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Fecha: 19980301

Título: Que bello Cristo vencedor de la tentacion, que bello Cristo vencedor de la muerte

Original en audio: 20 min. 37 seg.


La vida de Cristo está marcada por tres comienzos, podríamos decir.

Me refiero a la vida de Cristo en esta tierra, y de los tres comienzos de los que hablo son: su comienzo en Belén, su comienzo en el desierto y su comienzo en la Cruz y en el sepulcro, estos tres comienzos de Cristo son como tres escalones de humillación.

En Belén asume la suerte de los pobres, supone ya una humillación, porque entre las naturalezas racionales, la más pequeña es la nuestra, más abajo que los Coros de los Ángeles, más abajo, desde luego, que la condición que le correspondía como Dios.

Hay una primera humillación en el hacerse hombre, sometido a aprenderlo todo, sometido a la fragilidad al desconocimiento, desposeído visiblemente, por lo menos de su gloria infinita.

Pero Él no quiso simplemente asumir la naturaleza humana, la asumió en su condición más humilde, en medio de un pueblo pobre, ingrato, con una historia de infidelidades, de fracasos y de dominación de otros pueblos.

Aún no contento con eso, como hambriento de una humildad aún mayor, las condiciones de su nacimiento y de su primera infancia, revela un abismo de humildad, en la compañía de los más pobres de la época, los pastores, en medio de las incomodidades que conocemos.

Y luego presto a ser llevado a Egipto, por una matanza que se anuncia según la disposición del rey Herodes, y allá en tierra de infieles, no en medio de su raza, sino extranjero y ajeno, pasa su primera infancia, ese es el primer escalón.

El tercer escalón lo conocemos, por lo menos lo hemos visto muchas veces, nos acompaña por todas partes, el tercer y último escalón, que estará al final de la Cuaresma, es la Cruz y es el sepulcro, donde entrega, como bien dice Santo Tomás, todo lo que había tomado, y todo lo había tomado por nosotros y todo lo entrega por nosotros.

Entonces entrega su cuerpo, su sangre, su vida, su espíritu; entrega su Santísima Madre y así, Cristo en la Cruz y luego desde en vida.

El sepulcro es la imagen, es el sacramento de la donación completa en la cual encontramos nuestra fuente inagotable de esperanza, pero dentro de ese primer escalón, la humildad del vientre de María, la humildad del pesebre, la humildad de un extranjero, de un emigrante, de un desplazado por la violencia.

Pero de ese primer escalón y del último hay un escalón intermedio de humillación, un escalón intermedio que es precisamente lo que nos presenta el evangelio de hoy al comienzo, el desierto, y en el primer escalón el vientre de María, el pesebre de Egipto, y en el último escalón el pretorio, la Cruz y el sepulcro.

Hay un escalón intermedio, el de hoy, y ese escalón intermedio es un momento más en el camino del Verbo encarnado, que es un camino más en la búsqueda del hombre perdido.

Encontramos a Jesucristo, movido al mismo tiempo por el Espíritu Santo y tentado por el espíritu inmundo, es Cristo en el desierto, es Cristo en la altura y es Cristo en Jerusalén.

De manera que uno puede recordar los tres escalones, porque cada uno de ellos está asociado a tres nombres, en el primer escalón, repito, es el vientre de María, el pesebre de Belén y el destierro a Egipto, María Belén y Egipto.

El segundo escalón es el desierto, la altura, el vértigo de la altura y el pacto de Jerusalén, y el tercer escalón es la injusticia del pretorio, la tortura de la Cruz y la soledad del sepulcro; tres escalones y cada uno con tres dimensiones, y de él debemos mirar hacia el segundo, el desierto, el vértigo de la altura y el pacto de Jerusalén.

Aquí está Cristo solo, ahí ha estado con sus padres, en obediencia a ellos, había estado con su familia con su pueblo natal, ahora está solo, pero no dije bien, no es que ahora esté solo, sino desde ahora está solo.

Así como la humildad del vientre de María y la condición de extranjero nunca las perdió Cristo y por eso podía aplicarse aquello de que "soy un extraño, un extranjero para los hijos de mi madre" Salmo 69,9, así como Cristo no perdió las humillaciones del primer escalón al llegar al segundo, así tampoco perdió las humillaciones del segundo al llegar al tercero.

Por eso si aquí vemos a Cristo solo, hemos de decir que desde aquí en la soledad espesa, una soledad inmensa se aposentó en el corazón de nuestro Salvador; así como Cristo llevó siempre en su alma la humildad del pesebre, del cual nunca renegó, así como llevó siempre la humildad de la carne tomada del vientre de la Santísima Virgen, así también llevó siempre este desierto.

Porque así como María le dio su vientre a Cristo para que Cristo pudiera sacarme esa existencia corporal que Ella pudo ofrecer por nosotros, así como María fue un vientre para Cristo y de ese vientre nació Cristo niño, así también el desierto fue como un vientre para Cristo, y de ese vientre nació Cristo Profeta, y así también el sepulcro será un vientre para Cristo y de él saldrá Cristo glorioso.

Cada uno de esos escalones es una humillación, pero cada uno de ellos es el momento de un nuevo comienzo para Cristo, y por eso dije que Cristo quiso comenzar tres veces: comenzar como un ser humano pobre, comenzar como Profeta, ya sin nada para sí sino para servicio a los hermanos.

Comenzar para la gloria victorioso del pecado, de la muerte y del demonio. Tres comienzos, tres escalones, tres humillaciones. Pues así está Nuestro Señor Jesucristo aquí, entra en la soledad del desierto y en medio del desierto, es al mismo tiempo movido por el Espíritu Santo.

La escena se sitúa después del bautismo, y recordemos lo que alguna vez dijimos, la fiesta del bautismo del Señor debería llamarse la fiesta de la unción de Jesús.

El que iba bautizar con el Espíritu Santo y con el fuego, fue el que recibió ese Espíritu Santo y ese fuego; Espíritu Santo y fuego que recibió Jesucristo, pero atención, ese bautizado por el Espíritu Santo fue ungido por el Espíritu Santo; aquí le vemos como un primer fruto de esa unción en soledad, ya antes se nos había dicho que el Espíritu Santo había obrado en el vientre de María.

Aquel Ángel, por ejemplo, le dice a José "lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo" San Mateo 1,2, ahora es también el Espíritu Santo el que mueve a Jesús y luego nos dirá el Apóstol San Pablo, "que el espíritu de Dios resucitó a Cristo entre los muertos" Carta a los Romanos 8,11.

Entonces fíjate cómo es el Espíritu Santo el que modela la carne de Cristo, es el Espíritu Santo el que hace de Cristo un Profeta y es el espíritu Santo el que le da la gloria del Padre a Jesucristo.

Si cada una de estas etapas es como un vientre, hay que decir que quien hace fecundos esos vientres es el Espíritu Santo, sin el Espíritu Santo el vientre de una Virgen es un vientre estéril, sin el Espíritu Santo el desierto es estéril, sin el Espíritu Santo el sepulcro es estéril.

Con el Espíritu Santo el sepulcro, el desierto y el vientre de la Virgen son fecundos, de manera que es el Espíritu Santo el que va conduciendo a Jesús a través de estas distintas humillaciones y es también el Espíritu Santo el que le va dando a Jesús estos distintos comienzos.

Es el Espíritu Santo el que al mismo tiempo va abajando a Dios y levantando al hombre; es el Espíritu Santo el que va haciendo el lazo de unión, el puente indestructible, la unidad inefable entre el Dios infinito y los humanos finitos.

Es un lazo de amor. El mismo Espíritu Santo, que en un lazo de amor abraza al Padre y al Hijo en la Trinidad, es el mismo Espíritu Santo que obrando desde el Padre y en el Hijo hace la unión entre este humilde, ser que es el hombre y el Dios mismo.

Es el Espíritu de unidad el que brota, abraza, atrae y vive; ese Espíritu hace en la Trinidad y ese Espíritu le hace en la historia de los hombres, le hace a través del Hijo, Hijo único de Dios Padre.

Pero el Espíritu Santo que va conduciendo a Jesús y que va llevando a Jesucristo, y le lleva mientras el mismo Jesús es tentado por el diablo, y tentado por el espíritu inmundo.

A uno le puede extrañar esta presencia del diablo, no faltará quien diga que se trata de rasgos precientíficos o de artificios literarios, si uno lo medita mejor, yo creo que no hay necesidad de decir eso, se trata simplemente de Satanás.

Es que fíjate que cuando se va a pintar un cuadro hay una figura y hay un fondo, y no se puede mostrar, no se puede pintar la figura sin aceptar el fondo, pues así sucede en las humillaciones de Cristo, en las tres grandes humillaciones de Cristo.

El Espíritu Santo que va obrando, que obra de una manera indescriptible, de una manera que supera nuestra razón en el vientre de la santísima Virgen María, va separando, va haciendo posible, va creando, creando separando. ¿Qué está haciendo el Espíritu Santo en las entrañas de la Santa Virgen? Está venciendo a la nada, hay un vencido, hay un perdedor.

Cuando el Espíritu Santo obra en un vencido, hay un perdedor, la nada queda vencida por la obra creadora del Espíritu en las entrañas de la Virgen María. Me parece que el único término de analogía para describir la Encarnación, es la creación.

La obra del Espíritu en las entrañas de la Virgen sólo es comparable a la obra de la creación y por eso hay un vencido y una vencida y esa vencida es la nada.

Luego, en el tercer escalón, la tercera humillación de la cual va a salir Cristo glorioso, también hay una vencida, la muerte, pues aquí hay un vencido, el demonio, es inevitable, y cuando el Espíritu está obrando y está fecundado, está haciendo la figura.

Es inevitable que aparezca el fondo, como se puede pintar un rostro en un óleo sin que aparezca el fondo, pues bien, el fondo cuando el Espíritu Santo está obrando en el vientre de María, es la nada; el fondo cuando el Espíritu Santo está conduciendo a Cristo en el desierto es el demonio, y el fondo cuando el Espíritu Santo está resucitando a Cristo de entre los muertos, es desde luego, la muerte.

Siempre hay un fondo y por eso mientras estemos en esta historia, la acción del Espíritu estará circundada por las acechanzas, por los ataques de Satanás y un modo de preocuparnos.

El fondo tendrá que aparecer. Lo interesante es ver cómo ese espíritu logra su figura a despecho y para pérdida, para derrota de quien resulta vencido, en este caso del demonio, aparece ahí la insidia del demonio, pero la insidia del demonio no logra sino perfilar mejor, depurar mejor, aquilatar mejor la exquisita obediencia de Jesucristo.

No debemos tener miedo a estas expresiones. La carta a los Hebreos dice: "aprendió sufriendo a obedecer" Carta a los Hebreos 5,8, ese "sufriendo" invita la acción del fondo sobre la figura, ese "sufriendo" indica que efectivamente, a la obra del Espíritu Santo le acompaña la acechanza del espíritu inmundo y eso no le tiene que preocupar a nadie.

El Espíritu va formando a Jesucristo, el fondo aparece, pero aparece para pérdida, aparece para que sólo brille la gloria, por eso no está mal que aparezca uno que otro demonio, así no hace daño, va aparecer sólo para aquilatar la obediencia, para manifestar el exquisito y bellísimo corazón del Hijo de Dios.

No hay por qué temerle, va a aparecer, sí, va a aparecer como fondo para que brille más la figura, se irá y volverá porque dice el último versículo "se marchó hasta otra ocasión" San Lucas 4,12, y él verá si hasta terminar su obra de fondo, para que termine de brillar la figura, para que termine de aparecer su gloria, la belleza, la santidad del Hijo de Dios.

¡Qué bello Cristo vencedor de la tentación, qué bello Cristo vencedor de la muerte, qué bello que aparezca el fondo para que resplandezca la figura; qué bello Jesucristo, qué hermosa su gloria!

Vámonos tras Él, vamos a seguir su camino, sabemos que ese camino llevará humildad y fecundidad, sabemos que tenemos que ser conducidos por el Espíritu y que seremos acechados por la tentación, pero sabemos, sobre todo, que el mismo Espíritu que resucitó a Cristo entre los muertos, el mismo Espíritu que ungió a nuestro Salvador, ese Espíritu también está obrando en nosotros.

A Él confiamos nuestra existencia. Él nos llevará por buen camino, a Él la gloria y alabanza por los siglos eternos.

Amén.