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Fecha: 19980524

Título: Con la ascension de Cristo los Apostoles se constituyen en testigos que anuncian el Evangelio

Original en audio: 11 min. 34 seg.


Queridos Amigos:

Celebramos con toda la Iglesia el misterio de la solemnidad de la Ascensión del Señor. Litúrgicamente, está celebración se encuentra entre el gozo de la Resurrección de Cristo, el día de Pascua, y el gozo del día de Pentecostés, que ya está próximo, lo celebraremos la próxima semana.

Entre Pascua y Pentecostés, entre dos alegrías, esta solemnidad. Y podemos decir que cada solemnidad tiene como su propia gracia, tiene su propio alimento para nosotros. Hago una comparación: así como en una bandeja, uno es el alimento que nos trae la carne, la nutrición que nos da la carne, otro es el que nos da el pescado, o el arroz, o la verdura.

Todos nos alimentan pero cada uno tiene como su propia fuerza, su vitaminas, proteínas y minerales, así también toda la liturgia de la Iglesia es alimento para nosotros y es luz para nosotros, pero cada celebración tiene su propio alimento, tiene su propia vitamina.

Y por eso cuando asistimos a la iglesia, es bueno, es importante que nosotros lleguemos con hambre, no sólo de Cristo, que siempre está persente en la liturgia, sino de esa vitamina particular, de ese alimento particular que trae cada fiesta, cada solemnidad.

¿Y cuál es la vitamina propia de la Ascensión del Señor? Ante todo, aclaremos que cuando Cristo resucitó de entre los muertos, entró en la gloria de Dios Padre. Es decir, las apariciones que tuvo Cristo Resucitado fundamentalmente a sus Apóstoles, no quieren decir que Cristo estuviera como en un lugar intermedio entre el sepulcro y el cielo.

No es que Cristo estuviera por ahí rondando, dando vueltas, como se dice, por ejemplo, de las ánimas, en la religiosidad popular. La idea no es que Cristo estaba por ahí dando vueltas después de haber salido del sepulcro, y de pronto dijo: "Bueno, ya estuvo bien, ahora sí me voy", y entonces ahí sí se fue.

Esta sería una comprensión demasiado mitológica, demasiado fabulística de los misterios de nuestra fe.

Cuando Cristo resucita de entre los muertos por la gloria del Padre, desde luego que entra a participar de esa misma gloria, es el Cristo Glorioso. Pero lo que aquí nos enseña la Ascensión es que hubo un tiempo, no sabemos cuánto tiempo. El número de cuarenta días, como tantas otras cosas en la Escritura, hay que mirarlo sobre todo de una manera simbólica.

Los números en la Escritura suelen tener esa importancia de esa enseñanza más como símbolo: cuarenta días en el desierto, Cristo ayunando antes de iniciar su ministerio, cuarenta años por el desierto el pueblo de Israel después de salir de Egipto, Cueresma que hemos celebrado también los cristianos.

Estos cuarenta días que se hablan entre la Resurrección y la Ascensión no hay que tomarlos literalmente.

Pero lo que sí podemos decir es que durante un tiempo, el Cristo Glorioso se manifestó a sus Apóstoles para darles una enseñanza completamente fundamental, una enseñanza esencial para lo que nosotros celebramos y creemos y predicamos como cristianos, a saber: que el mismo de la Cruz, el mismo Crucificado es el mismo Resucitado.

Los días después de la Resurrección del Señor en que Él se manifestó a los Apóstoles, incluso cenando con ellos, dándoles sus Llagas a palpar a Tomás el incrédulo, haciéndose compañero de camino de los que iban a Emaús, dejándose abrazar de las santas mujeres allá en Jerusalén, esos días tenían un objetivo fundamental: que nosotros todos comprendiéramos, pero en primer lugar los Apóstoles, pudieran comprender, pudieran descubrir que el mismo Crucificado es el mismo Resucitado y Glorificado.

Podemos decir entonces que Cristo, que durante toda su vida fue un servidor de Dios, de la gloria de Dios y de la salvación integral del hombre, una vez resucitado no abandona su papel de servidor, sino que más bien completa ese servicio, lo plenifica, lo perfecciona, mostrándo cómo el camino de la Cruz no es el camino del fracaso, sino es el camino del amor infinito que lleva hacia la gloria infinita y a la victoria infinita.

Durante ese tiempo de apariciones ¿qué fue lo que hizo jesús? Construir, consolidar, por la gracia del Espíritu, por su palabra y por su carne glorificada, consolidar ese grupo de testigos que son los Apóstoles.

No hace mucho, el día catorce de mayo, celebrábamos la fiesta del Apóstol Matías, el que reemplazó a Judas Iscariote, y hay una palabra que dice San Pedro Apóstol, cuando se va a realizar la escogencia de Matías.

Dice Pedro: "Tenemos que buscar, entre las personas que conocieron a Jesús desde su bautismo hasta su llegada a Jerusalén, tenemos que buscar a uno que se asocie con nosotros en la predicación del Evangelio" Hechos de los Apóstoles 1,21-22.

Es decir que para ser apóstol no bastaba la buena intención; se necesitaba haber sido testigo, testigo claro de que Jesús había tenido un ministerio en Galilea, en Samaría, en Judea, que se había cansado, que era un hombre verdadero y que había muerto verdaderamente.

Pero desde luego, se necesitaba sobre todo, que esas personas pudieran dar testimonio de que ese mismo que anduvo, que se cansó, que era hombre verdadero y que murió en la Cruz, ahora vive glorificado, resucitado de entre los muertos, y es la prenda segura de nuestra esperanza, y es la certeza del amor que nos salva.

Por eso, el puesto de los Apóstoles en la Iglesia, el ministerio de los doce Apóstoles en la Iglesia es irreemplazable; ninguno de nosotros, por muy buena voluntad que tuviera, podría convertirse en un apóstol con la misma categoría o el mismo ministerio que tienen Pedro, Bartolomé, Santiago el Menor.

Nosotros no podemos cumplir ese mismo ministerio, porque nosotros no tuvimos la experiencia del Jesús histórico; sólo aquí el que hubiera visto, como ellos vieron a Jesús antes de padecer y después de resucitar, podía convertirse en apóstol.

O sea que lo que Cristo hizo con sus apariciones fue constituir la comunidad apostólica, la comunidad fundante, sobre el testimonio de la cual todos nosotros, unidos a ellos, y con el mismo Espíritu Santo que ellos recibieron, podemos convertirnos en apóstoles.

Una vez que sabemos que ese era el sentido de las apariciones de Cristo Resucitado, también sabemos que esas apariciones son esencialmente distintas de las que pueda tener cualquier otro santo en la Iglesia.

La Bienaventurada Faustina Kowalska, por ejemplo, tuvo una aparición en la que vio a Cristo Resucitado, de ahí viene la devoción del Señor de la Misericordia. Pero Faustina Kowalska no conoció a Jesús histórico, no estuvo ni en Galilea ni en Samaría cuando la resurrección de Lázaro o cuando las demás cosas que nos cuentan los Evangelios.

Las apariciones de Cristo a sus Apóstoles son irrepetibles; lo que Él hizo en esos momentos, fundó, produjo, elaboró, creó la roca fundamental de fe sobre la que todos nosotros, incluida Sor Faustina Kowalska, nos apoyamos.

Si este es el sentido de las apariciones, también se comprende que esas apariciones después de la Resurrección, no tenían que durar indefinidamente; su objetivo era consolidar la fe de los Apóstoles y constituirlos precisamente como Apóstoles. Luego eso no tenía que durar infinitamente.

Y el día de hoy, ese proceso ya está en su culminación; ya ellos están maduros; ya ellos han descubierto la clave de servicio, de alegría y de gloria que se esconde detrás de la Cruz; ya saben que es verdad, ya están ciertos de lo que Jesús les ha enseñado, ahora sólo falta un detalle: fuerza, energía, amor, coraje.

Ya han sido testigos en sentido pasivo, es decir, han conocido lo que van a testimoniar; ahora tendrán que constituirse en testigos en sentido activo: dar a conocer lo que han experimentado. Como dice el apóstol San Juan en su Primera Carta: "Lo que hemos oído, lo que hemos visto, lo que hemos tocado, eso os anunciamos" 1 Juan 1,3.

De manera que la Ascensión del Señor es el quicio, es la articulación entre la constitución del grupo de los Apóstoles como testigos que aprenden, y la constitución del grupo de Apóstoles como testigos que anuncian. Pero para ese anuncio necesitan de la misma fuerza y del mismo amor de Dios.

Y por eso Jesús, cuando termina este tiempo de las apariciones que les constituirían como Apóstoles, Jesús les dice: "Quedaos en Jerusalén. Orad, suplicad la fuerza de lo alto".

Y así también nosotros, junto con los Apóstoles y con María Santísima, nos unimos en plegaria para que el mismo Espíritu Santo haga de nosotros testigos en sentido activo de estas verdades benditas, y eficaces de nuestra salvación.

Amigos, es el día de alegría, no podría dejar de serlo si está entre el gozo de la Pascua y el gozo de Pentecostés. En este día, clamemos especialmente el Espíritu Santo, y agradezcamos al Señor el don de sus Apóstoles.