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Fecha: 20010222

Título: Recibirle a Cristo no solamente la potestad, sino la actitud para administrarla

Original en audio: 22 min. 21 seg.


Esta fiesta nos invita a unirnos a la solidez de la fe de Pedro, a reconocer en esa firmeza la única que puede unirnos a la roca de Cristo.

Esta fiesta nos invita también a admirar la benevolencia y la generosidad de Dios. Porque en esta fiesta vemos cumplido aquello que dice Pablo en la Carta a los Filipenses, en su conocido himno cristológico.

Dice en ese cántico el Apóstol Pablo que, "Cristo", -traduciendo un poco más literalmente-, "no retuvo ávidamente el ser igual a Dios" Carta a los Filipenses 2,6. No retuvo ávidamente, no retuvo codiciosamente el ser de condición divina; no lo retuvo, sino que lo compartió.

Y eso es lo que encontramos en las palabras elocuentes, significativas del final del evangelio de hoy. ¿Qué tal estas palabras dichas a un ser humano? "Te daré las llaves del Reino de los Cielos", -y si no quedara claro lo que esto significa, añade: "Lo que ates en la tierra, quedará atado en el Cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el Cielo" San Mateo 16,19.

Por cierto, esto significa que el ministerio de Pedro es ministerio en la tierra, no como lo representan todos los dibujos y los chistes allá en la puerta del Cielo. Esto es un ministerio en la tierra: "Lo que ates en la tierra y lo que desates en la tierra".

Es un ministerio en la tierra. Jesús en ningún caso dijo, que iba a poner a Pedro de portero en las nubes, como lo representan los chistes y las caricaturas.

Pero volviendo a nuestro tema, ¿qué tal esto que se le dice?: "Te daré las llaves del Reino de los Cielos" San Mateo 16,19.

Y si nosotros miramos lo que significa nuestra vida de bautizados, nuestra vida consagrada, nuestra vida sacerdotal, el ministerio sacerdotal, lo que descubrimos es el mismo movimiento de generosidad y de amor del que no retiene ávidamente como si fuera una especie de tesoro particular.

No es un botín propio; es el regalo, es la generosidad, es la abundancia de Dios. Por ejemplo, dice el Señor Jesús en el evangelio de Juan: "El que crea, hará no sólo las obras que yo hago, sino aún mayores" San Juan 14,12.

Es esta misma idea. Cristo no se presenta como el dueño de las galletas, o como esos niños que son dueños del balón, y cuando están perdiendo, entonces recogen su balón y se van. Cristo no obra como el dueño del balón, como el dueño del tablero, ni como el dueño de nada, sino como el que entrega, el que comparte.

Entendamos el tamaño de la Redención a partir de esta fiesta y a partir de estos comentarios que nos hacen ver otros textos bíblicos. Cristo no retiene, no retiene lo suyo.

Estamos celebrando la Eucaristía. Cristo no retiene su Cuerpo; no lo retiene, lo entrega: "Tomad, comed; tomad y bebed" San Mateo 26,26-28. No retiene su Cuerpo, no retiene su Sangre.

Cristo no retiene como tesoro suyo a su Santísima Madre: "Ahí tienes a tu hijo, ahí tienes a tu Madre" San Juan 19,26-27, le dice al discípulo amado, y entrega a su Madre.

Cristo no retiene como cosa suya al Espíritu Santo, como quien dice: "Yo soy aquí el experto". Después de su Pascua, lo primero que hace de acuerdo con el evangelio de Juan, es: "Sopló sobre ellos: Recibid el Espíritu Santo" San Juan 20,22.

Cristo no retiene como cosa suya su relación con el Padre. "Enséñanos a orar" San Lucas 11,1. "Digan Padre Nuestro..." San Lucas 11,2-4. Y también en el evangelio de Juan al final: "Subo a mi Padre y a vuestro Padre" San Juan 20,17.

Cristo no retiene nada como suyo, ni su Cielo: "Me voy a prepararos un lugar. Cuando esté preparado, vuelvo por vosotros" San Juan 14,2-3. Y en la oración del capítulo diecisiete de Juan, ¿qué dice? Dice: "Quiero que donde yo esté, estén también ellos" San Juan 17,24.

Es este conjunto de textos, es esta abundancia de testimonios la que nos permite situar el verdadero sentido del poder en la Iglesia. Porque no es un trato secreto entre Cristo y Pedro que luego vaya pasando a los siguientes Pontífices y de ellos, graneadito, a los Apóstoles; de ahí, lo que caiga así como del lado de la mesa para los padrecitos, los curas, y las migajas para el pueblo de Dios.

Lo que tenemos que recordar, lo que tenemos que pensar más bien en este día, es en la inmensa generosidad de Jesucristo, que nos comparte, que nos entrega, que nos da todo, que abre su Corazón, que nos da su Padre, nos da su Madre, nos da su Espíritu, nos da su Cuerpo. "Vosotros sois mis amigos, porque os he dado a conocer todo" San Juan 15,15. Nos da sus secretos, nos da su amor, nos da su tiempo.

Realmente Cristo se desocupa. Este es el sentido impresionante de eso que predicaba Pablo, la Kenosis, el vaciamiento de Cristo. Cristo se desocupa, y entre todo ese compartir de su propia potestad, entrega a sus Apóstoles, y hoy particularmente vemos a Pedro.

Si Cristo se desocupa, si Cristo saca todo de sí para entregarlo a su pueblo, esa misma actitud también quiere compartirla. El Corazón con el que Cristo nos da todas las cosas, es un Corazón que Cristo también quiere darlo. Esa es la enseñanza que yo quería decir hoy.

Cristo no sólo nos da muchas cosas, no sólo nos da los tesoros de su intimidad con el Padre y las gracias particulares que podemos recibir de amor y protección de la Santísima Virgen. Cristo no sólo nos da sus secretos de su Cuerpo y de su Sangre. Cristo quiere darnos también la actitud con la que Él dio todo.

Y el gran problema del poder en la Iglesia, es que nosotros queremos lo que Cristo nos da, pero no queremos recibirle la actitud con la que Él lo dio. Si queremos recibirle a Cristo la potestad, que eso es lo que vemos que hoy comparte con Pedro, recibámosela también, acogiendo la actitud. Es decir, si Cristo me da poder, me da potestad, me da autoridad, yo tengo que recibirle a Cristo a su vez el Corazón con el que Cristo me dio esa actitud.

Si es verdad que Cristo se ha desocupado, que Cristo ha sacado todo de sí para entregarlo, quiere decir que Cristo también me entrega, Cristo también me da junto con la potestad, Cristo también quiere darme, la sabiduría, la misericordia, la generosidad, para administrar esa potestad.

Lo que ha causado tragedias en la Iglesia no es el poder, es el poder separado de la actitud de Cristo. Eso es lo que hace daño. El poder no hace daño.

Que haya poder, que haya potestad, eso no hace ningún daño. Que haya superiores y que los llamemos así, superiores, tampoco hace daño. Porque hubo una comunidad religiosa, donde empezaron a tenerle miedo a esa palabra.

Entonces las superioras no se llamaban superioras, sino se llamaban las coordinadoras, animadoras. Yo me imaginaba unas señoras con un pimpón aquí en la nariz, animando a la comunidad.

No hay que tenerle miedo a las palabras. El superior es superior, y el prior es prior sin resentimiento. Porque en una misión en la que estuve, había un padre viejito, que lo habían trasladado de parroquia. Pero ya no lo mandaron de párroco sino de ayudante. Le pusieron de párroco a uno mucho más joven que él y entonces sintió, que siempre lo habían como degradado.

Estuvimos hablando y me decía: "Yo sí fui donde el Obispo y le dije: Tranquilo Monseñor, que el que manda, manda, aunque mande mal. De manera que yo le obedezco; para mí no hay problema".

En verdad no es el poder el que hace daño. No hay que tenerle miedo al poder. No hay que tener miedo a que haya potestad. El que el Papa tenga toda esa autoridad, pues bendito Dios. Y que los Obispos tengan tanto poder, que los priores, que los provinciales tengan poder, eso no es problema.

El problema no está en el poder. El problema es si el poder se separa de la actitud de Cristo.La generosidad de Cristo se puso al frente de una porción del pueblo de Dios. La misma generosidad de Cristo quiere darte también la manera de administrar ese poder. Lo grave no es recibirle el poder a Cristo, sino no querer recibirle a Cristo la manera de administrar ese poder.

Eso es lo grave, y ese es el sentido de la primera lectura, precisamente del Apóstol Pedro. Por eso dice el Apóstol: "Sed pastores, gobernándolo no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por sórdida ganancia, sino con generosidad" 1 San Pedro 5,2-3.

Es decir, Pedro, que tiene esta lección muy bien aprendida, no les dice: "¡Qué problema! ¡Qué peligro que ustedes tengan poder!" No hay peligro en el poder. El peligro es el poder separado de la manera de administrar el poder, de la manera cristiana de administrar el poder. Ese es el problema.

¡Si esto se lo pudiéramos predicar a los protestantes, y si el Espíritu Santo concediera que estas palabras, o dichas de otro modo, penetraran en los corazones de ellos!

Porque efectivamente, en el tiempo en el que nació el protestantismo, tiempo tenebroso verdaderamente, tiempo de amargo recuerdo para la Iglesia, con esos Pontífices de vida desordenada, lujuriosa, codiciosa, con ese Vaticano convertido en un palacio de intrigas, con ese poder tan completamente aislado, separado, divorciado de esta generosidad, de esta humildad y de este compartir de Cristo, con ese escándalo tan largo y tan doloroso, los cristianos del norte de Europa, gente recia, gente fuerte, gente inteligente, amadores de la coherencia y de la palabra que se dice y se cumple, tenían que mirar con infinito desprecio hacia Roma.

Por eso hay una enorme responsabilidad de los católicos en la tragedia del protestantismo. Qué distinta hubiera sido la historia, si en aquellos momentos, por la santidad de predicadores, de penitentes, -yo no sé de quienes-, hubiera venido una verdadera reforma que tardó mucho en llegar, y en algunas cosas como que no llega, como que no termina de llegar.

Una verdadera reforma, que permitiera reconocer con mayor claridad el rostro de Cristo, humilde y generoso, porque esas son las dos cualidades que hemos querido subrayar hoy.

Así es como se quiere que sea el pastor: que tenga todo el poder que quiera, que tenga todo el poder que Dios le dio; no hay problema. Pero que tenga humildad y generosidad; que se vea en él la misma actitud de Cristo.

Eso faltó. Ahí tenemos Papas preocupados por defender sus terrenos pontificios, armando su ejército y saliendo con él, embelleciendo los edificios, mientras eran despojadas y desarrapadas las ovejas del pueblo de Dios.

Por eso, -esto que no salga de nosotros, cuatrocientos o quinientos de los que oigan estas palabras-, yo realmente no disfruto demasiado de ese arte, que es un monumento al hombre y no es un monumento a Dios.

Va uno a esa Roma marcada por todo este arte, la arquitectura, la escultura, la pintura del Renacimiento. ¡Qué perfección de representación de la raza humana, pero qué lejos se siente el Corazón de Cristo ahí!

Y ya he dicho en otras ocasiones, que de Roma, lugar que me haya impactado a mí, -debe haber muchos muy bellos-, la Basílica de San Anselmo, tal vez la más o de las más sencillas de Roma. La Basílica de los Monjes Benedictinos fue el único lugar que yo sentí que me llamara a oración. Lo demás me llama a museo.

San Pedro es un gran museo, y San Pablo otro museo. ¡Museos, y museos! Siente uno muchas veces, que el sucesor de Pedro predica en un museo.

Algo habrá que hacer. Yo no dudo de la santidad de Juan Pablo Segundo, pero él no puede hacerlo todo, no podía hacerlo todo. Hay que pedir que el Señor bendiga abundantemente a Juan Pablo Segundo, y hay que pedir que los sucesores de Juan Pablo Segundo traigan una reforma espiritual seria en todo ese cuento.

Que el Papa predique desde una construcción, desde un ambiente, desde un entorno que no sea de potestad, de boato, de renacimiento; que sea una predicación que incluso en su aspecto exterior, parezca y esté nacida estrictamente de la oración.

Pero en eso no le han hecho caso a los predicadores. Una predicadora eminente del siglo catorce, dominica ella, Santa Catalina de Siena, ya les decía a los respectivos Papas, tanto a Gregorio como a Urbano: "Usted deje de estarse rodeando de tanto príncipe, deje de estarse rodeando de tanta ceremonia.

Lleve a Roma comunidades de oración. Rodeese de ermitaños, rodeese de santos y reformados religiosos. Rodeese de eso, que esa sea su corte, que la gente vea, que el mundo vea eso".

Todavía no hemos podido. Desde el siglo catorce, y todavía no hemos podido. ¿Quiere decir esto que estamos predicando rebelión contra la Iglesia? ¡Dios nos libre! ¡De ninguna manera! Pero que hay que hacer algo, hay que hacer algo.

Como nosotros no podemos entrar allá en las cuentas del Banco Ambrosiano, ni podemos entrar en los rituales y protocolos de esas altísimas ceremonias, lo que a nosotros nos corresponde es crear esos ambientes de fraternidad, de humildad, de oración, sin temor de reconocer que quienes están en esas cátedras, en esos lugares, son nuestros legítimos superiores y con gusto los obedecemos.

No estoy predicando rebelión, pero sí estoy predicando que nosotros, buscando esa reforma en nosotros mismos, buscando ese ambiente nuevo, propiciemos que llegue a la Iglesia una cosa distinta, una cosa diferente, que uno sienta que puede orar.

Cuando un día de estos, que yo confío que llegará, les muestre los recuerdos, fotos y pequeños videos de Roma, podremos volver sobre este mismo tema. Es cosa para morirse de tristeza entrar a esa Basílica de Pedro, que puede ser todo lo espectacular que tú quieras, y sentir un mercado o un terminal aéreo.

Eso es lo que hay ahí. Que de vez en cuando ese museo se pone en orden, sale el Santo Padre y dice cosas maravillosas, pues sí. Pero de resto es un museo.

Que venga a nosotros no sólo la potestad de Cristo, que la necesitamos, sino estas actitudes de Cristo, de las que nos habló el mismo Apóstol Pedro. Y cada uno, viviendo su propia vocación, acoja con amplitud la inmensa generosidad de Dios.