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Fecha: 20010527

Titulo: En la Ascension del Senor contemplamos su hermosura

Original en audio: 32 min. 38 seg.


Excelentísimo Monseñor Edmundo, cariñosamente saludado en esta ciudad de la Paz, como el pastor que Dios ha querido poner al frente de esta porción de su pueblo.

Queridos hermanos todos, especialmente aquellos que han tenido una experiencia de la Renovación Carismática Católica. Estamos celebrando en el seno de la Iglesia el beso grande, la majestad que irradia Cristo en su ascensión a los cielos.

Este es un misterio que contemplamos con frecuencia, en el Santo Rosario ocupa el segundo de los misterios gloriosos.

La palabra misterio en la Sagrada Escritura no significa lo que está escondido, no significa lo que está prohibido, sino que significa aquello que es profundo, aquello que es fecundo, aquello que siempre tiene algo más que decirnos.

Podemos decir que un misterio se parece a un manantial, se parece a una fuente que siempre nos brinda nueva frescura, nueva vida, así son los misterios que celebramos con alegría en la iglesia.

El misterio de la Eucaristía, por ejemplo, no es algo que esté prohibido, no es algo que esté escondido, está ante nuestro ojos, está en nuestras manos, está en nuestra boca, llega a nuestro corazón.

Pero, ¿quién podrá decir que ha agotado el misterio de la Eucaristía? Nadie, porque es una fuente de verdad, de amor, de ternura, de gloria que nunca se termina. Los misterios que nosotros celebramos son fuentes inagotables de verdad, de luz y de amor. Y hoy estamos ante el misterio de la Ascensión del Señor.

¿Qué hay que hacer con los misterios? Admirar, contemplar, celebrar, recibir y predicar. Un misterio, precisamente porque es esa fuente inagotable, siempre despierta en nosotros la admiración, y nunca Cristo resultó tan admirable a sus discípulos como el día de la Ascensión, los discípulos se sintieron arrobados, fascinados por la majestad de Jesucristo.

Cristo, nacido de la Santa Virgen María, podemos decir que ocultó en la humildad de nuestra carne, en la mansedumbre de su rostro, en la compasión para los pobres y los pecadores, ocultó, en cierto modo, su hermosura; hubo un momento, el día de la transfiguración, en que dejó ver un poquito de esa belleza, ante unos testigos escogidos.

En Cristo reside la belleza, en Él está la hermosura, y Él, el día de la Ascensión, esa belleza de Cristo se irradia, se expande y nuestros ojos se quedan fascinados, arrobados, admirados por Cristo.

Qué importante es la belleza, no me cansaré de decirlo, la belleza es importante por esto, porque las razones, las ideas tienen poder sobre la mente, sobre la cabeza, pero la belleza tiene poder sobre el corazón, y entre el corazón y la cabeza va primero el corazón, y la prueba está en que resulta muy fácil encontrar razones para justificar aquello que amamos y nos resulta muy difícil ir en contra de aquello que amamos.

Una gran santa del siglo XIV, Santa Catalina de Siena, decía: “Así como los pies llevan el cuerpo, el afecto lleva al alma”. La dirección de nuestra vida es la dirección de nuestros afectos, allí donde nos lleve el amor, allí iremos.

El amor tiene un gran poder en nosotros, y la belleza es el despertador del amor, sea la belleza física, sea la belleza de una amistad, sea la belleza de una palabra, sea la belleza de la santidad.

En Cristo Jesús reside toda la belleza, en Él está toda la hermosura, pero esa hermosura había estado como escondida en la humildad de la carne que Él asumió por amor a nosotros, y por eso, nosotros no conocíamos la hermosura de Cristo.

Además, cuando llegó el final de su vida, llevado hasta la Cruz, fue desfigurado, el profeta Isaías nos dice: “Tan desfigurado que ni siquiera parecía humano” Isaías 52,14.

La belleza de Cristo quedó profundamente escondida en la hora de la Cruz, pero cuando llega el esplendor de la Resurrección, toda esa hermosura aparece; y en el día de la Ascensión, en este día, celebramos la belleza de Cristo; hoy es el día para enamorarnos de la hermosura de Cristo.

Hay una palabra muy linda, que es la palabra contemplación, la contemplación es la mirada sostenida, amorosa en algo que se roba nuestro corazón; el día de la Ascensión de Cristo, este día, es el día para la contemplación, el día para gozarnos adorando la hermosura de Cristo.

¿Qué fruto se saca de ahí? El fruto que nace de la belleza. Si un hombre casado se deja enamorar de la belleza de una mujer que no es su esposa, seguramente va a acabar mal, va a ser infiel; pero, así como hay una belleza que puede conducirnos hacia el pecado, también hay una belleza, la belleza de Cristo, que nos lleva hacia Dios.

Nos dice la Carta a los Hebreos: “Acerquémonos con un corazón sincero y llenos de fe, limpios nuestros corazones y lavados nuestros cuerpos con agua pura” Carta a los Hebreos 10,22; acerquémonos, Cristo, con la hermosura, con la pureza, con la luz de su cuerpo a todos nos invita: “Acércate a mí”.

Dice San Agustín: “Cuando vino al mundo, no dejó al Padre; cuando vuelve al cielo, no nos deja a nosotros”. Cristo, en su Asención, no nos está abandonando; Cristo, en su Ascensión, nos está abriendo el camino, nos está abriendo la ruta y está consiguiendo para nosotros la fuerza, la gracia, el amor, la vida del espíritu.

Cristo, que asciende a los cielos, no nos está diciendo: “Me voy de ustedes”, sino nos está diciendo: “Vengan a mí, acerquémonos".

La Ascensión, hermanos, es la fiesta de la contemplación de Cristo, y es la fiesta de la esperanza en Cristo.

Admiración, porque en Él aparece toda la belleza que llena nuestro corazón de gozo y que nos hace adorarlo con acción de gracias; pero también, esperanza, es lo que dice la oración que hacíamos al comienzo de la Santa Misa, la Oración Colecta: “Que todos nosotros, que somos el cuerpo de Cristo, podamos estar allí donde ya entró nuestra Cabeza".

Así como la cabeza no puede separarse del cuerpo, así también nosotros sabemos, y esto es tan bello, que el destino de Cristo, ese es nuestro destino; allí donde va Él, allí iremos nosotros; y Cristo mismo lo dijo, en esa Última Cena dijo a sus discípulos, a sus amigos entrañables: “Me voy a prepararles un lugar” San Juan 14,2.

¡Cómo es de lindo eso! ¡Cuánta esperanza trae al corazón humano, que oa veces sufre atribulado y no sabe cuánto vale ante Dios! “Me voy a prepararles un lugar” San Juan 14,2. Hay un lugar en el cielo que ya tiene mi nombre, hay un lugar en el cielo que ya tiene tu nombre.

Los pensadores ateos, los pensadores y filósofos enemigos de la fe, han conducido a la especie humana a desesperar de su destino. ¿Qué puede decirnos uno ateo como Jean Paul Sartre, el existencialista? ¿Qué puede decirnos un ateo como Friedrich Nietzsche o como Arthur Schopenhauer?

¿Qué puede decir del destino humano? Sólo puede decir: “Te espera la nada”, te espera el absurdo. La muerte, como un monstruo con la boca abierta, un día te va a devorar”, eso es lo que puede decir la mente humana, es lo único que puede decir la mente humana cuando se aparta de Dios.

Qué distinto y qué bello lo que nos dice la fiesta de hoy: Cristo, envuelto en la nube de la gloria divina nos está diciendo: “Esto es lo que a ti te espera, esto es lo que a ti te aguarda, para ti es este cielo”.

Así como nosotros le dimos nuestra miseria, y Él se vistió de nuestra miseria en la Cruz, así también, por mérito de la Cruz, Él nos da su misericordia y nos viste de su misericordia; Él quedó vestido de nuestras llagas y nosotros quedamos vestidos de su gloria, porque así nos amó, porque hasta allá llega el amor.

Los filósofos ateos y enemigos de la Iglesia, sólo pueden predicar el suicidio, la náusea, la desesperación, y por consiguiente, la rapacidad de unos hombres contra otros.

Cuando entendemos que Cristo prepara para nosotros un lugar, cuando entendemos cuál es nuestro destino, cuando entendemos que en la casa de Dios hay lugar para todos, se hace posible la unidad en la caridad, en esta tierra, y la unidad en la alabanza, en los cielos.

El ser humano, que se siente desesperado por su destino, se convierte en un lobo para el hombre; el ser humano, que sabe que Cristo le está preparando un lugar, se convierte en un amigo, en un hermano para su hermano.

La fiesta de la Ascensión es por eso, el comienzo de la unidad, y por eso en varios lugares se acostumbra celebrar la semana de oración por la unidad de los cristianos, empezando precisamente en la Ascensión. Efectivamente, cuando miramos juntos a Cristo, nuestras miradas se encuentran, un solo amor nos invade, empezamos a ser uno solo.

Cristo mismo había dicho: “Cuando yo sea levantado, atraeré a todos hacia mí” San Juan 12,32, y eso se cumplió en la Cruz, en primer lugar, y se cumple también en la Ascensión. Cristo levantado a los cielos atrae todos los corazones, fascina a todos los ojos, llena de su amor y de su gloria a todos los corazones.

Por eso el Evangelio que hemos escuchado termina diciendo: “Los discípulos, después de adorarlo, regresaron a Jerusalén llenos de gozo y estaban siempre en el templo alabando a Dios” San Lucas 24,52.

Un solo amor los volvió una sola oración; y un solo amor, con una sola oración, hizo de ellos un solo pueblo, un solo corazón, así pudieron permanecer unidos en oración, esperando un solo Espíritu, el Espíritu que llegó el día de Pentecostés.

Hermanos, esta es la fiesta de la contemplación, la fiesta de la hermosura de Cristo, la fiesta de la admiración, la fiesta de la esperanza, la fiesta de la unidad en la plegaria, y, también, es la fiesta del compromiso cristiano.

Así nos lo recuerda la primera lectura: “Como permanecían con la mirada puesta en el cielo, se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco”, -sin duda dos ángeles-, y les dijeron: ¿Qué hacéis ahí mirando al cielo?” Hechos de los Apóstoles 1,10-11.

No necesariamente es un reproche, muchas veces una pregunta ayuda a encontrar la motivación profunda del corazón. Este mismo Jesús que les ha sido llevado, fue elevado a lo alto del cielo y volverá.

Entre este día hermosísimo de la Ascensión y el día sin par del retorno; entre el ascenso de Cristo y su venida en gloria para juzgar a vivos y muertos, hay un tiempo que ya va como por dos mil años.

Ese tiempo no es para que nos quedemos ociosos, ese tiempo es para llevar la noticia, para hacer que otros se fascinen por Cristo, para hacer que otros, junto con nosotros, admiren a Cristo, se enamoren de la hermosura de Cristo, canten con nosotros la gloria de Cristo, se sientan felices, porque su destino no es un dragón que devora las vidas, no es la nada, no es la muerte, su destino, el de ellos y el de nosotros, está junto a Cristo en los cielos.

Esta fiesta, que es fiesta de admiración, fiesta de esperanza, es fiesta también de compromiso; Cristo dijo a los Apóstoles, a ellos solos: “Me voy a prepararles un lugar” San Juan 14,2.

Pero los Apóstoles entendieron que ese lugar, que no es otro sino el cielo, ese lugar no tenía solamente doce habitaciones, “en la casa de mi Padre hay muchas moradas” San Juan 14,2.

Aunque Cristo les había hablado solamente a ellos, ellos entendieron, y entendieron bien, que había muchas otras habitaciones, y hay que ir a buscar los dueños de esas habitaciones, los dueños de esas otras habitaciones.

Así como seguramente, hay una habitación que tiene tu nombre, tal vez a tu lado en los cielos, está la habitación de otro que todavía no ha oído hablar de Cristo, o que no cree en Cristo, o que no está enamorado, fascinado de la belleza de Cristo.

Necesitamos apresurarnos, hay que ir a contarle a ese hombre, que tal vez no lo sabe, que Cristo ya le está preparando su pieza, su habitación; hay que ir a decirle al que está triste, al que está solo, al que está cansado, al que está enfermo, al que está desesperado, hay que ir a decirle: “Ya no llores más; Cristo, con sus propias manos, ha hecho casa para ti y para mi en el cielo, y mucho me parece que ya hay una habitación que tiene tu nombre, ya no te hagas más daño".

Es tan hermoso, en el capítulo XVI de los Hechos de los Apóstoles, aquella escena cuando Pablo y Silas están encarcelados, un terremoto sacude la cárcel, se abren las cadenas, Pablo y Silas quedan libres, ya se podían ir.

Pero Pablo ve que el carcelero ha a sacado la espada para suicidarse, y Pablo no piensa solamente en salvar su pellejo, sabe que Dios tiene una promesa que es también para ese carcelero, y le dice a gritos: “¡No te hagas daño!” Hechos de los Apóstoles 16,28, pensando para sí mismo Pablo: "La promesa es también para ese carcelero".

Eso es evangelizar, evangelizar es encontrar al que está pequeño, disminuido, acomplejado, entristecido, y decirle: "¡No te hagas daño! No te hagas daño con tu vicio, con tu resentimiento, con tu indiferencia, no te hagas daño con tu odio, con tu afán de venganza, con tu envidia, ¡ya nono te hagas daño!” Cristo, con sus propias manos, se ha ido para prepararte un lugar”.

Acerquémonos, como dice la Carta a los Hebreos, “acerquémonos a Él con corazón sincero y llenos de fe” Carta a los Hebreos 10,22.

Hermanos, ¡qué fiesta tan hermosa, qué día tan grande y qué alegría que estemos aquí! Esta catedral tan hermosa, llena de encanto, llena de aroma de incienso que representa las oraciones de los santos, dice el Apocalipsis; pero sobre todo llena de ustedes, llena de corazones creyentes; esta catedral, presidida por el pastor que Dios nos dio, es una pequeña imagen, es una hermosa imagen del cielo.

Cada vez que nos acercamos al altar para comulgar de Cristo, tenemos una anticipación del cielo, ese cielo que nos anunció Cristo en su Ascensión, porque, el Cristo que nos va a recibir en el cielo, es el mismo Cristo que comulgamos aquí en la tierra.

Esta catedral amplia y bella donde todos cabemos, y cuánta gente no vino, cuánto espacio había para más personas.

Esta catedral es el resumen de la predicación de hoy, para que admiremos la belleza de Cristo, para que nos unamos en oración y para que entendamos que todavía hay mucho lugar para que vengan muchos otros, porque Cristo quiere que así como en su Corazón todos caben, en el cielo todos estemos por los siglos eternos bendiciendo su amor y su misericordia.

Amén.