Catequesis sobre el desierto. Tema 1 de 5: Introducción

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Con la bondad del Señor, vamos a tener cinco catequesis sobre el desierto, esa palabra va a estar muy al centro de nuestra reflexión, va a ser algo así como el hilo conductor.

Lo que vamos a hacer en esta primera reflexión, en esta primera charla, es mirar precisamente por qué es importante el desierto, qué clase de desiertos encontramos en la Biblia, y también, cuáles son las palabras vecinas del desierto.Porque el desierto en la Biblia y en nuestra propia experiencia no está solo, sino que tiene unos acompañantes. Entonces miramos qué es el desierto, qué clase de desierto, y miramos los acompañantes del desierto. Ese es el propósito en esta primera reflexión.

Pero qué mejor que empezar por la palabra misma. La palabra desierto nos suena familiar con otras que tenemos en español. Por ejemplo, cuando un militar, cuando un soldado abandona el regimiento sin permiso, se dice que es un desertor, se dice que ha desertado. Y el verbo desertar viene de la misma raíz de desierto, desierto y desertar vienen de lo mismo. ¿Y cuál es la idea que está detrás de eso? El soldado que abandona su compañía o regimiento, ha dejado, ha abandonado, y esa es la idea principal dentro de lo que llamamos desierto.

Desierto quiere decir lo que ha sido abandonado. Y esta idea es importante porque ya incluye lo que podríamos llamar descartar. Escribamos lo que podríamos llamar el universo semántico del desierto. Hemos encontrado una palabra que es la palabra “desertar”, y encontramos otra palabra, y es que también esto es como “descartar”, y otra que hemos mencionado es “abandonar”.

Esto significa que la palabra desierto empieza como un adjetivo, desierto quiere decir lo abandonado, lo “desechado”, esa es otra palabra que también sirve aquí. Lo desertado, lo descartado, lo abandonado, lo desechado, no parece muy positivo, ciertamente.

Tierra desierta quiere decir tierra abandonada, tierra que se ha descartado, tierra que se ha desecado. ¿Y por qué se descarta una tierra? Pues pensemos en gente que tiene sus cultivos y sin embargo dice: “Esta tierra no nos sirve”.

¿Por qué se descarta o desecha la tierra? Porque es muy peligrosa, porque es estéril, porque está demasiado alejada. De nuevo, no son características muy positivas. Porque el clima es demasiado duro. Nosotros oímos hablar, por ejemplo, del desierto del Sahara, pues el desierto del Sahara se caracteriza, por supuesto, muy poca agua, muchísimo calor en el día, muchísimo frío en la noche.

Esas condiciones hacen que sea muy difícil vivir en el Sahara; entonces se descarta: “Yo allá no voy y mucho menos voy a vivir. Vivir en el desiertoes como una contradicción, porque se supone que el desierto es donde no se vive, el desierto es lo que se ha descartado.

Bueno, esa primera aproximación es un poco desalentadora, pero ya nos va introduciendo en el tema. Desierto es aquello donde uno no quiere estar, aquello que es estéril, aquello que es inhóspito, esa es la idea general. Por consiguiente, como es inhóspito, como es difícil, como uno no quiere pasar por ahí, es descartado.

Demos un paso más y preguntémonos qué clase de desiertos hay. Por supuesto que esta palabra desierto surge de una realidad muy clara, que es la de la agricultura y la de los asentamientos humanos, de ahí surge, de algo muy material, de algo muy concreto. Pero luego se puede mirar por extensión, es decir, se puede mirar de modo metafórico o simbólico que muchas otras cosas también son desierto.

Seguramente, estamos familiarizados con la expresión “desierto espiritual”, una persona puede decir: “Estoy en desierto”. Pero que no sea en primer lugar nuestra experiencia la que hable, sino que hable la Palabra de Dios.

Hay un salmo muy conocido, que es el salmo número sesenta y tres, el salmo número sesenta y tres lo toma la Iglesia los domingos de la primera semana en el Salterio, y ese salmo sesenta y tres se dice con mucha frecuencia. En la traducción de la Liturgia de Las Horas empieza diciendo: “Oh, Dios, tú eres mi Dios; por ti madrugo” Salmo 63,2, así empieza el salmo sesenta y tres. En esta traducción, que es la de “Dios Habla Hoy”, vamos a escucharlo porque aquí hay una experiencia de desierto.

“Dios mío, tú eres mi Dios; con ansias te busco, pues tengo sed de ti. Mi ser entero te desea, cual tierra árida, sedienta, sin agua. Quiero verte en tu santuario y contemplar tu poder y tu gloria. Pues tu amor vale más que la vida. Con mis labios te alabaré. Toda mi vida te bendeciré, y a ti levantaré mis manos en oración” Salmo 63,2-5.

“Quedaré muy satisfecho, como el que disfruta de un banquete delicioso, y mis labios te alabarán con alegría. Por las noches, ya acostado, te recuerdo y pienso en ti, pues tú eres quien me ayuda, soy feliz bajo tus alas” Salmo 63,6-8.

"Mi vida entera está unida a ti, tu mano derecha no me suelta. Los que tratan de matarme caerán al fondo del sepulcro, morirán a filo de espada y serán devorados por los lobos. Pero el rey se alegrará en Dios, cantarán alabanzas todos los que juran por Él, pero a los que mienten se les tapará la boca” Salmo 63,9-12.

Este es el texto completo, del cual la Liturgia de las Horas nos ofrece la mayor parte, pero ustedes ven que hay unos cuantos versículos que no aparecen en la versión usual de la Liturgia de las Horas.

Aquí también hay una experiencia de desierto, en la persona que dice esto, y el desierto se convierte en dos palabras: ansia y sed; y el desierto se convierte entonces también en un verbo: buscar, "te busco, mi alma te busca".

Inmediatamente recordamos también aquella maravillosa imagen del ciervo que corre tras las corrientes del agua: “Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío” Salmo 42,2.

Es decir que la experiencia del desierto se convierte en una experiencia de búsqueda, y la experiencia de búsqueda se convierte en una experiencia de camino. Bueno, ya esto es un poco más positivo que lo que teníamos antes, porque lo que habíamos dicho todo era negativo: desechar, abandonar, descartar, rechazar, aquí ya hay algo más positivo, aquí ya estamos hablando de una búsqueda. Y de inmediato uno piensa cuántas cosas en esta vida son desierto, precisamente porque son ansia, porque son sed y porque son búsqueda.

Hemos encontrado dos sustantivos que son muy importantes, que son la sed y el ansia; y hemos encontrado dos verbos que son muy importantes, y es el verbo buscar, y es el verbo peregrinar, avanzar, caminar.

El desierto en sí mismo es una experiencia desagradable, es un lugar de muerte, pero si tú estás vivo en un lugar de muerte, ¿qué experimentas? Ansia y experimentas sed; y si tú estás vivo en un lugar de muerte, y experimentas ansia y sed, eso lleva a que tú empieces a buscar y a que tú empieces a caminar.

Esto es importante, porque ya nos hace suponer algo sobre lo cual vamos a volver varias veces en estas catequesis sobre el desierto. Nos hace suponer que, si el desierto es el que trae la sed y trae el ansia, y si el desierto es el que nos hace buscar y nos hace caminar, uno empieza a temer algo, uno empieza a temer: “Y si no hay desierto, ¿entonces qué pasa?”

Porque si no hay desierto, probablemente tampoco hay sed; y si no hay desierto, tampoco hay deseo, tampoco hay ansia; y si no hay desierto, tampoco hay búsqueda, y tampoco hay camino.

En la Biblia, ¿qué es es lo contrario del desierto? Lo contrario del desierto es el paraíso, el paraíso es el lugar que lo tiene todo; si el desierto es el lugar al que le falta todo, entonces por eso decimos que en el Sahara no hay alimentos, no hay agua, durante el día demasiado caliente, durante la noche demasiado frío.

Si el desierto es el lugar donde falta todo, el paraíso es el lugar que lo tiene todo, que ese es el lema de un centro comercial, lo tiene todo, es el paraíso: “Venga a este centro comercial que aquí lo tenemos todo”.

Pero hay un peligro: si yo estoy en el paraíso, si lo tengo todo, ¿qué clase de sed puedo tener? Quizás no voy a tener ninguna sed, ¿y qué clase de ansia voy a tener? Probablemente no voy a tener ninguna ansia, ¿y qué clase de búsqueda voy a tener? Ninguna, ¿y qué clase de camino voy a hacer? Ninguno.

Y si uno no hace ningún camino, porque ya está demasiado bien donde se encuentra, quiere decir que el que no camina, no avanza; el que no camino y no avanza, no crece; y el que no crece, está muerto. El que no avanza, el que no se mueve, el que no camina, el que no crece, ¡está muerto! Esta es la gran paradoja que yo quisiera que nos quedara muy clara, porque es como de la esencia del desierto.

Fíjate esto, cuando hay mucha muerte alrededor, porque ¿desierto qué es? Tierra abandonada, tierra estéril, tierra difícil, tierra donde uno no quiere vivir, hay mucha muerte alrededor; cuando hay mucha muerte alrededor, eso despierta la vida por dentro, despierta la vida en forma de ansia, despierta la vida en forma de búsqueda, despierta la vida en forma de camino.

En cambio, cuando todo está demasiado vivo afuera, quizás el que está muerto es uno por dentro. Porque cuando todo está demasiado bien afuera, entonces se le acaba a uno el ansia, la sed, la búsqueda y el camino; y cuando a uno se le acaba el camino, ha llegado al final. Y el que está en su final, y el que ya no tiene ansia, y el que ya no tiene búsqueda, ¿qué le queda? No le queda nada.

La paradoja es la paradoja de la vida y de la muerte, es la paradoja de la vida cristiana, es la paradoja del Evangelio, y de esto nos habla Jesús muchas veces, por ejemplo cuando dice: “El que quiera salvar su vida, la perderá ; el que pierda su vida por mí, la encontrará” San Marcos 8,35, es la misma paradoja del desierto.

La paradoja del la vida y la muerte es lo mismo que el enorme contraste que hay entre el paraíso y la cruz. ¿El paraíso qué es? El lugar donde todo es abundante, el lugar que lo tiene todo, el lugar donde hay mucha vida, el lugar donde todo florece, pero ese lugar escondía muerte, había una serpiente, engañosa, mentirosa, ponzoñosa.

En cambio, ¿la cruz qué es? En la cruz todo parece muerte, en la cruz todo parece destrucción, en la cruz todo parece perdido, pero en el centro de la cruz hay vida. Hay una gran importancia en este descubrimiento pero yo quiero aclarar, que el hecho de que uno tenga esto claro, el hecho de que uno haya hecho este descubrimiento, no quiere decir que deje de sufrir.

La secta esa que dice: “Pare de sufrir”, lo que está diciendo es: “Te vamos a rodear de éxito, de prosperidad, todo te va a salir bien, nada te va a faltar”. Pero resulta que muchas veces hay un engaño y lo que eso tiene por dentro es muerte.

Bueno, descubrir esta paradoja, que se llama la paradoja del paraíso y la cruz, descubrir esta paradoja, le ayuda a no a entender muchas cosas del Evangelio, pero esto hay que verlo con cuidado, porque resulta que una persona también se puede rodear de muerte y estar muerto, eso también puede pasar.

Hay gente que por ejemplo sólo habla de una manera derrotista, una gente que todo lo ve negativo, como decía un amigo mío, es de ese tipo de personas que a toda solución le encuentra un problema, mientras que hay otros que cada problema le encuentran una solución, pero hay personas especialistas en encontrarle a cada solución un problema.

Y entonces parece que todo lo que les rodea es muerte, incluso a veces eso se expresa de un modo muy visible, muy físico. A veces uno ve cómo vive una persona y todo es tan dejado, sucio, desordenado, todo se le muere, eso no significa que la persona esté viva.

O sea que esto del paraíso y la cruz no es una fórmula mágica, esto no es una manera de decir: “Vivamos descuidados, desordenados, mediocres, estériles, desaseados, y verá que tenemos harta vida por dentro”, no; porque a veces puede haber mucha muerte por fuera, y muchísima muerte por dentro.

Esta no es una fórmula mágica que se aplique automáticamente. Por eso necesitamos varias catequesis, en el fondo el mensaje es este, en el fondo el mensaje es que a través de la cruz llega la vida. Pero para llegar ahí, para poder aplicar esto correctamente, necesitamos hacer un camino nosotros mismos.

¿Qué tipos de desiertos podemos encontrar? Pues si tenemos en cuanta una palabra muy importante, la palabra ansia, que la hemos tomado de la traducción de “Dios Habla Hoy”, para el salmo sesenta y tres. La palabra ansia, yo creo que es una palabra interesante, porque es vecina de otra palabra, que es la ansiedad, ansia es vecina de ansiedad. Vamos a decir una cosa sobre la diferencia entre ansia y ansiedad, y vamos a ver cómo a través del ansia descubrimos distintas clases de desierto.

¿Qué es la ansiedad? Podemos decir que la ansiedad es ansia pero sin un objetivo específico; ¿y entonces qué es el ansia? Ansia es deseo íntimo, profundo, quemante, fortísimo, es un anhelo, pero es una anhelo que prácticamente se ha asentado en lo profundo de nuestro ser.

Así como la palabra sed se refiere a una experiencia fisiológica, pero evidentemente es más que eso, así también la palabra ansia se refiere a un anhelo, pero un anhelo que envuelve todo el ser.

Ansia de felicidad: esa necesidad es como una necesidad profunda, es una urgencia, es algo esencial, es algo fundamental, es algo muy importante. Quedémonos entonces con esta definición: ansia es un deseo profundo y abarcante, un deseo que repercute en todas la áreas de mi vida.

Si, por ejemplo, hay algo de hambre, pues eso no es propiamente ansia; ansia se suele remitir a aquellas realidades que son más permanentes, que son más profundas, uno puede sentir ansia de verdad, de felicidad, de la paz, es un deseo profundo y abarcante, es algo que involucra, de alguna manera no sólo una etapa de mi vida, sino que cubre las distintas etapas de mi vida, ese es el ansia.

Pero fíjate que el ansia tiene un objetivo determinado, ansia es un deseo profundo y abarcante con un objetivo determinado. En cambio, ¿qué es lo grave y lo enfermizo de la ansiedad? Que la ansiedad es un deseo muy grande pero sin un objetivo.

Y ahí es de donde decimos en Colombia que la persona “no se halla”, “es que no se halla”, ¿no se halla qué quiere decir? Que se mueve pero no va, que se inquieta pero no avanza, no tiene un objetivo. Porque cuando una persona tiene un objetivo, se mueve hacia ese objetivo; pero tener un ansia sin un objetivo, eso es ansiedad.

El ansia puede ser positiva; por supuesto que todo deseo depende de lo que uno esté deseando, si uno tiene un deseo que es incorrecto, que es perverso, que es impuro, pues eso va a hacer daño; pero si uno tiene un deseo bueno, eso va a hacer bien.

Si la persona tiene ansia de verdad, o si tiene ansia de libertad, de verdadera libertad, ansia de la paz, eso le va a hacer bien. El ansia es como un motor, los anhelos profundos lo ponen a uno en movimiento; en cambio la ansiedad es un desgaste sin movimiento, la ansiedad destruye, consume a la persona sin producir ningún fruto, eso es ansiedad.

Bueno, ahora que tenemos la diferencia entre ansia y ansiedad, nos damos cuenta de qué es lo que sirve para clasificar los desiertos.

Si una persona, por ejemplo, tiene un ansia profunda de paz, pero se encuentra en una situación de conflicto, se encuentra en un ambiente problemático, conflictivo, como dice la gente, “un ambiente muy pesado”, esa persona seguramente experimenta un desierto, ¿por qué? Porque su deseo, que es un deseo de paz, no se puede realizar dentro del ambiente en el que se encuentra.

Con esto llegamos a un principio muy importante, y es que todo deseo engendra su desierto. El deseo de la verdad, por ejemplo, pues hace que cuando la persona está rodeada de mentiras o está envuelta en la maraña de sus propias mentiras, experimente desierto.

El deseo de la amistad y de la cercanía de Dios produce un desierto espiritual. Si lo que yo anhelo es experimentar la presencia del Señor, si lo que yo anhelo es estar en su compañía, pero no lo puedo lograr, o no lo siento, o no lo descubro, ¿entonces qué digo? “Estoy en desierto”. ¿Qué es lo que hace que yo me sienta en desierto? Que tengo un deseo, un deseo muy grande, un deseo profundo, y ese deseo no se puede cumplir.

Todo deseo engendra su desierto. Esa frase nos sirve por lo siguiente. ¿Cuál es el peligro, pero también cuál es la luz que nos trae esta frase? Que entonces el estudio del desierto tiene que ver con el estudio del deseo. Desierto y deseo están profundamente relacionados, porque dependiendo de cuál sea tu deseo, así serán tus desiertos.

Por ejemplo, supongamos que una persona ama el comercio, le fascina vender, diseñar sus negocios, buscar nuevas estrategias, es un comerciante nato, es una persona a la que le fascina el proceso de la venta, es una de esas personas agradables, simpáticas, que cuando reciben un no, lo miran más bien como un estímulo.

Hay un dicho que utilizan los comerciantes en Estados Unidos y que traducido dice: “La venta empieza cuando el cliente dice “no”. Muchos de nosotros nos desalentamos frente a la palabra “no”: -Mira, que te vendo este marcador”. “-No me interesa”. “-Ya”. Es decir, la mayor parte de nosotros frente a un “no” nos desanimamos.

Pero hay personas que casi les fascina el “no”: “-Te vendo este marcador”. “-No me interesa”. “-Pero es el marcador que necesitas y te lo estoy dejando a muy buen precio”. “-¿Y yo por qué necesito eso?. “-Hombre, porque a través de esto...”, y es la emoción de vencer.

Así como un general disfruta, hasta cierto punto, la guerra, y en la guerra se siente más general que nunca, pues ser general en un cuartel en paz, pues no es lo más emocionante del mundo para un militar; pero en cambio ser general en el combate, diseñar las estrategias, las fuerzas, lo recursos, los ataques, todo eso llega a convertirse en algo emocionante y en algo satisfactorio.

Pero sigamos nuestra historia. Este es un comerciante que le fascina vender, es decir, vencer la resistencia del cliente, hacer un buen negocio, lograr una buena ganancia, eso le llena de satisfacción.

Ahora supongamos que este hombre está de paseo con su familia. Está de paseo con su familia y van a una isla hermosísima, con unas playas bellísimas, un lugar muy tranquilo, gente acogedora, buen descanso, buen sol, buen mar, pero ningún negocio.

Entonces este hombre llega a allá, y entonces se despierta su ansia, pero como no tiene a quien dirigir, porque no tiene mucho que venderle ni a los cangrejos, ni a las piedras, ni a las olas, entonces empieza a sentir ansiedad.

Su ansia de vender no tiene a quien dirigirse, entonces el ansia se vuelve ansiedad, la persona no disfruta sus vacaciones preciosas en ese lugar hermosísimo, porque su deseo particular no logra cumplirse.

Todo deseo engendra su desierto. La relación que hay entre el deseo y el desierto es sin embrago muy interesante, porque luego resulta que el desierto transforma el deseo.

Es verdad que los deseos engendran desiertos, pero también es verdad que los desiertos transforman los deseos. Vamos a ver cómo sucede esto y la importancia que tiene dentro del camino de la Sagrada Escritura.

Miremos qué va desde el deseo al desierto, y luego quá va del desierto al deseo. Del deseo al desierto. El deseo, -estamos hablando sobre todo de los deseos profundos, quemantes, abarcantes-, el deseo engendra su desierto porque la vida humana nuestra es una vida llena de limitaciones, es decir, nosotros somos finitos.

Dice el Génesis, refiriéndose a la creación: “Y Dios dijo, y así fue” Génesis 1,6-24, en un salmo nos encontramos también esta expresión: “Dios lo dijo, y existió” Salmo 33,9, “Él mandó, y surgió”.

Y uno quisiera ser Dios, no para hacerle el bien a mucha gente, sino para que se cumpliera eso, que mis deseos fueran órdenes: “Yo lo deseo, y se cumple”, uno quisiera ser Dios, pero no el Dios verdadero, sino uno quisiera ser un Dios falso, que tiene todo el poder, pero muy poquito del amor y de la sabiduría.

En Dios están las tres cosas: el poder, el amor y la sabiduría, que se asocian con el Padre, el Espíritu Santo y el Hijo; si lo decimos en el orden tradicional, en Dios está el poder, la sabiduría y el amor: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Pero uno quisiera a veces tener el poder, pero no tiene ni el amor ni la sabiduría. Como nosotros no podemos ser Dios, sobre todo no podemos ser ese Dios falso, entonces muchos de nuestros deseos quedan insatisfechos.

Y este es de los aprendizajes más importantes en la infancia: el niño que acaba de descubrir el sabor dulce, -por lo menos esto les sucede a muchos niños-, quisiera comer dulces a toda hora, entonces corresponde a los papás llevar al niño a su primer desiertico, su primer desiertico es: “-No puedes comer dulce ahora”. “-Pero yo quiero”. “-Pero no puedes; ahora no se come dulce”.

Ese enfrentarse con el “no”, ese enfrentarse con una realidad que no responde a mi deseo, eso es lo que llamamos “el deseo engendra el desierto”. Si el niño dejara de desear, pues no tendría el desierto, este es el principio fundamental del budismo; para el budismo la solución al problema del deseo es que desaparezca el deseo, y de una vez que desaparezca el que desea.

Es decir, el budismo es un avance sistemático hacia la nada, un avance sistemático hacia la muerte, eso es el budismo.

Entonces vemos que el deseo engendra el desierto, ¿y por qué el deseo engendra al desierto? Lo engendra por nuestra limitación de criaturas, porque somos limitados, porque nuestra realidad no responde a lo que uno quisiera.

Porque lo que uno quisiera es que las cosas siempre fueran según los deseos de uno, pero como la realidad es desobediente, la realidad no sigue lo que uno quiere, entonces uno se enfrenta con el “no”, se enfrenta con la negación, se enfrenta con la resistencia, se enfrenta con la contradicción.

Y cuando a uno le toca enfrentarse con la contradicción y con la resistencia, entonces uno experimenta el desierto. Podemos decir que lo que nos hace pasar del deseo al desierto es finalmente que hay una contradicción, la contradicción.

Bueno, ¿y cómo pasa uno del desierto al deseo? O mejor, ¿qué relación hay entre el desierto y el deseo? Pues eso se llama purificación. Esas dos palabras son útiles porque las contradicciones hacen que uno pase del deseo al desierto:”Pero es que yo quiero”. “No”. El “no”, la contradicción me obliga a llegar al desierto.

Pero luego el desierto purifica el deseo. Sigamos con el caso del niño. El niño pasa por el “no”, el “no” es: “No más dulces, no más”, ese es el primer desierto que experimenta el niño: “No puedo comer lo que yo quiera ni cuando yo quiera; no puedo dormir a todas horas; no puedo jugar a todas horas; no puedo orinarme en cualquier parte; no puedo reírme de cualquiera; no puedo comer como a mí me gustaría comer, porque a mí me gustaría comer y tirarme la comida por la cara y luego refregar la cara en el plato, pero yo no puedo comer así”.

Entonces la contradicción me lleva al desierto, pero luego el desierto cambia al deseo por vía de purificación. Y esta es una cosa muy importante, muy interesante; porque en este círculo entre deseo y desierto, en este círculo de contradicción y purificación, está la educación.

Es decir, si este proceso se vive de manera constructiva, aquí se educa a un ser humano, entonces después de unos cuantos años ese niño pues ya tiene otra edad, ya no es un niño, ya tiene diecinueve, veinte, veinticinco años, vamos a suponer que ese “no” se lo dijeron cuando tenía cinco años y ahora tiene veinticinco, han pasado veinte años.

Pero en esos veinte años ha habido este proceso de contradicción y purificación, y en el proceso de contradicción y purificación el niño ha aprendido, entonces el niño ya no come cualquier cosa, sobre todo si es uno de los jóvenes de nuestro tiempo, muchísimos jóvenes hoy se cuidan mucho en la alimentación, ¿por qué? Porque quieren tener una figura esbelta, quieren tener una figura agradable, porque quieren sentirse bien, y entonces no comen cualquier cosa.

El proceso de contradicción ha llevado a un proceso de purificación, aún más: llega el punto en el que la persona se ha educado tanto, que su mismo deseo cambia, ya no es que se esté muriendo a todas horas: “Ay, yo me moriría por un dulce, un dulce, un dulce”, no, ya no se muere por ese dulce, su deseo ha cambiado, su deseo se ha educado.

Es decir que hay un proceso que se vive aquí, un proceso de contradicción y purificación, y ese proceso hace que la persona crezca. Este es el motor, ¿te acuerdas que habíamos dicho antes que el desierto nos pone en camino? El motor es este: a través de la purificación del deseo, cambia.

Por eso se compara también al desierto con un horno, y se dice que es como un horno donde se acrisola el fuego, en ese horno somos purificados, en ese horno cambian nuestras maneras de valorar las cosas.

Casi siempre cuando una persona ha pasado por una experiencia traumática, y a veces son experiencias muy traumáticas como puede ser un secuestro, la persona cambia, lo que antes le parecía importantísimo, y por lo que se desvivía, y donde tenía sus anhelos, ya no.

Una persona, por ejemplo, que le fascinaban, qué sé yo, las joyas y los adornos, y la decoración, y la vanidad, después de pasar por una experiencia muy fuerte, seguramente ya no tiene esa clase de deseos: ha aprendido a valorar otras cosas, se ha dado una purificación, se ha dado un crecimiento a través de este motor fantástico que es el motor criatura-providencia.

Porque fíjate que la contradicción surge porque yo soy criatura, y la purificación surge porque Dios es providente. Entonces, a través de la experiencia de mi condición de criatura y de la providencia de Dios, crezco, mi deseo cambia, y en ese cambio está el crecimiento.

Hay otra cosa que quisiera decir sobre este motor, y es que como muchos otros motores también éste se puede dañar, este motor se puede dañar, ¿cómo se daña? Fíjate que la parte crucial del funcionamiento de este motor está ahí, en la purificación, ahí es donde está lo central.

Porque hay personas que experimentan contradicción y entonces pasan por el desierto, pero en vez de seguir el camino de la purificación del deseo, toman otro camino, y ese otro camino es el camino de la rebeldía, y la rebeldía es la corrupción del deseo.

Si la experiencia de un Dios providente me lleva a purificar el deseo, la experiencia de la rebeldía me lleva a corromper el deseo. Entonces, es lamentable pero puede suceder, que la rebeldía ante la purificación me lleve a la corrupción de deseo.

Por ejemplo, me gusta el dinero, me gusta mucho tener dinero, pero la vida me contradice, resulta que ninguno de mis vecinos me trae millones, lo normal sería que ellos llegaran a mi casa con maletas de dinero, pero nunca llegan esas maletas, la vida no me da dinero fácilmente, entonces yo experimento dificultad, experimento privaciones, experimento precariedad.

Y pueden pasar dos cosas: yo puedo seguir un camino de purificación del deseo de varias maneras. Por ejemplo, puedo pensar: “Hombre, no todo es dinero en la vida”, esa es una purificación del deseo. Descubro por ejemplo que los valores familiares, que el valor de la amistad, que el valor de la espiritualidad es mayor que el valor del dinero, esa es una purificación del deseo.

O también otro camino de purificación: descubro que sí es lícito tener dinero, pero que para tener dinero hay que trabajarlo y no simplemente esperara que lleguen las maletas de plata a la puerta de mi casa. Y entonces esa purificación del deseo hace que yo sea una persona más trabajadora, más industriosa, más ahorrativa, tal vez. Esos son caminos de purificación que surgen de ese desierto.

Pero cuidado que puede pasar otra cosa: yo puedo decir: “La vida no me da el dinero que yo quiero, entonces yo lo voy a conseguir como yo quiera”, y entonces viene una corrupción del deseo, y esa corrupción del deseo lleva a una palabra horrenda que es la palabra rebeldía.

Y esa rebeldía que anida en el corazón, entonces va quitando los límites de la conciencia, va quitando los límites de la razón, va quitando los límites de la compasión, va rompiendo los límites de la solidaridad. Y entonces yo digo: “Mire, si yo secuestro a cualquiera de esos desgraciados que tienen miles de millones, me llegan las maletas de plata, entonces yo voy a secuestrar”, eso se llama corrupción del deseo.

Fíjate que aquí está descrito en cierto modo el drama humano, en palabras muy sencillas. “Tengo unos deseos, esos deseos se enfrentan con la realidad de la vida.... Sigmund Freud, a quien no lo recomiendo en general, pero que indudablemente tiene sus observaciones acertadas, llamaba a esto “el principio de realidad”.

La vida me niega cosas, “yo quiero tener un millón de amigos”, decía Roberto Carlos en su canción, yo quiero tener un millón de amigos pero me encuentro con que tengo en Facebook únicamente cinco mil, no se puede tener más amigos en Facebook. O tal vez yo quiero tener un millón de amigos y me encuentro con un millón de hipócritas, me decepciono de la amistad, me decepciono del ser humano, digo: “No se puede creer en nadie”, entonces experimento desierto, entonces yo digo: “¿De qué sirve tratar de ser bueno? ¡De nada!”

Ahí pueden pasar dos cosas: puedo seguir el camino de la purificación, que es un camino de ascenso, y entonces mi deseo cambia; o puedo seguir un camnino de corrupción y entonces digo: “Pues si todos son hipócritas, y si todos son egoístas, y si todos son arrogantes, ¿yo por qué no? Yo puedo ganarles en eso, yo puedo ser más arrogante que cualquiera, yo puedo ser más violento que cualquiera, yo puedo ser el gran experto en egoísmo en esta tierra”, y entonces sigo el camino de la rebeldía.

Pero el camino de la rebeldía me ha desconectado de las dos fuentes de mi motor, acuérdate que mi motor tiene dos fuentes, una fuente que se llama mi condición de criatura, mi creaturalidad, y otra fuente que se llama la experiencia de la Providencia divina.

En cambio, el que va en el camino de la rebeldía no tiene ninguna de esas dos, no tiene ni experiencia de sus límites, de su creaturalidad, y entonces abusa de sí mismo, de sus capacidades, de sus amigos, de sus recursos; y no tiene experiencia de la Providencia de Dios, o mejor dicho, la pierde de vista, y cuando pierde de vista a experiencia de la Providencia divina, ¿qué le sucede a la persona? Pues que se siente aislado y se declara a sí mismo Dios.

Uno ve que esta es una espiral que no acaba nunca, es decir, este es exactamente el camino de la muerte, este es el camino de Satanás, éste.

Entonces la persona entra en desierto y puede tomar el camino de la purificación. Por ejemplo, yo quiero tener un millón de amigos y me encontré con un millón de hipócritas, y entonces tomo el camino de la purificación, y el camino de la purificación puede ser algo tan bello como Jesús.

¿Porque Jesús acaso no sedaba cuenta de cómo era la gente? Jesús se daba cuenta de las mentiras de las personas, Jesús se daba cuenta de la falsedad, de la inconsistencia, de la mediocridad, Jesús se daba cuenta de las idolatrías que muchas veces escondemos, incluso cuando parece que somos piadosos y religiosos.

Jesús se daba cuenta de todo ello. Pero el amor de Jesús nos invita a crecer en el deseo, el amor de Jesús nos invita a amar de otra forma. Y resulta que ese amor de Jesús, ese amor transformante de Jesús, ese amor generoso de Jesús, produce unos frutos que no produce ningún otro amor.

Entonces toma al humilde pescador de Galilea, y lo convierte en un gran predicador y en el primer Papa; toma a un perseguidor agresivo y violento como San Pablo, que no era santo en esa época, y lo transforma en el maestro de las naciones que nosotros conocemos.

Cuando uno ve lo que significa el amor de cristo, cuando uno ve cómo ama Jesús, entonces es posible que uno diga: “El ser humano falla, el ser humano decepciona, el ser humano es pecador, pero Dios ha enviado a su Hijo, y yo quiero unirme a la causa de Jesús, y yo quiero vivir como Jesús, y yo quiero vivir en Jesús”.

Y cuando se toma esa clase de decisión, ¿qué sucede? Sucede algo maravilloso: yo empiezo a experimentar que ese mismo amor que obró en Cristo también obra en mí y a través de mí, ¿qué camino seguí? Purificación.

Y tú puedes tomar la historia de dos personas, dos personas que tenían el mismo deseo: “Quiero tener un millón de amigos”, dos personas que sin embargo acaban en dos destinos muy distintos. Uno siguió el camio de la purificación, y se volvió Francisco de Sales; tomó el camino de la purificación, y se volvió San Maximiliano María Kolbe; tomó el camino de la purificación, y se llama San Martín de Porres; tomó el camino de la purificación, y se llama Madre Teresa de Calcuta.

Otros tomaron el camino de la corrupción, su deseo se corrompió, se encerraron en ellos mismos, quisieron hacer un imperio únicamente para honor de sí mismos, y esos, -lamentablemente también tenemos muchos nombres-, ya sabemos lo que han producido: muerte para los demás y muerte para sí mismos.

Estos son los tipos de desierto que hay; casi más importante que decir, desierto afectivo, desierto intelectual, desierto espiritual, lo que más interesa es si estás en un desierto de purificación, o estás en un desierto de corrupción, es es lo que más importa.

Y por consiguiente, lo que más importa está en tres cosas: cómo son tus deseos, qué pasa cuando la vida te contradice tus deseos, y qué tan bueno eres para recibirle enseñanzas a la vida, ahí está todo.Cómo son tus deseos, qué pasa contigo cuando las cosas no salen como tú querías y qué tan capaz eres de modificar, de transformar tus deseos, de purificarlos, de levantarlos, en eso se juega buena parte de la vida humana.

Pidamos al Señor que nuestros deseos, a través de este proceso educativo de contradicción y de purificación, cada vez se acerquen más a los deseos de Él. Porque acuérdate la queja que nos dice Dios por el profeta Isaías: “Mis caminos no son vuestros caminos, mis planes no son vuestros planes” Isaías 55,8.

Pero esta es la maravillosa secuencia, que si la aceptamos y vivimos en el poder del Espíritu de amor que nos enseña, que nos educa y que nos transforma, indudablemente nos acerca al plan de Dios.

En nuestras siguientes catequesis sobre el desierto, tendremos que referirnos a la experiencia del pueblo de Dios y luego, por supuesto, a la experiencia de la Cruz.,,