Co17005a

De Wiki de FrayNelson
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Las lecturas de hoy, si tuviéramos que darles un título, las podríamos llamar, “De la justicia a la misericordia”. Los dos textos que van a llamar nuestra atención, son: el primero, de la primera lectura, en el capítulo dieciocho del Génesis; y el segundo, el Evangelio, tomado de San Lucas en el capítulo once. Estas lecturas parecen particularmente apropiadas para el año en el que nos encontramos: “El año de la misericordia”, según el deseo de nuestro Papa Francisco.

¿Qué encontramos en la primera lectura? Es una oración, es una súplica, casi podríamos decir que es una especie de discusión, una especie de argumento que tiene Abraham con Dios. Hay un par de ciudades que están colmadas, están rebosantes de pecado, son las ciudades de Sodoma y Gomorra, y esas dos ciudades que están repletas de maldad, sin embargo, tienen en su interior, algunas personas que son obedientes a Dios; es decir, no todo está corrupto: es terrible la corrupción de Sodoma y de Gomorra, pero hay algunas personas que siguen fieles al camino del Señor, y esto es lo que aterra a Abraham. A Abraham, le parece natural que Dios quiera destruir estas ciudades, es decir, que llegue la hora de la justicia para estas ciudades donde la corrupción es absolutamente desbordante. A Abraham no le preocupa que las ciudades vayan a ser destruidas; lo que a él le preocupa es lo que podríamos llamar el aspecto de “justicia o de injusticia” que va a tener esta intervención divina, porque lo que dice Abraham, es: “¿Así que vas a exterminar al justo junto con el culpable?” (Gn 18, 23). Realmente, Abraham se preocupa por aquellos que no merecen el castigo, y que quedarían sometidos a ese castigo con el resto de la ciudad (cf. Gn 18, 20-32).

O sea, que la preocupación fundamental de Abraham, está en el orden de “la justicia”; Cristo, en cambio, en el Evangelio amplia esta dimensión en una ruta que podemos llamar “la ruta de la misericordia”. En el Evangelio, Nuestro Señor Jesucristo nos dice cómo Dios se compadece de los buenos y de los malos: “¿Hay entre ustedes algún padre que da a su hijo una piedra cuando le pide pan? ¿Y si le pide un pescado, le dará en su lugar una serpiente? ¿Y si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan” (Lc 11, 11-13).

Observemos que Cristo es plenamente consciente de la maldad que muchas veces hay en el corazón humano; pero, nos da una dulce esperanza, porque nos está diciendo que Dios no va a detener su bondad por nuestra maldad; y esa es la señal propia de la misericordia. No es que nosotros merezcamos, no es que sea un mérito nuestro, no es que Dios tenga que pagarnos porque somos buenos; sino, más bien, que Dios, aun sabiendo de nuestra limitación, nuestro pecado y nuestra maldad, no deja de ser bueno, y nos da ese auxilio fundamental, el auxilio de su Espíritu que nos pondrá en la ruta del reconocimiento de nuestras culpas, y nos pondrá en la ruta del arrepentimiento por el mal que hemos hecho, y luego va a derramar sobre nosotros el don de la justificación, y luego nos va a dar fuerza para que emprendamos el camino de una vida cristiana; todo eso es lo que va a hacer el Espíritu Santo en nosotros. Entonces, evidentemente, lo que Cristo nos está diciendo es que esa bondad divina, inmerecida, es la que puede transformar nuestra vida.

Excelente el sentido de justicia de Abraham; magnífico que él tenga claridad sobre cómo obrará Dios; pero, aún más maravilloso, aún más consolador, me atrevo a decir, aún más necesario el mensaje que recibimos de Jesucristo, y ese mensaje es: Hay un Dios compasivo, hay un Dios que sabe quién eres, pero que más allá de lo que eres, te ama y se ha pronunciado en favor tuyo.