Co10003a

De Wiki de FrayNelson
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Un filósofo llamado Ludwig Wittgenstein dijo alguna vez: “De lo que no se puede hablar, es mejor callar”. Y creo que muchas personas aplican esa frase; aún sin conocerla y sin conocer a su autor, la aplican cuando se trata de la muerte. Muchas veces frente al misterio de la muerte, guardamos un respetuoso silencio que quizá esconde nuestro miedo, nuestra impotencia, nuestra sensación de absurdo. Este silencio se hace más profundo, se hace más dramático, cuando se trata de una muerte inesperada; por ejemplo, lo que nos describe el Evangelio de hoy, tomado de San Lucas: la muerte de una persona joven (cf. Lc 7,11-17). La juventud, en cierto sentido, es la primavera de la vida; es cuando la vida toma sus colores más bellos, su aspecto más atrayente; donde la fuerza y el entusiasmo, suelen sentirse con mayor ímpetu. Y por eso, la muerte de un joven nos golpea de un modo particularmente doloroso. El silencio; silencio de caridad, silencio de acogida, pero también, silencio de ignorancia, de miedo y de impotencia, es probablemente nuestra única respuesta en esas circunstancias. Esa es la manera usual de responder, pero, no es así como responde Cristo en el caso que encontramos hoy, porque Cristo si tiene algo que decir, porque la muerte no es capaz de silenciar a aquel que es la Palabra Divina, aquel que es la Palabra de Dios. Y este es un mensaje muy profundo, porque sitúa a Cristo más allá del umbral de nuestras posibilidades, pero, más acá de nuestros dolores; porque es cercano a nuestros dolores, pudo sentir lástima de ese muchacho; pero, porque está más allá de nuestras posibilidades, pudo hacer algo. Cristo es el que siente como nosotros; pero, puede actuar como solo Dios actúa. Y esa combinación, esa realidad, que es al mismo tiempo, tan cercana en la compasión, pero, tan superior en el poder, es lo que hace que Cristo marque una diferencia total en nuestras vidas. Así también nos dice la Carta a los Hebreos en un contexto diferente, que Cristo es compasivo porque es como nosotros; pero, también dice que es mejor que nosotros, más que nosotros, por encima de nosotros, porque está libre de toda culpa, está libre de toda mancha, está libre de todo pecado. Al mismo tiempo, cercano para compadecerse, y superior para ayudar; ese es Nuestro Señor Jesucristo.

Y ahora, ¿qué le vas a presentar, tú a Cristo?, ¿qué es lo que tú y yo, le tenemos que presentar a Cristo?, ¿cuáles son esos sueños nuestros que están convertidos en cadáveres?, ¿cuáles son esas esperanzas de nosotros, como pueblo, que quizá ya apestan porque las hemos dejado morir? Hemos de acercarnos a Jesucristo, aquel que tiene esa compasión ilimitada y ese poder superior, para decirle: “aquí están nuestros cadáveres”. Tenemos que presentarle nuestros anhelos profundos: por ejemplo, anhelos de paz, anhelos de reconciliación, anhelos de justicia. Esos tenemos que presentárselos; no dejemos que sean, simplemente, cadáveres; no dejemos que, simplemente, aumenten el cementerio de las ilusiones muertas del mundo. En otro sentido, también tenemos que presentarle aquellos fracasos nuestros; ¿cuántas veces luchamos con cosas nuestras que no hemos podido superar? Un vicio que tenemos, por ejemplo; o, tal vez, una realidad de pareja, de matrimonio, que parece completamente desesperada; también eso que parece muerto, hay que presentárselo a aquel que es grande en compasión y grande en poder; y Cristo, no nos defraudará.