Cinco charlas de Mariologia (4 de 5)

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Como el tema general del Congreso Mariano al que hemos venido haciendo referencia era "Gracia y Libertad", es apenas natural que todos, o casi todos los ponentes, hicimos referencia al texto central del capítulo primero, versículo veintiocho de San Lucas, es decir, las palabras iniciales del saludo del Arcángel a la Virgen, donde precisamente la llama "Llena de Gracia" San Lucas 1,28.

Y ese tema, pues, ya vemos que cada ponente lo abordó desde un ángulo distinto. Así, por ejemplo, la perspectiva bíblica, relacionando con los relatos de anunciación y los relatos de misión, ese fue el enfoque del Padre Oñoro. Luego la parte patrística, en el Padre Kochaniewics, y luego quisiera comentar de mi propia intervención, que llevaba por título "Llena de gracia, Llena de Libertad", con ese título intentaba relacionar la experiencia de victoria sobre el pecado con la experiencia de libertad, experiencia existencial que acompaña y que perfila la vida de María.

¿Cómo he querido abordar este tema? Pues desde una perspectiva, al mismo tiempo bíblica y sistemática, basándome en particular en lo que dice Santo Tomás de Aquino sobre la Ley Nueva. El texto completo lo tendrán por escrito, así que lo que voy a hacer ahora es desarrollar, con un cierto margen de libertad, esa parte de la Ley Nueva.

Pero ¿qué tiene que ver la Ley con todo esto? Pues tiene que ver porque para Santo Tomás de Aquino la Ley Nueva es el Espíritu Santo mismo, y esa acción del Espíritu, en la medida en que se hace realidad en nuestra vida concreta, toma el nombre de Gracia. Para Santo Tomás la Gracia Increada, es decir, la Gracia Eterna es el Espíritu Santo.

Observemos que esto corresponde con uno de los nombres más bellos que tiene el Espíritu, a él lo llamamos "el Don de Dios", "el "Regalo de Dios". Podría decirse que uno de los nombres del Espíritu es "Carisma", porque esa palabra, "járisma", en griego, quiere decir precisamente regalo, don. Entonces es natural que Santo Tomás mire a Aquel que es don en sí mismo, es decir, al Espíritu Santo, y lo relacione con los dones, con los regalos que ese Espíritu comunica a nosotros, y por eso hace la diferencia entre la Gracia Increada y la Gracia Creada.

Llámase Gracia Increada al mismo Espíritu porque él mismo es don, y por supuesto es increado porque es eterno como el Padre y como el Hijo. Mientras tanto, la Gracia Creada es la acción misma de ese Espíritu en cuanto se hace presente en nuestra historia; pero como nosotros somos criaturas, como nosotros tenemos un recorrido y hacemos un camino en la historia y somos creados, entonces aquello que sucede en nosotros también es creado y en ese sentido se habla de la Gracia Creada.

Para Santo Tomás, esta Gracia Creada, esta Impronta Divina en nosotros, es lo mismo que la Ley Nueva. Recordemos que varios de los profetas, en particular Jeremías y Ezequiel, hablan de una Alianza Nueva y hablan de una Ley Nueva. Y la gran diferencia entre la Ley Antigua y la Ley Nueva, es que la Ley Antigua está escrita en piedra, mientras que la Ley Nueva está escrita en nuestro corazón.

Más allá de la metáfora, lo que esto indica es que la Ley Antigua no podía alcanzar su objetivo propio; la Ley Antigua podía mostrar qué es bueno y qué es malo, podía mostrar esa diferencia y podía hasta cierto punto darnos el gusto para lo bueno, pero no nos daba las fuerzas para alcanzarlo. Esa Ley Antigua quedaba más bien como una acusación en contra nuestra, porque a la vez que nos revelaba el bien, no nos daba los recursos para alcanzarlo. Y, por supuesto, la condición del que sabe lo que es bueno, y no lo realiza, es incluso peor que la condición del que ignora ese mismo bien.

En este sentido, Santo Tomás toma un antiguo tema que se remonta hasta los escritos del autor de la Carta a los Romanos, se remonta a San Pablo. Porque cuando San Pablo dice que "el bien que deseo no lo hago" Carta a los Romanos 7,19, ahí está describiendo esa dualidad y ese drama tan espantoso de la Ley Antigua. La Ley Antigua despierta la conciencia, hace que uno reconozca lo que es bueno, pero la Ley Antigua no permite alcanzar ese bien. Entonces la situación es la de una tortura, es un bien que está a la vista, pero inalcanzable. Como aquel que está amarrado, muriéndose de sed, en una pileta de agua fresca, y puede ver esa agua, puede sentirla, podemos decir, casi puede olerla, pero no puede saciar su sed en ella.

Ese es el drama de la Ley Antigua, y por eso el Antiguo Testamento termina en esa condición triste, en esa condición dramática que se expresa en varios lugares. Por ejemplo, cuando el profeta Isaías dice: "Ojalá rasgases el cielo y bajases" Isaías 63,19, como pidiéndole a Dios que no se quede simplemente contándonos lo que espera de nosotros, sino que nos ayude a conseguirlo. La respuesta a esa súplica de Isaías, del tercer Isaías, dicen los expertos, la respuesta va a venir en la persona de Jesucristo.

Si Isaías dice: "Ojalá rasgases el cielo y bajases" Isaías 63,19, "ojalá vinieras a nuestra historia", pues eso mismo es lo que se realiza en Cristo: Él es el Emmanuel, Él es el Dios con nosotros.

Pero ni siquiera con la presencia del Verbo Encarnado queda todo resuelto, porque tener a Cristo, con toda su pureza, su santidad, su bondad y sus milagros es gratísimo, es amabilísimo y produce un ámbito de protección. Por eso Jesús dice, en su oración sacerdotal, suplicando al Padre, dice: "Guárdalos en tu nombre. Yo los guardé, ninguno se perdió, salvo el hijo de perdición " San Juan 17,11-12.

"Guárdalos en tu nombre" San Juan 17,11, dice Cristo al salir de esta tierra, indicando que mientras Él estaba corporalmente, la santidad, la fuerza, la energía que irradia del cuerpo y de la vida de Cristo, produce una atmósfera que protege del pecado, que impide el pecado, que aleja a Satanás. Pero, esa atmósfera tiene dos limitaciones, que son las limitaciones propias de la carne. Primero, que requiere de la proximidad, y es evidente que no todo el mundo puede estar próximo a una sola persona. Una sola persona, por más que se haga presente en milagros multitudinarios, tiene límites físicos.

La gente se le echaba encima a Cristo, tratando de arrancarle un milagro, pero la presencia física de Cristo tiene límites, tiene límites en el espacio, porque no todos pueden tocarle; tiene límites en el tiempo, porque finalmente Él ha de partir, Él ha de morir, si es verdadero Hombre.

Aunque Cristo es el Dios con nosotros, tampoco Él resuelve el problema propiamente de la Ley Antigua, ese problema solo se puede resolver a través de la acción del Espíritu, porque el Espíritu sí es el Dios en nosotros; si Cristo es el Dios con nosotros, el Espíritu es el Dios en nosotros. Y por eso solo el Espíritu puede cumplir el anhelo más profundo del que hablaban estos profetas como Jeremías o como Ezequiel. Esa Ley Nueva en los corazones solo puede ser la Ley del Espíritu, la Ley que llega a nosotros y la Ley que hace que, desde dentro, nosotros obremos de otra manera. Esa es la importancia de la Ley Nueva.

Hagamos una pausa para situar, en el conjunto de la obra de Santo Tomás, este tratado sobre la Ley, porque eso también nos da nuevas luces sobre lo que significa la libertad que Dios nos ha dado.

La Suma Teológica de Santo Tomás tiene tres partes. La primera parte nos cuenta básicamente de Dios en sí mismo, Dios uno y trino, y nos cuenta de la obra de la creación: La creación de los cielos, es decir, aquello que en el Credo decimos, "lo invisible", y ahí están los Santos Ángeles, y luego la creación de la Tierra, y ahí aparecen los siete días de la creación, que es el esquema básico que sigue Santo Tomás, aunque esas cuestiones realmente tienen un papel secundario, incluso dentro de esa primera parte de la Suma, porque Tomás explica que a él, en cuanto teólogo, lo único que le interesa es Dios y lo que haga una referencia a Dios.

Y por eso, de la creación visible, pues lo que interesa es, en tanto en cuanto es manifestación de la Gloria divina, de su poder, de su sabiduría, de su belleza, esas cuestiones son relativamente breves.

Luego, hay una parte un poco más extensa, hacia la cuestión setenta y nueve, en la cual se detiene el Doctor común, se detiene Tomás, en precisar, con bastante finura, aquellos temas de la inteligencia y de la voluntad humana, temas que eran bastante controvertidos por las interpretaciones y los comentarios que habían hecho los filósofos y los pensadores árabes, en particular, Avicena y Averroes. Por eso las cuestiones setenta y nueve, ochenta, por ahí como hasta ochenta y cuatro, tienen que analizar detenidamente estas cuestiones o estos temas sobre el entendimiento humano.

Luego, esa primera parte, -seguimos hablando de la primera parte de la Suma-, termina con un estudio sobre Dios como conservador de la creación; Dios es el Creador, es el que crea, pero no es un Creador que se desentiende de su obra. Muy al contrario de la imagen que se volvería popular en la ciencia moderna, especialmente en el período barroco, la imagen de la creación como un sistema de relojería que Dios echó a andar y luego se desentendió de él, para Santo Tomás la creación sigue siendo ámbito de la presencia benefactora, providente de Dios. Entonces, esa parte de Dios como Aquel que está, que provee, que conserva, que hace crecer, está en la sección final de la primera parte de la Suma.

Luego, la segunda parte de la Suma, tiene que ver básicamente con nuestros actos, tiene que ver con lo que nosotros hacemos, podría decirse, tiene que ver con la vida moral. La estructura de la Suma, se ha dicho muchas veces, es como el éxitus y el réditus, la salida y el retorno, todo sale de Dios y todo vuelve a Dios. Y las cosas vuelven a Dios a través del hombre que es el mayordomo de la creación; y el hombre vuelve a Dios dando pasos, y cada paso es cada acción que hacemos. Cada cosa que hacemos es un paso dentro de ese plan gigantesco, colosal, en el cual hay que inscribir toda la Historia y todo el Cosmos.

Entonces, los pasos del ser humano son o han de mirarse como la manera en que el universo mismo, no solo el hombre sino el universo mismo, vuelve hacia Dios. Lo interesante de esto es que ahí, en esas acciones específicas, es donde se juega todo el destino del ser humano, y ahí es donde viene el análisis muy, muy fino sobre el actuar humano, podríamos decir, lo que se llama después la Teología Moral. Este es el tema central de la segunda parte de la Suma.

La tercera parte de la Suma va a tener que ver con Jesucristo: Jesucristo es Aquel, verdadero Dios, verdadero Hombre, que se une a nosotros y hace posible que nuestros actos salgan de esa ambigüedad, porque los actos pueden ser buenos o malos. Cristo viene a nosotros, acompaña nuestro camino, y es Él realmente quien hace que la creación alcance su fin propio, alcance la meta para la cual fue diseñada y en la cual Dios ha manifestado su poder y su Gloria.

Esa son las tres partes de La Suma. Resumiendo sería: la primera, Dios en sí mismo y la creación; la segunda parte, la vida moral, el ser humano y todo lo que puede o acercarnos o alejarnos a Dios, deseablemente, acercarnos, por supuesto; y luego la tercera parte, Jesucristo y la prolongación de Jesucristo, que son los sacramentos, y luego las últimas realidades, es decir, lo que se suele llamar la escatología, o sea, cielo, infierno y todo aquello.

Santo Tomás, sabemos bien, no culminó su obra, escribió la primera parte completa, la segunda parte completa, y en la tercera parte hizo todo lo que tiene que ver con Jesucristo, el sacramento del Bautismo, el sacramento de la Eucaristía, el sacramento de la Reconciliación, pero en la parte de la Eucaristía estaba en mil doscientos setenta y tres, y ahí fue donde tuvo aquella famosa visión del seis de diciembre del setenta y tres, fiesta de San Nicolás, y ya dejó de escribir, y murió el siete de marzo de mil doscientos setenta y cuatro.

Lo que hubiera seguido, discípulos suyos, en particular uno de ellos, lo completo y es lo que se llama el Suplemento a la Suma Teológica, donde aparece el resto de los sacramentos y luego la parte de la escatología. Esas son las tres partes de la Suma.

Dentro de esas tres partes, la que que nos va a interesar para este tema de "Gracia y Libertad", es obviamente la segunda. La segunda parte le resultó bastante gorda a Tomas, y por eso esa segunda parte se divide en otras dos, que tradicionalmente llaman "La "Prima secundae" y "La Secunda secundae", estas expresiones en latín por supuesto significan: "La Primera parte de la Segunda Parte" y "La Segunda Parte de la Segunda Parte", es decir, las dos divisiones de la segunda parte.

Bueno, "La Prima secundae" ¿qué contiene? Pues contiene lo que podríamos llamar la Teología Moral Fundamental, es decir, cuál es el esquema en el que podemos mirar el actuar humano, la vida humana, cómo podemos tratar de..., -si lo piensas bien, es casi un imposible-, cómo podemos tomar la vida humana en toda su complejidad, en toda su fluidez, en toda su riqueza y facetas y dar razón de ella. Cómo puede la razón entroncar con esa corriente incesante de pensamientos, palabras, acciones, omisiones, en toda la complejidad que nosotros tenemos. La primera parte se dedica a eso, y podemos llamar que es como una Teología Moral Fundamental.

La segunda parte de la segunda parte, es decir, "La Secunda secundae", es lo que podríamos llamar la Moral Específica o la Moral Particular, y lo que hace Tomás ahí es estudiar las virtudes, porque ya vamos a ver que como resultado de su estudio en la "Prima secundae", él se da cuenta que en la vida humana hay elementos de continuidad y esos elementos de continuidad son los hábitos, hábitos buenos o hábitos malos. Es decir, los actos humanos no son como puntos aislados, sino son trazos y esos trazos, que pueden cambiar pero que son perfectamente detectables, esos trazos son nuestros hábitos.

Por ejemplo, el que tiene el hábito de mentir, pues no va a decir una o dos mentiras, sino que en realidad la mentira acompaña su vida, la mentira se convierte en un constituyente de una multitud de actos pequeños y grandes. Santo Tomás, en la primera parte, llega a esa conclusión: que los hábitos tienen una enorme importancia, porque los hábitos son los que hacen inteligible la vida, los hábitos son los que nos permiten reconocer, en la multiplicidad de lo que somos, una cierta continuidad, y uno se da cuenta que esto es así.

En efecto, uno no se levanta un día siendo una persona totalmente distinta de lo que era otro día, aunque esa clase de cambios también existen; pero, como norma general, hay una continuidad. La persona que se ha ido formando en la virtud de la prudencia, normalmente, se acuesta prudente y se levanta prudente; y el que se ha ido formando en un vicio, ¿porque qué es un vicio? Un vicio es un hábito malo, una virtud es un hábito bueno, el que se ha ido formando en un vicio, por ejemplo, la arrogancia o el egoísmo, normalmente se acuesta egoísta y se levanta egoísta.

Los hábitos tiene una tremenda importancia y Santo Tomás estudia la Teología Moral desde ese ángulo, desde el ángulo de los hábitos. Esta es una de las aportaciones más originales de este Santo Doctor de la Iglesia. Porque antes de él, la Moral se estudiaba siguiendo muchas sendas a la vez: se estudiaba siguiendo los Mandamientos, los dones del Espíritu Santo, los pecados capitales, incluso los sacramentos y, por eso, había una gran confusión.

Tratando de poner orden, no solo poner orden en la vida, sino poner orden en el estudio de la vida, Santo Tomás toma esta metodología de las virtudes y los vicios, es decir, de los hábitos. Y esto le permite llegar a él a una gran síntesis de lo que es la vida humana, es decir, él cree que la vida humana se puede estudiar en siete palabras, estas siete palabras son las tres virtudes teologales y las cuatro virtudes llamadas humanas o cardinales, con la idea, además, de que cada vicio no es otra cosa sino la negación de una virtud, de manera que basta con estudiar bien las virtudes y saber que existen sus contrarios, para tener realmente una imagen muy completa de lo que es el ser humano.

Hay que reconocer que esta originalidad de Santo Tomás no tuvo gran éxito al principio, pero llegó a imponerse en la Iglesia. Y si uno mira, por ejemplo, el Catecismo de la Iglesia Católica, sigue con bastante fidelidad no solamente una cantidad de contenidos de Santo Tomás, sino también este mismo esquema con la enorme importancia de las virtudes, virtudes teologales y virtudes cardinales. La segunda parte de la Suma es Teología Moral, la "Prima secundae", de Teología Moral General; y la "Secunda secundae", es Teología Moral Específica.

Cuando las personas quieren estudiar la Suma, me parece que suelen cometer el mismo error que se comete con la Biblia. Cuando una persona tiene muy, muy poco conocimiento de la Biblia y quiere leer la Biblia, normalmente quiere leerla como se leen los demás libros, es decir, "empiezo por la página uno, sigo la dos, la tres, la veinte, la ochenta", y eso significa, en el caso de la Biblia, empezar por el Génesis, Éxodo, Levítico, y ya eso está muy aburrido, y no se entiende, y tanta sangre, y tantas leyes de pureza, y tanta complicación, y tantos sacrificios".

Pero si la persona ha logrado sobrevivir al libro Levítico, llega al libro de los Números y hasta ahí llega, porque el libro de los Números, como lo indica su nombre, es un censo, entonce, que tantos miles de la tribu de Rubén, tantos miles del la tribu de Zabulón, hasta llegar a la tribu del Procurador o Procuradora, aquí ustedes también tiene Procuradora. Bueno, en Colombia el chiste que hay es que hay un patrono para los Procuradores, que es Isacar, se dice que el procurador o síndico es de la tribu de Isacar.

Cuando el pobre desventurado llega al libro de los Números, hasta ahí llega la lectura. La mejor manera de leer la Biblia no es empezar por el principio, es empezar seguramente por los Evangelios, los Salmos, los Hechos de los Apóstoles, y toca ir combinando, pero indudablemente el mejor comienzo es el Evangelio.

Algo parecido hay que decir de Santo Tomás. De tanto en tanto, algún laico estudioso o acucioso, o alguna religiosa o monja dice: "Quiero leer a Santo Tomás, yo quiero conocer más a Santo Tomás", mi sugerencia es: no empieces por la primera parte. ¿Porque en la primera parte qué te vas a encontrar? Que la cuestión primera, es de una sutileza muy grande, se deja leer, pero es de una sutileza muy grande, porque se refiere a problemas muy específicos sobre la comprensión de la Teología como ciencia.

Pero bueno, la primera cuestión uno la sobre vive, entonces ya entra en el tratado de Dios, y ahí empieza la complicación: "Parece que Dios no existe", y dice uno: "Tanto luchar yo, y ahora dice Santo Tomás: "Parece Que Dios no existe"". Pero claro, es que ese es el modo de hablar de él. En la Suma Teológica cada artículo presenta como una especie de debate: "A ver qué hay por este lado, a ver que hay en contrario, a ver qué conclusión sacamos", ese es el estilo de él.

Pero bueno, entonces los argumentos de la existencia de Dios, pues no son fáciles de seguir, se necesita cierto armamento metafísico, se necesita cierta disposición de razonamiento que no la tiene todo el mundo.

Hay un filósofo inglés, entiendo que es él, que se escribe "Ayer", pero se pronuncia como "Eyer", y este "Eyer", o que nosotros leeríamos o escribiríamos en castellano, "Ayer", este filósofo se burla de las demostraciones de Santo Tomás y dice cosas como esta: "Santo Tomás es un tonto, ¿porque cómo se le ocurre utilizar el argumento de que Dios existe porque las cosas tiene un principio? Pues si todas las cosas tienen un principio, también Dios tendría que tener un principio, ¿y entonces quién es el papá de Dios?"

Con esa manera de hablar, "Ayer" demuestra que no ha entendido el argumento. Como este no es un curso sobre Santo Tomás, no voy a detenerme aquí sobre cómo se le responde a él, pero esto es para decir que incluso personas de cierta preparación fácilmente resbalan y caen, porque Tomás es supremamente preciso en sus palabras y es muy fácil que a uno se le escape qué es lo que está discutiendo y cuáles son los argumentos con los que está tratando. Realmente, no es buena idea empezar por la primera parte.

Pero, suponiendo que la persona sobreviva el tema de la existencia de Dios, entonce luego viene el Tratado de Dios Uno y lo que significan los atributos de Dios, y cada uno de ellos es un pequeño tratado metafísico nuevamente. Entonces que si Dios es poderoso, que si Dios es bueno, que si Dios es sabio, y de nuevo ahí las dificultades son muchísimas, porque ahí es donde vienen todas las objeciones del ateísmo: "Si Dios es bueno y es poderosos, ¿por qué hay mal en el mundo?" Y vienen unas argumentaciones que normalmente a uno se le escapan.

Pero si todavía sobrevives esa otra aduana, entonces viene el Tratado de la Trinidad, y en el tratado de la Trinidad, para llegar a entender un poco qué quiere decir este hombre, por naturaleza, por persona, por relación, por noción, pues normalmente lo que hace es producir un fenómeno de secamiento, uno siente que se le seca la fe, que se le seca el entusiasmo.

No es que sea intratable. Hay personas que tienen cierta disposición para el pensamiento formal y riguroso, y que al contrario encuentran un cierto deleite en esos textos, pero la mayor parte de los mortales, no. Y esto significa que si uno empieza a leer la Suma así, lo más probable es que no sobreviva al Tratado de la Trinidad, y es muy triste decir uno: "La Trinidad me acabó". Se supone que la fe es para que nos dé vida.

Y si se pasa el Tratado de la Trinidad, entonces viene el Tratado de la Creación Invisible y todas las especificaciones sobre los Ángeles, donde de nuevo la altura del razonamiento es muy grande.

Creo que no hay que dar más ejemplos. En realidad la primera parte de la Suma es quizás la parte más difícil de leer. Bueno, ¿entonces será que lo mejor es empezar por la tercera parte, la que se refiere a Jesucristo? Hay quien lo ha tratado, pero resulta que el Tratado de Jesucristo también empieza de un modo supremamente racional, porque Tomás, como buen intelectual, lo primero que quiere es estar seguro de que sabemos de qué estamos hablando, y si vamos a hablar de Cristo, qué es Cristo, ojo, no quién, sino qué.

Y cuando se pregunta qué es Cristo, la respuesta es: "Cristo es la unión hipostática del Verbo Eterno de Dios, segunda persona de la Trinidad, -y ya uno se siente culpable si no ha leído bien el Tratado de la Trinidad o no lo ha entendido-, "segunda persona de la Santísima Trinidad, que asume nuestra naturaleza humana íntegra, sin cambiar Él y sin cambiar nuestra naturaleza".

El gran saludo que nos da Santo Tomás en la tercera parte, es la unión hipostática, ese es el saludo, ese es el saloncito de estar, y no mucha gente sobrevive a la unión hipostática, entonces, si no te ha matado la Trinidad, te mata la unión hipostática; pero si sobrevives la unión hipostática, luego empiezas a mirar cada uno de los pasajes, y te das cuenta que no por casualidad Tomás puso de primera la unión hipostática. Resulta que su estudio y las conclusiones sobre la unión hipostática son el argumento que continuamente utiliza para explicar detalles a veces bastante pequeños de la vida de Cristo. Entonces la tercera parte también se vuelve árida.

Ustedes dirán que no estoy haciendo la mejor propaganda de la Suma, pues, tal vez no, pero estoy siendo realista, porque es que he visto a demasiadas personas naufragar en esas aguas, y por supuesto que me da pesar. Porque mis maestros, como lo digo en todas partes y abiertamente, pues han sido Santa Catalina y Santo Tomás de Aquino, y ninguno de los dos es popular. El Diálogo de Santa Catalina también tiene sus propios naufragios, y el que se sale del Diálogo de Santa Catalina, intenta encontrar alguna ayuda en la biografía de Santa Catalina, y peor. Entonces a mi Santa casi no hay quien la quiera. Y el otro, Santo Tomás, que tiene estas dificultades.

¿Cuál es la parte de los escritos de Tomás que es más accesible? Si vamos a hablar de todos los escritos, yo diría que la "Catena Aurea", que es una secuencia de comentarios patrísticos a los Evangelios, ese es uno; o si no, otros comentarios bíblicos, que los tiene, el comentario de San Juan es bellísimo, es realmente un tratado de espiritualidad, -Santo Tomás no solo hizo Teología sistemática, hizo Teología bíblica, hizo Lectio Divina-, y se deja leer deliciosamente su comentario a San Juan; un poco más seco, pero de inmenso provecho igualmente, el comentario a San Mateo, fueron los dos evangelios que él personalmente comentó.

Bueno, y si hablamos de la Suma, ¿por dónde empezar? Por la "Secunda secundae", en el estudio de las virtudes, virtudes teologales y virtudes cardinales; la fe, la esperanza, el amor, y las virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza, con todas su derivaciones. Por supuesto, nunca se va a leer a Santo Tomás como se lee una novela, nunca. Por supuesto, siempre se requiere esfuerzo, pero es mucho más fácil conectar a Tomás con la vida, allí donde él habla de la vida.

Y por eso, si hay aquí alguna valiente que diga: "Pues yo sí voy a leer de Tomás", entonces lo mejor es tomar la "Secundae secundae" y hacer dos experimentos: "Voy a intentar con las virtudes teologales", y eso le funciona bien a algunas personas; y a otros, como a unos de mis profesores les funcionó mejor: "Voy a empezar con las virtudes humanas". Y es de muy agradable y provechosa lectura, sin nunca llegar a ser una narración, porque no lo es ni lo va a ser.

¿Pero dónde está el tratado de la Ley? Eso que hemos dicho sobre la Ley, ¿dónde lo tiene Tomás? Pues se encuentra en la "Prima secundae"; lo que he dicho que es más legible es la Secunda secundae", pero la "Prima secundae" también es interesantísima.

¿Qué tiene la "Prima secundae"? Tiene un Tratado de las Bienaventuranzas, o mejor, un Tratado de la Bienaventuranza, ¿y por qué pone ahí un Tratado de la Bienaventuranza? Porque la cabeza de Tomás es sumamente organizada, entonces él dice: "Si vamos a hablar de la vida moral, ¿cómo estructura unos sus actos? A partir del fin, es decir, uno da los primeros pasos, queriendo llegar a los últimos; y uno empieza a caminar, queriendo ya llegar a la meta. Es decir, la meta es la que determina por dónde me voy, cómo me voy, e incluso en dónde empiezo.

Como la meta es lo que más importa en la vida moral, es decir, en el vivir, en la vida lo que más importa es qué es lo que uno quiere, hacia dónde va, qué pretende, cuál es el sentido de su esfuerzo, entonces empecemos hablando de la meta. Y por eso, la "Prima secundae" empieza con un estudio de el fin, empieza por el fin, empieza estudiando qué es lo que uno quiere en la vida y dónde está la felicidad, eso ocupa como unas cinco cuestiones.

Después de eso viene el Tratado de las Pasiones, y Santo Tomás tiene que mirar qué hay en nosotros que es propiamente humano y en dónde nosotros nos parecemos a los animales. Y según Santo Tomás, donde nosotros nos parecemos más a los animales es en aquello que se llaman las pasiones, pero las pasiones para Santo Tomás no son, como después sucedería en la espiritualidad sobre todo francesa de los siglos XVII, XVIII, incluso XIX, no son fuerzas esencialmente negativas.

El concepto de pasión tomó un carácter negativo. Cuando se le dice a una persona que es apasionada, normalmente lo que se quiere indicar es, según la cultura, según el lugar y las circunstancias, lo que se quiere indicar es: "A ti tus emociones no te dejan pensar bien", o si no: "Estás demasiado alterado para buscar lo que es correcto", o si no: "Eres demasiado ardiente", en términos de sensualidad, de pecados de la carne. Decir que una persona es apasionada o que está apasionada, en el lenguaje de hoy, creo que nunca indica algo positivo.

Pero ese es efecto del francés, eso es efecto del uso del término pasión en la espiritualidad francesa posterior al Renacimiento. Los del Oratorio de Buril, y los eudistas, y los suspilcianos, y los vicentinos, en toda esa Francia muy marcada por Descartes, muy marcada por el racionalismo, la pasión solo podía ser una especie de terremoto que no deja que la razón haga su obra; la pasión siempre es un estorbo.

En cambio para Santo Tomás la noción de pasión es moralmente neutra, es decir, las pasiones indican que nosotros tenemos una naturaleza que es también corporal. Y precisamente una de las características, si no esencial, sí concomitante a la pasión, es que la pasión implica algo orgánico, esto es parte de una antropología bastante avanzada de Santo Tomás, si lo pensamos bien. Porque él muestra que la vida moral no está desconectada de la vida corporal.

Recordarás que en nuestra primera sesión de estas reflexiones mariológicas hablábamos sobre cómo el cuerpo hoy prácticamente no encuentra lugar. "-¿Qué tiene que ver el cuerpo con la santidad tuya?" "-Pues, con que no estorbe, me basta", esa sería la respuesta que, honestamente, daría mucha gente, "que no estorbe, que no sea un obstáculo, que no me frene", con lo cual implícitamente se está diciendo que la perfección en la santidad es solo espiritual, y que lo único que puede hacer el cuerpo es quitarse, cuanto más se quite, mejor; que no se sienta, que no aparezca, que no obstaculice.

En cambio para Santo Tomás la santidad es también corporal. Es maravilloso pensar que este hombre, que no sabía hebreo, que no tenía griego, sin embargo tenía unas intuiciones tan maravillosamente ponderadas, equilibradas sobre el ser humano. Para él la santidad incluye las pasiones. La santidad no es: "Mata todas tus pasiones", sino la santidad es: "Gobierna tus pasiones".

Pero sí que las necesitas: necesitas la tristeza, es una pasión, y tiene una dimensión orgánica. Una persona triste fácilmente pierde el sueño, pierde el apetito. Necesitas la ira, la necesitas, para la santidad la necesitas. Tú no tienes que cancelar tu ira, la necesitas. ¿Cómo que necesito la ira? ¡Claro! Dice Tomas: "Si ante la injusticia no sientes ira, algo anda mal dentro de ti", sí necesitas la ira, se necesita que reacciones. Necesitas la alegría, sin alegría no se camina, sin alegría uno no funciona, necesitas alegría.

Y con esto conecta, ciertamente, con algunos textos maravillosos, por ejemplo en los Salmos, allí donde dice el salmista: "Alegra el alma de tu siervo", Salmo 85,4, ¿por qué hay que pedirle a Dios la alegría? Porque sin alegría no se camina, se necesita estar alegre.

En total le resultan a Santo Tomás once pasiones, ¿por qué este número once? Míralo en la Suma, aquí no vamos a responder todo, pero allá explica él que hay unas pasiones que son propias del apetito irascible y otras del apetito concupiscible, y hace un estudio maravilloso. Luego entra a analizar los actos humanos, y dentro de los actos humanos, cómo se valoran y de dónde salen los hábitos y todo aquello, y eso es lo que tiene que ver con lo que uno hace, pero la vida humana no sucede en aislamiento, ya dijo el famoso Ortega y Gasset: "Yo soy yo y mis circunstancias", y las circunstancias importan también.

Santo Tomás estudia, en la "Prima secundae", estudia qué, desde el punto de vita externo, puede influir en nosotros, y se detiene especialmente entres cosas: se detiene en el demonio, a ver, el demonio en qué ayuda, porque el demonio también ayuda, ¿cómo va ayudar el demonio? Pues si, ya dijo San Agustín: "Sin batalla no hay corona, y no hay batalla sin tentación". Acuérdate del Oficio de Lecturas para el domingo de las tentaciones del Señor, en Cuaresma, ahí San Agustín hace este comentario. El demonio ayuda, no de buen no grado, pero ayuda, ayuda porque le toca ayudar, ayuda porque forma parte del plan de Dios.

Pero entonces hace un pequeño estudio sobre los demonios. Luego estudia también el tema de la Ley, ¿por qué? Porque la Ley es una ayuda, claro, la Ley es una ayuda para la vida moral, a través de la Ley conecto con una realidad social, a través de la Ley conecto con una comunidad, a través de la ley no tengo que redescubrir la historia de la humanidad yo solo, si a mí nadie me instruyera, pues quedaría en una condición tan desvalida, ta supremamente salvaje que tendría prácticamente que redescubrir todo. La Ley me inscribe en una historia, la Ley me hace parte de una comunidad, y ahí es donde entra la Ley. Y luego hace su estudio sobre la gracia, la Gracia que corresponde a esta Ley Nueva.

Bueno, ¿qué hemos visto hasta aquí? Hemos visto que Santo Tomás, a través del estudio de la Ley nos introduce en el estudio de la Gracia. Y estamos haciendo esto porque queremos ubicar propiamente lo que puede significar Gracia dentro de la perspectiva de este gran teólogo. Y también estamos haciendo esto porque necesitamos descubrir sobre todo esa Ley Interior, esa Ley Nueva del Espíritu.

Un último elemento que quiero destacar aquí es cómo esa Ley Antigua y esa Ley Nueva tienen su fuente en el mismo Dios, es decir, hay una conexión, hay una secuencia que nos lleva de la Ley Antigua hacia la Ley Nueva. Y esta conexión es importante porque nos solo se da en la Biblia sino que también tiene que darse en cada uno de nosotros. Creo que corresponde a lo que uno dice: "Obrar porque le toca y obrar por convicción".

El sueño de todo formador o formadora, llámese maestro, maestra, en fin, es que su gente termine obrando por convicción. ¿Qué es lo que tienen que hacer con uno en el noviciado? Lo que tienen que hacer con uno en el noviciado es tomar un texto que está afuera, que se llama por ejemplo las Constituciones, o se llama el Reglamento, Estatuto, como se llame, tomar ese texto que está afuera y hacer que eso entre a hacer parte de la vida de uno, eso es.

Es decir, es el paso de la Ley Antigua a la Ley Nueva, porque la Ley Antigua está afuera y le cuenta a uno lo que uno debería ser y hacer. ¿Y la Ley Nueva qué es? La Ley Nueva es un principio de acción y de operación que hace que uno obre, pero que obre desde dentro.

Este tema no es simplemente estudiar lo que sucedió en la Biblia; este tema no es simplemente estudiar lo que dice un teólogo en el siglo XIII; este tema es la realidad misma de la Iglesia, es decir, nosotros no debemos declarar a la Iglesia ya en Nuevo Testamento. Este es un error que me parece que cometen algunos de los entusiastas del Vaticano II, que así como miran todo lo anterior al Vaticano como diciendo: "Pues es que eso es preconciliar", pues no debería interesarte si es preconciliar, sino debería interesarte si es de Cristo, porque ni todo lo preconciliar es contrario a Cristo, ni todo los posconciliar es favorable a Cristo.

El verdadero cristiano lo que tiene que buscar no es, como pasó en una de las discusiones del Congreso este, alguien decía: "Pero es que es cierto que nos estamos devolviendo a Trento", ¿y qué, Trento no lo dio el Espíritu Santo? Trento lo dio el Espíritu. "-Entonces tú quieres que nos quedemos en Trento". "-Un momento, aquí es donde entra la palabra favorita de todo dominico que se respete: "Distingo", una cosa es decir que Trento lo dio el Espíritu Santo, y otra cosa es decir "quedémonos en Trento"; una cosa es Trento, y otra cosa es la frase: "Quedémonos en Trento".

Trento lo dio el Espíritu, la frase: "Quedémonos en Trento", esa no la ha dado el Espíritu. Porque lo que dio el Espíritu es mucho más claramente y correctamente lo que está en San Juan, en labios de Cristo: "El Espíritu Santo os conducirá a la verdad completa" San Juan 16,13.

Trento lo dio el Espíritu, quedarse en Trento no lo ha dado el Espíritu; el Vaticano I lo dio el Espíritu, quedarse en el Vaticano I no lo dio el Espíritu; el Vaticano II lo dio el Espíritu, quedarse en el Vaticano II no lo ha dado el Espíritu. La Iglesia tendrá que seguir peregrinando. Y en algún tiempo, sean décadas o siglos, -fíjate cuántos pasaron entre Trento y el Vaticano I-, vendrá otro Concilio, y vendrán otros avances.

Y también los teólogos, y también el Magisterio van avanzando. Así por ejemplo, Pío XII empieza a hablar de géneros literarios en la Biblia, eso no se había dicho antes; León XIII empieza a hablar de la dimensión social estructural del Evangelio, eso no se había dicho antes; Trento habla de siete sacramentos, eso no se había establecido antes, es decir, que avances sí hay, pero el arte de ser cristiano no es ir matando lo que existió antes, el arte de ser cristiano es lo que Cristo nos ha dicho: "Como el escriba sabio, hay que sacar de lo antiguo y de lo nuevo" San Mateo 13,52.

Lamentablemente, la raza humana, por pereza sobre todo, pereza moral, pereza intelectual, le gusta ir de extremo a extremo, entonces, o "todo en latín, y que nadie mueva un candelabro de esta iglesia porque desde el siglo XII no se mueve un candelabro aquí", o "nada de latín, y ya nosotros hemos superado esa etapa", esos extremos no son del Espíritu, esos extremos no son.

Normalmente, lo que hace el Espíritu es comparable a los que sucede en una planta, ¿no se necesita la raíz? ¿Qué tal que la planta dijera: "Esta raíces ya tiene como ochenta años: cortad", pues te mueres, ¿pero qué tal que la raíz dijera: "Nosotras las raíces somos las que sostenemos todo: cortad lo que sigue de ahí para arriba", tampoco. Tan árbol es la raíz antiquísima como el último brote; tan árbol es la raíz que alimenta, como la flor que nos alegra con su perfume, con su color, con su belleza.

Ser católico, sobre todo católico, es eso: hacer el recorrido en paz. Un católico no es el que se siente a gusto con el Vaticano II, y luego hace un mohín de disgusto cuando llega al Vaticano I, y luego ya le fastidia y le da alergia Trento, y luego siente asco de la Edad Media, ese no puede ser un católico.

El católico que se respeta es como el buen hijo de familia cuando abre el álbum de la casa: mira con alegría, con gratitud y con amor las fotos de los abuelos, sabiendo que no se va a vestir necesariamente como se visten los abuelos, pero sabiendo que lo que en lo que ellos vivían y luchaban y por lo que trabajaban tenía sentido en su momento y en buena parte sigue teniendo sentido, porque el amor y la fidelidad que se tenían y las alegrías que compartían, pues siguen siendo alegrías que nosotros quisiéramos compartir.

El buen hijo de familia no es el que cancela la Ley Antigua y dice: "Basura, eso no sirve para nada". Ya existió un hereje, llamado Marción, el cual dijo que el Antiguo Testamento no era de Dios, que el Antiguo Testamento no venía de Dios, que el Dios nuestro era el del Nuevo Testamento. Santo Tomás muestra, en su Tratado de la Ley, ese proceso, cómo la Ley Antigua viene de Dios y conecta con lo que él llama "la Ley Eterna", cómo conecta con la idea que Dios tiene y con el Verbo Eterno; y luego la Ley Nueva conecta con la Ley Antigua y conecta con la Ley Eterna, de modo que hay una transición, esa transición es la que el Evangelista Mateo y el Apóstol San Pablo describen utilizando la palabra "plenitud".

Cristo dice: "Yo no he venido a abolir la Ley, he venido a darle plenitud" San Mateo 5,17. La Gracia no es la supresión de la Ley, sino la plenitud de la Ley. El lenguaje se vuelve ambiguo porque San Pablo habla de la superación de la Ley y la Carta a los Hebreos dice que ya nosotros no estamos bajo esa Alianza, eso es cierto, pero fíjate que la misma Carta a los Hebreos no descarta lo que había de permanente en esa primera Alianza y en esa Ley Antigua, en la medida en que la Carta a los Hebreos nos muestra cómo hay una transición de la figura a la realidad.

Si yo tengo el boceto de una iglesia, y luego tengo el plano terminado de esa iglesia, y luego tengo la iglesia misma construida, es evidente que yo no voy a vivir en un plano, no, yo necesito vivir y necesito orar en una construcción ya visible, pero también es evidente que hay una continuidad; algunos de los trazos que estaban ya desde el primer boceto, están luego realizados en la construcción.

Qué importante que nosotros aprendamos a hablar el lenguaje de la continuidad. La verdadera sabiduría, la verdadera formación nunca es mutilación, nunca; y cuando se ha pretendido hacer esa mutilación, normalmente a un golpe de Estado, y si no que lo digan los bolivianos, le sigue otro golpe de Estado, y a ese otro, y a ese otro, y eso se llama dar bandazos, y eso no es avance.

Si queremos ser fieles a Tomás, si queremos ser fieles a la Escritura, y si queremos encontrar el mensaje de la Gracia, la clave no es decir: "Yo vivo sin Ley, yo soy un anárquico", no, la clave es descubrir esas trazas de continuidad y de plenitud y poder recorrer en paz los siglos de la Iglesia.

El verdadero católico, digo yo, es aquel que sabe caminar por los antiguos siglos, ¡qué hermoso ser católico! Poder uno sentirse a gusto en las antiguas basílicas, leyendo y escuchando a estos venerables Padres de la Iglesia; y luego, comprendiendo también la riqueza de los nuevos Movimientos de la Iglesia, eso es ser católico, como el que se mueve en el álbum de familia, como el que se mueve en las páginas de la Escritura.

Que Dios, nuestro Padre, nos conceda apreciar la novedad de esa Ley que está escrita en nosotros, esa Ley que dibujó con trazos celestiales la vida misma de María.