Co16001a

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Fecha: 20040718

Título: ¿Recibimos la visita de Jesucristo como El quiere?

Original en audio: 8 min. 56 seg.


Mis Queridos Hermanos:

Son muchos, indudablemente, los sentimientos que se despiertan en nosotros mirando la escena del Evangelio. Empecemos por ese sólo hecho de recibir a Jesús en la casa. ¡Qué privilegio tan grande!

Jesús fue a la casa de Marta, María y Lázaro, que eran hermanos, y sabemos que fue a esa casa, porque los sentía amigos. No es sólo el hecho de recibir a Jesús en la casa, es sobre todo, el hecho de ser amigo del Señor.

Y esto ya abre en nuestro corazón una pregunta, y también una esperanza. La pregunta: ¿Cómo sería recibir a Jesús en mi casa? Y la esperanza: ¿No será que Él quiere también venir a mi hogar? ¿No será que quiere venir también a mi vida?

Marta y María reciben a Jesús, pero hay una diferencia entre estas dos hermanas. Marta quiere hacer algo por Jesús; María quiere dejar que Jesús haga algo por ella. En ambos casos hay un sentimiento, hay un afecto; podemos decir, hay un amor.

Pero ese amor tiene como dos expresiones diferentes. Una es: "Voy a hacer algo por Jesús". Otra es: "Voy a dejar a Jesús que haga algo por mí". La actitud de María puede parecer pasiva, incluso cómoda. Sentada a los pies del Maestro, recibe la Palabra; simplemente escucha, simplemente se deja alimentar.

Marta, en cambio, está pensando en alimentar a Jesús, está pensando en cuidar de Él. Se preocupa por la humanidad de Jesús, y quiere que la casa, y quiere que las cosas estén lo mejor posible para Él.

Sabemos cuál es la posición, cuál es la actitud que toma Nuestro Señor. Tal vez no está mal que Marta quiera ocuparse de Jesús, pero Jesús prefiere ocuparse de nosotros, ocuparse de Marta, ocuparse de María. ¡Darle la oportunidad a Jesucristo para que haga algo en nosotros!

Marta quiere que María la ayude en el oficio de la casa, quiere que la casa esté de la mejor manera para Jesucristo, un sentimiento noble. Marta se pone al servicio de Jesucristo, pero de un modo tal, que priva a Jesucristo de ponerse al servicio de ella.

Porque, claro, si María tenía que levantarse para hacer el oficio de la casa, entonces Jesús ya no podía servir a María, ya no podía servirle el banquete de la Palabra, ya no podía servirla otorgándole la luz, la gracia de su presencia y de su predicación.

O sea que hay algo muy profundo y muy hermoso aquí. No debemos servir de tal manera a Jesús, que le privemos del divino derecho que tiene de servirnos Él a nosotros. Parece que Jesús es celoso de su título y de su misión de siervo, de servidor, y no quiere que nadie le sirva de un modo tal, que prive a Jesús del privilegio de servir más, de servir primero, de servir mejor.

Si María se levantaba para servir a Jesús, le quitaba a Jesús la oportunidad de servirla a ella. Jesús quiere ser el primero en el servicio, y hay un título de Jesús que ninguno de nosotros puede quitarle, Él es el servidor por excelencia.

La vida contemplativa, entonces, esa vida que, fundamentalmente, se abre para recibir el poder de la Palabra y el poder del Espíritu de Jesucristo, esa vida contemplativa, le da la gloria a Dios, porque le permite realizar en plenitud, la obra que Él quiere hacer.

Y en ese sentido, todos los bautizados y todos los redimidos, estamos llamados a ser contemplativos. Es verdad que hay quienes reciben como una vocación, como un llamado especial para orientarse de la mejor manera, de la manera más continua y profunda, a ese aspecto de la vida cristiana.

Pero todos nosotros tenemos el deber de recibir el servicio de Cristo, y de acoger la presencia y la acción de Cristo en nosotros. Y eso es ser contemplativos. Dejar a Cristo obrar a plenitud en nosotros; eso es ser contemplativos. Dejar que Cristo haga completamente su obra en nosotros, que su Palabra se apodere de nosotros, que su amor se adueñe de nosotros; eso es ser contemplativos.

Y esa es la manera como Jesucristo quiere ser recibido. Quiere ser recibido y quiere ser servido de tal manera, que sea Él quien pueda prestarnos siempre ese servicio. Esa es la grandeza de la visita de Jesucristo.

Quiere venir a nuestra vida, pero no quiere venir de una manera, llamémosla, inútil. Quiere venir para ser útil siervo, útil servidor de todos nosotros. Y con divino amor, y con maravillosa diligencia, Cristo se ocupará, precisamente, de hacer ese servicio en nosotros. ¿Por qué? Porque nos ama, y porque ama al Padre.

El gran servicio que hace Cristo en nosotros es limpiar con la acción de su Palabra, con la fuerza de su Espíritu, con el baño saludable de su Sangre redentora, el corazón, para que resplandezca la imagen del Padre.

Jesucristo está obrando en nosotros, para que la imagen de Papá Dios aparezca plena, perfecta, para que nosotros seamos, verdaderamente, imagen del Padre Celestial.

Por amor al Padre, entonces, y por amor a nosotros, viene Cristo como servidor. Y por eso no quiere que esa misión suya sea confundida, sea aplazada, sea postergada, o pase a segundo lugar. Cristo quiere que esa obra se haga a plenitud, porque en ello está la gloria del Padre Celestial.

Cuando nosotros recibimos la Sagrada Comunión en la Eucaristía, estamos tomando a Jesús, pero sobre todo, Él nos está tomando a nosotros. En la Eucaristía, aparentemente, Jesús está en nuestro poder, porque está en nuestras manos, porque está en nuestra boca. Pero es sólo la apariencia.

No está Él en nuestro poder, sino que a través de la Sagrada Comunión, nosotros quedamos en su poder, y es poder de amor, y es poder de salvación, para gloria y alabanza del Padre, que vive y reina por los siglos.

Amén.