Conferencias de Adviento y Navidad, 1 de 3

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Otra mirada al Hogar de Nazareth


Amigos, está con ustedes Fray Nelson Medina de la Orden de Predicadores.

Hoy tenemos un motivo muy hermoso para reunirnos; hoy nos reúne la familia de Nazareth. En este tiempo de Adviento y de Navidad, sin duda el corazón como que entra más fácilmente en sintonía con esa familia, podemos llamarla, la familia más importante de la tierra.

Todas las familias son importantes, pero indudablemente en la familia de Nazareth encontramos el modelo de toda familia y encontramos el fruto precioso, el fruto por excelencia.

La familia, nos dijo alguna vez el Papa Juan Pablo II, es ministra de la vida. En la familia acontece el milagro de la vida. La familia es el camino, es el conducto, es la fuente de la vida más preciosa que tiene el universo visible que es la vida humana. La familia es el lugar donde esa vida se hace posible; es ahí donde se aprende lo fundamental. Las enseñanzas que recibimos en nuestros hogares son sencillamente irreemplazables.

Pero, hoy quiero hablar de la familia de Nazareth de un modo tal vez diferente. Cuando a uno le dicen, la familia de Nazareth, uno piensa en Jesús, José y María. Incluso para nuestro tiempo ésa sería una familia bastante pequeña.

Y tal vez hay algo que está faltando. Por ejemplo, podemos preguntar: ¿Y cómo está el tema de los hermanos? Sabemos que los protestantes interpretan la expresión, “hermanos de Jesús”, como si José y María hubieran tenido más hijos. Nosotros, católicos, basados en muy sólidas razones y basados en el lenguaje en que fue escrito el Nuevo Testamento, que es el griego, estamos convencidos de que no hay necesidad de hablar de más hijos en José y María, nacidos de José y María.

Y sin embargo, éso no nos exime a los católicos de meditar en esa expresión. ¿Por qué esas personas eran llamadas hermanos de Jesús? ¿Por qué esas personas eran llamadas hermanas de Jesús? ¿Qué nos quiere enseñar la Sagrada Escritura cuando menciona a hombres y mujeres concretos que formaban un núcleo tan cercano a Jesús que la gente los llamaba hermanos y hermanas?

Por supuesto, la explicación que conocemos es que en todas estas lenguas antiguas, la palabra hermano se utilizaba de un modo más amplio de lo que solemos utilizarlo nosotros. Nosotros tenemos, por ejemplo, la expresión primo, tenemos la expresión cuñado, tenemos la expresión nuera, sobrino, sobrina.

En el hebreo e incluso en el griego, todas estas distinciones no son tan importantes o no existen. El hecho concreto es que muchas veces se nombra como hermano a aquella persona que pertenece a la misma familia. Por poner el caso, en el libro del Génesis encontramos que Abraham se dirige a Lot. Y Lot era sobrino de Abraham, pero Abraham lo llama hermano.

La palabra hermano para ellos, no significaba necesariamente hijo del mismo papá y de la misma mamá; ni siquiera correspondía a lo que nosotros a veces llamamos medios hermanos, los que son hermanos por parte de papá, o hermanos por parte de mamá.

Pero, mi punto es éste. Había unas personas que estaban tan cercanas a este núcleo de Jesús, José y María, había unas personas que estaban tan próximas, que el común de la gente se refería a esas personas como los hermanos de Jesús, las hermanas de Jesús.

Y aquí pregunto yo: ¿Qué podemos aprender de éso? ¿Qué nos quiere enseñar el Señor con esto? ¿Qué quiere decir éso de que hubiera unos hermanos o unas hermanas? ¿Éso qué quiere decir? Está claro y ya no tendré que repetirlo más: no se trata de hijos de José y María, pero sí los llama la Biblia hermanos.

¿Ésto qué quiere decir? Quiere decir algo muy bello; quiere decir que el Hogar de Nazareth es un hogar con puertas abiertas. La imagen que nosotros tenemos, algunas veces, de la palabra hogar, es un lugar cerrado. Y ese aislamiento, ese encerramiento no nos hace bien.

Muchas cosas que parecen imposibles cuando el hogar está cerrado sobre sí mismo, se vuelven posibles cuando el hogar se abre. Y por eso hoy que nos acercamos al Hogar de Nazareth, hoy quiero que encontremos este hogar como un hogar abierto.

A ver cómo nos ayuda el Espíritu Santo para comprender lo que queremos decir. ¿Cómo era la vida en aquella época? Vayamos a cosas muy concretas; hablemos de cosas muy especificas. ¿Cómo vivían ellos y cómo vivimos nosotros?

Resulta que nuestras viviendas, -y yo no estoy pretendiendo que cambiemos esto de un momento a otro-, están hechas para ser abrigadas, para ser cómodas y para tener todas las facilidades propias de las necesidades de la vida humana. De ahí que tengamos, ante todo, unos servicios sanitarios, un lugar para comer, un comedor, una cocina, un lugar para guardar los alimentos, un lugar para acostarnos, tal vez un lugar para leer o estudiar.

Pero, aparte de lo anterior, nuestra casa es también el lugar donde recibimos amigos; es el lugar donde nos divertimos. Si, por ejemplo, una persona tiene este juguete que se escribe Wii, esta especie de control remoto que sirve para jugar con un computador, pues, la gente juega con éso dentro de la casa.

Y vienen muchos programas para computador con los que se puede jugar dentro de la casa. La casa es el lugar donde estamos: ahí vivimos, ahí comemos, ahí nos recreamos y por supuesto, cada uno de estos elementos que introducimos en nuestra casa nos ha costado trabajo.

Ese Wii, que sirve para jugar, vale una suma de dinero. Y si uno va a jugar con él, uno no quiere que le vayan a robar su juguete. No queremos que nos vayan a robar nuestros televisores, o nuestros adornos, o nuestras porcelanas, o nuestros muebles elegantes, o nuestras antigüedades, o nuestros computadores.

Por eso nuestras casas tienen que estar muy cerradas. Además, son confortables: tienen buena luz, tienen buenos servicios públicos. Y ahí en esa casa, ahí en ese lugar, nos sentimos como dicen que se sienten los ingleses en sus casas; es decir, sentimos que nuestra casa es nuestro castillo. Yo quiero que nos quedemos con esa metáfora, con esa comparación.

Muchos de nosotros podemos sentir algo así: mi casa es mi castillo. Y en esa mentalidad se forman también los más jóvenes. Creo que esa tendencia va creciendo cada vez más con los años. Quiero decir: a medida que pasa el tiempo, los hogares se convierten en lugares donde no hay una casa sino un espacio que se divide en otros espacios.

Entonces, yo he visto, por ejemplo, que en algunas casas modernas lo que hay es un espacio común que cada vez tiende a ser un poquito más reducido, y luego, cada persona tiene su cuarto. Pero, en su cuarto, en su habitación, cada uno establece su propio espacio.

Una escena muy típica de la vida moderna es que llegamos a la casa y de pronto se comparte alguna comida ligera. Después, cada uno es como si se fuera a su propia casa; es decir, al irse cada uno a su propio cuarto, ese cuarto, esa habitación, se convierte como en el castillo de cada uno.

En otras palabras, si antes la imagen era que la casa era el castillo de la familia, ahora cada habitación es “mi imperio”, cada habitación es “mi castillo”. Uno ve éso, por ejemplo, en los adolescentes. El adolescente empieza a declarar su independencia. El adolescente se declara independiente y como tal se siente con el derecho de decorar su habitación de la manera como le parece mejor.

El adolescente quiere oír su música en su habitación y quiere la decoración de su habitación. Cada vez más, la habitación se convierte en un pequeño castillo, y en ese castillo entran incluso alimentos específicos. Porque, en el hogar moderno cada persona está llevando una dieta distinta.

Entonces, resulta que hay una persona que ya se volvió vegetariana y ya no comparte la misma comida de los demás: tiene su propia comida, tiene el rincón suyo de su comida y además lleva sus platicos de comida para su castillo que es su cuarto. Ahí enciende su computador con el fin de conectarse con los amigos, o enciende el televisor para ver los programas que le gustan a él o que le gustan a ella.

Quizás estoy exagerando un poco; pero, quizás no. La vida moderna va haciendo que cada uno de nosotros tienda a tener su propio castillo. El castillo es una o dos habitaciones, o a veces un apartaestudio. Y en ese pequeño castillo se cumple únicamente “mi voluntad”. En ese pequeño castillo “yo pongo las paredes del color que a mí me gusta, pongo los afiches, adornos o cuadros que a mí me gustan, oigo la música que a mí me gusta, me encuentro, me comunico con la gente que a mí me gusta”.

Es decir, tenemos un doble fenómeno. Por una parte, cada vez nos reducimos a espacios que son nuestros refugios o nuestros castillos, y por otra parte, en esos castillos, cada uno es rey absoluto, es emperador absoluto; con una consecuencia: es únicamente “mi gusto” y es únicamente “mi voluntad” la que se va a hacer en “mi castillo”.

Ahora yo quiero hacer una comparación con las circunstancias en las que vivió la familia de Nazareth. Obviamente lo primero que llama la atención es la pobreza. ¿Qué clase de de hogar tenia esta gente en Nazareth? Literalmente casi que consistía en cuevas: eran cuevas excavadas.

Resulta que en muchos lugares de Palestina, pero sobre todo en Galilea, hay una especie de piedra sedimentosa. Las piedras que se han hecho a base de sedimento son piedras muy fáciles de excavar. No son resistentes a los materiales; es decir, se pueden adecuar para viviendas sin demasiada dificultad. Y éso es lo que sucedía en Nazareth.

Nazareth debía tener muy poca gente en aquella época. ¿Entonces, qué era una casa? ¿En qué clase de casa creció Jesús? ¿Creció Jesús en un castillo, encerrado en una habitación donde Él oía su música y donde se hacía su voluntad? Por supuesto que no.

¿En dónde vivieron Jesús, José y María? ¿Poseían ellos como un castillo cerrado con llave donde se retiraban, para ellos sentirse a gusto y decir: “Aquí se hace nuestra voluntad y aquí el entretenimiento, el descanso, la lectura y la conversación son lo que a nosotros nos parezca.” ? ¡No!

La clase de vivienda que ellos tenían era una especie de caverna; era algo pequeño que prácticamente sólo constaba de lo que llaman los decoradores dos ambientes: un ambiente era obviamente para dormir, y otro ambiente era para comer, sobre todo si las circunstancias del clima obligaban a éso.

¿Qué quiere decir? Que el concepto de privacidad y el concepto de aislamiento eran completamente opuestos en aquella época. ¿Qué clase de privacidad puede darse cuando tú miras una de esas cavernas en las que vivía esta gente, donde no había prácticamente muebles?

Nosotros hemos oído muchas veces que José era carpintero. Y la gente con una imaginación que es tierna pero que no corresponde a la realidad, se imagina más o menos que el Hogar de Nazareth era como una casa, tal vez pobre pero casa completa, y que además de éso, José tenia su taller.

Y José se levantaba relativamente temprano, se iba al taller, sacaba sus herramientas, tenia tal vez un mesón muy grande donde organizaba las cosas y donde llevaba cuenta de los pedidos que le habían hecho. Y ahí estaba haciendo las sillas, los marcos para los cuadros, las camas y cosas parecidas.

Pero, resulta que no era de ese modo. Lo más probable es que José más que carpintero como tal, fuera lo que en algunos lugares de Colombia llamamos “todero”. El todero es aquella persona que hace pequeñas reparaciones y que sabe de muchos oficios sencillos, la mayor parte de ellos oficios domésticos. El todero es el que conoce varios de esos oficios, ayuda en muchas de esas cosas y recibe también algún dinero a cambio.

Caigamos en cuenta de una cosa: Nazareth tenía entre cincuenta y cien casas, y ya sabemos qué clase de casas. Si José hubiera tenido que vivir únicamente de la madera, lo más probable es que no hubiera habido Sagrada Familia. No hubiera habido Familia de Nazareth, porque se hubieran muerto de hambre todos.

José más bien era “el todero”, esa persona que ayuda en muchas cosas, el artesano. Es más acertada esa traducción, el artesano. De hecho, la palabra griega que se utiliza para describir el oficio de José, corresponde a éso, “artesano”.

Y el artesano sabe hacer muchas cosas: sabe hacer cosas con el barro, por ejemplo; sabe un poco de alfarería, sabe hacer cosas con la madera, por supuesto; sabe hacer reparaciones en esas telas que sirven para formar especies de habitaciones. Sabe de muchas cosas: es un artesano.

¿Cómo era la vida entonces de esta familia de Nazareth? El entretenimiento, la conversación, el descanso, la vida de la fe, la recreación y muchísimas veces incluso la comida, sucedían afuera de casa. Estos niños del siglo primero tenían que aprender a crecer, tenían que aprender a divertirse junto con otros niños, lo que tiene una cantidad de implicaciones.

En realidad, no es algo que esté excesivamente lejos de nosotros. En Colombia, por ejemplo, si recordamos hace cincuenta, sesenta, ochenta años, ¿cómo jugaban, cómo se divertían los niños? La mayor parte de los niños tenían que hacer sus propios juguetes o eran los papás los que hacían los juguetes de los niños.

Eran los papás los que reparaban los juguetes de los niños, y eran entonces los niños los que tenían que aprender a jugar con otros niños, a veces con unos recursos muy limitados, a veces utilizando piedrecitas, palitos, carritos elementales, carros esferados, carritos con ruedas precarias. ¡Y con éso gastar y disfrutar tardes enteras!

Aparte del mensaje de pobreza, de recursos que esto implica, lo anterior tiene también un mensaje de socialización. Muchos de los niños de nuestra época en el siglo XXI, para socializarse, tienen que conectarse a Internet. Su socialización consiste en ver cuáles son las payasadas que han hecho otros amigos en los sitios populares de Internet.

Por lo tanto, empezar a socializarse hoy, es abrir una página en “My Space”, o tener un perfil en Facebook. Éso es socializar en esta época: es una socialización virtual o es una socialización en la cual la capacidad de la palabra está muy disminuida.

Porque, si se reúne la gente y ya tienen el entretenimiento enlatado en una película que van a ver, o en un CD, o en un DVD, o en un mp3, o en un “Blu-ray”, o en la tecnología que sea, si el entretenimiento ya viene enlatado, ¿qué es lo que se espera que haga el joven? ¿Qué es lo que se espera que haga la niña? Que sea un consumidor pasivo.

Entonces, las personas se nos acostumbran, nuestros jóvenes y nuestros niños se nos acostumbran a ser consumidores pasivos de entretenimiento. ¿Cómo hago para entretenerme? Tengo que esperar a que en Japón diseñen el próximo juego electrónico, que lo vendan en mi almacén favorito, que mi papá me lo compre y que yo lo instale en mi computador. Y ahí puedo empezar a entretenerme.

Esto trae una consecuencia, por supuesto. Esa dependencia de los centros de poder para empezar uno a entretenerse, significa que toda socialización queda marcada también por ese mismo esquema del poder y por ese mismo esquema de la economía. Pero, sobre todo, tiene la consecuencia de que las personas se educan en una convicción: “Yo no me puedo entretener solo, no puedo ser feliz ni hacer feliz a las otras personas. ¡Yo! Yo no puedo éso”.

Pues, hace sesenta, ochenta años, cien años y un poco más, en un país como Colombia, los jóvenes tenían sus propias artes. Un número sorprendente de jovencitas sabía tocar piano, o sabía tocar el arpa, o sabía tocar guitarra, o sabía declamar.

Un número no despreciable de niños había participado en alguna clase de obra de arte, de obra de teatro, por ejemplo. Sabían montar un sainete; habían aprendido, habían tenido que aprender un papel y recitarlo. Habían pasado por la vergüenza y por la risa, pero también habían pasado por el aplauso que es un modo muy específico, muy concreto de sentirse uno recibido por la comunidad humana.

En cambio, cuando yo estoy jugando con ese aparatico, “el wii”, o estoy jugando con alguno de estos otros recursos electrónicos recientes, mi única esperanza, mi única manera de saber si lo estoy haciendo bien o si lo estoy haciendo mal, es conectarme a Internet y ver si tengo el puntaje número, ¿qué?. “Resulta que ya tengo el puntaje numero 265. ¡Uy! Quiere decir que hay 264 personas arriba de mí que saben jugar mucho mejor esto”.

¿Pero, dónde están esas personas? ¿Cuáles son los sueños de esas personas? ¿Cuáles son las preocupaciones de esas personas? ¿Cómo se siente que una de esas 264 personas me dé un abrazo? ¿Cómo se siente que una de esas 264 personas sonría ante mí y me diga: “Oye, qué bueno que viniste.”?

A ninguna de esas 264 personas le interesa nada de mí. Lo único que les interesa a esas 264 personas, es que yo no vaya a tener un puntaje mejor que el de ellas. Tendremos que estar de acuerdo en que ese margen de socialización es excesivamente pobre.

La vida en tiempos de Jesús, la vida en tiempos de la Sagrada Familia, es muy distinta. Por favor, dejemos de imaginarnos a esta Sagrada Familia como si estuviera al igual que nuestras familias con la puerta cerrada. Porque, no faltará el que piense que la Sagrada Familia tenía que conservar la absoluta pureza y limpieza de todo pecado.

¿Te imaginas el problema de la Virgen? “¿Ahora, dónde yo le voy a conseguir amistades a Jesús? ¿Dónde podré conseguir amistades que sean limpias, inmaculadas como mi Hijo?” Y te imaginas a Jesús, apenas tuvo uso de razón, pensando: “¿Y ahora dónde yo le consigo vecinas perfectas, inmaculadas, a mi Mamá que es inmaculada?” Suena ridículo, ¿verdad?

La Sagrada Familia no era ese aislamiento. Ése no fue el modo como se formó el Corazón de Jesucristo: no fue así. El Corazón de Jesucristo no se formó así. El Corazón de Jesucristo se formó en contacto con seres humanos, seres que estaban tan cerca de Él, seres humanos que crecieron con Él, seres humanos que seguramente, aunque la Biblia no lo dice, rieron con Él, lloraron con Él, jugaron con Él, rezaron con Él, estudiaron con Él.

Jesús sabía leer, Jesús sabía escribir. Es muy probable, es bastante plausible afirmar que Jesús no era el único de su grupo que sabía esas cosas. Jesús seguramente estudió con algunas otras personas.

Entre otras cosas, ¿cómo estudiaba la gente? ¿Cómo estudiaban la Escritura? El Evangelio según San Juan nos da una pista. Jesús dice a Natanael: “Cuando estabas sentado bajo la higuera, ahí te vi” ( véase San Juan 1,48). Porque, resulta que los salones de clase eran ésos: la sombra de un árbol. Ése era el salón de clase.

Así se aprendía la Biblia, así aprendían los salmos. Se sentaban bajo un árbol y había un maestro, el rabí, y el maestro era el que enseñaba. El maestro era el que de lo que había memorizado, de lo que había aprendido, hablaba a ellos. Así se formó Jesús.

Y había hombres y mujeres que estuvieron tan cerca de Jesús durante todos esos años, que la gente decía: “Ésos son los hermanos de Jesús” ( véase San Mateo 13, 55-56), no porque la gente creyera que eran hijos de José y María, sino simplemente porque eran parientes tan cercanos que se habían criado con Jesús, que todos los días se veían con Jesús, que todos los días corrían con Él, que todos los días jugaban con Él cuando era niño y que seguramente habían también trabajado con Él.

Pero, aquí hay que hacer una aclaración, o mejor dicho, aquí hay que evitar un mal entendido. Alguien podrá pensar que yo estoy diciendo: “Todo tiempo pasado fue mejor; mejor la época allá de las cavernas”, -no son las cavernas de los Neandertales; son las cavernas de estas casas muy primitivas de Nazareth-; y la gente puede creer que estoy diciendo: “¡Ay, esos tiempos bellos, perfectos de esas cuevas!” Yo no estoy diciendo éso.

Bueno, es decir, cada época tiene su propia riqueza y cada época tiene sus propios bienes, sus propias bendiciones. Porque, fíjate en un detalle que es interesante. El Evangelio según San Lucas, capítulo cuatro, nos cuenta que Jesús fue a Nazareth, donde empezó a predicar. Al principio impactó mucho y la gente decía: “¿Oye, Éste de dónde saca todas esas palabras?” ( véase San Juan 4, ).

Pero, a medida que fueron viendo que este Jesús con el que habían crecido, con el que seguramente habían jugado, con el que habían aprendido salmos, rimas, cantos, y con el que habían peregrinado seguramente a Jerusalén varias veces pasando mil incomodidades, cuando ven que este Jesús viene a hablar en términos como tan altos y con una sabiduría tan espigada y tan hermosa, cuando ellos ven esas cosas, el Evangelista nos dice algo que es muy humano: “No le creyeron” (véase San Juan , ).

Sentían que lo habían tenido tan cerca, que ahí se cumplió lo que dice Santo Tomás de Aquino: “El exceso de familiaridad produce desprecio”. Y éso es totalmente cierto. Cuando tenemos a una persona demasiado cerca, a veces nos pasa como cuando tenemos el texto de un libro demasiado cerca a nuestros ojos. Haz la prueba de acercarte a las páginas de un libro; ponlas a un centímetro de tus ojos. ¿Qué puedes ver? ¿Qué puedes leer? Seguramente no puedes leer nada.

Uno no puede leer cuando está demasiado cerca. Tampoco puede leer cuando está demasiado lejos. Para leer necesitamos estar como a una distancia apropiada, y parece que esta gente de Nazareth estaba demasiado cerca a Jesús y creían que ya lo conocían.

¡Pero, atención, que no fue únicamente a los de Nazareth a quienes les pasó esto! ¿Te acuerdas cuando estaban ya peregrinando hacia Jerusalén en el último gran viaje que hizo Jesús, y llegando allá, Él predicó en el Templo y pronto vinieron los acontecimientos de la Pasión y de la muerte dolorosa de Cristo en la Cruz?

En ese viaje Jesús empezó a decir a los discípulos qué era lo que se le venía encima a Él. Comenzó a hablarles abiertamente sobre los sufrimientos que tendría que padecer. ¿Y cuál fue la reacción de los discípulos? Por lo menos sabemos el caso de Pedro.

Pedro ya le había tomado demasiada confianza a Jesús. Pedro ya creía que conocía demasiado a Jesús, y Pedro ya sintió que tenía autoridad para darle consejos a Jesús. Seguramente creyó que Jesús tenía que hacerle caso a él.

Entonces, cuando Jesús llevaba ya bastante rato con su tema de que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, el Hijo del hombre va a estar sometido a los Sumos Sacerdotes, lo van a torturar y lo van a matar, cuando Jesús empezó, siguió y siguió con ese tema, en un cierto momento Pedro tomó aparte a Jesucristo y le dijo: “No, éso no tiene por qué sucederte”. (véase San Mateo 16,22).

Es decir, Pedro le estaba tomando también demasiada confianza. Santo Tomás de Aquino dice: “El exceso de familiaridad produce desprecio”. Pedro ya había perdido su propio papel, el papel que tenía que conservar, el papel de discípulo. Y quería volverse maestro de su Maestro solamente porque ya había pasado mucho tiempo con Él.

Luego, necesitamos una especie de término medio, -vamos a llamarlo así-, porque no podemos simplemente aislarnos, que es como la tentación, -me parece-, de nuestro tiempo.

Las parejas se aíslan. Se casan, regresan de su luna de miel y se meten en un apartamento, -como dicen en España, en un piso-, de un edificio grande que queda dentro de una urbanización grande; eso sí, con un celador bien armado para que proteja todo lo material, para que proteja todas las posesiones: “Para que no me vayan a robar mi automóvil que me costó tanto, no me vayan a robar mis porcelanas finísimas, mis joyas, mi computador, mis electrodomésticos”.

Todo queda muy bien guardado, todo queda bajo llave; también el corazón. ¿Y después esa pareja cuántos hijos puede tener? Pues, como tiene todo ese nivel de gasto, lo primero en lo que se ponen de acuerdo es: “Mira, si acaso uno o dos. Mejor sería no tener hijos; pero, bueno, vamos a tener uno por ahí”.

Así que tienen uno o dos hijos, y como esos hijos están creciendo dentro de ese ambiente de todo bajo llave, entonces muy pronto el hijo tiene también su propia habitación, que se convierte en su castillo. Y del mismo modo como a esa casa no entra cualquiera, después sucede que a la habitación de ese muchacho no entra cualquiera.

Y si lograra entrar, pues, ahí está su computador que lo tiene con contraseña para que por lo menos al computador no entre cualquiera. Pero, si logra entrar al computador, entonces tiene su correo electrónico con otra contraseña para que por lo menos al correo electrónico no entre cualquiera.

Estamos en el mundo y en la feria de las contraseñas, los “passwords”, las claves secretas, luego una llave, luego un candado, una puerta blindada, tres perros ladrando, un celador con un rifle, porque, “a mí nadie me va a robar”.

Claro, nadie me roba. Pero, ya me robaron la felicidad, ya me robaron la compañía, ya me robaron la alegría. Porque, luego miras tú a ese muchacho, ese muchacho que anda metido en su castillo y tiene su computador con contraseña, su correo electrónico con triple contraseña y la clave encriptada para que nadie pueda jamás entrar, y efectivamente nadie entra.

Y como nadie entra, entonces el corazón se seca, y el corazón que se seca es un corazón que no conoce la alegría. Ese corazón seco luego se muestra en una mirada muerta. Así vemos en Europa o en Estados Unidos, en Asia o en Suramérica, cada vez más de estos muchachos que se les olvidó cuáles son los músculos que hay que mover para sonreír.

Saben de la risa explosiva que viene como un ataque. Es como una convulsión, la convulsión que responde a lo ridículo o que responde a un placer exacerbado. Pero, desconocen la sonrisa plácida. Desconocen el abrazo si no es el abrazo para que sirva de antesala a una noche de placer. Desconocen el abrazo del amigo, desconocen la sonrisa del amigo, desconocen la caricia a veces, desconocen la caricia de un papá o de una mamá. Entonces, tienen razón para sentir toda esa amargura.

Ése es un extremo, claro. El otro extremo, que fue un poco lo que conoció Jesús, es que la privacidad prácticamente no existe y la gente toma tanta confianza, que entonces Jesús prácticamente no podía tener correo electrónico.

Jesús prácticamente no tenía privacidad. La privacidad de Jesús era la oración, la privacidad de Jesús era el encuentro con Dios Padre: ésa era la privacidad de Él. Allá se iba Jesucristo y en ese encuentro con Papá Dios en soledad pero también en oración con sus hermanos y con sus hermanas, Él modeló su alma para la misión sublime sobre toda sublimidad, la misión de la Redención, para darle la gloria eterna a Papá Dios.

El Hogar de Nazareth es un hogar con puertas abiertas. ¿Cómo podremos aplicar ésto a nuestros hogares? En primer lugar, a riesgo de repetirme, dejen que diga de nuevo: yo no estoy diciendo que todo fuera bueno en ese tiempo, en el tiempo de Jesús.

Se estima que la edad promedio para morir estaba sobre los cuarenta años de edad. En el tiempo en el que vivimos, esa edad casi que se ha duplicado. En muchos países el promedio estimado de edad para vivir está entre setenta u ochenta años, y no es extraño ver personas de más de ochenta años.

Pero, no es solamente el sistema de salud público; son muchas otras cosas. La manera como nosotros respetamos y amamos a los niños, es algo que no existía ahí. Jesús cuando dijo: “Dejad que los niños vengan a mi” ( véase San Mateo 19, 14), ¿por qué tuvo que decir esa frase? Porque, el niño en la cultura que Jesús había conocido, no era sino una fuente de gastos, una fuente de preocupaciones y una fuente de fastidio.

No había gran aprecio por el niño, no había gran aprecio por la mujer. En un juicio no valía el testimonio de una mujer. Tenían que hablar dos mujeres, dar testimonio dos mujeres; obviamente cada una a titulo propio. Y el testimonio de dos mujeres valía lo del testimonio de un hombre.

Éso no es justo; sencilla y llanamente, no es justo. En tiempo de Jesús no existían muchas de las instituciones sociales que nosotros las damos por descontadas, instituciones como por ejemplo: “¡Hombre, que existe una policía!”. Éso no existía en tiempo de Jesús. La mayor parte de la protección de los propios bienes era simplemente lo que cada uno pudiera hacer. ¡Un mundo bastante salvaje! ¡Un mundo terriblemente incómodo!

¿Cómo serían esas peregrinaciones? Una cosa que sabemos con respecto a las peregrinaciones, es que las familias no viajaban juntas; lo que nosotros entendemos por familia. Obviamente, para protegerse de salteadores, para protegerse de ladrones, tenían que organizar caravanas grandes o unirse las personas que iban a viajar, a caravanas grandes, en las cuales por un lado iban las mujeres y los niños, y por otro lado los hombres.

Y durante los viajes, los hospedajes funcionaban también de la misma manera. Es decir, en una parte, usualmente un patio, si era época de calor, en un patio destapado se acomodaban veinte, treinta, cuarenta hombres para dormir. Dormían al descampado, lo que era su aire acondicionado, y en otro patio dormían mujeres y niños.

Esa idea de estar la familia unida, en ese sentido, no existía, no era algo que tuvieran. Y yo no estoy diciendo que el sistema de ellos fuera necesariamente mejor. Entre otras cosas, esto ayuda a entender lo que probablemente pasó en la noche en que nació Jesús.

El relato dice que no había posada para ellos. Pero, propiamente lo que dice el Evangelio es: “Non erat eis locus”, que significa: “No había un lugar para ellos” ( véase San Lucas 2,7). Es decir, éso puede significar, o que todos los lugares estaban muy llenos, o que nadie quería complicarse con una mujer embarazada, o sencillamente que los lugares que estaban disponibles, no cumplían con unas condiciones mínimas de privacidad, de decoro, de pudor.

Dar a luz es algo que requiere, como tantas otras cosas bellas de la intimidad humana, privacidad. Y como en esa época la privacidad era lo que menos había, -mucho menos en condiciones de viaje-, pues, esta gente no encontraba dónde tener un espacio de privacidad.

Tal vez esa es la razón principal por la que tuvieron que ir a ese establo donde finalmente nació Jesucristo. Quizás no fue tanto por el egoísmo de la gente de Belén, como se suele pensar, o porque tenían el corazón de piedra y no les importaba que esta mujer estuviera a punto de dar a luz, sino que materialmente no tenían un lugar donde pudiera haber un mínimo de decoro, de privacidad y de pudor para una mujer que a todas luces estaba a punto de dar a luz.

Estas explicaciones, creo yo, le ayudan a uno a descubrir, -por lo menos para mí que las he ido recolectando, que las he ido recogiendo a lo largo del tiempo, que a mí ésto me habla, me grita, me canta-, una melodía que declara el amor de Jesús, el amor de Dios. Porque, éstas fueron las condiciones reales del Hijo de Dios, que nació así, que vivió así como sin privacidad, con lo bueno y con lo malo que éso tiene, con la incomodidad que conlleva.

Ustedes se imaginarán lo que significa ésto en términos de las enfermedades. Las enfermedades arrasaban con poblaciones enteras. Incluso hasta en la Edad Media cualquier enfermedad que llegaba, por ejemplo, lo que se llamaba la peste, arrasaba a todo un pueblo.

Porque, ¿Cómo vivía esta gente? ¿Qué utensilios tenían? ¿En qué momento lavaban sus utensilios de cocina? No los había prácticamente. La gente comía con la mano. Las condiciones de higiene y las condiciones de uso compartido de bienes y servicios, hacían muy fácil la propagación de las enfermedades. Y luego hay que tener en cuenta que la dieta misma en muchos lugares era una dieta muy pobre. Bueno, no hay que insistir más en eso.

¿Qué podemos aprender? ¿Qué podemos sacar nosotros de este testimonio del Hogar de Nazareth? Podemos sacar varias enseñanzas, y yo quiero destacar tres que van a servir también para la conclusión de nuestro programa, este programa especial.

La primera conclusión es: está muy bien y entiendo perfectamente que tienes que cerrar tu casa con llave. Éso te lo entiendo bien. Pero, ¡que haya alguna forma de abrir tu corazón! Si es muy difícil que entre gente a tu casa y eso te lo puedo entender, tú tienes que encontrar para ti mismo y para tus hijos, sobre todo, una manera de no aislarte. Tienes que encontrar una manera de servir.

Jesús nos dice algo que sigue siendo totalmente cierto. Nos lo dice en el capítulo veinticinco del evangelio según san Mateo: “Estuve enfermo y fuiste a visitarme, estuve en la cárcel y fuiste a verme, tuve hambre y me diste de comer” (véase San Mateo 25, 35-36). Esa clase de obras de misericordia no son solamente bienes que damos; esas obras son bienes que recibimos.

Yo insisto mucho a las familias a que lleven a sus hijos a conocer esas realidades. Los hijos tienen que conocer esas realidades, los muchachos, los más pequeños, los bebés, -bueno, los bebés: ya estoy exagerando-, los niños, los jovencitos tienen que conocer todos esos otros mundos.

Tienen que saber que el mundo no es solamente su computador, sus juegos, sus deportes, sus castillos. ¡Sal de tu castillo! Descubre cuánto puedes dar, pero sobre todo, cuánto puedes aprender y recibir de otros, especialmente de los más necesitados ¡Ésa es la familia de Nazareth! ¡Éso es ensanchar tu familia!

En segundo lugar, los papás, desde muy pronto, por favor, ¡recojan esta enseñanza y aplíquenla! No permitan ustedes que una casa se convierta en una serie de castillos: “el castillo de mi hija Eugenia, el castillo de mi hijo Tomasito y el castillo de mi otro hijo Eduardito”. Y cada uno metido en su castillo, cada uno con su televisor: éso hay que evitarlo.

Por supuesto necesitamos algo de privacidad. Y cuando los hijos crecen, es normal que tengan algo más de privacidad. No se trata de estar hurgando y espiando. Pero, la ley general en la casa no debe ser que todo está cerrado, que todo está con llave, que nadie puede entrar a mi habitación y que nadie sabe lo que sucede dentro de mi cuarto.

Ésa no puede ser la ley de la familia. Éso no puede ser, porque el hijo que se acostumbra a vivir sin el papá, ese hijo un día no le hace falta ese papá, no le hace falta esa mamá, y esto significa que cuando estemos en mayor necesidad, cuando nosotros mismos seamos los enfermos, cuando nosotros mismos estemos en esa edad avanzada, ¿qué va a pasar con nosotros? ¿Y qué va a pasar con los que están en esa misma condición en nuestra sociedad?

Entonces, una consecuencia muy útil de esto es: los papás tienen que velar con medidas muy prácticas, para que la casa no se convierta en un lugar repleto de llaves, claves y contraseñas, a menos que sea realmente indispensable.

Yo no termino de ver la necesidad de que haya más de un televisor en la casa. El hecho de que puedas comprarlo no significa que debas comprarlo, y siempre encontramos una razón para justificarlo. Decimos: “Bueno, pero es que quiero tener un televisor en la cocina, para que mientras estoy cocinando voy viendo la novela”.

Sin embargo, eso significa que si tú estás metido en tu novela, entonces nadie puede hablar contigo, porque estás viendo la novela. Y si nadie puede hablar contigo, entonces ése que no puede hablar contigo va a buscar también su propio televisor, y ése, un día, va a encerrarse en su propio cuarto y va a decir: “Tú quédate con tu novela y yo me quedo con lo mío”.

Hay que tener cuidado con lo anterior; hay que tomar medidas al respecto. Pero, la lección más importante sin duda es la lección del amor: aprender a amar y aprender que el amor es más fuerte que el miedo. Nos dice la primera Carta de Juan: “El amor hecha fuera el temor” (véase 1 Juan 4,18).

Por supuesto que hay que tener muchísimas precauciones con los hijos, con las hijas, muchas precauciones: ¿Con qué personas andan? Mas, la solución no es que no anden con nadie. La solución es que sepamos con quiénes andan y que los amigos de tus hijos sean también tus amigos; que tú los conozcas y que tú conozcas la familia del amigo de tu hijo, la familia de la amiga de tu hija, que tú conozcas esas familias.

No podemos caer en la trampa de encerrar nuestras familias y pretender ingenuamente que porque tenemos aquí a los hijos todos metidos como en una prisión, entonces nada malo les va a suceder.

La solución es más bien aprender a abrir con prudencia, pero aprender a abrir el corazón, para que haya amor, amistad, alegría en todas las vidas. Y la solución es enseñar desde temprano a los hijos, que los amigos de ellos tienen también entrada en la casa, pero tienen que ser también conocidos en la casa.

Cada vez, -sea como hijos o sea como papás-, que aprendemos a abrir así nuestros hogares, cada vez que obramos así, estamos haciendo posible el amor y estamos extendiendo el camino que se empezó con la familia de Nazareth.

Yo no me imagino a María envuelta en sus telas y en sus ropas diciendo: “¿Y ahora yo qué hago, yo que soy tan virgen, tan inmaculada y tan pura, metida en este barrial?” Yo no me imagino a María en esa actitud; ésa no es la Santísima Virgen.

Yo no me imagino a José o a Jesús en esa actitud. Lo que yo me imagino más bien, es que uniendo la prudencia y el amor, uniendo el amor y la prudencia, aprendieron a convertir su casa en un lugar del que brota la luz y el amor de Dios.

Estoy muy convencido de que a través de esa combinación, -y este es mi último mensaje en este tema-, esa combinación de amor y prudencia, prudencia y amor, pudieron ellos dar testimonio de ese otro amor del Cielo, el amor de Papá Dios.

Pidamos al Señor en la preparación y en la celebración de esta Navidad que hemos tenido, que estamos teniendo, que nosotros sigamos ese ejemplo, que sepamos unir la prudencia y el amor, el amor y la prudencia, de modo tal que aquella bendición que hemos recibido, la podamos transmitir a otros.

Que sea esta familia bella, esta familia hermosa de Nazareth la que nos regale su bendición. Este servidor de ustedes, Fray Nelson Medina, quiere compartir esa bendición también. Yo la necesito y yo también la comparto.

Que sea de Jesús la bendición para ustedes, en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Amén.