Diferencia entre revisiones de «Co31006a»

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(La abundancia del amor divino, manifiesto en al compasión y cercanía de Cristo, transforma un corazón centrado en sí en un corazón abierto a la donación de sí.)
 
(Sin diferencias)

Revisión actual del 16:15 15 nov 2016

El Evangelio de este domingo es típico de San Lucas; quiere decir, que el pasaje que estamos escuchando es propio de este evangelista, y lo oímos únicamente en el ciclo C de las lecturas. Recordemos que para los domingos, nuestra Iglesia Católica tiene 3 ciclos de lecturas: el ciclo A, corresponde a San Mateo; el ciclo B, es el propio de San Marcos; y el ciclo C, es el de San Lucas –en el que nos encontramos–.

De modo que este es un pasaje propio de San Lucas, y como en otros pasajes de este evangelista, el énfasis está en la compasión, en la misericordia de Cristo. Por algo se ha llamado a Lucas, el evangelista de la humanidad de Cristo: como que lo más humano, lo más cercano, lo más compasivo de Jesucristo, nos lo deja ver este evangelista.

Y son varias las lecciones que podemos aprender del pasaje: básicamente, se trata de la conversión de un pecador, que es una de las máximas expresiones de misericordia, porque el pecador, en cuanto pecador, es un enemigo de Dios, y los publicanos, ciertamente, eran enemigos de Dios, no solamente por su idolatría del dinero, sino también, porque era propio del estilo de vida de los publicanos, aprovecharse de los más pequeños, aprovecharse de los más pobres. Así, que los publicanos tenían una bien ganada fama de explotadores y de gente sin entrañas, gente cruel, gente que realmente lastima a los más pequeñitos, a los más indefensos. Por eso decimos, sin temor a equivocarnos, que este pecador, este publicano, llamado Zaqueo, obraba como un enemigo de Dios; y sin embargo, Dios tiene una hermosa promesa para él, una promesa inesperada. Vamos a ver que podemos aprender de este pasaje.

Nos encontramos, en primer lugar, con que Zaqueo es atraído hacia la persona de Cristo, por la multitud: la cantidad de gente que rodea a Cristo, llega a despertar una especie de curiosidad en Zaqueo; pero luego, la misma gente, precisamente, por ser tanta, hace difícil que Zaqueo tenga un encuentro real y personal con Cristo (cf. Lc 19,1-4). Yo creo que de esta ambigüedad entre ayudar y dificultar, está una lección para nosotros: quiero decir, la gente es la que impulsa a Zaqueo a buscar a Cristo, pero, luego la misma multitud, la misma gente se llega a convertir en un obstáculo para que Zaqueo se encuentre con Cristo, y yo creo que ahí −repito− hay una lección para nosotros, porque la multitud al mismo tiempo nos lleva hacia Jesús y nos impide ver a Jesús. Y esto lo podemos aplicar de distintas maneras a nuestra condición de católicos. Pensemos, por ejemplo, en la situación de muchos de nosotros, que pertenecemos a países, naciones donde hay una gran mayoría de católicos; evidentemente, esa múltiple presencia de nuestra fe católica, pues, ayuda a que seamos bautizados, y a que crezcamos en un cierto entorno de fe. En ese sentido, el pertenecer a un país de mayoría católica tiene una ventaja, pero, luego es posible también que en medio de esa abundancia de fieles católicos, y en medio de esa presencia sociológica de la fe, se nos escape el encuentro personal.

Entonces, yo me pongo a pensar: cuando nosotros tenemos tantos colegios –la Iglesia Católica tiene tantos colegios que está dirigiendo–, cuando tenemos tantas parroquias, cuando tenemos tantas universidades, ¿cómo es posible que, sin embargo, se den tantos escándalos de injusticia, de explotación, de incoherencia de la vida cristiana? Entonces, es posible que nosotros nos hayamos acostumbrado al dato sociológico de ser católicos pero sin una verdadera convicción personal, sin una verdadera entrega personal, sin un verdadero encuentro personal. Esa lección nos deja esta escena de Zaqueo: cómo la multitud, al mismo tiempo nos invita a ver a Jesús, pero si nos descuidamos, el hecho de ser mayoría, y el hecho de ser multitud, termina en el que ya no nos encontramos con Cristo, sino que nos falta ese encuentro personal, nos falta ese saber verdaderamente quién es Él.

¿Cuál será la solución? Pues, la solución no es dejar nuestra fe; la solución es ir más allá de la multitud, como hizo Zaqueo: él escogió esa estrategia de subirse a un árbol. Bueno, pues miremos desde dónde, desde qué árbol, desde qué altura podemos encontrarnos con la mirada de Cristo, para que Cristo haga plenamente su obra en nosotros.