Cbau001a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 19980111

Título: El Bautismo del Senor

Original en audio: 24 min. 34 seg.


El acontecimiento del Bautismo del Señor marca el comienzo de su misión como Salvador. No es su comienzo como ser humano, no es el comienzo de su santidad, pero sí es el comienzo de nuestra santificación. No es el comienzo de sus bienes, sino el principio de la salvación de nuestros males.

El Bautismo de Jesús no lo hace justo a Él que ya era justo, sino que inicia el camino de nuestra justificación y de nuestra salvación.

Cuando en los Hechos de los Apóstoles se cuenta que había que buscar un reemplazo para Judas Iscariote, la condición que se pone a los candidatos es muy clara y es muy sencilla: "Alguien que haya estado con Jesús desde su Bautismo hasta la Cruz, y que pueda ser testigo de la Resurrección" Hechos de los Apóstoles 1,22. De manera que el Bautismo de Cristo es el comienzo de su misión como Salvador.

Acontecimiento tan importante es narrado por los Evangelistas, todos aluden a él, pero cada uno con diversos matices, de diversa manera. Lucas, por ejemplo, que es preciso y precioso en sus descripciones, nos da algunos rasgos particulares de ese bautismo, por ejemplo, nos dice que fue en un Bautismo general.

De acuerdo con Lucas, no fue entonces que de pronto un día se encontraron por allá en algún rincón Juan y Jesús; es un Bautismo general, lo cual significa en plena solidaridad con la confesión de los pecados de Israel, y quiere decir también, contado como uno más de los pecadores. Inició su misión de Salvador, Jesucristo, así, siendo contado como un pecador más.

Esa misión tuvo su epílogo maravillosos en la Cruz, en la cual es un crucificado como otros crucificados más. El que está hoy aquí bautizándose es uno más. Y así entendemos uno de los rasgos más misteriosos y más fecundos de la Encarnación.

La Encarnación de Cristo es la Ley: uno más, que es duro, tan duro como la Cruz, tan duro como el pesebre; es uno más, sólo eso, otro más. Esta es una gran humillación, porque el corazón humano se resiste a eso, no quiere ser, no queremos ser uno más.

Cada uno de nosotros intenta ser el rey, ser el príncipe de su imperio, de su pequeño imperio; y aquí se trata de ser uno más, otro como cualquiera en la fila de los pecadores. Y quien le hubiera visto, si no era Juan Bautista, hubiera dicho: "Una fila de pecadores, y en esa fila, Jesús".

Jesús también se bautizó, dice aquí Lucas: "Y mientras oraba" San Lucas 3,21, este es el segundo rasgo propio de Lucas: Jesús aparece orando en el Bautismo. Esta no es una novedad de este pasaje de Lucas, sino más bien una característica de este Evangelista.

Como creo que hemos dicho en otras ocasiones, Lucas es el Evangelista que tiene sus propios énfasis, por ejemplo, en la pobreza, por ejemplo, en la mujer, por ejemplo, en la alegría, en el Espíritu Santo, en la oración, en la misericordia, en fin, hay cerca de unos cinco o diez rasgos que son muy típicos de Lucas: la misericordia, la mujer, los pobres, el Espíritu Santo, el gozo, la oración. Ha sido llamado Evangelista de la Humanidad del Verbo.

Así aparece aquí Jesús en oración. Es un relato tan tan breve y tan fecundo, tan maravilloso. Mientras oraba Jesús, se abrió el cielo" San Lucas 3,22. Nosotros los pecadores, ¿qué versículo más hermoso podíamos pedirle a la Biblia que ése?

Mientras oraba, con los pecadores que somos todos nosotros; mientras oraba, como uno más en en la fila de nuestras miserias; mientras oraba junto a nosotros, untado de nosotros, pecado de nosotros, y nosotros unidos a Él; "mientras oraba, se abrió el cielo" San Lucas 3,22.

Yo creo que nosotros los pecadores tenemos ahí una señal bellísima de esperanza. "Mientras oraba, se abrió el cielo" San Lucas 3,22. ¡Qué cosas maravillosas pueden suceder en la oración!; ¡y qué miope nuestra vista, qué pequeñas nuestras metas!

Casi todo lo que pedimos, lo pedimos para que suceda en la tierra y no nos damos cuenta de que la oración abre los cielos; y nosotros pendientes y afanados y desesperados de encontrar cosas para nuestros caminos de la tierra, mientras los caminos de los cielos se hacen patentes, se abren ante nuestros ojos.

"Mientras oraba Jesús, se abrió el cielo" San Lucas 3,22, y Él mismo nos indicó que cuando fuéramos a orar tuviéramos esa confianza y que por eso decimos: "Padre nuestro del cielo", del cielo. El que dice la oración de Jesús, quien dice: "Padre nuestro que estás en los cielos", tiene esta fe.

Cuando uno ora se abre el cielo, porque si no uno no diría: "Padre nuestro que estás en los cielos", y no seguiría orando si no cree que los cielos se abren que que ese Papá, que ese Padre puede escuchar la oración de este hijo. Esta es la gran maravilla de la oración.

Allí donde se rompe el corazón, allí también se rompe el bronce de los cielos. Entre las terribles maldiciones que trae el libro del Deuteronomio, sobre todo, capítulo veintiocho; las terribles maldiciones y amenazas que vienen encima de los que no cumplan la Ley, entre las más terribles, hay una que da escalofrío: "Haré los cielos de bronce sobre ti" Deuteronomio 28,23.

¡Qué imaginación!, podría decir un literato; ¡qué simbología!, podría decir algún poeta; ¡qué terrible para el corazón humano!, ¡qué desesperante!, ¡qué desesperación para el ser humano!, sentir, como sienten muchas personas, que los cielos son de bronce, que a lo sumo devolverá el eco de mis lamentos, pero no traerá una palabra de salvación a mi vida.

Pues si la Cruz de Cristo revienta las piedras, la Cruz de Cristo tritura el bronce; si la Cruz de Cristo abre los corazones de los hombres, la Cruz de Cristo abre también el corazón de Dios; la Cruz de Cristo. El Señor Jesús, que aquí acompaña los corazones rotos de los hombres, también se abre una llaga a los cielos, se abre una puerta a los cielos.

Y por eso, este mismo Cristo que aquí acompaña los corazones rotos de los hombres y abre el corazón del Padre de los cielos, ese mismo Cristo luego en la Cruz, mostrará con su propio Corazón abierto que es así, que Dios ha abierto su corazón, que el cielo puede dejar de ser de bronce, que un día el cielo dejará de repetir el eco de mis lamentos, de mis improperios, de mis propuestas, y ese cielo que me parecía de bronce, puede abrir sus compuertas, para que caiga un diluvio de gracia.

Cada uno de nosotros ha recibido de ese diluvio; nosotros nos hemos unido al Bautismo del Señor; también a nosotros nos ha salpicado esta gracia; también nosotros hemos escuchado esa agua que canta, esos cielos que hablan; también nosotros hemos sido sumergidos en el misterio de Jesús y ese misterio de Jesús ha abierto en nuestras vidas, para que haya un cielo en nosotros, para que vuelva a haber cielo sobre el corazón humano.

Decía un autor: "Aún en las peores noches de tu vida, no se te olvide que siempre hay un pedazo de cielo sobre ti". Para llevarnos a la desesperación, en momentos de soledad, el enemigo malo intenta que nuestra mirada se centre, se concentre en la tierra.

Hay que volver la mirada al cielo, hay que saber que existe un pedazo de cielo sobre nuestra cabeza; y hay que saber que la oración de Jesús tiene la llave para esa puerta; y que de eso, que parecía bronce, puede venir una voz de consuelo y de salvación para nosotros.

"El espíritu Santo bajó sobre Él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: Tú eres mi Hijo, el Amado, el Predilecto" San Lucas 3,22. "Tú eres mi Hijo" San Lucas 3,22.

Esta era la expresión que los israelitas le atribuían a Dios el día de la coronación del rey. Ellos decían que el día en que el rey era coronado, era el día en que Dios lo adoptaba como hijo.

"Tú eres mi Hijo" San Lucas 3,22, dice Dios. Es una expresión profundamente teológica, desde luego, pero aquí tal vez en primer lugar, es sobre todo la proclamación de que el reinado de Israel sigue, de que la promesa de David se cumple.

"Tú eres mi Hijo" San Lucas 3,22. Entonces, la palabra de Natán no cayó, entonces Dios no estaba diciendo mentiras, entonces la casa de David sostiene todavía el cetro, entonces hay Rey para Israel.

"Tú eres mi Hijo, el Amado" San Lucas 3,22. Es un diálogo, hay un yo que dice un tú. Este que le dice a Cristo: "Tú eres mi Hijo" San Lucas 3,22, es distinto del Hijo, desde luego.

Aquí se nos revela por primera vez el misterio trinitario: "Tú eres mi Hijo" San Lucas 3,22. Entonces en Dios hay Padre y hay Hijo, es la primera vez que la humanidad se asomaba a este misterio. Hay un Padre y hay un Hijo. Y eso que escuchó Juan, dicho de Dios Padre a Dios Hijo, es como un eco del diálogo eterno que se da en los cielos.

En esta frase estamos escuchando el diálogo que existe adentro de la Trinidad; en esta frase, una vez que el cielo se ha abierto por la oración de Jesús, estamos pudiendo escuchar cómo habla Dios, cómo es Él por dentro.

¡Cuánto se necesita un corazón bautizado!, ¡un corazón humilde!, por favor, ¡un corazón humilde!, ¡un corazón puro!, ¡purísimo!; un corazón puro y humilde y orante que pueda escuchar el diálogo entre Dios Padre y Dios Hijo.

Aquí aparece sólo un versículo: "Tú eres mi Hijo, el Amado, el Predilecto" San Lucas 3,22, es sólo un versículo, pero aquí sucede lo contrario de lo que cuentan los místicos musulmanes.

La mística del Islam está llena de poesía y de amor hacia aquél que ellos llaman Alá. Y utilizan ellos una especie de cordoncito que tiene cien cuentas, noventa y nueve de esas cuentas tiene cada una un nombre, un elogio, una alabanza para Dios, como decir, el poderoso, el sabio, el misericordioso.

Cada una de las cuentas trae una alabanza para Dios, y cada una e tiene como su nombre, pero hay una que no tiene nombre, la centésima cuenta no tiene nombre.

Hablan ellos de los noventa y nueve nombres de Alá; esos noventa y nueve nombres son conocidos, uno puede saber cuáles son: el consolador, el poderoso, el rico, el misericordioso, el sabio, etcétera.

Esos noventa y nueve son conocidos, pero el centésimo nombre no se conoce, no se dice, nunca se dice, porque el centésimo nombre está reservado para el sufí, que llaman ellos, para el místico, aquél que bucea en las profundidades de Dios, un día escucha el centésimo nombre.

Dicen ellos que el centésimo nombre sólo lo dice Dios al corazón de sus amigos; no es digno de ser pronunciado en esta tierra; no se puede decir a los aires; lo desconocen las montañas; nada saben de él los mares; debe permanecer allí entre el corazón de Dios y el corazón de su orante, el centésimo nombre.

Yo creo que a nosotros nos pasa algo semejante, pero al revés aquí. De las cien maravillas que se podrían decir del diálogo intratrinitario, de los cien portentos que podríamos contar sobre eso que sucede entre el Padre y el Hijo, de esas cien cuentas, aquí pasa al revés, sólo tenemos una.

Los musulmanes tienen noventa y nueve nombres y uno oculto; nosotros tenemos un versículo, sólo uno que nos dice mucho, y noventa y nueve más que quedan para el misterio del amor del orante.

Este versículo es lo más grande que se puede escuchar en esta tierra, es lo más bello que se puede pronunciar en esta tierra, pero es sólo el comienzo de la vida mística, este versículo, es el primer escalón.

Piense en una escalera como aquella de Jacob: el último escalón era la piedra que le sirvió de almohada al Patriarca, ese era el último escalón. Y esa almohada y esa piedra están aquí sobre la tierra, pero el resto de la escalera se levanta hacia los cielos. Así pasa con este versículo. Él es como la piedra aquella sobre la cual descansó el sueño del hombre.

El sueño de la humanidad anhelaba escuchar esto; el gran sueño del corazón humano es poder oír esto, pero esto es sólo la almohada de ese sueño, es sólo la piedra del Patriarca; la escalera de la vida de Dios se levanta sobre esta piedra, se levanta sobre ese anhelo humano y se sumerge en las profundidades infinitas del amor trinitario.

Nos toca entonces un poquito más duro que a los místicos sufíes del Islam. Ellos tienen una escalera en la cual se ven noventa y nueve escalones y les falta sólo el último, es poético y bello, pero ahí se ven noventa y nueve; aquí en cambio, la nube de la gloria bien pronto se acerca, y bien pronto se oscurecen los escalones.

Apenas vemos el primero, apenas sabemos que esto es cierto, apenas decimos con temblor de agradecimiento: "Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo"; eso apenas lo sabemos, ¿pero qué sigue de ahí, por favor? ¿Qué está escrito en los demás escalones? ¿Qué más puede saberse de estos misterios?

A mí me parece que ha habido corazones que algo han sabido, por lo menos de los primeros escalones; a mí me parece que cuando se levanta un poquito el alma de la almohada, de la piedra, del sueño humano, algo se alcanza a ver.

Pero no sé, un vago presentimiento, un relámpago de dolor me hace suponer que la mayor parte de estas cosas se desperdicia. Y me da la impresión de que esta escalera, que como la de Jacob, está habitada por Ángeles, esta escalera de penetración en el misterio trinitario que está recorrida por los Ángeles, es muy poco transitada por los seres humanos.

Quizá amamos demasiado el polvo de la tierra, quizá queremos demasiado las cosas que se mueren; quizá, contradiciendo a Catalina de Siena, esperamos demasiado de las cosas que no nos esperan a nosotros, y lloramos por cosas que no pueden llorar por nosotros.

Que venga el diluvio de la gracia sobre nosotros, que se renueve en nosotros, por virtud de esta Santa Eucaristía, el misterio del bautismo; que venga a nosotros espíritu de oración, de profunda y sincera oración; esa oración abrirá los cielos.

Vamos entonces a escuchar la voz del Padre, y por su gracia, atraídos por su amor y acompañados por sus Ángeles, un día subiremos esa escalera, entonces contemplaremos aquello que "ni el ojo vio ni el oído oyó" 1 Corintios 2,9, y entonces seremos plenamente aquello para lo que fuimos creados.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.