Diferencia entre revisiones de «Co22004a»

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Revisión actual del 22:53 27 ago 2010

Fecha: 20070902

Título: Que la Iglesia sea, no misionera imponiendo, sino misionera ofreciendo

Original en audio: 10 min. 49 seg.


Mis Amigos Muy Queridos:

En la cultura y en el tiempo de Jesús, los banquetes, las invitaciones a comer, tenían un significado muy profundo.

Yo creo que lo tienen todavía. No es muy fácil que nosotros invitemos a alguien a la propia casa a comer, a menos que haya una relación que va más allá de lo inmediato: no es la persona con la que acabo de saludarme en la calle, sino que normalmente es, o mi amigo, o la persona con la que quiero tener algún negocio.

En el tiempo de Jesús los banquetes tenían ese carácter muy señalado. El banquete es el lugar donde el corazón se abre; el banquete es el lugar donde la persona se relaja y se muestra tal cual es.

A los banquetes se invita a los amigos o a los parientes. Entre otras cosas, ésto nos enseña el sentido tan profundo del Banquete Eucarístico. En la Eucaristía Jesús es el Anfitrión y todos nosotros somos sus invitados. Y Jesús descansa, acampa en medio de nosotros, nos abre su Corazón, nos regala sus confidencias.

En los banquetes es donde se cuentan los secretos, es donde las personas dejan sus máscaras, es el lugar de la verdad, es el lugar donde se muestra el corazón.

Y según éso, podemos aplicar las palabras de Cristo más allá de la pura urbanidad. Jesús dice que, "en un banquete no busquemos los primeros puestos sino los últimos" (véase San Lucas 14,8-10).

Si uno aplica lo anterior literalmente, quizás tiene alguna actualidad, pero no es un mensaje tan profundo como si lo relacionamos con lo que he dicho del corazón. Pensemos en que Jesús nos dice esto referido, no de un banquete material sino de ese espacio de confianza que toda persona tiene también en su corazón.

Me explico: Los banquetes para ellos eran los espacios de amistad, los espacios de confianza. Y cada persona tiene también ese espacio de confianza que corresponde más o menos a lo que nosotros llamamos nuestra vida privada, o también las propias convicciones, o los propios afectos.

Según esto, podemos aplicar las palabras de Jesús diciendo: "No impongas tu presencia en la vida de nadie. Aprende a llegar discretamente a las otras personas".

Que cuando ve que tú llegas con esa actitud descalza, con esa actitud humilde, esa otra persona va a sentir el deseo de darte más confianza, el deseo de abrirte un poco más su puerta.

Yo creo que un error que uno comete, -y no es solamente un error de urbanidad-, es el error de pretender uno imponerse. Éso tiene mucho que ver con el orgullo y la humildad, que son como los temas de las lecturas de hoy.

A todos nos gusta, incluso en cuestiones triviales, ganar la discusión: que quede venciendo mi punto de vista, que sean mis palabras las últimas palabras. Todos queremos ser autoridad en algo.

Lo que nos dice Jesús va mucho más allá de la comida y de la bebida. Lo que nos dice Jesús tiene que ver con la manera de tomar una actitud diferente, llegar de otro modo a la vida de las personas sin esa presentación imponente, muchas veces arrogante que utilizamos.

Y yo creo que esto tenemos que aprenderlo todos; tenemos que aprenderlo, por ejemplo, en la Iglesia. Estoy pensando en la evangelización en América Latina.

Es verdad que hubo muchos misioneros que se pusieron en el duro trabajo de aprender las lenguas y las costumbres indígenas, pero también es verdad que muchos llegaron como aplastando, imponiendo su presencia: "Yo soy el que sé, yo sí sé, y yo vengo a contarle a usted cómo se vive y cómo se hace". Y aunque éso aparentemente dé resultados, va dejando heridas, va dejando resentimientos.

Jesús no quería que sus discípulos obraran de esa manera, no quería que su Evangelio se impusiera desde el poder. Jesús quería que fuera un servicio cargado de amor, cargado de belleza, cargado de atractivo y de encanto, que por decirlo así, fuera seduciendo los corazones de todos.

El mismo Jesús obró de este modo. Si nosotros lo vemos en el Evangelio, Él no aprece disputando con las grandes autoridades para demostrar que Él sí sabe más; ni tampoco está buscando los centros del poder político, intelectual o religioso, para desde ahí diseñar una estrategia que imponga el Evangelio a todos.

Lo que hace Jesús es estar muchas veces en la periferia, es estar muchas veces entre los más pequeños, los pobres, los excluidos. Y ahí, con una actitud llena de servicio, con una actitud llena de amor, Él va conquistando los corazones. Uno por uno se los va ganando: se los va ganando con la fuerza de su caridad, con la fuerza de su mansedumbre, con la fuerza de su bondad.

Yo creo que necesitamos nosotros como cristianos, aprender esa lección de nuestro Lider. Es verdad que tenemos un tesoro muy grande para ofrecer al mundo. Es verdad que nuestra fe es maravillosa, que es una lámpara encendida.

Es verdad que nosotros creemos en la verdad de lo que profesamos. Pero nuestra tarea no puede ser ir aplastando gente en distintos lugares, o ir condenando gente en distintos lugares.

Nuestra tarea tiene que ser mucho más: ir ganando corazones, ir seduciendo a las personas. Sin embargo, claro, esa tarea también hay que hacerla.

No podemos caer en la tentación de decir: "Como nosotros estamos ofreciendo el Evangelio, entonces nuestra propuesta da lo mismo que cualquier otra propuesta".

En este sentido, me parece que el Papa Juan Pablo Segundo nos dejó una lección muy bonita. Él decía: "La Iglesia tiene que ser misionera". Pero, no misionera imponiendo, sino misionera ofreciendo.

Porque, en este tema, mis hermanos, hay dos extremos, y en ambos han caído los cristianos. En un extremo está la gente que cree que tiene todo claro en la cabeza. Tiene todas las respuestas, tiene todas las soluciones y le puede imponer al mundo todo. Esa actitud arrogante es desastrosa y deja a la gente resentida contra Cristo y contra la fe.

Entonces, unos quieren estar seguros de todo y quieren imponérselo a todos. Pero, en el otro extremo hay otras personas que no quieren estar seguras de nada. Hay cristianos que quieren esconder su fe.

Luego, hay que evitar esos dos extremos: el extremo de la arrogancia, pero también el extremo de la cobardía y de la comodidad, que consiste en que cada uno viva como quiera y que uno termine ocultando la fe que ha recibido.

Nosotros, hermanos, tenemos que seguir el ejemplo de Cristo. Evitamos esos dos extremos. La arrogancia no puede tener lugar en la Casa de Dios, pero tampoco la cobardía, tampoco la comodidad.

Lo nuestro, entonces, ¿qué es? Una actitud cargada de amor, de alegría, de servicio, queriendo seducir a todos, queriendo fascinar a todos con la Persona de Cristo.

No se trata de simplemente convencerlos; se trata de atraerlos, se trata de fascinarlos. ¡Qué gran misionero es el misionero que es capaz de presentar el mensaje de Jesús fascinando a las personas, enamorándolas, seduciéndolas, -vuelvo a decir la palabra-, seduciéndolas para la causa del Evangelio!

Y así nos damos cuenta de cómo se juntan en la vida cristiana la audacia y la sencillez, la modestia y el arrojo. Al mismo tiempo tenemos que ser humildes, porque no somos nadie para imponer una verdad sobre otros, pero tenemos que ser valientes, tenemos que ser audaces, para nunca dejar de ofrecer aquello de lo que estamos convencidos.

La escuela nos la presenta Jesucristo. Él es el modelo y Él es el que estará también a nuestro lado, guiándonos en esta labor de testimoniar, de dar fe de la Buena Noticia en la que creemos y somos salvos.