Co07002a

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Fecha: 20010218

Título: Amad a vuestros enemigos

Original en audio: 18 min. 25 seg.


Podemos decir que la exhortación que nos hace Jesucristo es de lo más propio dentro del verdadero cristianismo. No recuerdo yo ningún filósofo o fundador de religión que haya dicho un pensamiento como este que nos propone Cristo, el amor al enemigo, realmente eso es lo característico de Cristo; así como de nadie más se dice que haya muerto amando al enemigo; inocente y amando al enemigo.


Así también este mandamiento es propio, es singular, único de la fe cristiana, no se trata de tolerar al enemigo, porque eso sí se encuentra en otros credos o en otras filosofías.


Todo el budismo, por ejemplo, es una manera de neutralizar la maldad, de modo que se pueda cumplir aquello que dicen las frases un poquito pedantes que se oyen por ahí: "eso me resbala”, “soy impermeable, impenetrable”. Los cheques de tus maldades no tienen fondos en el banco de la indiferencia.


El budismo es una gran escuela de neutralización del mal: "que me resbale, la maldad del otro que no me importe; torció el hocico, problema de él; yo sigo mi camino, no me importa". El budismo es para que no me importe, no me importe el dolor físico, no me importe el dolor moral; estar mas allá del dolor. Aquí es distinto, es amar al enemigo.


Otras filosofías, como la de Confucio, buscan un refugio diferente, no la anestesia budista, sino una supremacía, una altura, la altura del verdadero hombre, la altura del sabio que desde su alta intelectualidad, sí siente los ladridos destemplados del enemigo, pero son tan poca cosa.


Es decir, Confucio nos enseña a construir un ser humano tan alto en su torre, que puede mirar con desdén, con desprecio la ofensa del enemigo.

"Sí, verdades por ahí, oí algo que crujía o gruñía, pero a la altura de mi virtud, de mi sabiduría, qué poco le importa eso".


Otros, como los estoicos, pensemos en un Séneca, por ejemplo, obran de modo semejante al budismo, no por vía de anestesia, sino por vía de resistencia. Soportar, ser duro, "ahí está el problema y aquí estoy yo"; "nos separan cuatro piezas, pero no importa".


"Esto es como una carrera de resistencia, a ver quién se cansa primero"; "yo tengo gasolina para rato, yo aguanto, tengo el cuero duro, estoy curtido en estas cosas, de manera que es posible que me duela, es posible que me fastidie, pero yo aguanto"


El budismo me anestesia; el confucianismo, me trepo a una torre; el estoicismo me enseña a resistir, pero ninguno de ellos me manda amar, y si miramos otros pensamientos, filosofías o religiones, pues la cosa se simplifica porque si se trata, por ejemplo, de las religiones paganas o politeístas, en general, la respuesta es sencilla: si es enemigo, odialo y destrúyelo.


¿Pero quién manda amar al enemigo? Si alguien se encuentra otros pensamientos, por favor, distinta al cristianismo, que mande amar al enemigo, tenga la bondad de llamarme a mi convento o de escribirme a mi correo electrónico, comunicándome: "encontré otra religión que manda amar al enemigo"; eso es lo propio nuestro.


Claro, difícil, a veces nos parece imposible, y francamente es imposible para las fuerzas humanas, pero es que esta flor no nace en el corazón humano, esta flor sólo nace en el cielo, y si se la encuentra en el corazón humano es porque ese corazón tiene algo de cielo.


No está en nuestros recursos, lo que está en nuestros recursos es lo que dice Cristo “amar a los que nos aman” (véase San Lucas 6,32). Eso sí está en nuestros recursos: "me cae bien, me trata tan bien, es tan especial conmigo, merece que lo ame realmente, se ganó ese puesto"


Hacer el bien al que me hace bien, se lo merece; prestar y esperar cobrar, eso es muy bonito; esperar el día en que se me va a retribuir todo lo que yo he hecho, estas otras cosas sí nacen espontáneamente en el corazón humano; responder a la caricia con una caricia y a la bofetada con un puñetazo, eso sí está en el corazón humano, esa sí es justicia de la buena, pero amar al que nos hace mal, eso sólo lo da el Padre Celestial


Y es muy importante que nosotros al predicar este Evangelio tan característico, tan propio nuestro, y por lo mismo tan difícil, subrayemos la expresión de Cristo: "como vuestro Padre" (véase San Lucas 6,36), “amad a vuestros enemigos y seréis hijos del Altísimo que es bueno con los malvados y desagradecidos" (véase San Lucas 6,35).


Sólo Dios tiene eso, el ser bueno con el malvado, con el desagradecido; sólo Dios lo tiene, y si alguna vez eso se encuentra en corazón humano es porque hay algo de Dios ahí, pero esto no existe, pero esto no se da.


Y damos dos palabras sobre cómo podemos acercarnos a esa realidad celestial, porque no estará aquí únicamente para que suspiremos por ella. Una primera pista nos la da la lectura del Libro de Samuel, la que escuchamos en primer lugar, David se detiene ante el enemigo y no cobra justicia por su propia mano, este es el comienzo.


En algunos de sus escritos decía León Tolstoi, hablando de los dolores físicos, que lo peor del dolor físico no es la intensidad de la mortificación o incomodidad que causa, decía él, lo peor de un dolor es que nos obliga a ponerle cuidado, nos obliga a atenderle, como un niño malcriado que estuviera a todas horas: "mírame, mírame, pónme cuidado"; así es un dolor, el dolor nos obliga a atenderlo, nos obliga a mirarlo.


El principio de la liberación está en poder levantar la mirada por encima de este dolor, y si una persona logra esto ya no está tan cerca de amar al enemigo, eso es lo que nos muestra la Primera Lectura.


Saúl odiaba a David, pero David no se queda mirando el odio de Saúl, mascullando el odio de Saúl, rumiando el odio de Saúl. Las cosas tienen un tamaño afuera de nosotros y adquieren otro tamaño afuera de nosotros, ahí está el problema verdadero.


El problema no está en lo que me hicieron, sino cuántas veces pensé, recordé, agrandé lo que me hicieron, ese es el problema, es que mi atención se queda ahí encadenada a eso que me hicieron; uno puede dejar de pensar en eso que me hicieron, eso es lo que hace daño.


David levanta la mirada por encima del problema con Saúl y por eso es capaz de decir: "¡un momento!, es que yo no fui el que hizo a Saúl , yo no fui, yo no soy ni el que lo creo, ni el que lo crió, ni el que lo ungió, yo no fui, yo no soy dueño de esa vida, esa vida tiene dueño", ahí empieza la liberación.


Yo no estoy metido en una jaula con mi problema, claro, ¡qué más quisiera Satanás!, que uno sintiera eso, meterse en una jaula con el problema y obsesionarse y obsesionarse, y cada vez ver lo peor y más grande hasta perder todo, pero David no obra así, David descubre: “yo no lo cree, ni lo crié, ni lo ungí, es de Dios" (véase 1 Samuel 26,9).


Es Dios el que tiene en primer lugar que resolver este problema, no yo, es Dios. Por eso David puede relativizar el problema, no toma el lugar de Dios, le deja a Dios su lugar.


Este consejo, casi con las mismas palabras, le da san Pablo en la Carta a los Romanos cuando habla de este mismo tema. El lenguaje de Pablo nos puede sonar un poco lejano, dice: “dad un lugar a la cólera de Dios”(véase ), como quien dice, que sea Dios el que ponga las cosas en su sitio cuando quiera.


Esto había que hacerle muchas anotaciones, pero no perdamos la idea fundamental, la idea fundamental es: Dios es el dueño de las vidas, es Dios el dueño, esa persona tiene su dueño que es Dios.


Cuando yo hago este maravilloso descubrimiento, entonces ya puedo hacer dos cosas: primero, quitarme la obsesión con lo que me hizo esa persona o personas, y segundo: me dispongo para hacer la primera oración sincera por esa persona, y detrás de esa oración vendrá el amor.


¿Cuál es la oración que ayuda ante el enemigo? La que he visto que funciona mejor sobre todo ante los casos de largo resentimiento y encono es: “Señor, cumple en esta o en estas personas tu voluntad”.


Es una oración en la que simplemente, humildemente y realísticamente me doy cuenta de que yo no soy Dios, el único dueño de la vida es Dios y le devuelvo a Dios su derecho a ser Dios, dejo que Dios sea Dios, y a partir de ahí dejo descongestionarse el corazón.


Ya de ahí se podrá pasar a otra oración, pero después de un tiempo se puede pasar a otra, no se pueden hacer todas en un día, “Señor, cuando lo disponga tu voluntad concédeme mirarlo o mirarla como tú le miras”; ya esas oraciones son actos de amor porque son actos que entregan al enemigo en manos de quien sí lo conoce y de quien sí le puede hacer bien.


Por eso la primera oración: “cumple tu voluntad en esa persona”, "cumple en ella tu voluntad"; segunda oración: “concédeme mirarla como tú la miras”; tercera oración: ¿qué se puede hacer en esta secuencia? "ten misericordia de sus pecados y sus verdaderas necesidades”


Esa también se puede decir, luego, lo que yo considero que es pecado, no de lo que a mí me fastidia sino de lo que es su verdadero pecado, que quizá ni es lo que a mí me ha dolido, y de su verdadera necesidad, ten misericordia.


Cuarta oración: “Señor, cuando lo disponga tu voluntad, concédeme experimentar por esa persona, el amor con que tú le miras, ya no mirar como tu miras, sino amar como tú amas, amar con el amor que tú miras y amas a esa persona”.


Ya ahí estamos a las puertas del evangelio que hemos escuchado, si este tratamiento se hace dos veces por la mañana y una vez por la tarde, al cabo de un tiempo, que puede ser largo, pero que de pronto no será tan largo ya se puede pasar a otra cosa.


“Señor, dame de tu amor y de tu perdón para yo amar y perdonar a esa persona", ya es una petición descarada de amor, "dame amor, para yo amar a mi enemigo, sin ti yo no voy a poder".

Ya la siguiente oración será: “gracias, Señor, porque ya puedo amar a mi enemigo”