Diferencia entre revisiones de «Conferencias de Adviento y Navidad, 2 de 3»

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En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
 
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En el versículo dieciocho de ese capítulo primero de Lucas encontramos la respuesta de Zacarías: “¿Cómo podré saber ésto? Yo soy anciano y mi mujer es de edad muy avanzada” ( véase San Lucas 1,18).  ¿Cómo podré saber esto? ¿Cómo voy a estar seguro?
 
En el versículo dieciocho de ese capítulo primero de Lucas encontramos la respuesta de Zacarías: “¿Cómo podré saber ésto? Yo soy anciano y mi mujer es de edad muy avanzada” ( véase San Lucas 1,18).  ¿Cómo podré saber esto? ¿Cómo voy a estar seguro?
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Para la persona que carece de fe, las propuestas de Dios suenan absurdas; le parece imposible asegurarse de ellas. Y atención, que estamos hablando de un hombre que no era un criminal.  
 
Para la persona que carece de fe, las propuestas de Dios suenan absurdas; le parece imposible asegurarse de ellas. Y atención, que estamos hablando de un hombre que no era un criminal.  
  

Revisión del 21:39 3 oct 2011


Zacarías: El Cántico de la misericordia


En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Está con ustedes, amigos, Fray Nelson Medina de la Orden de Predicadores, y ustedes habrán notado que con mucha frecuencia antes de predicar, dirijo un saludo a la Santísima Virgen María. También hoy lo vamos a hacer, y quiero contarles después, por qué estimo tan importante este saludo a María.

“Dios te Salve María...”

En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Sí, mis hermanos, creo que es bien importante saludar a María antes de la predicación, porque no fue Ella precisamente la que nos dio la Palabra de Dios. Creo que nosotros, misioneros, catequistas, evangelizadores, sacerdotes, tenemos una gran deuda de amor con la Santísima Virgen, porque lo que nosotros deseamos hacer como evangelizadores, en el fondo es una prolongación o una continuación de lo que Ella misma hizo, que es darle al mundo, regalarle al mundo la palabra de salvación que es su Hijo Jesucristo.

Y de María podemos aprender también la necesidad de cuidar esta Palabra, la necesidad de tenerla muy cerca del corazón, la necesidad y el deber tan hermoso de dejar crecer a esta Palabra dentro de nosotros.

Así como María dio su vientre al misterio de la Palabra encarnada y Cristo creció en el vientre de María, así también Cristo quiere crecer en cada uno de nosotros; Cristo quiere reinar en cada uno de nosotros.

Luego, son muchas las lecciones que nos puede dar la Santísima Virgen María. Por otra parte, Ella también nos enseña cuál es el centro de atención en una verdadera predicación. De lo que se trata finalmente es de darle la plenitud de la gloria a Dios: de éso es de lo que se trata.

En el famoso cántico de la Virgen María encontramos esta dinámica. María recibe el saludo y recibe la felicitación de Isabel, pero Ella no se queda con ese amor. No se queda con esa alegría, ni mucho menos se queda con ese elogio, sino que Ella todo lo refiere a Dios.

Inmediatamente eleva su corazón y por consiguiente el corazón de Isabel. Eleva el corazón de quien está junto a Ella, lo eleva hacia Dios, lo eleva en alabanza, lo eleva en gratitud y lo eleva en confianza, dulce confianza en el amor fiel de Dios.

Esto es, por supuesto, lo que también estamos llamados a hacer los que evangelizamos en el nombre de Cristo. También de lo que se trata en el caso nuestro, es que Dios nos conceda esa gracia de ayudar a levantar el corazón.

¡Que se levante el corazón de la asamblea! ¡Que se levante en alabanza la asamblea! Que se levante en gratitud, en acción de gracias, y que se levante en dulce confianza hacia el amor fidelísimo del Padre Dios.

Es mucho lo que podemos aprender entonces de ese cántico de la Santísima Virgen María. Recordemos en dónde se encuentra: está en el capítulo primero del Evangelio según San Lucas, a partir del versículo 46 hasta el versículo 55.

Todo tiempo del año es propicio para meditar en estas palabras de la Santísima Virgen María, pero indudablemente durante el Adviento y durante la Navidad, como que la ocasión es todavía más propicia, más adecuada, es el momento para unirnos a estos sentimientos de María.

Observemos que María durante su Adviento fue a visitar a Isabel. El Adviento de María es el tiempo en el que Ella estaba embarazada de Cristo. Ése es el Adviento de María, y El Magníficat es un cántico que Ella realiza durante su propio Adviento; es el cántico en el que celebra ya en esperanza la misericordia de Dios su Salvador.

Por eso: ¡qué escrito tan maravilloso para recordarlo tanto en Adviento como en Navidad, ese capítulo primero de Lucas, aunque sólo fuera por este texto inmortal del Magníficat!

Así llamamos al Cántico de María, El Magníficat, y la razón para llamarlo así, es porque la primera palabra de este cántico en la versión en latín es precisamente ésa: Magníficat, que significa engrandece.

“Magnificat anima mea Dominum”: “Mi alma exalta, mi alma engrandece al Señor, mi alma proclama la grandeza del Señor” (véase San Lucas 1,46). Así empieza el cántico de la Virgen.

Decía que, aunque sólo fuera por este cántico, ese capítulo primero de San Lucas es un texto absolutamente maravilloso, y todavía tiene más riqueza.

¡Es increíble! En el mismo capítulo primero se encuentra otro cántico, que es al que vamos a darle mayor atención en esta meditación en especial. Quiero referirme al Cántico de Zacarías.

Porque, gracias a Dios, no son pocos los comentarios teológicos, los comentarios bíblicos; no son pocas las predicaciones que encontramos con respecto al Cántico de María, o sea El Magníficat. En cambio, el Cántico de Zacarías que se encuentra en el mismo capítulo primero de Lucas, es mucho menos conocido, es mucho menos predicado, y casi me atrevo a decir, mucho menos apreciado.

Observemos que nuestra Santa Iglesia ve una profunda relación entre estos dos cánticos, entre estas dos oraciones tan hermosas. El cántico de la Virgen, El Magníficat, lo tenemos siempre en la oración de la tarde.

Resulta que la Iglesia tiene una forma especial, podemos llamar una forma oficial de oración que se llama La Liturgia de las Horas: liturgia de las horas, porque es la liturgia en la que celebramos el tiempo que Dios nos ha dado. En ese sentido es también liturgia de la vida.

En La Liturgia de las Horas hay dos oraciones que son como los dos pivotes, como las dos columnas, y éstas son la oración de la mañana que se llama Laudes, o sea alabanzas, y la oración de la tarde que se llama Vísperas, porque “vesper” en latín, quiere decir tarde.

Laudes y Vísperas son las dos oraciones centrales del cristiano de acuerdo con la Liturgia de las Horas. Y en estas oraciones hay muchos elementos que cambian, por supuesto: tenemos salmos, cánticos, lecturas bíblicas.

En mi propia página Web ustedes pueden dirigirse y pueden encontrar esta oración, y podemos orar juntos. Yo tengo algunas grabaciones en esa página Web que se llama fraynelson.com. Si ustedes entran a ella, pueden encontrar la oración de Laudes, la oración de Vísperas. En muchas emisoras católicas se transmite también esta oración, para que la gente participe, y así debe ser porque es la oración de la Iglesia.

Pero, mi historia va a que en estas oraciones hay muchos elementos que cambian, pero hay otros elementos que son estables: por ejemplo, el Padrenuestro.

Así como en cada Santa Misa tenemos el Padrenuestro y hay un lugar especial para orar juntos la oración que Cristo nos enseñó y la decimos en cada Eucaristía, así también tanto en Laudes como en Vísperas, tenemos el Padrenuestro. Decimos esta oración tanto en la mañana como en la tarde.

Y hay otros elementos que permanecen. Por poner el caso, el Cántico de la Virgen lo decimos todas las tardes. Es el cántico evangélico, o sea, tomado del Evangelio, propio de la tarde. Si ustedes rezan conmigo las Vísperas o rezan con cualquier emisora que se precie de ser católica, ustedes encontrarán que siempre aparece el Cántico de la Virgen.

Pero, en Laudes no está El Magníficat; en Laudes lo que aparece es el Cántico de Zacarías, de manera que algo nos está queriendo decir la Iglesia con esto. Cada mañana, al decir nuestra oración de Laudes, nosotros tomamos las palabras de Zacarías y proclamamos el Cántico de Zacarías.

Y lo anterior ocurre todas las mañanas de todos los tiempos litúrgicos del año: puede ser Adviento, Navidad, Cuaresma, Pascua. Puede ser el tiempo ordinario, puede ser una fiesta de la Virgen, una fiesta de algún santo, Semana Santa, alguna fiesta de Cristo Señor, o Pentecostés. En todos los días del año, absolutamente en todos, tenemos el Cántico de Zacarías por las mañanas.

Esto habla de la importancia de este cántico y por eso digo que merece bastante atención. Bendito sea Dios que meditamos ahora con más frecuencia que en otras épocas las riquezas del Cántico de la Virgen, lo que no tiene que disminuir, y al contrario, está muy bien que crezca.

Pero, necesitamos apreciar más el Cántico de Zacarías que se encuentra también en el capítulo primero del Evangelio según San Lucas. Precisamente, porque Juan El Bautista, que fue el hijo de Zacarías, nació muy próximo, antecedió por unos pocos meses a Cristo, el nacimiento de Juan el Bautista y el nacimiento de Cristo van como en paralelo.

En realidad, las vidas de los dos van en paralelo. El nacimiento de Juan fue anunciado primero, y un mismo mensajero celestial, el Ángel Gabriel, fue enviado inicialmente a Zacarías y después a la Virgen María. Es decir, hay un paralelo muy grande entre estos dos personajes.

Observa, el Ángel Gabriel es enviado a Zacarías que estaba oficiando como sacerdote en el Templo de Jerusalén, y aunque se trata de un matrimonio estéril y ya eran de avanzada edad Zacarías y su esposa Isabel, el Ángel les anuncia un milagro de amor: van a tener un hijo. Les predice el nacimiento de Juan en condiciones humanamente imposibles.

El mismo Ángel Gabriel es luego enviado esta vez a la Santísima Virgen María, y en este caso se trata también de un nacimiento milagroso: no porque hubiera esterilidad, sino porque había virginidad.

El Ángel Gabriel anuncia a la Santísima Virgen María que Ella va a dar a luz, y María dice: “¿Cómo va a ser esto si yo no conozco varón?” ( véase San Lucas 1,34).

Ella estaba desposada con José, y de acuerdo con la costumbre judía, el matrimonio tenía como unas fases. Una de esas fases era lo que se llamaba “los desposorios”: ya ahí eran declarados marido y mujer. De hecho, podían tener intimidad las parejas judías que estaban desposadas, pero en ese momento todavía no convivían día y noche.

José y María estaban desposados, y el Ángel le dice a María: “Vas a tener un hijo” ( véase San Lucas 1,31). Y María responde: “¿Cómo va a ser ésto si no conozco varón?” ( véase San Lucas 1,34).

Esa pregunta de María sería completamente absurda a menos que ella tuviera un propósito, una resolución de virginidad en su corazón. Yo sé que esto suena extraño, porque para la mentalidad judía que valoraba tanto la fecundidad, tenía que ser muy raro este voto virginal, este deseo de virginidad en María. Pero, recordemos que no es ni la primera ni la última vez que Dios hace cosas extrañas.

Dios es el Señor y nosotros no debemos achicar a Dios al tamaño de nuestras mentes, sino tratar de ensanchar nuestras mentes y sobre todo nuestros corazones al tamaño de Dios. Y si Dios nos quiere dar sorpresas, si Dios quiere abrir caminos que parecen imposibles, caminos que parecen improbables, pues, lo que a nosotros nos corresponde no es criticarle a Dios sus caminos ni decir: “No, eso no puede ser porque yo no lo entiendo”.

Lo que tenemos que hacer más bien, es reconocer la grandeza y la belleza de esos nuevos caminos que Dios abre. Con la Santísima Virgen, Dios estaba abriendo un camino nuevo, el camino de la virginidad como señal de alianza, incluso como señal de desposorio con Dios.

Por tanto, obsérvese el paralelo. Dios le dice a Zacarías que ellos van a tener un hijo, y Dios le dice a María: “Tú vas a ser la madre del Mesías” ( véase San Lucas 1,31). En el caso de Zacarías éso parecía imposible, porque era una pareja estéril. Y en el caso de María, éso resultaba imposible por el voto virginal que Ella tenía.

En ambos casos se trata de un Dios que vence los imposibles, se trata de un Dios que no se detiene frente a las dificultades, sino que abre caminos donde no los hay.

¿No es esto, por cierto, lo que celebraban los judíos en el caso de la Pascua? Llevar a un pueblo por el desierto donde lo único que se espera es morir de hambre, cansancio y sed, éso es abrir un camino en el imposible.

Y antes de entrar al desierto, ¿qué hizo Dios con los israelitas? ¿Qué hizo Dios con los hebreos? Los hizo atravesar el Mar Rojo. ¿Y es que acaso hay un puente en las aguas? ¿Es que acaso hay un camino ahí? No lo hay, pero Dios lo hace.

Dios detiene las aguas de algún modo, -no sabemos los detalles de ese milagro-, y no será la primera ni la última vez que Dios haga milagros. Nos dice la Escritura que: “El pueblo pasó” ( véase Éxodo 14,22 ; 14,29). Es decir, Dios hace un camino donde no lo hay.

Y si uno lo piensa bien, éso tampoco es tan extraño. Porque, al fin y al cabo, ¿qué es la Creación misma? Nuestra fe afirma que Dios es el Creador de todo, y cuando decimos Creador de todo, es el Creador de la materia, del tiempo, de la energía, de las leyes de la naturaleza, de la vida, Creador de la conciencia que existe, por ejemplo, en el alma humana.

Dios es el Creador de todo, y por lo mismo nosotros afirmamos que Dios ha sacado el universo de la nada. O sea que la Creación misma, esta Creación que apreciamos y agradecemos si somos creyentes, es un regalo y es un regalo que es un imposible.

Filosóficamente se dice: “De la nada, nada sale”, y sin embargo, Dios de la nada hace posible todo cuanto existe. Nos dice el Nuevo Testamento: “Dios que llama a lo que no es para que sea” ( véase.

La Palabra de Dios hace posible que exista lo que no existía. La Palabra de Dios abre caminos. Entonces, fíjate cómo ese paralelo entre Zacarías y María no es un paralelo que se haya inventado la Iglesia, para que quede un cántico bonito por la mañana y un cántico bonito por la tarde.

Ese paralelo lo que en realidad significa es que en el plan de Dios hay una profunda unidad entre estas dos historias a pesar de todas las diferencias: Zacarías es un hombre y María una Mujer. Zacarías es estéril y María es virgen. Zacarías es anciano y María es joven.

Pero, Zacarías no podía ser papá y María había decidido delante de Dios que iba a permanecer virgen. Son historias paralelas, en donde hay una belleza escondida, una belleza mística, podemos decir, una belleza que saben percibir los corazones cuando verdaderamente sosiegan el espíritu y como un lago dejan que se refleje la luz que viene del Cielo.

Si dejamos que se sosieguen nuestros corazones en un espíritu contemplativo, veremos que se refleja una luz maravillosa, veremos que se refleja la luz del Cielo.

Yo te invito, hermano, yo te invito, hermana, a que sosiegues tu corazón en este momento, y tú verás cómo se refleja una luz maravillosa, ahí, en el corazón; descubrirás cosas muy bellas en estos cánticos.

Pero, hay un contraste muy grande. Porque, cuando el Ángel Gabriel que es el mismo mensajero en ambos casos, le dice a María que Ella va a concebir, María pregunta cómo va a ser ésto.

Voy a leer las palabras específicas, porque es una hermosura que no se puede reemplazar y está también en el capítulo primero de Lucas. Nos cuenta este Evangelista en el versículo veintiséis y en los versículos que siguen, que el Ángel fue enviado donde María a la ciudad de Nazareth, que él la saludó, le anunció, y María le dijo: “¿Cómo será esto?” ( véase San Lucas 1,34 ).

En el versículo treinta y cinco está la respuesta: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el Santo Niño que nacerá será llamado Hijo de Dios” ( véase San Lucas 1,35).

Y le dice también el Ángel algo parecido a lo que hemos dicho en esta meditación: “Ninguna cosa es imposible para Dios” ( véase San Lucas 1,37), ¿Cuál es la respuesta de María? Es una respuesta de fe y aceptación. Ella acoge ese plan de Dios, Ella responde con un profundo y resuelto Sí.

La palabra en latín es “Fiat”, “que se haga, que se cumpla en mí, que se realice en mí, que suceda en mí de acuerdo con lo que tú has dicho”. La palabra de María, entonces, es una palabra de fe, ejemplo para todos nosotros.

Que cuando Dios nos ofrece sus planes, así a veces no los entendamos, así a veces quiebren nuestras expectativas y nos dejen perplejos porque no parecen coincidir con los nuestros, la respuesta tiene que ser la que dio María: “Sí. Amén”. “Que se cumpla en mí, que se haga en mí así como tú has dicho” ( véase San Lucas 1,38): ésa fue la respuesta de María.

Pero, la respuesta de Zacarías no fue tan positiva; la respuesta de Zacarías fue diferente. Si María brilla por el don preciosísimo de la fe y si ese don de la fe es el que abre como la puerta a todos los demás dones en la vida de Ella, en el caso de Zacarías la fe se queda corta. Zacarías parece que miró demasiado su propia realidad.

Leamos directamente de la Escritura lo que dice Zacarías. Resulta que el Ángel Gabriel le manifiesta a Zacarías que va a tener un hijo, que va a ser papá, y le anuncia la grandeza de ese hijo que será después Juan Bautista. Pero, esta vez la respuesta de Zacarías no es tan positiva. Zacarías como que retrocede con incredulidad, como que le parece demasiado lo que le están proponiendo.

En el versículo dieciocho de ese capítulo primero de Lucas encontramos la respuesta de Zacarías: “¿Cómo podré saber ésto? Yo soy anciano y mi mujer es de edad muy avanzada” ( véase San Lucas 1,18). ¿Cómo podré saber esto? ¿Cómo voy a estar seguro?

Para la persona que carece de fe, las propuestas de Dios suenan absurdas; le parece imposible asegurarse de ellas. Y atención, que estamos hablando de un hombre que no era un criminal.

Zacarías no era ningún criminal; Zacarías era un hombre bueno. Y ésto no lo digo yo, esto lo dice la misma Escritura. Fíjate lo que leemos en los versículos cinco y seis del capítulo primero de Lucas: “Hubo en los días de Herodes, rey de Judea, cierto sacerdote llamado Zacarías, del grupo de Abías , que tenía por mujer una de las hijas de Aarón que se llamaba Elizabeth o Isabel. Ambos eran justos delante de Dios y se conducían intachablemente en todos los mandamientos y preceptos del Señor” ( véase San Lucas 1,5-6).

¡Esto no es un elogio pequeño! La Biblia que es como tan parca en elogios y tan renuente en darle de pronto la gloria al hombre, quitándole, quizás, la gloria a Dios, fíjate lo que nos dice de Zacarías y de Isabel: que eran justos delante de Dios. Después de una edad avanzada, y aquí viene lo más interesante, eran justos en el cumplimiento de la ley.

Pero, lo que Dios viene a poner en marcha con el nacimiento de Juan Bautista, que es el Precursor de Cristo, y luego con el nacimiento mismo de Cristo, es mucho más que la Alianza de Moisés que estaba sellada según las claves de la ley.

Lo que Dios viene a traer, lo que Dios viene a proponer es mucho mayor y es mucho mejor. Lo que Él viene a proponerles es el orden nuevo de la gracia, es el orden del regalo. Porque, hasta cierto punto, ésto de cumplir intachablemente los preceptos, suena como a un negocio: “Yo me porto bien y Dios me da bienes”.

Mas, había un problema en la vida de Zacarías, y es que él se había portado muy bien pero Dios no le había dado el bien que él estaba esperando, el bien que él siempre había querido, el bien que prácticamente todo judío deseaba y probablemente desea, el bien de tener una descendencia.

La persona que solamente funciona con el orden de los preceptos y únicamente con la lógica de la ley, está siempre en peligro de mirar su relación con Dios como un negocio: “Yo me he portado bien, me tiene que ir bien. Como yo me he portado bien y no me ha ido bien, entonces yo no estoy muy seguro de Dios”. Éso fue lo que le pasó a Zacarías.

El Ángel se presenta donde Zacarías y en el fondo le está proponiendo lo que él siempre esperó; le anuncia la Buena Noticia, pero ya en ese momento Zacarías ha acostumbrado a su cerebro a funcionar con la lógica del negocio, la lógica de la retribución: “Un momento: yo me he portado bien. ¿Por qué no me va bien?”

Y el grave problema es que cuando uno acostumbra el corazón, cuando uno acostumbra el alma a esa lógica, la lógica del negocio, de la transacción, del contrato, de “yo doy y me dan, yo me porto bien y me va bien”, cuando uno obra mucho tiempo con esa lógica, termina llenándose de amargura, termina perdiendo la alegría, y termina también disolviendo la capacidad de creer.

Y esto fue exactamente lo que le sucedió a Zacarías: se había portado muy bien pero no le había ido tan bien. Entonces, él había aprendido con esa lógica de la transacción, a desconfiar de Dios. Y cuando Dios mismo le trae la propuesta, cuando Dios mismo le trae el regalo, ¿qué es lo que dice Zacarías? “¿Y ahora cómo hago para estar seguro? ¿Ahora cómo me voy a asegurar de éso? ¿Sí será que sí? ¿ O será que no?”

Zacarías no logra creer, y esa incredulidad tuvo una consecuencia; podríamos llamarla castigo pedagógico. Dios sometió a Zacarías a una especie de “castigo pedagógico”, y ese castigo fue lo que le dijo también el Ángel Gabriel: “Te vas a quedar mudo” ( véase San Lucas 1,20).

En el versículo diecinueve leemos: “El Ángel le dijo: “Yo soy Gabriel que estoy en la presencia de Dios y he sido enviado para hablarte y anunciarte estas buenas nuevas. Y he aquí que te quedarás mudo y no podrás hablar hasta el día en que todo esto acontezca, por cuanto no creíste mis palabras, las cuales se cumplirán a su debido tiempo” ( véase San Lucas 1,19-20).

Fue un castigo pedagógico. Gabriel le dice a Zacarías: “Ahora te quedas mudo” ( véase San Lucas 1,20), y se quedó mudo. Porque, Zacarías estaba oficiando en el Templo de Jerusalén mientras sucedía toda esta entrevista con el Ángel Gabriel; y Zacarías se demoró. “Ya cuando salió no podía hablar. Entonces, la gente entendió que algo le había sucedido” ( véase San Lucas 1,22). Pero, lo cierto es que se quedó mudo.

Y esta mudez es importante para los propósitos de la reflexión que estamos haciendo, mis hermanos, ya que esta mudez quedó rota cuando él por fin pudo alabar a Dios. La primera alabanza que salió de su boca cuando se acabó el castigo, -como decimos en Colombia: cuando le levantaron el castigo-, lo primero que salió de su boca fue ese cántico, esa exultación maravillosa, esa proclamación de la misericordia divina: éso que nosotros llamamos el Cántico de Zacarías.

Así como el Cántico de María es conocido como El Magníficat, el Cántico de Zacarías es conocido como El Benedictus. Porque, al igual que en el caso de María durante muchos siglos la Iglesia ha utilizado sobre todo la traducción al latín, y en latín este cántico empieza precisamente con esa palabra, “Benedictus”, de la misma forma en español decimos:“Bendito sea el Señor Dios de Israel”. Y resulta que con esa alabanza se rompe la mudez de Zacarías.

¿Dónde está este cántico? Ya dijimos que es en el capítulo primero de Lucas. ¿Pero, dónde? Se encuentra a partir del versículo 68 de Lucas, del 68 al 79. La versión en latín dice: “Benedictus deus de Israel quia visitavit et fecit redemptionem plebis suae” ( véase San Lucas 1,68). Por eso se le llama Benedictus.

El Benedictus, el Cántico de Zacarías, es entonces la alabanza que rompe la mudez. En ese sentido es muy hermoso pensar que es oración de la mañana. Ya dijimos que el Cántico Evangélico de Zacarías es el cántico que tenemos siempre en la oración de la mañana, siempre en Laudes. Y la oración de la mañana usualmente sucede después de las largas horas de sueño.

Después de la mudez del sueño, después de que hemos estado callados y nuestras bocas no han bendecido a Dios porque estábamos dormidos, nos ponemos en pie, nos disponemos para la oración y proclamamos las alabanzas del Señor. ¡Y qué mejor que este Cántico de Zacarías, el cántico que rompe la mudez!

¿Pero, esa mudez por qué vino? Esa mudez vino por la incredulidad. O sea que el Cántico de Zacarías es el cántico que rompe la incredulidad.

Ahora bien; aquí hay algo muy bello. Cuando Isabel saluda a la Santísima Virgen María, le dice: “Feliz la que ha creído que se cumplirán las cosas que le fueron dichas de parte de Dios” ( véase San Lucas 1,45). “Feliz la que ha creído”: lo que Isabel celebra en María es ante todo la fe, y María entona ese himno maravilloso: “Proclama mi alma la grandeza del Señor “( véase San Lucas 1,46).

Es decir, que el Cántico de María es el cántico de la fe que alaba, porque María es saludada como la mujer de fe, la mujer creyente. Y al recibir ese saludo Ella entra en alabanza. Es la fe que alaba. ¡Ése es el Cántico de María!

Según eso, ¿qué es el Cántico de Zacarías? Es la alabanza que te devuelve la fe, porque es la alabanza que rompe la mudez, es la alabanza que rompe la incredulidad.

El Cántico de María es la fe que alaba y el Cántico de Zacarías es la alabanza que te devuelve la fe. Todavía lo podemos decir de otro modo un poco más hermoso. El Cántico de María es la fe que produce alabanza y el Cántico de Zacarías es la alabanza que produce fe, porque es la alabanza que te devuelve la fe, es la alabanza que rompe la incredulidad, es la alabanza que rompe la mudez.

Y yo quiero decirles algo, mis hermanos. Tenemos que romper la mudez, tenemos que acabar con la mudez. Y ustedes dirán: ¿Pero, qué mudez tenemos que acabar si yo puedo hablar perfectamente? ¡Bendito sea Dios! ¿Por qué voy a tener que curarme de la mudez? Yo puedo hablar.” Tú puedes hablar, pero, ¿tu voz le da la gloria a Dios? ¿Tu voz es testimonio de todo lo que el Señor ha hecho por ti?

Observemos lo que dice Zacarías: “Bendito sea el Señor Dios de Israel porque ha visitado y redimido a su pueblo suscitándonos una fuerza de salvación en la Casa de David, su siervo, según lo había predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas” ( véase San Lucas 1,68-70).

Lo que hace realmente Zacarías es reconocer las obras de Dios. Lo que él hace en su alabanza es darle la gloria a Dios, porque ha visitado, porque ha redimido. Por eso se le da la gloria a Dios y por eso hay que romper la mudez.

¿Cuántas clases de mudez espiritual hay hoy? Déjame mencionar algunas para que Zacarías nos ayude a vencer esta mudez. El que vivió en su propia carne el no poder hablar y luego experimentó el gozo de que se le soltara la lengua, necesitamos que él interceda por nosotros, para que nosotros recuperemos la capacidad de hablar, cantando las maravillas de Dios y cantando las maravillas de la visita del Señor, porque ha venido y porque nos ha redimido.

Observa, por ejemplo, el agnosticismo. ¿Qué es el agnosticismo? El agnosticismo es aquella forma de pensamiento según la cual muchas de las grandes afirmaciones de la religión no pueden ser ni aprobadas ni desaprobadas.

Un agnóstico se parece a un ateo con esta diferencia: El ateo dice: “ Dios no existe”, mientras que el agnóstico dice: “No sabemos, no podemos llegar a saber si existe o no existe un Dios”. Tú comprendes inmediatamente que el agnosticismo es una mudez, porque, por supuesto, si no sabemos si existe o no existe un Dios, entonces Dios no debe ser mencionado.

Hay mudez de Dios, porque no pronunciamos su Nombre, porque no le damos la gloria. Luego, hay mudez de Dios en los laboratorios de la ciencia, hay mudez de Dios en el Congreso de la República. Hay mudez de Dios, por ejemplo, en Europa; allí es terrible el agnosticismo. Algunos de estos legisladores locos en España quieren sacar hasta los crucifijos de las aulas: “Que no se vea, que no se sepa, que no se conozca”.

Y en Oxford, en Inglaterra, están proponiendo que Navidad ya no se llame Navidad. Navidad en inglés es “Christmas”. Entonces dicen: “Ya no vamos a llamar esto Christmas”. Por supuesto, “Christmas” está relacionado con “Christ”, “Jesus Christ”.

Entonces dicen: “No, ya no lo vamos a llamar Christmas. Ahora lo vamos a llamar la fiesta de invierno, la fiesta de la mitad del invierno”; algo así como “Middle Winter Festival”. Se trata de quitar el Nombre de Cristo: que no se vea el pesebre, que no se vea la Cruz, que no se mencione la religión. Eso es mudez, eso es callar, silenciar, amordazar.

Muy claramente ha predicado el Papa Benedicto el peligro de este agnosticismo, porque este agnosticismo finalmente lo que hace es convertir a la religión en un pasatiempo mental que debe conservarse en privado.

Y dice el Papa Benedicto: “No hay que tener temor de que la religión produzca ese daño”. Siguiendo el mensaje de Juan Pablo II, también Benedicto empezó su propio Pontificado diciendo: “No tengáis miedo”. Hay que quitar ese miedo a la religión.

Por supuesto que hay personas que con el pretexto de la religión han hecho barbaridades. Éso no lo vamos a negar. Pero, es que el que quiere hacer barbaridades las hace con pretexto de la religión, de la ciencia, del arte, de la política, o de lo que sea: “Simplemente porque quiero”.

Recordemos el caso de Stalin, Joseph Stalin, el terrible dictador ruso que mandó a la muerte a millones y millones de personas. Y no sólo las envió a la muerte; también quiso hacer todo tipo de cosas, como cuando propuso mezclar el código genético humano con el código genético de algunos gorilas o primates.

Él quería que los científicos de la Rusia atea experimentaran con el ADN, con el código genético humano, con el genoma humano, y trataran de mezclarlo con el código de gorilas, con la esperanza de obtener soldados que pensaran menos y que resistieran más.

Esto parecería un cuento cruel de ficción, pero es la realidad entre los muchos experimentos que hizo Joseph Stalin. Y a ese hombre no lo movía la religión; lo movía su obsesión con el poder, su apetito insaciable de estar en el poder y su desconfianza radical de cualquiera que se le acercara.

Entonces, echarle la culpa a la religión es muy cómodo, pero es injusto. Claro que ha habido personas que a nombre de la religión han cometido saqueos y abusos. ¡Claro que sí! Y hay gente que ha utilizado mal la autoridad que le da la religión.

Sin embargo, la culpa no es de la religión. Hay médicos que utilizan su autoridad de médicos para hacer barbaridades. Y psicólogos que hacen otro tanto, y fotógrafos, periodistas, presidentes de las Repúblicas, congresistas, policías, generales. Lamentablemente es parte del ser humano que cuando recibe algo de poder, existe siempre el riesgo de que lo use mal.

Pero, volvamos a nuestro tema. El Papa Benedicto nos está diciendo: “¡Cuidado con la mudez! ¡Cuidado con estar escondiendo a Dios como si Dios fuera una vergüenza! ¡Cuidado con negarle la gloria a Dios!”

Y decía, por ejemplo, en su viaje a Francia cuando visitó también el Santuario de Lourdes con ocasión de los 150 años de las apariciones a Bernadette: “No se le puede exigir a un ciudadano que cuando obra como ciudadano esconda o mutile una parte de su pensamiento, una parte de su ser, que son sus convicciones”.

Es que quieren que cuando se trate de las cosas públicas no pueda aparecer la religión porque se supone que la religión perturba la discusión o el discurso. Pues, el Papa dice: “Ustedes no pueden exigirle a un ciudadano que cuando obre como ciudadano tenga que mutilar sus convicciones y sus creencias. ¡Eso no se le puede exigir!”

Hay que curarse de la mudez. El ejemplo maravilloso de Zacarías está delante de nosotros, y cada uno tiene que pedirle también a Dios que lo cure de la mudez. Además, como en el caso de Zacarías, nuestra mudez probablemente ha nacido de nuestra incredulidad.

El que cree poco, testifica poco. El que va declinando en la fe, habla poco de su fe. El que se va sintiendo lejos de Dios, habla cada vez menos de Dios, porque Dios es un desconocido para él. Pero, tenemos el Cántico de Zacarías que nos recuerda la visita de Dios: “Dios ha visitado y redimido a su pueblo” ( véase San Lucas 1,68). Esto es lo que canta Zacarías.

Y aquí quiero sacar una última enseñanza para este rato de compartir, mis amigos. Zacarías celebra que Dios ha venido, que Dios ha visitado. ¿Éso qué quiere decir? ¿Qué podemos aprender de esta afirmación? Que fue Dios el que se puso en movimiento; que fue Dios el que vino a nosotros, que fue la condescendencia de Dios la que ha cambiado el desorden, el caos, la suciedad, la oscuridad de nuestras vidas.

Dios ha visitado, es Dios que ha venido, Dios que se puso en movimiento. ¡Dios se puso en movimiento para llegar hasta mí! Ésto es lo que despierta la gratitud, y éste es precisamente el sentido de la Navidad. ¡Dios se puso en movimiento! ¡Dios me ha visitado!

Cuando miramos al Niño Jesús en el Pesebre, hoy tenemos un modo nuevo de saludarlo. Hoy podemos decirle: “Jesús, Tú eres la visita de Dios. Jesús, Tú eres la condescendencia del Padre. Jesús, Tú eres la misericordia encarnada. Jesús, Tú eres la demostración plena y perfecta de la gracia. Jesús, en Ti aprendo que lo que yo no podía, lo que yo no entendía y lo que yo no merecía, Tú si querías concedérmelo, Tú sí querías dármelo. Gracias, Jesús, gracias. Yo no lo merecía, pero tú has querido concederlo. Gracias Jesús”.

¡Este es el espíritu, mis hermanos, este es el espíritu de gratitud que necesitamos! “¡Gracias, Jesús! Tú has querido concederme, tú has querido regalarme lo que yo necesitaba, pero yo no merecía. ¡Gracias, Jesucristo!”

Es Dios quien nos ha visitado. Pero, viene la otra parte: es Dios quien nos ha redimido. Literalmente, ¿qué quiere decir redimir? Redimir viene del latín, como tantas otras palabras: “redemptor, redempts, redemptsio”.

“Redemptsio” es la palabra en latín que da origen a “redención” en español. Y “redemptor”, ¿qué es? Pues, resulta que hay un verbo en latín que es “comprar”, y el que compra se llama “emptor”. “Redemptor” es el que ha vuelto a comprar, el que ha recuperado, el que ha adquirido para sí. Ser redimido significa ser adquirido por el poder del amor de Dios, por el poder de su misericordia.

“Yo he sido adquirido, yo he sido comprado”. La carta de Pedro nos lo dice: “Habéis sido comprados, no a precio de plata o de oro, sino a precio de la Sangre del Hijo de Dios” ( véase 1 Pedro 1,18-19).

Mas, lo importante en este momento, ya para terminar, es que la Redención significa que soy ahora posesión de Cristo. Él vino, me adquirió, y por lo tanto me llevó consigo.

¿Ves el doble movimiento? Él vino a mí para que yo me fuera con Él. Ésa es la Redención. Él vino a mí por su misericordia, para que yo me fuera con Él por su poder. La misericordia, la condescendencia, la ternura de Dios que viene, y el poder, la majestad, la gloria de Dios que me lleva consigo. Es un doble movimiento: Dios hacia mí, y ahora yo en Cristo, por Cristo, -como decimos en la Misa-, “Por Cristo, con Él y en Él, hacia el Padre”.

Ésa es la Redención, ésa es la Navidad: recibir así a Jesucristo, apreciar, agradecer, alabar la condescendencia divina, y luego partir con Cristo, seguir sus caminos, seguir sus huellas, seguir su Evangelio, seguir el susurro de su voz de Pastor, porque ahora somos rebaño suyo.

Que Él nos conduzca hacia su Casa, esa Casa donde hay muchas moradas, muchas habitaciones. Que la Gloria sea para Él.

Estuvo con Ustedes Fray Nelson Medina de la Orden de Predicadores. No se les olvide visitarme en fraynelson.com, y que el Señor complete su obra en nosotros. A Él la gloria y el poder por los siglos.

Amén.