: “Yo voy a bendecir en ti a todas las familias de la tierra” (véase Carta a los Gálatas 12, 3). Bien resumido: “Te bendeciré a ti, te convertiré a ti en bendición y en ti bendeciré a las demás razas de la tierra”.

¿Qué aprendemos de aquí? Varias cosas. En primer lugar, recibir la bendición de Dios obviamente es recibir sus bienes, y entre ésos fundamentalmente el bien por excelencia, que es su misma amistad, su mismo amor, el estar en amistad y a paz y salvo con Él, o lo que llamamos tradicionalmente en la Iglesia Católica, “estar en gracia”, recibir bendición.

Lo tercero que le dice Dios a Abraham, también lo podemos hasta cierto punto interpretar así. “Yo voy a bendecir en ti a todas las razas de la tierra” (véase Génesis 12,3), fíjate cómo con esa frase estaba diciendo que no va a ser solamente un asunto de carne y de sangre. Porque, si Dios dice que va a bendecir a todas las razas, es evidente que todas las razas no salieron de la raza de Abraham. Luego, es evidente que la manera como Dios quiere usar a Abraham, no es únicamente para que a través de la carne y de la sangre tenga una descendencia. Y ahí, nuevamente se trata de un bien que Dios quiere hacer.

Lo que más me llama la atención es la segunda expresión: “Yo te voy a convertir a ti en una bendición” (véase Carta a los Gálatas 12,2). Esto significa que Dios, a través de Abraham, va a hacer mucho bien. Pero, un momento; éso es lo mismo que la tercera interpretación: “Bendeciré en ti a todas las familias” (véase Carta a los Gálatas 12,3).

Entonces, qué quiere decir realmente: “Hare de ti una bendición” (véase Carta a los Gálatas 12,2). ¿Éso qué quiere decir? Éso quiere decir que Abraham será convertido en fórmula de bendición.

Resulta que en la Biblia existen las dos cosas: existe una fórmula de bendición y existe una fórmula de maldición. Una fórmula de maldición es, por ejemplo, cuando se menciona a Sodoma y Gomorra: “¡Que suceda con ustedes como con Sodoma y Gomorra!”. Éso es como una manera de expresar la terrible desventura que aguarda a una persona o a algún lugar.

Cuando se habla de una fórmula de bendición o de una fórmula de maldición, lo que se quiere decir es que se toma a una realidad, a una familia o a una persona como ejemplo y también como expresión del deseo que le hacemos a otra persona. Por supuesto, que esté lejos de nosotros toda maldición.

La Biblia es demasiado clara en esto. La Biblia nos dice muy claramente en el Nuevo Testamento que, “nosotros no podemos ni debemos responder a una maldición con otra maldición”(véase 1Pedro 3,9). Al contrario, nos dice que, “tenemos que responder con bendiciones a las maldiciones” (véase 1Pedro 3,9), y da una razón: porque, “nosotros mismos hemos sido llamados a heredar una bendición” (véase 1Pedro 3,9).

Pero, el punto central aquí no son las fórmulas de maldición; –que Dios nos guarde de éso y que todo ese lenguaje esté lejos de nosotros-; el punto central aquí, es la fórmula de bendición. Abraham es una fórmula de bendición. Es decir, la vida de Abraham, éso que le sucedió a Abraham, se convierte como en un paradigma. Se convierte como en un modelo, en una referencia que sirve para decirle a otra persona: “Que a ti te suceda; que en tu vida todo sea como fue para Abraham”. Éso es convertir a una persona en una bendición.

Entonces, bendecir en el Nombre del Señor es desear que los bienes que sólo Dios puede comunicar, lleguen a la vida de una persona. Pero, es incluso más que eso; es desear que esa vida que solamente Dios tiene, esa vida, esa luz, ese amor, esa alegría llegue al corazón de otra persona. Éso es lo que estamos deseando.

O sea que la expresión: “Bendito en el Nombre del Señor”, lo que quiere decir es éso: que todo lo que Dios tiene preparado para ti, se cumpla, y que tú mismo alcances el gozo, la verdad, la alegría, el amor que Dios mismo tiene, que Dios mismo es.

Es como una explosión de amor. Bendecir de esta manera es muy poderoso: “¡Bendito en el Nombre del Señor!” (véase San Mateo 21,9). Y por cierto, éso es exactamente lo que realiza el Papa, y éso es lo que estamos llamados a hacer, especialmente los sacerdotes. Pero, no solamente nosotros. Bendecir en el Nombre del Señor tiene un poder inmenso. ¡Inmenso! Porque, de lo que se trata es de abrir las compuertas del Cielo y que llegue con abundancia todo el bien que Dios ha pensado para ti.

En el día de Ramos, el Domingo de Ramos que nosotros celebramos, cuando Jesús estaba entrando en Jerusalén, la gente estaba como ebria de amor y de alegría. Llenos de entusiasmo le decían a este Jesús: “Que todo lo bueno llegue a tu vida, que todo el amor de Papá Dios llegue a tu vida, que tú mismo participes de la alegría, que tú mismo participes del amor que Él tiene y que Él es”.

Jesús es el que viene en el Nombre del Señor, y a Jesús bendecimos en el Nombre del Señor. A este Jesús lo bendecimos, y en este Jesús somos bendecidos. Éste es el milagro maravilloso de la Navidad, ésta es la bendición que Jesús viene a traer a nuestras vidas. Jesús viene como Embajador del Padre y a Jesús nosotros le deseamos la victoria.

Esto de bendecir al Mesías tiene una historia muy larga y muy bella dentro de la Sagrada Escritura. Recordemos ante todo que la palabra “Mesías” quiere decir “Ungido”. Ser el Mesías quiere decir ser el Ungido. ¿Y quiénes eran los ungidos? ¿Quiénes eran los Mesías en el Antiguo Testamento? Los reyes.

Yo estoy seguro de que a muchos de ustedes puede sonarles extraño éso de que uno le desee bienes a Cristo. Que uno sea bendecido en Cristo como que se entiende más, pero que uno le desee bienes a Cristo suena extraño; o sea aquello de bendecir en el Nombre del Señor a Cristo. Pero, no es tan extraño.

Jesús es el Mesías, Jesús es el Cristo. De hecho, la palabra Cristo en griego, quiere decir lo mismo que Mesías en hebreo. Mesías es en hebreo lo mismo que Cristo es en griego, lo mismo que ungido es en español. ¡Es lo mismo!

Jesús es el Mesías; Jesús es el Cristo, Jesús es el Ungido, el Ungido del Padre. Y si Jesús es el Ungido, si Jesús es el Cristo, esto significa que Jesús es aquel que ha recibido la unción de Dios y que es el Rey victorioso.

Yo creo que hay algo interesante que debemos recordar aquí, y es que la victoria de Cristo ya ha sucedido pero todavía está por suceder. Sabemos que en Cristo todo funciona con el “ya, pero todavía no”. En Cristo ya está dada la victoria, pero todavía está por suceder la victoria.

A ver si me explico: Cristo murió en la Cruz para perdón de nuestros pecados. Cristo resucitó para que fuéramos salvos. De parte de Cristo ya no hay nada más que hacer o que esperar. Él lo dio todo, Él lo entregó todo. Ahí no hay nada más que agregar; simplemente Jesús entregó todo.

Jesús amó hasta el extremo. Nada más hay que agregar ahí. ¡Nada más! Y sin embargo esa obra de la Redención todavía tiene que completarse del lado de nosotros. Ya Jesús ha ofrecido su amor; ha ofrecido su salvación, ha ofrecido su misericordia. Ya Él ha ofrecido todo esto; pero, falta todavía que yo se lo reciba. Falta todavía que este General y Rey victorioso entre así en mi corazón, y que todos los tesoros de su amor, de su piedad, de su poder, se completen en mi vida.

¿Por qué es tan importante bendecir a Jesucristo? Porque en la medida en que bendecimos a Éste que viene, en la medida en que bendecimos en el Nombre del Señor a Cristo que viene, estamos otorgándole la victoria, estamos diciéndole: “¡Ven a reinar!” “¡Ven a reinar!” ¿Dónde? “Ven a reinar en mi vida, ven a reinar en mi familia, ven a reinar en mi pasado”.

“Cualquier cosa que haya sucedido en mi pasado, ven a traer paz en las aguas tormentosas de mi corazón. ¡Ven a reinar! Que sea tu Palabra poderosa, Jesús, la que impere. ¡Ven a reinar en mi mente! Si mi mente está angustiada por recuerdos que me torturan, si mi cuerpo está angustiado por la enfermedad o por otra dolencia, si mi memoria está angustiada por preguntas que no logro responder o por pecados que he cometido, si hay esa turbulencia en mí, si no encuentro la paz, ven a reinar”.

Entonces, cuando bendecimos a Jesucristo –y esto es muy poderoso, mis hermanos, ¡muy poderoso!-, le estamos otorgando todo poder para que venga a reinar en nuestras vidas. Le estamos diciendo: “Tú eres el General victorioso y yo quiero que Tú ejerzas tu reinado, ejerzas tu poder en mi vida, y así vengas Tú a reinar en mí”.

Recuerda que cuando nosotros bendecimos a Jesucristo le estamos deseando todos los bienes. ¿Y cuáles son los bienes de este Rey y Comandante, de este Rey y General victorioso? ¿Cuáles son los bienes de un guerrero tan eminente, tan valiente, tan grande, tan santo? ¿Cuáles son los bienes? La victoria. Por eso el libro del Apocalipsis representa a Jesucristo como soldado, como general victorioso que sale en un caballo que se llama “La Palabra de Dios”.

¿Qué bien le puedo yo desear a un general que va a la batalla? ¿Cuál es el bien que yo le deseo? La victoria. ¿Y cuál es la victoria que yo le deseo a Cristo? La victoria en mi vida, ante todo; y la victoria en mi familia, y la victoria en mi país; la victoria en el mundo entero y en todos los siglos. ¡Ven a Reinar! ¡Ven a Reinar, Jesucristo!

Y por eso cuando celebramos la Navidad, mis hermanos, nuestro corazón se abre ante la compasión, ante la ternura del Niño. Nuestro corazón se abre ante la humildad del pesebre. Nuestro corazón se abre y le decimos: “¡Gracias!” Pero, también lo bendecimos y también le decimos: “Que sea Tuya la victoria. General de las Huestes Celestiales, que sea tuya la victoria en mi vida. Rey poderoso y victorioso de los siglos, que tu victoria se realice en mi mente, en mi corazón. Que venga tu victoria, Señor; que se realice tu victoria en mi vida”.

Yo, en el acto mismo de bendecir, ya estoy suplicando, ya estoy pidiendo. Sabemos muy bien que existe la oración de petición y existe la oración de alabanza. Digamos que en términos de teología de la vida espiritual, son dos clases de oración distintas. Pero, si uno lo analiza mejor, resulta que en el fondo se confunden; son la misma. Porque, en el acto de alabar a Cristo, yo le estoy diciendo: “¡Tú eres grande! ¡Tú eres poderoso! Te deseo y te entrego todo mi amor. Quiero todo lo mejor para Ti.”

Pero, como Él es precisamente eso, General que sale al combate espiritual, General que lidera la batalla por las almas, ¿qué le puedo desear yo a ese General? Que gane esas almas, que sean suyas, solamente suyas, completamente suyas para siempre. ¿Y cuáles almas voy a entregarle a este General? Pues, en primerísimo lugar, la mía.

“A Ti, General de las Huestes Celestiales, a Ti, Rey victorioso, Jesucristo, tan humilde, tan pequeño, tan amoroso, tan compasivo; tan lleno de luz, tan lleno de pureza, tan lleno de santidad, a Ti te bendigo, a Ti Jesucristo te deseo la victoria. Y tu victoria es mí bien, porque tu victoria es que Tú me ganes a mí. Tu victoria es que Tú triunfes sobre mí. Tu victoria es que tú ganes. Tu victoria es que yo sea tuyo. Ésa es tu victoria y ésa es mi ganancia”.

“Tu victoria es mi ganancia, Jesucristo: que Tú ganes, que Tú me ganes, que Tú obtengas mi propia vida como trofeo de tu batalla. Ése es un bien para mí. Porque, pertenecer a tu Reino, pertenecer a tu plan de salvación, pertenecer a tu propuesta de vida y de amor, es sencillamente lo mejor que podría sucederme. Jesús, en este momento queremos entregarnos a Ti. En este momento, Jesucristo, queremos que se manifieste en nosotros completamente tu compasión”.

Y por eso ahora, mis hermanos, ya hemos hecho esta breve meditación sobre la grandeza de la visita de Dios a nuestra tierra en Navidad. Por eso ahora les invito a que entremos de lleno en un momento de oración, pidiéndole a este Jesucristo que sea bendición para nosotros, que su venida no sea en vano, que todos esos trabajos que Él padeció desde el primer momento de su Nacimiento hasta su último suspiro en la Cruz, no se pierdan.

“Jesús, no puede perderse tu amor. Yo no quiero que se derrame, que se desperdicie tu amor. No quiero que se desperdicie; quiero que caiga en tierra buena y bien preparada. Quiero abrirte mi corazón como tierra buena y preparada, Jesús, para que Tú derrames bendición, para que Tú derrames la bendición de tu Divino Espíritu, la bendición de tu Redención sobre mí”.

Hagamos oración, mis hermanos. Hagamos oración; abramos nuestro corazón en este momento. Pidamos a Dios, Nuestro Señor, que sea grande su victoria, que sea grande, grande su amor. “¡Oh sí, Jesucristo, Jesús, Señor y Salvador! ¡Oh sí, Jesús! Ven a realizar tu obra en nuestras vidas. Yo quiero alimentarme de Ti, yo quiero recibir lo que Tú has traído. Yo no quiero que se pierda tu dolor, tu esfuerzo”.

“Yo creo en tu oración, Jesús. Yo creo, Jesús, que tu Sangre tiene poder. Yo creo, Jesús, que tu Palabra impera sobre los siglos. Yo creo, Jesús, que aquello que tú pides al Padre Celestial, se cumple. Yo creo, Jesús, que en Ti reside el poder para transformar mi existencia y la del mundo entero”.

“Yo quiero abrirte amplio espacio, Jesucristo, en este momento. Quiero abrirte amplio espacio, para que seas Tú reinando en mi vida. Quiero bendecirte, Jesucristo, desde el centro y desde el fondo de mi corazón. Quiero bendecirte, Jesucristo, y desear que la victoria sea completamente tuya”.

“Que crezca tu gloria, Jesús, en aquellas historias, en aquellas vidas especialmente golpeadas por la enfermedad, por la injusticia, por el pecado, por la soledad, por la depresión. Que en esas vidas, especialmente las más resistentes, que en los casos más difíciles, luzca tu amor y sea grande tu victoria, Jesús. ¡Divino Niño! ¡Precioso bebé! ¡Misterio de amor! ¡Milagro de la gracia! ¡Cristo!¡Verbo Encarnado! A Ti vengo con toda humildad a entregarte los casos más difíciles!”

Hermanos, hagamos oración. Entreguemos en este momento los casos más difíciles: las personas a las que nos cuesta perdonar, las personas que sienten dificultad de perdonarnos. Entreguemos esos casos más difíciles: las personas que nos han hecho un daño terrible, las personas a las que de pronto nosotros hemos lastimado. Entreguemos frente al Pesebre de Jesús esas historias difíciles, para que este General victorioso de los Ejércitos Celestiales se glorifique.

“Yo vengo a entregarte, Jesús, los regalos más extraños. No son los regalos que Tú mereces; pero, en esos regalos, Señor, está mi tributo de amor y de obediencia. Así como Tú obraste con amor y con obediencia al Padre, así quiero yo obrar con amor y obediencia a Ti”.

“Y mi obediencia consiste en que Tú dijiste: “Pedid y se os dará” (véase San Mateo 7,7). Tú me mandaste pedir y yo estoy pidiendo. Y tú dijiste: “Llamad y se os abrirá” (véase San Mateo 7,7), y por eso estoy llamando a la puerta”.

“Estoy tocando a la puerta de tu misericordia para pedirte que sea tu Palabra la que devuelva la paz a mi corazón, una paz que nadie me pueda arrebatar, Señor, a pesar de que vengan recuerdos tormentosos a mi memoria, a pesar de que yo mismo entienda que hay muchas cosas que ya no puedo sanar, que ya no puedo restaurar, heridas o problemas que ya no puedo desenredar porque ya no hay manera, porque las personas ya no están, porque ya se murieron, porque están lejos, porque no me quieren oír, porque nunca nos entendimos, por lo que sea, porque hay tantas limitaciones en la mente y en el corazón humano”.

“Yo sé que hay muchas cosas que yo no puedo reparar. Pero, esas mismas cosas las quiero entregar como extraño regalo a Ti, General de las Huestes Celestiales, a Ti que vienes con amor, Rey y Mesías, milagro de la gracia, Hijo de la Virgen María, piadoso Salvador; a Ti vengo a entregarte lo que soy”.

“¡Bendito seas Jesucristo! ¡Bendito seas desde el fondo de mi corazón! ¡Que sea tuya la victoria! A Ti te entrego los problemas, los recuerdos, los pecados, las tentaciones que puedan estar más enraizadas en mi corazón. A ti te entrego los miedos, las oscuridades, las dudas, las confusiones, las preguntas que más perturban mi alma. A Ti te las entrego, Jesús”.

“Yo no quiero más que sean mías. Nos dice el Apóstol San Pedro: “Descargad en Dios, descargad en Él todas vuestras preocupaciones” (véase 1Pedro 5,7). Así vengo yo, Señor; así vengo yo en este momento ante tu Pesebre; así vengo yo al Portal de Belén, con un costal, con una bolsa inmensa de regalos tristes”.

“Son mis regalos tristes, Señor. ¿Pero, a quién más los voy a dar sino a Ti? Los voy a dar a Ti para que Tú los transformes en victorias de tu amor. Si te estoy entregando mis historias tristes, Señor, no es con una resignación triste, sino es con una esperanza firme y gozosa de que Tú puedes transformar una historia de derrota en una historia de victoria”.

“Así te estoy entregando, Señor, las dudas y las preguntas; así te estoy entregando, Señor, los dolores y las heridas; así te estoy entregando, Señor, todo lo que soy y todo lo que tengo. Y en muchos casos ni siquiera me voy a preocupar, Señor, porque no tiene sentido. No tiene sentido angustiarse, no tiene sentido cuando muchas veces llego a comprender que el único que puede cambiar mi derrota en victoria eres Tú”.

“A Ti te entrego todo lo que soy, Señor, y lo dejo a los pies de tu Pesebre. Entiendo que si Tú estás en esta tierra es solamente por ese motivo que dice el Credo: “Por nosotros y por nuestra Salvación”; y entiendo que tú llegada, Señor, tu amorosa llegada a mi vida, tu amorosa llegada a nuestras vidas, tiene sólo esa razón de ser, sólo esa misericordia que brotó del Corazón del Padre”.

“¡Gracias, Jesús! En fe ya te doy las gracias. En fe ya te doy las gracias, porque sé que Tú no vas a rechazar mis regalos, mis extraños regalos que parecen tristes pero que Tú convertirás en victoria. Sí, Jesús; sí, Señor; en fe te doy ya las gracias. En fe te bendigo ya y en fe te digo: ¡Bienvenido en el Nombre del Señor! ¡Bienvenido, Tú! ¡Tú que vienes, bienvenido! ¡Bendito seas! ¡Santo eres, Jesucristo! ¡A Ti, gloria y alabanza por los siglos!”

Mis hermanos, estuvo con ustedes Fray Nelson Medina de la Orden de Predicadores. Que esta música de oración que el Espíritu nos da, que esta certeza de la presencia de Cristo crezca en nosotros con cada Navidad hasta el día en que veamos cara a cara al Rey de la gloria. A Él el honor y el poder por los siglos.

Amén.