Co02004a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 20070114

Título: Donde esta Maria nace Jesus

Original en audio: 15 min. 50 seg.


El Apóstol San Juan llama al milagro de la conversión del agua en vino “el primero de los signos de Jesús” San Juan 2,11; es decir, que con él, con este milagro empieza como una etapa nueva.

Y de eso se trata precisamente lo que estamos celebrando. Este es domingo segundo del tiempo Ordinario. Es decir, acabamos de pasar el tiempo de la navidad. Durante el tiempo litúrgico de la Navidad estábamos celebrando a Jesús, podemos decir en el misterio de su ocultamiento.

Es el Jesús humilde, no sólo por haber nacido en el pesebre, sino por haber permanecido como escondido, realmente olvidado de todos, en un pueblito que ni siquiera se menciona en el Antiguo Testamento: Nazaret.

Jesús nació y vivió en pobreza y en ocultamiento. Pero hay un momento en el que ese Jesús, que estaba oculto, empieza a manifestarse. La primera manifestación pertenece al tiempo de su infancia. Fue cuando la estrella condujo a los magos a que fueran a visitar al rey de los judíos.

Pero eso quedó así porque esos Magos o esos sabios de oriente se fueron. Esa fue la primera manifestación, la primera epifanía. La palabra epifanía quiere decir eso.

Y luego hubo como otra epifanía para Juan Bautista y para un pequeño grupo de los que estaban bautizándose, cuando el bautismo de Jesús. Ahí hubo otra epifanía grandiosa, pero también limitada en su alcance, apenas unas pocas personas, sobre todo Juan Bautista.

Y lo que estamos viendo hoy es otra epifanía. Es el primero de los signos que hace Jesús. Y lo maravilloso aquí no es solamente eso de convertir agua en vino. Aquí no estamos celebrando a un mago. Aquí estamos celebrando una “señal”, esa palabra es fundamental.

San Juan, de hecho, no llama milagros, no llama prodigios, sino que llama “señales” a esta clase de obras de Jesús. Y ese matiz es importante; los milagros de Jesús son en realidad señales, es decir, lo más importante es hacia dónde nos invitan a mirar.

Porque una señal es eso. Una señal es para que uno no se quede en ella, sino para que uno vaya más allá. Para que uno descubra algo, para que la atención de uno vaya a otra realidad. Eso es lo propio de un signo, de una señal.

Entonces los milagros de Jesús no es para que nos quedemos mirando la composición química del agua y la del vino, ni es tampoco para que busquemos un mago que lo repita.

Hace poco, no sé si fue Discovery Channel o el canal de la National Geographic, presentaron a un mago que repetía ante las cámaras una cantidad de los milagros de Cristo. Multiplicaba panes y cambiaba agua en vino. Y la cosa burlesca tenía un poco el propósito de trivializar los milagros del Señor.

A mí no me parece difícil imaginar que un mago haga cosas así, sorprendentes. Mis ojos son fáciles de engañar. Pero lo importante, repito, no está ahí en esa agua o en ese vino. Lo importante es que nosotros nos preguntemos qué quiere decirnos el Señor, qué nos está mostrando el Señor con este milagro. Porque es una señal, es una epifanía, es una manifestación.

Es la misma razón por la que Jesús muchas veces, después de curar a una persona. le decía: “Tú cállate, guárdate esto para ti”. Jesús estaba mandando a la gente como a un retiro espiritual.

Los curaba pero los mandaba a retiro, como diciendo: “Mira, profundiza, ahonda, cae en la cuenta, descubre lo que Dios ha hecho por ti; no te quedes únicamente en que yo era paralítico y ahora puedo correr, yo era ciego y ahora puedo ver".

Hay algo mucho más importante que eso, tarde o temprano esos ojos se vuelven a apagar, aunque sea a más tardar, a la hora de la muerte; tarde o temprano vuelves a quedar paralítico, porque en la tumba la gente no anda danzando”.

O sea que lo importante no es el milagro, milagro en sí. Lo importante es qué te quiere decir Dios con esta maravilla.

Con esos ojos acerquémonos, les invito, a ese texto del evangelio de hoy y hagámonos esa pregunta: ¿Qué quiere decir eso? Unas bodas, la presencia de María, la presencia de los discípulos y una tremenda bondad de vino.

Por lo pronto partamos de la base de que la fiesta ya iba avanzada, y Jesús aporta a la fiesta seiscientos litros de vino. Yo no sé de qué tamaño tiene que ser una fiesta para que la gente se alcance a beber seiscientos litros de vino. Pero probablemente toda la gente de Caná, en Galilea, no era capaz de beberse esa cantidad.

Para Jesús era igual de difícil o igual de fácil por lo visto, convertir una jarra de agua en vino o convertir seiscientos litros. ¿Por qué esto? ¿Y por qué son tinajas destinadas a la purificación de los judíos? Yo espero que ustedes tengan un corazón atento y amoroso cada vez que escuchen la Palabra del señor.

Porque esto es delicado, esto es un tesoro hermoso, esto es como un banquete delicioso. Hay que acercarse a la Palabra de Dios como cuando a uno lo inviten a un buffet exclusivo. Y todo tiene su sabor y todo tiene su preparación, textura y temperatura. La Palabra de Dios es un banquete sabroso. Y hay mucho qué comentar aquí, pero apenas vamos a sugerir un par de cosas.

Por lo pronto se trata de una boda y lo que hay que decir es que Jesús estaba mostrando la abundancia del vino de las nuevas bodas. Jesús no estaba celebrando sólo la boda de esos dos que se estaban casando ahí en Caná de Galilea.

Esa abundancia, esa sobreabundancia de vino lo que nos habla es de una boda mucho mayor, mucho más grande. Y esa boda nueva es la que se celebra en la persona misma de Él.

Y nos dicen los predicadores que ha tenido la Santa Iglesia, los Padres de la Iglesia nos hablan de esto: en Jesús mismo se han celebrado unas bodas porque en Él la naturaleza divina y la naturaleza humana se han unido en matrimonio que no se separa, porque Jesús, el Hijo eterno de Dios, es también para toda la eternidad Dios y hombre.

Nuestra naturaleza se ha unido en matrimonio, se ha unido en bodas con la naturaleza divina. Esa es una boda que también había que celebrarla.

Pero también hay que celebrar la boda del amor que Dios tiene por su pueblo y que lo redime. Muchas veces en el Antiguo Testamento aparece el amor de Dios como el amor de un novio; un novio genuinamente apasionado, profundamente enamorado.

Y la novia es el pueblo, el pueblo de Dios. El Rey es Dios, y el Novio es Dios, y el Esposo es Dios; y su novia, su doncella, su virgen, como aparece en la primera lectura, es el pueblo.

Entonces podemos tomar esa comparación: ¿cómo ama Dios al mundo? ¿Cómo ama Dios a la humanidad? Apasionadamente, perdidamente. Muchas veces cuando una persona está realmente enamorada como que pierde un poco la razón.

Por ejemplo, los amigos le dicen “¿Pero usted qué le ve a esa mujer?”. La demás gente no le ve todas esas cualidades, y dicen: “¿Pero será que no se da cuenta?” Pero para él es la mujer más bella. El amor como que trasciende las explicaciones, el amor como que crea sus propias razones.

Y así nos ha amado Dios, apasionadamente, como inventando nuevas razones para querernos a pesar de todo lo que le hacemos. Entonces, esa clase de bodas está celebrando Cristo aquí y por eso se necesita muchísimo vino, muchísimo, porque hay que celebrar en todo el mundo, porque todo el mundo debería alegrarse de la manera como Dios nos ama.

Y la otra reflexión muy bella que debemos hacer, tiene que ver con la presencia de la Virgen. Estamos diciendo que este es el paso de la vida oculta a la vida pública de Jesús. Y hay que decir que la Virgen está ahí.

Que Ella es como el quicio, como el borde, que Ella es la que introduce a Jesús, la que bota a Jesús, la que lanza a Jesús a esas aguas nuevas, a esa experiencia nueva. Es Ella la que precipita lo que Jesús llama “su hora”.

Él dice: “Mi hora no ha llegado” San Juan 2,4, la hora es el momento, en la teología de San Juan; la hora de Jesús es el momento de su gran manifestación. Para San Juan la gran manifestación de Jesús no es otro milagro más, como sanar un ciego, sino es la horade la cruz y la gloria.

Entonces Jesús dice: “Mi hora no ha llegado” San Juan 2,4, Jesús está como resistente a hacer el milagro. Quiere mantener su perfil así medio oculto aunque ya tiene algunos discípulos. María lo bota al ruedo, María lo lanza a esas aguas nuevas.

Es tan hermoso pensar que a través de la Virgen hemos recibido al Verbo de Dios en nuestra carne, cuando Ella dijo: “Hágase en mí según tu Palabra” San Lucas 1,38 . A través de la Virgen podemos ver al Niño Jesús en Belén porque Ella lo da a luz, y ahora entendemos que a través de la Virgen hemos recibido esta manifestación de Jesús en su vida pública.

Y esto es muy bello porque es como María continuamente dando a luz a Jesús. Y el mismo San Juan nos vuelve a presentar otra vez a la Virgen en el momento de la cruz. Un momento silencioso en el que Ella está viviendo el dolor supremo, el dolor, dicen los Padres de la Iglesia, de parir a Jesús, a ese Cristo total en el que también estamos nosotros.

Entonces fíjate la hermosura de la presencia de la Virgen. Ahí está María que recibe al Verbo de Dios en su carne y queda ese Verbo allá escondido en la matriz de ella, y luego María dando a Jesús a luz en Belén, y luego María dando a Jesús a la vida pública. Donde está María nace Jesús.

María da a luz a Jesucristo. María es el camino privilegiado, el camino podríamos decir por el que Dios ha querido manifestar a su Hijo. Por eso tiene tanto sentido lo que han dicho los grandes devotos de la Virgen: “Nosotros vamos a Cristo por María”, y la razón es que así lo quiso Dios.

Dios también nos dio a Cristo a través de María. Es apenas natural que nosotros acudamos a Ella, pidamos su intercesión, pidamos su amistad, su ayuda, porque a través de Ella Dios quiso darnos a su propio Hijo.

No hay que negar aquí, ni hay que disminuir el papel de la Virgen, ella dijo: “Hagan lo que Él les diga” San Juan 2,4, y Jesús no iba a hacer el milagro, y Jesús cambió su opinión por la Virgen.

Yo no sé cómo resolverán eso los teólogos, los cristólogos, sobre todo si no son católicos, pero eso es lo que está ahí en el texto. Que Jesús no iba a hacer nada, después no parece que vaya a hacer el milagro, pero Él cambia su opinión y la cambia por el poder del corazón de María en Él.

Esto es algo sobrecogedor, esto es algo muy grande, que alguien pueda tener como un poder sobre el corazón de Cristo. Y eso parece aquí, saliendo del corazón compasivo de la Virgen que no pide algo para sí misma sino pide algo para que sea perfecta la alegría de los demás.

Qué grandeza la del corazón de María y qué potencia la que hay en el corazón de la Virgen. Un corazón que persuade con suavidad pero con firmeza, persuade al corazón de Jesús para que se mueva en cierta dirección. Por supuesto que todo viene de Dios.

Si María obra de ese modo no es por otra razón sino por la misma inspiración de Dios. Pero no podemos negar este poder de la intercesión de la Virgen, y si lo destaco es porque yo sé que muchos de ustedes aman intensamente a la Virgen y le piden con constancia por las distintas necesidades que nosotros tenemos.

Pues animémonos, animémonos a confiar en esa intercesión porque este pasaje nos muestra una potencia, un poder inmenso que está en el corazón y en las palabras de la Santa Madre de Dios.

Bueno, sigamos esta celebración, con este evangelio ya se nos abre un panorama inmenso, Jesús entra en su vida pública, y a partir del próximo domingo y del próximo evangelio lo que vamos a hacer es recorrer los pasos de esa vida pública de Cristo hasta llegar a la gran señal, el gran signo que no es otro sino la muerte redentora de Él en la cruz.