Co20003a

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Fecha: 20010819

Título: La paz os dejo mi paz os doy

Original en audio: 11 min. 14 seg.


Desde luego que nos extrañan las palabras de Jesucristo en el evangelio: “¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división” (véase San Lucas 12,51), nos extrañan esas palabras, porque fue Cristo el que dijo: “La paz os dejo mi paz os doy” (véase San Juan 14,27), hay que saber entender estas dos expresiones de Cristo, porque en el evangelio de hoy nos dice que, "no ha venido a traer paz” (“véase” Lucas 12,51) y, en ese otro texto del evangelio de Juan dice: “La paz les dejo, mi paz les doy” (véase San Juan 14,27)

Es decir que Jesús viene a quitar una paz y a traer otra paz, porque hay una paz que proviene del conformismo, de la pereza, de la cobardía; esa es una paz falsa, una paz mentirosa, que no merece el nombre de paz.

Esa paz Cristo la quita y viene a traer otra paz, que es grandeza de alma ante las dificultades, perseverancia en medio del testimonio, santidad; incluso, “hasta el derramamiento de la sangre” (véase Carta a los Hebreos 12,4), como deja sugerido el texto de la Carta a los Hebreos, en la Segunda Lectura de hoy.

Llevémonos para nuestra casa esa idea. Cristo viene a quitar una paz y viene a traer otra paz, la que Él viene a traer, ¡la suya! es aquella que es capaz de lo que pide el evangelio, “el perdón a los enemigos, la fe inquebrantable, la esperanza indeficiente, la caridad para con todos, la negación de sí mismo, y todo lo demás que dice el evangelio.

Hoy es un buen día para meditar, entonces, ¿cuál es la paz que Cristo quiere quitar? Eso se entiende con algunas comparaciones: por ejemplo, hay expresiones en Colombia, los refranes retratan a veces mejor una realidad social, que muchos estudios. estadísticos, muchas cifras.

Una expresión que se oye en Colombia es: “Taparse con la misma cobija”. Por ejemplo, se hace un negocio sucio con dineros del pueblo, pero entonces todos los que podrían protestar reciben una cuota y, así todos se tapan con la misma cobija, todo el mundo quedó tranquilo, nadie protesta y se han dado casos, en que esos mismos dineros sirven, incluso, para las autoridades judiciales y todos tranquilos, aquí no ha pasado nada, nadie protesta, hay paz; esa paz ¿le gusta a Cristo? ¡No! ¡Esa es la paz que Cristo viene a quitar!

Otro ejemplo: Algunas familias tienen grandes y hermosos principios morales, pero resulta que hay un hijo, “el hijo cuchicuchi” el hijo consentido del papá y de la mamá, un muchacho robusto, elegante, bien parecido y con un temperamento muy fuerte, mejor dicho, a ese muchacho todo el mundo le tiene miedo en la casa.

Resulta que el muchachito, que es el matón de la casa y ya ni el papá ni la mamá pueden con él, un día llega con una decisión: “Voy a irme a vivir con fulanita”, la novia que ya era amante hacía rato, pero como está tan caro el arriendo, lo más práctico es que fulanita viene aquí a la casa.

De manera, que les informo, no les pido permiso, les informo que la semana entrante viene fulanita con su trasteo y cuidado con hacerle mal ambiente a mi novia, ¿ok?". "Sí, mijito, claro mijito, como usted quiera mijito".

Y llega la princesa, una moza descarada, pero como es la novia del matón, entonces, la mamá sabe que eso apesta, la mamá sabe que eso no va a ninguna parte, sabe que es una vieja aprovechada y sabe que ese hijo está destruyendo los principios de la casa, pero para no hacer una pelea, para no causar un problema, no, la cosa así, y a la semana está la señora llevándole el desayuno a la moza: "¿Le parecen bien los huevitos así? ¿O ¿más bien de esta manera? O como sumercé quiera".

Claro, en esa casa hay una gran paz, nadie levanta la voz, nadie protesta, nunca hay una pelea. ¿Esa paz le gusta a Cristo? ¡No!, esa no es la paz que quiere Cristo, por eso, el cristiano tiene que estar dispuesto a que más de una vez tiene que acabar con ese tipo de paz, y sabe, entonces, que lo van a tachar de puritano, de retrogrado y de todas las cosas con las que se critica a la Iglesia católica.

Por eso la voz de la Iglesia resulta tan antipática muchas veces, porque nosotros, sacerdotes, tenemos encargos muy bonitos que le gustan mucho a la gente. Por ejemplo: los bautismos son tan bonitos, las Primeras Comuniones son tan bonitas, pero cuando el sacerdote tiene que hablar también de justicia social, cuando tiene que hablar de la santidad del matrimonio, cuando tiene que decir,¡así se le venga el mundo encima!, “que no podemos aprobar, desde los principios de la Biblia, el homosexualismo, ni el aborto, ni la eutanasia, y que esas cosas, no porque sean moda, están bien".

Entonces la Iglesia se convierte en un elemento antipático. Y el Papa, que predica tan claramente de estas cosas, se convierte en un viejo antipático, amargado, retrogrado, pero en esos momentos se cumple el evangelio que hemos oído hoy.

Esa no es la paz que Cristo quiere, una paz donde todos nos callamos para evitar problemas.

Una última palabrita, eso no significa que ahora ustedes lleguen a su casa pateando sillas y mesas diciendo: “Ahora sí sé qué es lo que yo tengo que decir en esta casa”. Ser sincero, ser auténtico y ser cristiano, no significa ser violento, ser brutal.

El evangelio tampoco puede ser un pretexto para nuestras ganas de pelear. Lo que nosotros debemos buscar es, como nos enseña la Primera Carta de Pedro, saber dar razón de nuestra esperanza, y dice Al apóstol Pedro en su Primera Carta: “Con mansedumbre, con paz, con humildad y también con firmeza” (véase 1 Pedro 3,15). De modo que antes de hablar y antes de dárnoslas de gallitos finos y de profetas, tenemos que aprender el mensaje de la coherencia de vida, de la humildad; hay que orar primero.

Mi mamá lo describe de una manera muy gráfica, ella dice: “Antes de hablar con la persona, hay que ponerla en remojo de oración”; nosotros no hablamos fuerte para sacarnos el clavo, no hablamos fuerte para demostrar que sí somos capaces; hablamos claro, porque la verdad, la bondad y la santidad de Dios nos pide hablar claro; hablamos siempre desde el amor y siempre buscando la conversión.