Catequesis sobre el desierto. Tema 4 de 5: El desierto de Cristo

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Nuestra cuarta catequesis sobre el desierto se dirige a la persona de Jesucristo. Sabemos que Jesús fue tentado en el desierto, pero la realidad desierto está mucho más presente, en Cristo, mucho más que solamente ese episodio.

Yo quisiera empezar con el texto que encontramos en el libro del profeta Isaías. Sabemos que Isaías contiene varios cánticos que se llaman los Cánticos del Siervo de Yavhé, y el cuarto de esos Cánticos es el más conocido, realmente es impresionante como descripción y, por supuesto, como profecía.

Litúrgicamente, este cuarto Cántico del Siervo se proclama los Viernes Santos, es de hecho la primera lectura que tenemos el Viernes Santo, cuando se recuerda la Pasión de Cristo, se encuentra entre el capítulo cincuenta y dos, versículo trece, y el capítulo cincuenta y tres, versículo doce.

La parte que a nosotros nos va a interesar más es el comienzo de este Cántico, donde precisamente se habla de un hombre que es un desierto, él mismo es un desierto.

Dice en el versículo catorce del capítulo cincuenta y dos: “Así como muchos se asombraron de Él, al ver su semblante tan desfigurado que había perdido toda apariencia humana, así también muchas naciones se quedarán admiradas, los reyes al verlo no podrán decir palabra, porque verán y entenderán algo que nunca habían oído” Isaías 52,14.

“¿Quién va a creer lo que hemos oído? ¿A quién ha revelado el Señor su poder? El Señor quiso que su Siervo creciera como planta tierna que hunde sus raíces en la tierra seca” Isaías 53,1-2. ¡Qué descripción tan preciosa de Jesús! “Planta tierna que hunde sus raíces en tierra seca” Isaías 53,2.

Aquí tenemos que hacer una pausa y ver que hay por lo menos tres interpretaciones muy hermosas de ese versículo, que es el versículo segundo del capítulo cincuenta y tres, y luego dice: “No tenía belleza ni esplendor, su aspecto no tenía nada atrayente” Isaías 53,2.

¿Por qué destaco lo de “planta tierna que hunde sus raíces entierra seca”? Isaías 53,2. Porque Jesús aparece, en primer lugar, como una buena planta pero en un mal terreno, es una combinación de la bondad que Él trae y el mundo al que Él viene.

Una primera interpretación están en la línea de la Encarnación, es decir, en la Encarnación descubrimos al Hijo del Dios vivo, a ése que proféticamente llama el salmo cuarenta y cinco, “el más hermoso de los hombres, en cuyos labios se derrama la gracia” Salmo 45,3, es planta tierna.

Es bonita esa traducción, porque al referirse a la ternura de la planta, también nos hace caer en cuenta de que, siendo hermoso, es frágil. Y en realidad, si lo pensamos, toda belleza tiene su fragilidad, ¿por qué? Porque la belleza depende de un cierto balance o armonía entre los distintos elementos. Y esto quiere decir que cualquier pequeño cambio que se haga necesariamente destruye esa armonía.

Si pensamos en un rostro hermoso o en una escultura famosa, pensemos, qué sé yo, en el David de Miguel Ángel, es un cuerpo absolutamente perfecto, un cuerpo masculino bellísimo si tomamos ese cuerpo y le agregamos cinco centímetros a la mano izquierda, pues ya no quedó hermoso, ya lo dañamos. Es un pequeño cambio, pero ese pequeño cambio ya arruina la belleza, porque la belleza es frágil, y la ternura es vulnerable.

Lo segundo que aparece aquí es la vulnerabilidad de Jesucristo. Cristo es el que se ha encarnado, es bueno con la bondad de Papá Dios, pero viene a una tierra ingrata, una tierra reseca. ¿Cómo puede subsistir una planta en tierra reseca? Por decirlo de alguna manera, tiene que tener su propia agua. Jesús no se alimenta, no recibe finalmente su fuerza de esta tierra.

Le dice Cristo a Pilato: “No es el mundo el que me ha hecho Rey” San Juan 18,36. Cristo es Aquel que tiene la sabia, es el que tiene su recurso es el que tiene su fuente adentro, no lo recibe de esa tierra que es tierra ingrata y que es tierra reseca.

La tercera enseñanza que nos da ese versículo número dos del profeta Isaías es que Jesús tiene la fuente adentro, esa fuente interior va a interesar muchísimo.

De esta fuente interior habló también Jesús, por ejemplo en el pasaje de la samaritana, donde le dice a esta mujer que "el que beba del agua que Él le va a dar tendrá un torrente" San Juan 4,14, y habla, también en el evangelio de Juan, como ese "torrente salta hasta la vida eterna" San Juan 4,14.

Bueno, estos son tres elementos cristológicos que aparecen en Isaías cincuenta y tres dos. La realidad de la Encarnación, bondad que viene a un mundo ingrato. Es impresionante ver que Jesús tiene total conciencia de esto.

El versículo, que lo he recordado en varias predicaciones y que sigue siendo perfectamente válido para esta materia, es lo que encontramos en el evangelio según San Juan, capítulo dos, versículo veinticinco. Refiriéndose a Cristo, dice: “No necesitaba que nadie le dijera nada acerca de la gente, pues Él mismo conocía el corazón del hombre” San Juan 2,25.

Es decir que Jesús es Aquel que tiene plena conciencia de en qué lugar se encuentra, Jesús es Aquel, que según otra traducción de este mismo versículo veinticinco del capítulo de segundo de Juan, dice: “No se fiaba de la gente” San Juan 2,25.

Jesús sabe que el mundo, Jesús sabe que la vida humana se ha vuelto escasa, dura, ingrata, agresiva, vengativa. Jesús no es ingenuo, es tierno, pero no es ingenuo, y esa conciencia es la que aparece en la realidad de la Encarnación. Cristo llega a esta tierra, llega como máxima expresión de la bondad del Padre, pero llega a una tierra que es desierto.

Es decir, ya esto nos está indicando que toda la vida de Cristo fue desierto; el desierto no empezó después del bautismo, toda la vida de Cristo fue desierto, porque toda la vida del Señor está marcada por el misterio de la Encarnación. Y la Encarnación nos está diciendo, nos está contando que ha venido a este mundo, un mundo cargado de ingratitud, de agresividad, de egoísmo, de codicia y de los demás males que conocemos. Ese es Cristo, el que ha venido a este mundo.

Pero este Cristo también aparece en ese pasaje como vulnerable, y la vulnerabilidad al principio nos parece que es como un principio de derrota, pero la vulnerabilidad de Cristo será el principio de su victoria.

Cuando uno se siente vulnerable, uno se siente débil; y cuando uno se siente débil, pues trata de hacerse el fuerte, trata de ser fuerte y de parecer fuerte. Pero la vulnerabilidad de Cristo, pensemos en una plantita en el desierto, la vulnerabilidad de Cristo es el principio de su obra redentora. ¿El principio en qué sentido? En el sentido de que un Cristo blindado jamás podría salvarnos. La vulnerabilidad de Cristo es la que establece un puente entre su corazón compasivo y nuestras vidas dignas de compasión.

Si en este misterio de la Encarnación lo que aparece es la dureza del mundo, pues, un Cristo que se revistiera de dureza no podría hacer nada por ese mundo. Precisamente porque Cristo es brote tierno en tierra seca, precisamente porque Cristo es vulnerable, por eso Él puede conectar con nosotros, por eso Él puede finalmente unir sus Llagas a las nuestras. Cristo es redentor porque es vulnerable.

Y esto quiere decir que los que estén unidos a Cristo, los que quieran unirse a Cristo, necesitan, necesitamos participar de esta vulnerabilidad. También en esto el cristiano debe acostumbrarse a ir en contravía de lo que plantea el mundo.

Porque el mundo lo que quiere es, primero, vestirnos de indiferencia, como con una coraza, que nada me afecte, que todo me resbale, y si algo me afecta, no se me note, que yo permanezca impasible, que yo siga mi camino, que nada me importe, que nadie pueda oponerse a mis planes, ese es el lenguaje que maneja el mundo.

En cambio, lo que aparece en Cristo es Aquel que se deja herir por el dolor del otro, porque finalmente la misericordia es eso, misericordia es dejarse herir, no se puede amar a la manera de Cristo si no es a través de la vulnerabilidad; no se puede amar del modo cristiano si no es abriendo el corazón para que sea herido, porque sólo cuando el corazón es herido por el dolor del hermano, entonces el hermano me importa.

Ese verbo es simpático, -hagamos aquí un pequeño paréntesis-. El verbo importar, porque lo utilizamos en castellano en dos contextos muy diferentes. Se dice, por ejemplo, que “los países importan mercancías”, pero también se dice que “a mí me importa mucho esta situación”, o se le dice a una persona: “Me importa mucho lo que te pase”.

¿Cuál es la relación entre estos dos usos del verbo importar? Pues importar viene de portar hacia adentro, de traer hacia adentro, de ahí el “importar mercancías”. ¿Entonces qué significa que alguien me importe? Significa que traigo hacia mí, que traigo hacia adentro lo que le sucede a esa persona, que su dolor, su soledad, sea causada por esa misma persona o por otras, eso no importa.

Pensemos en el caso de una mamá. Si la mamá ve al niño que tiene la frente raspada y sangrando, la primera pregunta de la mamá no es: “Explícame qué ha que ha sucedido ahí, ¿te lo hiciste tú o te lo hizo otro?” El primer problema de la mamá es que hay que detener esa sangre, hay que calmar ese dolor, hay que consolar a ese niño, después veremos si se hizo él ese daño o se lo hizo otro.

Pero el primer problema es: “Hay que curar, hay que sanar, hay que consolar, hay que fortalecer”. Pues eso es lo que significa ser vulnerable a la manera de Cristo, significa estra abiertos para ser heridos, abiertos para que nos importen los dolores de los otros, para que entren a nosotros los dolores de los otros.

Entonces Jesús no solamente está en un desierto, porque esto es lo que podríamos llamar “el desierto exterior”, ¿no? No solamente nos interesa el desierto exterior de Cristo en el sentido de que el mundo es ingrato, es duro, es agresivo, es egoísta, sino que también hay un desierto interior, ¿por qué Porque Cristo ha tomado una opción, ha tomado un camino, le importa el prójimo. Y si a ti te importa alguien, sus dolores, su preguntas, sus cuestionamientos, sus decepciones entran en ti, eso es ser vulnerable.

Entonces aprendemos otra cosa del desierto de Cristo: que Cristo tiene el desierto exterior, en el sentido de que el mundo es como es, pero tiene también el desierto interior, porque Él ha querido que le importe eso.

Por supuesto, esto sirve para un examen de conciencia muy fuerte. El hecho de que nosotros tengamos una consagración religiosa o sacerdotal, el hecho de que nosotros tengamos experiencia de grupos de oración u otras actividades espirituales, no quiere decir que nosotros no estemos infectados por los mismos virus del mundo de hoy, y uno de esos virus es que uno tiende a endurecerse.

¿A cuántas personas les he oído yo esa expresión?: “Padre, esto no me debería afectar”, eso le dice a uno la gente, “esto no me debería afectar”, “es que debo tratar que no me afecte”, “que no me afecte, que yo resista, que no me importe”. Y resulta que lo de Cristo es al contrario: “Que sí me importe, que me importe mi comunidad, que me importe mi hermano, que me importe mi hermana”; de hecho, es gravísimo que no me importe.

Porque si no me importa mi hermano o mi hermana, ¿con qué título y con qué derecho puedo yo llamarme cristiano? Para poder llamarme cristiano se necesita que mi hermano me importe, es decir, que yo lo traiga donde yo estoy, y para eso hay que ser vulnerable.

Pero Cristo tiene una fuente interior, es decir, no todo son malas noticias, porque aquí hemos hablado de un desierto exterior, aquí hemos hablado de un desierto interior, ¿cómo puede subsistir? ¿Cómo se puede vivir así? Con desierto por fuera y por dentro, ¿cómo se vive? Se vive porque hay una fuente interior.

Y esta fuente interior, esta fuente que emana es el centro del misterio de Jesucristo. Cristo habló de esa fuente interior, no escondió el secreto, Él habló de cuál era.

Por ejemplo, encontramos en el evangelio según San Marcos la siguiente expresión, cuando va llegando el momento final, el momento de la Pasión. Entonces Jesús advierte a sus Apóstoles sobre lo que va a suceder, y entonces dice así, por ejemplo, leamos Marcos, capítulo catorce, versículo veintiséis: “Después de cantar los salmos, se fueron al Monte de los Olivos. Jesús les dijo: Todos ustedes van a perder su fe en mí, así lo dicen las Escrituras: Mataré al pastor y las ovejas se dispersarán; pero cuando yo resucite los volveré a reunir en Galilea” San Marcos 14,26-28.

Pedro le dijo: “Aunque todos pierdan su fe, yo no" San Marcos 14,29. "Jesús le respondió: Te aseguro que esta noche, antes de que cante el gallo por segunda vez, me negarás tres veces. Pero él insistía: Aunque tenga que morir contigo, no te negaré” San Marcos 14,29-30.

Y entonces Jesús se pone a orar en Getsemaní, porque Getsemaní es el gran desierto de Cristo, cosa que es una gran contradicción. Fíjate que Getsemaní era un jardín, y era un jardín agradable, y Jesús está en el huerto, en el jardín de Getsemaní, y ese jardín es su desierto.

Es muy duro esto: “Todavía estaba hablando Jesús, cuando Judas, uno de los doce discípulos, llegó acompañado de mucha gente armada con espadas y con palos. Judas, el traidor, les había dado una contraseña diciéndoles: Al que yo bese, ese es; arréstenlo y llévenselo bien sujeto” San Marcos 14,43-34. Y entonces se cumple lo que había hecho Jesús en el versículo cincuenta: “Todos los discípulos dejaron solo a Jesús, y huyeron” San Marcos 14,50.

Bueno, ¿y qué sostiene entonces a Jesús? Él mismo anuncia que lo van a abandonar, y luego vemos que eso se cumple, ¿entonces qué es lo que sostiene a Jesucristo? Pues lo sostiene la relación con el Padre, el secreto de Jesucristo es el Padre, el secreto del Señor es la relación con el Padre. Y por eso, cuando nosotros buscamos la fuente interior, finalmente lo que estamos buscando es el rostro del Padre, es esa relación con el Padre.

Podemos decir que Cristo está, por una parte, en un desierto exterior, por otra parte, está en un desierto interior, pero resulta que por dentro tiene una fuente, y esa fuente que es la relación con el Padre, y esa fuente que es la unción del Espíritu, sale fuera. Porque también nos dice el Evangelista San Lucas: “De Él salía una fuerza que los curaba a todos” San Lucas 6,19.

Entonces fíjate qué imagen de Cristo tan hermosa la que aparece aquí: Cristo es Aquel que viene al desierto de esta tierra, Cristo es Aquel que, además, asume en su corazón, asume en su pensamiento, en su oración y en sus afectos los dolores de los demás, y por lo tanto Cristo es Aquel que todo Él es desierto; y sin embargo, tiene una fuente adentro, y esa fuente batalla contra el desierto.

Su unión con el Padre y la unción del Espíritu que ha recibido para esa misión que tiene, son las que vencen a ese desierto. Entonces Cristo sale en victoria finalmente, después de pasar por el trance más espantoso de su desierto, que se llama la Cruz, Cristo sale en victoria, porque la fuente que lleva adentro vence al desierto.

O sea que podemos describir la redención de esa manera, ¿qué es la redención? La redención es una fuente que vence a un desierto, ¿y el desierto qué es? El desierto es lo que se ha vuelto el mundo por nuestros pecados, ¿y la fuente cuál es? La fuente es la unión con el Padre y el torrente del Espíritu Santo, ¿y quién es el portador de esa fuente? Se llama Jesucristo, ¿y dónde se ha abierto esa fuente? En la Cruz.

Entonces, en el paraje más espantoso del desierto de Jesús, que es la Cruz, muerto ya Cristo, se abre la fuente, y entonces esa fuente que antes era solamente suya, pasa a ser también fuente nuestra.

A través del bautismo, significado en el agua, y a través de la Eucaristía, representada en la Sangre, nosotros entramos en comunión con esa fuente, porque también para nosotros el mundo es desierto, porque también nosotros tenemos que sufrir los unos los egoísmos de los otros, los unos tenemos que sufrir las codicias, las indiferencias, las durezas de los otros.

Osea que nosotros también tenemos que pasar por lo mismo de Cristo, lo que sucede es que nuestra respuesta es endurecernos, no caer en la vulnerabilidad, y ahí nos equivocamos, porque mi dureza hace más duro tu desierto, y tu dureza hace espantoso mi desierto. Y entonces, a medida que yo me endurezco y tú te endureces, entonces se levanta una muralla y cada uno se muere solito dentro de su prisión. Y lo úico que ofrece el mundo contemporáneo frente a esa tragedia es: “Démosle permiso a la gente para que se suicide”, esa es la gran solución.

En este mundo inhóspito, donde cada uno empieza a levantar más y más la muralla, porque, “-si tú pretendes herirme ya estoy más defendido”, “ah, pero entonces yo levanto más mi muralla”, y a medida que vamos levantando y levantando murallas cada uno se muere, reseco, frustrado, decepecionado, amargado; cada uno se muere triste en su soledad. Gran solución del Estado moderno, gran solución de la legislación moderna: “Oiga, sí, verdad, démosle permiso a la gente para que se mate”.

Eso parece peor que el chiste bobo del alcalde, en donde había una espantosa peste y la gente muriendo, y le preguntan al alcalde que qué ha hecho, que qué medidas está tomando y dijo: “Ya estamos tomando medidas, ya ampliamos el cementerio”, esa es la gran solución de ese alcalde.

Pues la gran solución del Estado moderno frente a esas murallas que se van levantando, frente ea esa soledad en la que cae la gente, ¿la gran solución cuál es? Que cada uno tenga permiso de suicidarse, y a eso le llaman dignidad, que cada uno pueda morir dignamente.

“A ver, usted suicídese haciendo buena cara, y todos respetaremos su decisión. Que usted quede bonito, que sea un cadáver bonito, que sea recordado por nadie, porque a usted no le importó nunca nadie”, y esa es la gran respuesta y esa es la gran solución.

Todos tenemos que experimentar este desierto exterior, todos, el problema es que nosotros no damos el siguiente paso, ¿y por qué no lo damos? Porque no tenemos el tercer paso; el que no tiene la fuente interior, no puede jugar a la vulnerabilidad, porque empiezan a darle palo a uno y empiezan a agotarle las pocas fuerzas y el poco afecto y el poco empeño que uno tenía.

Es que estos tres no se pueden separar, si uno experimenta el desierto exterior tiene que tomar una decisión: O me voy por la línea de la dureza, la indiferencia, la retaliación, la venganza, “el que me la hace me la paga”, esa es la línea opuesta a la de Cristo, ese es un camino. El otro camino es la vulnerabilidad, que me importe todo, que me importe hasta la efermedad que tiene la mamá del que me va a asesinar, que me importe todo, que todo llegue a mí, pero entonces mi vida se vuelve desierto interior también, pero es que hay fuente interior.

¿Y cómo puedo llegar yo a la fuente interior? La fuente interior es la relación con el Padre, la fuente interior es la unción del Espíritu Santo, eso es lo que tiene Cristo, y por eso Cristo podía decir: “Tengo un alimento que ustedes no conocen” San Juan 4,32, porque Cristo tiene esa fuente interior.

Y con esa fuente interior, que es la fuente que se ha abierto en la Cruz, ya nuestra vida es otra cosa, entonces nosotros empezamos a obrar a la manera de Cristo, pero para eso necesitamos el bautismo que Cristo nos regala y para eso necesitamos la Eucaristía que Cristo nos regala.

Alimentados por su Cuerpo, recibido el don de su Espíritu, con la autorización para llamar “Abbá” al mismo que Cristo llama “Papá”, llama “Padre”, llama “Abbá”, con esa autorización y con esa relación, entonces nosotros empezamos a ser otro Cristo, “ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí” Carta a los Gálatas 2,20.

Uno no puede jugar a la vulnerabilidad uno solo, porque se cansa muy rápido. Uno dice a las ocho de la mañana: “Bueno, hoy voy a jugar a la vulnerabilidad”, a las ocho y cinco se le acabó la vulnerabilidad del día, ya uno se cansó, “yo bobo no soy, ¿creyeron que encontraron qué? Pues no, yo no voy a permitir eso”, y se le acabó a uno la vulnerabilidad. Pero hay que optar.

Las dos posibilidades son: vulnerabilidad o aislamiento. “-Ah, pues yo apuesto por el aislamiento y a ver quién pierde”, “-claro, tú apuestas por el aislamiento y entonces tu muralla hace más duro el desierto de tu hermano. Y entonces tu hermano intenta llegar a ti o intenta atacarte o intenta sacar algo de ti, y entonces tú levantas más tu muralla y él levanta más la suya, y entonces cada uno se queda encerrado en un pequeño imperio”.

Y en ese pequeño imperio hay un solo problema y es que el emperador es el mismo súbdito: “-Yo mando”, “-¿mando qué?” “-Pues yo mando sobre mí, porque no tengo más súbditos, no tengo más discípulos, no tengo más nadie”. Ese aislamiento produce frustración y produce amargura, y de esa amargura, pues, no se sale.

Claro que hay otra posibilidad, mira. Resulta que de la vulnerabilidad se puede ir hacia la dureza, ¿no? Esa es una posibilidad, pero hay otra posibilidad y es la posibilidad del Budismo y es, en vez de la vulnerabilidad, pasar a la indiferencia, o digámoslo más claramente: la insensibilidad. Esta dureza, este responder a un garrotazo con otro garrotazo, este responder “ojo por ojo y diente por diente”, este ha sido tradicionalmente el estilo occidental; y esta insensibilidad es el estilo oriental, sobre todo el estilo budista.

O sea que en el fondo uno tiene que escoger entre estas tres posibilidades: o le creo a la vulnerabilidad con una fuente interior, o me voy hacia la dureza, o me voy hacia la insensibilidad.

La insensibilidad se busca a través de ejercicios de mente en blanco: que desparezca toda aspiración de sentido y de verdad de mi mente, para que desaparezca toda percepción de dolor y de necesidad en mi corazón, ese es el Budismo, es un método muy inteligente de empezar el suicidio pronto, una carrera hacia la nada, ese es el Budismo, hay que decirlo abiertamente.

El Budismo es la apuesta por la insensibilidad, la mayor parte del paganismo es la apuesta por la venganza, el Cristianismo es la apuesta por la vulnerabilidad con una fuente interior, porque sin fuente interior no se puede.

Repito eso que me parece que es clave: el paganismo es la apuesta por la venganza, “no me dejo de nadie”, eso se llama Grecia, eso se llama Roma, esos se llaman los celtas, los druidas, “no me dejo de nadie”, esos son los germanos, esos son los mongoles, “no me dejo de nadie”, la venganza, la afirmación del yo a través de la dureza, ese es el paganismo.

La otra posibilidad es la insensibilidad típica del Budismo: sumerjo a la mente en un vacío, de modo que desparezca el apetito de la verdad, desaparecido el apetito de la verdad, desaparece la necesidad de dar un sentido al sufrimiento, y al parecer desaparece el sufrimiento mismo; y desde esa insensibilidad, entonces la vida se vuelve perfectamente tolerable cuando ya es muerte.

Hay que escoger, entonces, entre la venganza, la insensibilidad o la vulnerabilidad, y esa es una escogencia muy difícil.

Cristo muestra un camino y es el camino de la vulnerabilidad a través de la fuente interior.

Dediquemos todavía unos minutos, cambiamos esta escena. Este es el cuadro que nos ofreció el profeta Isaías, todo esto está basado en Isaías cincuenta y tres dos y los otros pasajes que hemos dicho.

Cambiemos un poco la escena y refirámonos al desierto de Cristo, el desierto de las tentaciones, ¿qué encontramos ahí y qué puede aplicarse también a nuestro caso? Hay que tener en cuenta que las tentaciones que se describen en ese pasaje del desierto, esas tentaciones no son las únicas de Cristo, es clave comprender eso, no se piense que esas fueron las únicas, pero esas tres que aparecen ahí, esas tres tienen su importancia.

Como también sabemos, ese pasaje de las tentaciones pues tiene pequeñas variaciones en los varios textos de los sinópticos que son los que cuentan ello.

Miremos, por ejemplo, la versión de San Mateo. En San Mateo se nos dice los siguiente: “El Espíritu, -el Espíritu es el Espíritu Santo, el mismo que había ungido a Cristo-, llevó a Jesús al desierto para que el diablo lo pusiera a prueba” San Mateo 4,1, no debemos olvidar ese elemento.

Las tentaciones surgen dentro de un plan, surgen dentro de un designio, surgen bajo la guía del Espíritu. En la vida de Cristo todo es así, no es simplemente el deseo, o no es simplemente la decisión del espíritu maligno.

El Espíritu Santo lleva a Jesús al desierto, y la idea es ponerlo a prueba, ¿por qué eso? Bueno, la explicación que da San Agustín es que no puede haber victoria sin batalla y no puede haber batalla sin tentación. Para que Cristo sea Cristo victorioso, tiene que vencer en la batalla, y para tener batalla, tiene que tener enemigo.

“Estuvo cuarenta días y noches sin comer, y sintió hambre. El diablo se acercó entonces a Jesús para ponerlo a prueba, y le dijo: “Si de veras eres Hijo de Dios, ordena que estas piedras se conviertan en panes” San Mateo 4,2-3.

¿Cuál es la estructura fundamental? ¿Qué es lo que nos interesa de esta tentación que aparece en el desierto? Fíjate lo que hay aquí, hay una realidad: Cristo es Hijo de Dios; hay una necesidad: hambre; y hay una solución que propone el demonio: “Si tú eres Hijo de Dios, haz que estas piedras se conviertan en panes” San Mateo 4,3.

“Jesús le contesto: “No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que salga de los labios de Dios” San Mateo 4,4. A ver, miremos más detenidamente eso, ¿qué es lo que está mal exactamente en la propuesta del demonio? Porque es evidente que Jesús tenía que tener hambre, ¿qué es lo que está realmente mal ahí? ¿Qué es lo malo? Lo malo está en el condicional: “Si de veras eres Hijo de Dios” San Mateo 4,3.

Es decir, “tu solución, la solución a tu necesidad, es lo que va a servir para demostrar si eres o no eres”. Es decir que en el fondo el demonio lo que está es poniendo un interrogante, ¿poniéndole un interrogante a qué? A la fuente interior.

¿Te cuerdas lo que dijimos? La fuente interior es la relación con el Padre, ¿y qué es lo que pretende el demonio? Ponerle un interrogan esa fuente interior: “¿Sí eres Hijo de Dios o no eres Hijo de Dios? Vamos a que verifiques si eres Hijo de Dios”, eso es lo que está haciendo el demonio, “vamos a verificar si eres Hijo de Dios”.

Es decir, la primera tentación, el primer ataque es un disparo a ese punto central de Jesucristo, su relación con el Padre: “Sí eres o no eres? Porque tal vez no eres, tal vez te lo estás imaginando todo tú; para demostrarlo, vamos a ver si se convierten esas piedras en panes” .

Quedémonos con esa primera idea: la primera o el primer elemento que aparece en las tentaciones es un disparo, ¿un disparo a qué? Un disparo a la relación con el Padre. “¿Sí eres Hijo de Dios?” Es un disparo a lo que hemos llamados “la fuente interior”.

Y por el esquema que teníamos antes, ya tú sabes lo que pasa si se pierde esa fuente interior: se acaba todo. Si tú no tienes la fuente interior, tampoco puedes ser vulnerable, y si no puedes ser vulnerable, ¿entonces qué posibilidades te quedan? La dureza o la insensibilidad. Dureza: “No me dejo de nadie, busco únicamente lo mío”; insensibilidad es: “No me importa nadie, sigo únicamente mi camino”. Fíjate lo que sucede ahí: si no se tiene la fuente interior, se pierde todo.

Y vamos a darnos cuenta que todos los ataques del demonio son ataques a la fuente interior. Es decir, por favor, recordemos y tengamos siempre claro que el demonio es muy buen psicólogo, el demonio sabe cómo estudiar muy bien a la gente.

Y él se da cuenta de que mientras este tal Jesús de Nazareth esté así, pegado, pegado a Papá Dios, que por supuesto no es Papá Dios para el demonio, pegado a Dios; mientras este Jesús de Nazareth esté pegado así a Dios, no hay nada que hacer con Él.

Luego la única posibilidad es despedazar, es destruir; él dispara sin desperdiciar un tiro, él dispara sabiendo qué es lo que quiere, y lo que quiere es destruir la relación con el Padre. Esto se llama un disparo, ¿disparo a qué? A la relación entre Cristo y el Padre, esa es la primera tentación.

Lo de que pan, hambre, piedras, eso no le importa al demonio, lo que importa es poner un interrogante, ¿qué es lo que responde Cristo? Lo que responde Cristo es: “No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que salga de los labios de Dios” San Mateo 4,4, es decir, Él se declara radicalmente dependiente de Dios.

Tampoco a Cristo parece importarle el tema del hambre, el pan, las piedras, eso no importa; la palea no era esa, el problema no es el milagro, el problema no es hacer un milagro más o un milagro menos, ese no es el problema, el problema es “¿quién eres tú, ¿tienes una relación con Dios o no? ¿Dios tiene una relación contigo o no? Tal vez no la tiene, tal vez te está imaginando todo”, es un disparo certero a destruir la fuente interior.

Segundo punto: “Luego el diablo lo llevó a la santa ciudad de Jerusalén, lo subió a la parte más alta del templo, y le dijo: “Si de veras eres Hijo de Dios, tírate abajo” San Mateo 4,5, de nuevo lo que importa no es el espectáculo. Algunos, al predicar sobre este pasaje, dicen que en el primer caso se trataba de vencer el egoísmo, en la segunda tentación vencer la vanagloria, y eso es verdad.

Pero si hilamos más delgado nos damos cuenta que todo el interés del demonio era destruir esto, “si de veras eres Hijo de Dios, tírate abajo” San Mateo 4,5, “la Escritura dice...," San Mateo 4,5 "-¿o vas a contradecir la Escritura? Se supone que tú te guías por la Escritura, ¿verdad?” Fíjate la sagacidad, fíjate la astucia, fíjate la capacidad de disparar exactamente donde quiere disparar.

“Jesús le contestó: “No pongas a prueba al Señor tu Dios” San Mateo 4,7. O sea que por segunda vez el demonio lo que pretende es dibujar un gigantesco signo de interrogación sobre la relación que Cristo tiene con el Padre, lo que quiere es destruir eso, eso es lo que le fastidia, porque sabe que mientras esa relación exista, Cristo es invencible.

Y ahora pregunto yo: ¿eso vale solo para Cristo? Eso vale para todos, esa es la fuerza nuestra, esa es la vida nuestra. Y por eso el demonio también a nosotros trata de atacarnos ahí. ¿Cómo nos ataca el demonio? ¿Cómo es este tipo de disparo con nosotros? Lo vamos a ver en un momento, por ahora terminemos la tercera tentación

“Finalmente el diablo lo llevó a un cerro muy alto, y mostrándole todos los países del mundo y la grandeza de ellos, le dijo: “Yo te daré todo esto si te arrodillas y me adoras” San Mateo 4,8-9. ¿Una vez más de qué se trata? De romper la relación con el Padre. “¿Qué estas ganando tú, que estás sacando tú de esa relación tuya con el Padre? ¿Qué estás sacando tú de tu relación con Dios? Quédate conmigo y te doy todo esto, es decir, es mejor negocio para ti separarte de Dios”.

En los tres casos lo que encontramos es que se trata de un disparo a la relación entre Cristo y el Padre. ¿Ese tipo de ataque lo utiliza el enemigo también con nosotros? Por supuesto que sí, y eso es lo que vamos a ver inmediatamente para terminar nuestra reflexión.

También nuestra fortaleza está en la relación con el Padre, también nuestra fortaleza está ahí, y ahí está nuestra fuente interior, y el demonio lo sabe.

Una cosa que me parece impresionante en los escritos de Santa Catalina de Siena, es que refiriéndose a los ángeles malos, a los ángeles perversos, dice que a los ángeles no les interesan las cosas que a nosotros nos interesan. Y refiriéndose en concreto a los pecados contra la castidad, dice: “Los ángeles sienten repulsión de algo que es ajeno a su naturaleza, no tienen apetito alguno en ese campo, -en el campo de la sexualidad o en el campo de la carne-, no tienen apetito alguno. Pero saben que, a través de eso, pueden lograr algo en nosotros”.

Fíjate, a donde ellos van, lo que están buscando, es siempre lo mismo: destruir la conexión con el Padre, siempre es lo mismo.

¿Cómo se destruye esa relación en el caso nuestro? ¿Cómo nos disparan a nosotros? Los disparos que nosotros recibimos son de cuatro clases, o por lo menos se pueden enunciar de cuatro formas, que es un modo muy nemotécnico, es muy bueno para recordarlo.

Vamos a recordar los cuatro disparos de un modo muy sencillo, un poco siguiendo una oración que tiene San Patricio en donde le pide a Dios que lo proteja completamente. Dice que “Cristo esté delante de mí y detrás de mí; que Cristo esté a mi derecha, que Cristo esté a mi izquierda.

Siguiendo ese esquema vamos a hablar de cuatro disparos. Entonces vamos a hablar aquí de arriba, abajo; delante y detrás, esos son los cuatro disparos del enemigo. El disparo que va hacia arriba es tentarnos en la arrogancia, en la soberbia, en la vanidad: “Vales mucho, sabes mucho, puedes mucho, no tienes por qué humillarte ante Dios”, ese es el disparo hacia arriba.

El disparo hacia abajo es: “No vales nada, eres un miserable, eres un incoherente; la oración que haces no vale, vives distraído, eso no te sirve, eso no tiene sentido, de hecho, has pecado tanto que ya lo único que te espera es condenación”, ese es el disparo que va hacia abajo. Usualmente el enemigo intenta combinar estos disparos, entonces un día nos sube a la arrogancia: “No me voy a dejar de nadie”, otro día nos baja a la depresión: “No valgo nada”.

¿Cuáĺ es el disparo hacia adelante? “Tu futuro es incierto, jamás podrás perseverar en lo que estás haciendo; tus buenos propósitos son de papel, son mentiras, nadie te los puede creer, jamás lograrás avanzar”. O dispara hacia atrás: “Mira el pasado que pesa sobre ti, ¿qué te hace suponer que vas a cambiar?”

¿Qué es lo que pretende con estos cuatro tipos de disparos? Llevándonos a la arrogancia o a la depresión, llevándonos a la incertidumbre sobre el futuro o a la angustia sobre el pasado, ¿qué es lo que pretende? Lo mismo que pretendía con Cristo: destruir la relación que tenemos con Papá Dios, eso es lo que quería, destruir esa relación, eso es lo que quería y eso es lo que quiere.

Pero Cristo en la Cruz, Cristo en el desierto máximo de la Cruz, tiene para dar de beber; su fuente está abierta, abierta para nosotros, para que sean lavadas nuestras culpas y para que sea alimentada nuestra sed de amor..