Co26007a

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La primera lectura de hoy fue tomada del capítulo sexto de Amós y el Evangelio fue tomado del capítulo dieciséis de San Lucas. Hay un tema común entre estas dos lecturas; ambas se refieren a la insensibilidad, a la dureza de corazón a la que pueden conducirnos las riquezas si nos dejamos atrapar por ellas, refiriéndonos, por supuesto, a las riquezas materiales. Lo material tiene su valor (no lo condenamos), pero no es el máximo valor, y hay un problema y es que la abundancia de comodidad y de confort, fácilmente nos vuelve insensibles.

Un caso interesante encontramos en la primera lectura -que como dije, fue tomada de Amós-, porque Amós crítica a los que se sienten muy seguros de sí mismos, y resulta que su crítica se dirige por igual, a los que ponen la confianza en el monte Sion y a los que ponen la confianza en el monte de Samaría (cf. Am 6,1). Lo interesante es que Sion es la colina más representativa de la ciudad de Jerusalén, mientras el monte de Samaría es el lugar de culto de aquellos que se dividieron de Jerusalén, que se apartaron de la fe verdadera.

Efectivamente, en tiempos de un rey llamado Jeroboam, por puras conveniencias políticas, se prohibió a la gente ir al Templo de Jerusalén; para que la unidad religiosa no produjera una unificación política, Jeroboam se inventó (literalmente, se inventó) una especie de culto en los montes de Samaría. O sea, que el culto que se ofrecía en Samaría, la liturgia que se ofrecía en Samaría, era realmente incorrecta, no tenía la fe verdadera, suponía una traición a la Palabra de Dios. Entonces, la situación que encontramos es: en el Reino del Sur, capital, Jerusalén, tenemos la fe verdadera, y tenemos la liturgia verdadera; en el Reino del Norte, tenemos una fe corrompida, y tenemos una liturgia corrompida. Y, sin embargo, Amós critica por igual a los de Jerusalén y a los de Samaría, porque, aunque son distintos, en cuanto al conocimiento de la fe, y aunque son muy distintos, en cuanto a la liturgia, están cometiendo, ambos, el mismo pecado: la comodidad de las riquezas, el confort que proviene de una vida desahogada, los ha vuelto insensibles, tanto a la trancendencia propia de la muerte, como al dolor de los hermanos (cf. Am 6,4-6).

Y esto es exactamente lo que critica Jesús en la parábola que conocemos del capítulo dieciséis de San Lucas: el contraste que hay entre aquel rico y el hombre pobre llamado Lázaro. Fíjate que no se nos dice que el rico fuera lo que hoy llamamos un mafioso, ni que fuera un secuestrador, ni que fuera un ladrón; no se dice que sus riquezas hubieran sido adquiridas de mala manera, pero, hay algo grave en él, y es que sus riquezas lo han atrapado, lo han encerrado, a él se le ha olvidado que su destino final no está en esta tierra, que somos llamados a la eternidad, y sobre todo, se le ha olvidado que hay alguien que está a la puerta de su casa, alguien que está sufriendo, para el que él no ha tenido ojos; ese es el peligro (cf. Lc 16,19-22).

Resumen: las lecturas nos están enseñando el día de hoy, que hay un valor en tener la fe verdadera, y hay un valor en tener una liturgia solemne y bella; pero, ¡cuidado!, porque aún con una fe ortodoxa y con una liturgia solemne, nuestras riquezas, nuestras comodidades, nuestro confort, nos pueden dar una falsa sensación de seguridad que termina apartándonos del plan de Dios, y termina apartándonos del dolor de nuestros hermanos. Abrir los ojos, no dejarse atrapar por los bienes de esta tierra, y saber que finalmente de todo lo que hemos recibido, hemos también de dar cuentas. Que el Señor nos inspire, y que aprendamos que somos, como nos lo ha dicho Lucas varias veces, “administradores”, y no dueños de las cosas que Dios ha puesto en nuestras manos.