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Fecha: 19980524

Título: La fiesta de la Ascension de Jesucristo es la fiesta de la verdadera vocacion del ser humano.

Original en audio: 8 min. 26 seg


Queridos Hermanos:

Como decíamos al principio de esta Eucaristía, estamos celebrando la Ascensión del Señor.

En este misterio, que por ejemplo meditamos en el Santo Rosario, ¿qué es lo que quiere ofrecernos la Iglesia? ¿Cuál es el misterio de este misterio? ¿Qué aporta para nosotros? Mucho, mucho, en todo sentido.

Jesús que asciende a los cielos, no asciende despojado de la naturaleza humana que había tomado de nosotros. Jesús asciende hasta la diestra de Dios Padre, expresión hebrea que indica la igualdad de dignidad, la igualdad en el poder, la igualdad en el designio, la igualdad en el amor.

De manera que aquí se nos está diciendo que Jesucristo es igual en designio, en poder, en amor, en misericordia, en sabiduría, al Padre

Pero además se nos está diciendo que nuestra naturaleza humana, la que tomó por nosotros y la que no dejó después de resucitar, -porque después de resucitar se presentó con esa naturaleza ante los testigos, ante los Apóstoles-, esta naturaleza nuestra ha ascendido con Jesucristo hasta lo más alto de los cielos.

Y esto quiere decir que en el misterio de la Ascensión de Jesucristo se rebela la profundidad de la verdadera vocación del ser humano.

Aquí se muestra que Dios, lejos de ser un estorbo para nuestra realización, es precisamente la perfección y plenitud de nuestra realización humana.

Aquí se nos esta diciendo que la realización humana y la santidad en Dios, son dos expresiones iguales, son sinónimos; y que sólo aquel que encuentra su camino en Dios, tiene verdaderamente encontrada su verdadera vocación y tiene veradderamente encontrada su verdadera realización.

Sin este encuentro, sin el encuentro con Dios, el problema de la vejez, de la enfermedad, de la soledad, de la muerte, el problema del mal en el mundo se quedan sin solución.

Si no hay una Pascua que pueda transformar el sepulcro en recinto de gloria, si no hay una Pascua que pueda transformar el dolor de la Cruz en cántico y alabanza, si no hay una Pascua que pueda transformar la injusticia del pretorio en cánticos de Ángeles, si esa Pascua no existe, ninguna teoría, ningún trabajo, ningún proyecto, logrará calmar las angustias del corazón humano.

Es decir que la fiesta de la Ascensión de Jesucristo es la fiesta de la verdadera vocación del ser humano. Cristo sube a los cielos llamado por la voz del Padre, la misma voz que le había enviado a esta nuestra tierra; y esa misma voz llama a cada uno de nosotros para que descubra, en ese camino celestial, su verdadera vocación.

Cristo pasó su vida en el servicio a nosotros sus hermanos, sus manos llenas de bendición, sus palabras llenas de sabiduría, su mirada llena de pureza, sus pensamientos llenos de luz, fueron todos en servicio de nosotros y en alabanza de Dios Padre, pues bien, el último y más glorioso servicio de Jesucristo es precisamente el que le vemos prestar hoy.

Como dice bellísimamente San Agustín, "bajó solo, pero ya no sube solo": con Él sube nuestra naturaleza, con Él sube nuestra carne, con Él sube el alimento de nuestros campos, el agua de nuestros torrentes, con Él sube nuestro sudor y lágrimas, con Él sube la sangre que tantas veces se quedó sin respuesta cuando era regada en esta tierra.

Bajó solo, pero no sube solo; con Él asciende la humanidad, con Él tenemos, como dice la Carta a los Hebreos, una firmísima ansia.

Aquí sucede como en esos peñascos arduos que suelen subir los montañistas; el más avisado y experimentado de ellos logra divisar el pico al que hay que llegar, y entonces tira un garfio y adhiere la esperanza de todos a ese garfio, y cuando ya siente firme la cuerda, él de primero, y luego los que van con él, suben hasta lo más alto de la cumbre.

Así ha hecho Cristo, Cristo ha echado un ancla en el océano de la misericordia de Dios, Cristo ha tirado el garfio y ahora sabemos que el peñasco más duro, el de la perfecta realización humana y la perfecta glorificación de Dios, está conquistada.

La naturaleza de Cristo ha conquistado la cumbre más alta, y todos nosotros, unidos por esa cuerda, vamos detrás de Él, sabiendo que ése es el camino también para nosotros.

Como se ve, mis amigos, esta es una Fiesta maravillosa y apenas empezamos a decir cuáles son sus bellezas, desde luego, no las vamos a declarar todas hoy. Permítanme que les cuente una última, que la aprendí hace poco y que me parece muy bella para esta fiesta de la Ascensión.

Esta fiesta de la Ascensión es también la proclamación de la soberanía de Jesucristo sobre toda potestad espiritual; nuestra vida no está en el juego de los Ángeles o de los demonios, de la suerte, del destino; nuestra vida no está sujeta al querer de astros, potestades, maleficios, hechicerias; nuestra vida está en las manos del más fuerte, del más poderoso y ese es Jesucristo.

Esta proclamación de Cristo en gloria por encima de toda potestad espiritual, nos está indicando que nadie puede deshacer lo que Él hace, que nadie puede abrirlo que Él cierra y nadie puede cerrar lo que Él abre, que en definitiva Él es el más fuerte, y que el que está unido a Él nada tiene que temer.

El que está unido a Él, aunque sepa que haya poderes parapsicológicos, o aunque sepa que haya maleficios, brujerías, demonios, satanismo, persecución, envidia, soledad, sabe que está unido al más fuerte.

En últimas, esa cuerda que nos une a Jesucristo es la cuerda de la firmísima fe, cuerda que Él mismo, como celestial montañista nos tiende a nosotros; y puesto que es cuerda de calidad celestial, jamás se reventará a menos que nosotros queramos reventarla o soltarnos de ella.

En esta Fiesta grande alegrémonos de tener esa ancla en la misericordia de Dios, esa cuerda que nos vincula a la altura más alta, a la mayor de las cumbres; regocijémonos con Jescucristo y sepamos a qué estamos llamados.

Decía al principio de la Eucaristía, esta es la fiesta para abrir el corazón, para ampliar el horizonte. A veces vivimos en mundos tan demasiado pequeños, en intereses tan demasiado pequeños, amargados por tres o cuatro cosas pequeñas, ¿no has vivido la fiesta de la Ascensión del Señor? ¿No sabes qué horizontes hay en esa cumbre y qué aire se respira allá?

Vamos a pedirle a Jesús que en esta Eucaristía nos dé a respirar aire de las cumbres altas, despejar la vista para esos horizontes amplios, y ahí gozarnos de la victoria que Él tuvo para sí mismo, para gloria del Padre y bien de todos nosotros.