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De Wiki de FrayNelson
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El Evangelio de hoy está tomado del capítulo tercero de San Lucas. Es San Juan Bautista quien hoy nos presenta la fuerza de su predicación.

Llama la atención, cómo la gente acude a Juan, sabiendo que su mensaje no sólo es fuerte, sino que muchas veces parece un verdadero regaño (cf. Lc 3,10-18). Quizá esta pregunta puede parecer trivial, pero hagámosla: ¿Por qué la gente va donde Juan? Lo que hacía Juan en el desierto era denunciar el pecado a Israel, y llamar a todos a la conversión. ¿Por qué una persona que denuncia tantos pecados, sin embargo, tiene tantos seguidores?, ¿qué movía a aquellas multitudes que se acercaban a Él y que le buscaban?, ¿qué había ahí? Pienso que es una pregunta importante porque toca directamente el corazón de este Tiempo Litúrgico de Adviento.

La gente no iba a escuchar cosas entretenidas, no iba donde Juan a buscar cosas agradables, no esperaban que sus corazones o sus vidas fueran aplaudidos o acariciados; parece que lo que sucede es que en medio de su aspereza, Juan sabía tocar una fibra muy profunda del corazón humano, y esa fibra es la necesidad de la verdad. A pesar de que nos cuesta trabajo aceptar nuestras verdades, hay algo en lo más profundo de nuestro ser, que necesita de la verdad, así como nuestros pulmones necesitan del aire. Hay ejemplos que podemos tomar de otras áreas de la vida humana: la persona que va a donde el médico, no espera que el médico le diga cosas bonitas, agradables, chistosas o elogiosas. ¿Qué es lo que esperamos que nos diga el médico? La verdad. Cuántas veces el paciente le dice al médico: “dígame doctor qué es lo que tengo, aunque me duela, aunque sea duro dígame la verdad”; y por eso, el médico, muchas veces tiene que decir verdades terribles: “lo suyo es grave”, “lo suyo es incurable”, “lo suyo no tiene marcha atrás”, y sin embargo, queremos escuchar esas palabras. Son palabras que anímicamente nos derriban, son palabras que nos golpean, pero las buscamos; ¿Por qué? Porque necesitamos de la verdad, así como nuestros pulmones necesitan del aire.

El mensaje es claro: no apaguemos esa hambre de verdad. Y aunque muchas veces, Dios tenga que llamar al pecado por su nombre, ¡qué saludable es recibir ese mensaje! En el fondo, nuestro corazón lo sabe muy bien, es la única manera de empezar lo mejor de nuestra vida.

Que Dios te bendiga.