Ccys002a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 20070610

Título: Aprender del bien que hay en los enemigos que tenemos

Original en audio: 14 min. 21 seg.


Queridos Hermanos:

Seguramente sentimos que las palabras de Jesús en este evangelio son demasiado exigentes, o incluso podemos llamarlas imposibles, imposibles de cumplir.

Tal vez podemos pensar que es una locura eso de amar a a los enemigos, o de hacer el bien a los que nos odian"; sin embargo, si uno deja preconceptos, si uno deja prejuicios aparte y empieza a mirar lo que dice Jesús, y sobre todo empieza a mirar cuáles son las alternativas, uno ve que lo que propone Jesús no sólo no es imposible, sino que es razonable; y no sólo es sensato, sino que es nuestra mejor opción.

Vamos a mirar un poco por qué se puede tomar esta postura de Jesús, no como un salto al vacío, ni como una obediencia porque sí, porque Él dijo, sino como una opción razonable, humana, sensata,lógica.

Empecemos por lo más difícil, el tema del odio. El odio mío, ¿a quién le hace daño? A mí en primer lugar; odiar es una manera de destruirse. Si yo, veinticuatro horas al día, o no exageremos, dieciocho horas al día, estoy pensando en el mal que me hizo un enemigo, él está disfrutando la vida, y yo estoy sufriendo dieciocho horas al día, entonces, ¿para qué sirve odiar?

Odiar es aumentarle la victoria a mi enemigo y es aumentar mi fracaso, porque entonces, cuanto más odio, más me destruyo. No hace ningún bien odiar al enemigo, no sirve de nada, me hace daño a mí. Entonces es muy lógico lo que dice Jesús, es mucho más lógico amar; pero entonces otro dira: "Un momento, vamos a decir que no vamos a odiar al enemigo, ¿pero cómo así que vamos a amarlo?"

Este es el mundo antiguo, el mundo en el que habló Jesús, estos antiguos utilizaban las palabras "amor" y "odio", de una manera un poco distinta a nosotros. Vamos a a ver si podemos explicarnos.

Hay un pasaje del Evangelio en que Jesús dice: "El que no odia a su padre y a su madre, no puede ser discípulo mío" San Lucas 14,26, refiriéndose a que tenía que poner en primer lugar a Jesús; es decir, la palabra "odio" no tiene tanto que ver con un sentimiento.

Nosotros, después de tantas corrientes filosóficas, musicales, y artísticas, y culturales, estamos metidos en un mundo de emociones y de sentimientos; para nosotros el amor y el odio son sobre todo sentimientos, emociones; para estos antiguos, el amor y el odio tienen que ver fundamentalmente con decisiones, con maneras de actuar.

En realidad, en la Biblia, no hay demasiadas cosas que se parezcan a lo que nosotros llamaríamos romántico, lo romántico, lo emocional; una excepción notable, por supuesto, es el libro del Cantar de los Cantares, en la manera como se expresa del amor entre hombre y mujer.

Pero en general el amor y el odio aquí tiene que ver mucho más con decisiones, ése es el punto fundamental.

Y por otro lado recordemos que amar tiene que ver con otras muchas cosas; mira, el amor es una clave para el entendimiento; el odio bloquea la inteligencia. En las personas que uno odia, uno no es capaz de ver nada bueno; el odio enceguece, el odio bloquea. Y esto es muy fácil de comprobar.

Tome usted en una conversación con alguien que detesta a otra persona; hágale nada más esta pregunta: "Bueno, ¿qué ves tú de bueno en esa persona?" La gente se queda sorprendida cuando uno les pregunta eso.

Una vez estaba en una conversación académica con alguien, y hablaba y hablaba de las torpezas y las crueldades de la Inquisición, y le pregunto: "-Bueno, ¿Y tú qué le ves de bueno a la Inquisición?" Y se queda así como abriendo los ojos: "-¡Pero qué puede tener de bueno la Inquisición!" "-Bueno, piénsalo, piensa a ver qué pudo haber tenido de bueno", "-no tuvo nada de bueno la Inquisición; se lo inventaron unos locos únicamente para torturar doncellas indefensas. ¿Qué hubo de bueno ahí?"

Entonces, el odio enceguece, el odio hace torpe a la gente; el odio lo vuelve a uno torpe porque lo vuelve incapaz de reconocer el bien que hay en la otra persona. Entonces a uno no le conviene odiar, sino que al contrario, a uno le conviene tener los ojos abiertos al bien que hay en la otra persona.

Y hay que amar y buscar ese bien que tiene la otra persona; hay que conocer ese bien y hay que amarlo.

Estas no son historias abstractas, espiritualistas, para gente santa únicamente; estas son historias prácticas.

Por ejemplo, en un matrimonio: un matrimonio tiene una terrible crisis, parece que se van a separar, y van a recibir consejería. Y entonces, en el curso de las sesiones de consejería, aparece que el hombre ha estado probando suerte, buscando oportunidades con una cierta dama que trabaja con él.

Entonces, la mujer además de estar herida y de sentirse celosa, siente por supuesto mucha rabia hacia él y siente odio hacia ésa, esa mujer: "Es una cualquiera, es una zorra, es una...", bueno. Ella siente odio hacia esa mujer.

El consejero escucha con mucha paciencia, por supuesto, escucha las dos versiones, y en un momento dado le hace esta pregunta a la esposa legítima, que está herida, sentida, dolida, amargada, llena de odio, le hace esta pregunta: "¿Y tú qué puedes aprender de esa mujer?"

Esa es precisamente la pregunta que ella no quiere oír; ella no quiere que esa mujer exista, ella quiere que se evapore, que se desaparezca, que se hunda en un hoyo, que le caiga un rayo, que se destruya. Ella no quiere ver.

Pero el consejero, de una manera, muy inteligente y muy delicada, empieza a llevarla a una conclusión interesante.

"-En parte, en parte, claro, aquí culpa tiene todo el mundo, hay que partir de esa base; pero en parte, ¿no será que esa mujer está teniendo con tu esposo lo que hace mucho tiempo tú no tienes? ¿Cuáles son los temas de conversación con tu esposo?" "-Ah, pues nosotros hablamos de que los niños están enfermos, que los niños tiene problemas, y también hablamos de que hay que pagar unas cuentas, y también hablamos..."

"-Y todo ese cariño, esa delicadeza, toda esa ternura, toda esa seducción que había en otra época, ¿qué paso?" "-No, es que ya no queda tiempo para eso, porque los deberes de la casa, porque los niños, los niños y los niños".

"-Sí, los niños son una parte importante, ¿pero tú no crees que de pronto esa mujer está empezando a ganar espacio en el corazón de tu esposo, porque ella está teniendo los detalles, la sonrisa, la seducción, el estilo...?"

Esta conversación, que como ustedes ven, es muy aterrizada, muy de esta tierra, muestra lo tremendamente sensata que es esa propuesta de Cristo.

Lo que tú tienes que hacer con tu enemigo es: punto número uno, deja de odiarlo, porque eso es odiarte a ti mismo; punto número dos, conócelo; punto número tres, descubre el bien que tiene; y punto número cuatro, admira y ama ese bien que tiene tu enemigo, para que un día ese bien pueda ser tuyo.

Entonces esta mujer empieza a aprender de su enemiga y empieza a caer en cuenta: "Es verdad que hace mucho tiempo no me arreglo para mi esposo, de pronto me arreglo si voy a una fiesta o a una reunión mía, pero para él, hace mucho tiempo no me arreglo; hace mucho tiempo que no tengo una palabra cariñosa para él; para él el único lenguaje que yo estoy teniendo es: "Mira, nos toca, tenemos que, es nuestro deber, ahora hay que", y he perdido toda esa parte".

Entonces esta mujer en su inteligencia, la inteligencia que Dios le ha dado, empieza a aprender de su peor enemiga, y empieza a admirar esas cualidades, y empieza a repetirlas; deseablemente, hechas bien las cosas, claro, primero Dios, se salva perfectamente ese matrimonio que pasó por un momento muy malo.

¿Qué hubiera pasado si ella simplemente se enceguece? ¿Qué pasa si ella simplemente se enceguece y dice: "Ay, esa mujer, esa mujer, esa mujer, y ahí hasta que se le estalle la úlcera, se le reviente el hígado, o le pase cualquier otra cosa y muere? ¿Qué saca ella con eso?

Lo que dice Jesús es tremendamente sensato, es increíblemente inteligente: "Aprende a no odiar, conocer a tu enemigo, descubrir el bien que hay en él, admirar ese bien, a amar ese bien que hay en él".

Jesús en ningún momento nos manda que amemos el mal que hay en las personas; pero es que una de las cosas importantes de las lecturas de hoy, es que nos ayudan a descubrir que hay un bien que nosotros podemos encontrar en todas las personas.

Entonces, hermanos, sigamos esta celebración eucarística, pidiéndole a Jesús que nos dé esa sensatez. Cuando uno predica este evangelio, hay muchas personas que dicen: "Muy bonito todo eso, pero yo no soy ningún santo, yo no soy ninguna santa". No eres ninguna santa, pero eres humana, y como ser humano, te conviene seguir lo de Jesús.

Esto no es por virtud y para quedarle bien a Dios, es que es lo más razonable que se ha dicho en términos de relaciones humanas, es que es lo más sensato, lo más inteligente; aquí no se trata de que tú vas a cambiar tus sentimientos. Fíjate que todo el bloqueo ¿de dónde viene? De que uno piensa sólo en los sentimientos.

Entonces cuando esa mujer que está peleando por su matrimonio, cuando esa mujer oye este evangelio ¿qué siente?: "Ay, ¿ahora sí Jesús quiere que yo cambie mi sentimiento y que yo empiece a sentir simpática a la vieja, zorra, sucia esa" ¡No, mi sentimiento no va a cambiar!"

Jesús no está hablando aquí de sentimientos; el amor y el odio, te repito, en este lenguaje antiguo, son sobre todo cursos prácticos de acción; y hay una cosa muy bella, en la medida en que uno va aprendiendo a tomar esos cursos prácticos, reales de acción, como una consecuencia, como un efecto colateral, el sentimiento cambia.

Después de un tiempo de hacer esta clase de ejercicios, entonces uno empieza a descubrir muchas cosas, y sobre todo se libra de aprender de donde tiene que aprender.

Qué más fácil que en Colombia que decir: "Toda la culpa de nuestras desgracias es el imperialismo norteamericano. ¡Que mueran los norteamericanos y se mejora el mundo!" Eso es muy fácil decirlo; otros dirán: "¡Toda la culpa está en los comunistas desgraciados que llenaron de guerrilla este país!"

Y así en distintos lugares, los progresistas echando la culpa a los conservadores, y los conservadores criticando a la Izquierda, y así cada país va buscando a quién echarle la culpa.

De pronto aquí en Irlanda puede ser muy fácil echarle todas las culpas al Imperio Británico, y de pronto puede ser muy fácil en Estados Unidos echarle toda la culpa a la pésima administración de los republicanos.

Pero cuando echamos toda la culpa y todo el odio a otras personas, nos perdemos de aprender de ellas, perdemos la paz que podríamos haber tenido, y sobre todo perdemos la oportunidad de crecer.

No hay otro sabio, no hay tanta sensatez, no hay tanta luz como la que se encuentra en las palabra de Jesucristo.