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Fecha: 19980322

Título: Yo me descubrire como hijo de Dios cuando pueda llamar "mios" a los que Dios llama "suyos"

Original en audio: 14 min. 32 seg.


Queridos Hermanos:

Gracias a Dios, este texto del capítulo quince del evangelio según San Lucas, es bastante conocido. Es un texto que suena familiar a nuestros oídos. Es la proclamación maravillosa del poder de la misericordia de Dios.

Porque en esta parábola Jesucristo une dos palabras que suelen estar muy separadas: poder y misericordia.

En nuestra tierra es frecuente que el que tiene el poder es inmisericorde; y a veces, como se ha dicho dramáticamente, la escalera del poder está marcada por cráneos de aquellos que se han pisado, de aquellos que se han superado, de aquellos a quienes se ha pisoteado.

El que tiene el poder no suele tener misericordia; y los que tienen misericordia, los de corazón compasivo, suelen ser personas que tienen muy poco poder. Ancianas piadosas, madres amorosas, hombres que son muy buenas personas, pero gente irrelevante, irrelevante decimos nosotros.

Los que tienen compasión no suelen lograr poder; y los que tiene poder no suelen tener misericordia. Pero aquí nos aparece Dios nuestro Padre y el ministerio mismo de Jesucristo como una obra al mismo tiempo de poder y de misericordia, y esto es maravilloso.

Porque tiene poder, transforma; porque tiene misericordia, levanta; porque tiene compasión de nosotros, puede mirar la herida en toda su extensión; y porque tiene poder sobre nosotros, puede sanar la herida en toda su profundidad.

Y por eso este evangelio maravilloso nos llama a todos a la casa del Padre, para también nosotros recibir ese abrazo.

Cuando ese hijo menor se fue de la casa, él estaba mirando sólo los bienes de su padre; tenía los bienes, buscaba los bienes, quería los bienes de su padre, pero él era un huérfano, en su corazón era un huérfano, para él su papá no existía, existían los bienes de su padre.

Y por eso se resolvió acabar con todo ello de una vez, y mató al papá, le pidió la herencia, y sabemos que las herencias se reparten después de que la gente muere.

Cuando el hijo menor le dijo al papá: "Dame la parte de la herencia" San Lucas 15,12, lo que le estaba diciendo era: "Papá, tú no existes para mí, tú no eres un papá para mí, tu vida es tu vida, pero tú no tienes vida en mí, tú ya moriste para mí, me interesan tus bienes". Ël no tenía papá, conocía los bienes del papá, quería los bienes del papá.

Y precisamente, padre y papá, fue lo que encontró cuando volvió de su vida, cuando volvió de su pecado. Cuando volvió lo que encontró fue a su padre, es decir, descubrió al papá.

Y todos nosotros estamos llamados a hacer ese mismo descubrimiento. Este es como el primer sentido, como la primera enseñanza que esta parábola maravillosa, llena de ternura y de gracia, tiene para cada uno de nosotros.

Pero no se nos puede olvidar que la parábola fue dicha en un momento muy concreto de la vida de Cristo. Nos dice el Evangelista: "Los recaudadores de impuestos y los pecadores se acercaban a escuchar a Jesús. Entonces los fariseos y los escribas empezaron a criticarlo, y por eso Jesús dijo esta parábola" San Lucas 15,1.

Es evidente que esos recaudadores de impuestos y esos pecadores, que volvían a Jesús, que se alegraban del Evangelio, que sentían el amor de Dios, son los que están representados por el hijo menor.

Y es evidente entonces que los escribas y fariseos, que critican a Jesús, que se disgustan de la misericordia de Dios, están representados por ese hijo mayor.

Y por eso la enseñanza, aunque puede aplicarse para que cada uno de nosotros descubra a ese Padre misericordioso que es Dios, también está para que cada uno de nosotros deje a Dios ser Dios, para que cada uno de nosotros no ponga obstáculos al poder de la misericordia de Dios en las vidas de otras personas.

Porque si lo pensamos bien, este papá en realidad no tenía hijos, el uno que se fue, corporalmente; y el otro, que estando ahí, tenía el corazón en otras cosas.

Mira cómo hay una maravillosa coincidencia en la enseñanza que Cristo nos hace sobre los intereses de estos dos hijos.

Me explico: Cuando el hijo menor piensa en regresar, medita en su corazón estas palabras: "Voy a decirle a mi papá: Pequé contra el cielo y contra ti. No merezco ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros"" San Lucas 15,21, jornaleros.

Y hora mira lo que dice el hijo mayor cuando vuelve. El hijo mayor no quiere integrarse a la fiesta, y le dice al papá estas palabras: "Fíjate cuántos años hace que te estoy sirviendo sin desobedecer jamás una orden tuya" San Lucas 15,29.

Este hijo mayor tampoco se sentía hijo, tenía corazón de jornalero, tenía corazón de empleado, no tenía corazón de hijo. Él sentía que su papá era su capataz, él sentía que su padre era su amo y sentía que tenía que cumplirle las órdenes. Este hijo mayor tampoco tenía papá.

Y por eso va ganando el hijo menor, porque el hijo menor por lo menos descubrió que tenía padre. El hijo mayor, por lo menos hasta donde termina la parábola, todavía no lo ha descubierto.

Está más lejos de su padre, aunque se haya quedado en la casa; está más lejos de tener papá, aunque le vea todos los días; está más lejos de sentirse hijo, aunque habite en la misma casa.

No tiene papá ni se siente hijo porque se considera un empleado. Si pudiera, si no le diera miedo, si tuviera un poco más de valor, también él pediría la herencia. Pero él está tratando de guardar sus intereses; él no ama a su papá, ni siquiera lo reconoce como padre, lo considera su capataz. Él está guardando sus intereses.

Fíjate lo que le sigue diciendo al papá: "A mí nunca me has dado ni siquiera un cabrito para tener un banquete con mis amigos" San Lucas 15,29, "con mis amigos", "con mis amigos" San Lucas 15,29.

El corazón del hijo mayor está en otro sitio. Él quiere tener banquetes con "sus amigos". Él quiere tener "sus intereses". A él no le interesa alegrarse con la fiesta y con el corazón del papá.

Es una historia un poco triste la de este papá que no tiene hijos, el uno que se va corporalmente y el otro que tiene el corazón lejos, que está pensando en otras cosas, que está pensando en sus propios amigos y que está tratando de esperar, con paciencia rabiosa, el día en que el papá le dé por fin un cabrito para compartir con sus amigos, porque él siente que el novillo gordo es el del papá, ese novillo no es para él.

Así que este evangelio tiene también una enseñanza para todos aquellos que a veces no pecan, que a veces no pecamos, porque dejamos de pecar por cobardía, dejamos de pecar por guardar una imagen, dejamos de pecar por respeto a la ley, dejamos de pecar por vanidad nuestra, dejamos de pecar por cualquier otra razón, pero no dejemaos de pecar porque estemos amando a Dios.

El que se abstiene de pecar porque es un cobarde, por guardar una imagen, o por cosa parecida, que lea esta parábola para que sepa lo que Dios está pensando de él. Ése tampoco es hijo, ése se queda sin entrar a la fiesta, en cierto modo a ése le va peor que a todos.

Nosotros entonces tenemos aquí otra enseñanza: dejar de pecar por estos motivos, en realidad no es dejar de pecar, porque lo grande de dejar de pecar es empezar a amar.

Este muchacho mayor tuvo que escuchar estas palabras de su papá: "Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo" San Lucas 15,31, "todo lo mío es tuyo" San Lucas 15,31.

Fíjate cómo el hijo mayor le había dicho al papá: "Apenas llega ese hijo tuyo, que derrochó sus bienes con mujeres de mala vida" San Lucas 15,30, lo llamó: "Ese hijo tuyo" San Lucas 15,30, no dijo: "Mi hermano", él no se siente hermano de nadie.

"Apenas llega ese hijo tuyo, que derrochó los bienes" San Lucas 15,30, eso era lo que le preocupaba a él, los bienes, como a los fariseos y a los escribas."Apenas llega ese hijo tuyo, que derrochó sus bienes" San Lucas 15,30.

Y ahora oye el lenguaje del papá: "Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo" San Lucas 15,31, "si es mi hijo también es tu hermano".

De manera que aquí hay un test maravilloso para saber si uno está sirviendo a Dios con el corazón interesado de un jornalero o con el corazón amoroso de un verdadero hijo.

Si yo puedo sentir que ese pecador reconciliado, que ese pobre que recibe ayuda, que ese hombre que sale de su postración y adquiere su veradera dignidad, si yo puedo sentir que esos hombres son mis hermanos, entonces soy hijo de Dios.

En otro caso soy un gran jornalero, soy un hipócrita, que estoy esperando el momento en que Dios me dé un cabrito para para ahí sí hace "mi fiesta", lejos de Dios, lejos de mi Papá.

Yo me descubriré como hijo de Dios cuando pueda llamar "míos" a los que Dios llama "suyos", y si Dios llama "suyos" a los pequeños, a los pobres, a los pecadores, a los mínimos, si esos son los de Dios, yo sólo seré hijo de Dios cuando yo pueda decir que esos también son los míos, que esos, en los que obra Dios, son también la alegría de mi corazón.

Hermanos, vamos a saciarnos en un banquete, en esta Eucaristía. Dios nos ofrece con abundancia, no el novillo gordo, el novillo gordo, dentro del texto original griego de esta parábola, ahí esa expresión "el novillo gordo", aparce con artículo determinado, es uno solo, el novillo, el único, el que está reservado para la gran fiesta.

Yo decía en una predicación, y hasta me atrevo a repetirlo ahora, que ése que está reservado para la gran fiesta, ése que está reservado para el banquete de Papá Dios con todos sus niños recociliados, ese novillo gordo es la imagen de este Cordero Pascual, que se celebra en la Eucaristía.

No dice "un novillo", sino "el novillo gordo", el importante, el que estaba preparado para la gran fiesta.

Porque una vez alguien me preguntaba: "En esta parábola ¿en dónde aparece Cristo? Porque aparece Papá Dios, y aparecen los pecadores, ya sean del ala de los recaudadores o del ala de los escribas, ¿y Cristo dónde aparece aquí?"

Y a mí se me ocurre que Cristo está en la figura de Ése que se ofrece en banquete de Pascua, en banquete de reconciliación, en banquete de alegría. Ése es el Cristo que se ofrece para gloria del Padre, para alimento y para comunión de todos nosotros en esta Eucaristía.

Comer de este Novillo, comer de este Cordero reservado por Dios, comer de Él es entrar en la lógica de su misericordia, es aceptar que por encima de sus bienes tenemos el bien máximo de llamarle "Padre", y tenemos el bien hermosísimo de reconocernos hermanos.

Bendito Dios que nos convoca a alimentarnos de su Palabra y a saciarnos de su misericordia en este banquete eucarístico.

A Él nuestro amor y nuestra alabanza por los siglos.

Amén.