Ca02009a

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Este es el segundo de los cuatro domingos de Adviento, la Iglesia quiere que antes de la solemnidad del nacimiento de Cristo tengamos cuatro domingos de preparación y con ese criterio ya vamos en el segundo domingo. La figura que destacan en el texto de hoy tomado del capítulo tercero de san Lucas es Juan el Bautista, lo conocemos como el Precursor porque es aquel quien preparó el camino, aquel quien preparó y dispuso al pueblo para recibir el mensaje de Jesús.

Dos lecciones podemos tomar del Evangelio de hoy: la primera, nos damos cuenta que san Lucas da una serie de datos históricos, nombra distintos personajes: quienes estaban gobernando, quienes tenían poder en aquella época; lo cual nos enseña dos cosas, en primer lugar que Jesucristo se ubica en coordenadas históricas precisas, no es una idea, no es una propuesta de nuestra mente, no es simplemente un deseo de nuestro corazón, es un hecho que entra en la historia humana como todos los personajes. Pero observemos que Lucas al hacer esta lista de hombres poderosos como Herodes y Poncio Pilato, también nos prepara para descubrir otra clase de poder, ciertamente Jesucristo es poderoso, pero su poder, su manera de reinar, su manera de regir nuestra vida es completamente diferente que la de todos esos hombres que la historia cuenta. Es decir que al mismo tiempo Lucas nos está diciendo que Cristo se ubica en esta historia nuestra, en esta historia humana, pero también va más allá de la historia humana, va más allá de los gobiernos y los gobernantes que hemos conocido. Esto lo podemos aprender en la primer parte del Evangelio de hoy.

La segunda parte del pasaje nos recuerda en qué consistía la predicación de Juan el Bautista, básicamente lo que dice es hay que abrirle un camino a Dios (cf. Mt 3,3), y si observamos bien la predicación de Juan es algo así como “¡quita lo obstáculos, quitalos!”; ¿qué es lo que detiene esa abundancia de amor que Dios quiere darte?, ¿dónde se está frenando? ¡quita los frenos, abre las puertas, abre el camino! ¡Dios quiere visitarte!. Es una gran enseñanza porque, por una parte nos está diciendo que si hay algo que podemos hacer, pero por otra parte nos está enseñando que Dios y solamente Dios es quien hace la obra, es decir, es Dios quien nos transforma pero corresponde a nosotros quitar los obstáculos para que esa gracia, esa misericordia, ese amor haga su obra en nosotros. Se puede hacer una comparación con lo que hace un médico, supongamos que un médico tiene que operarme, es una operación delicada, una operación del corazón; no puede operarme a mí mismo, pero lo que sí puedo hacer es ir donde el médico contarle mi problema, ponerme en sus manos y seguir los pasos de preparación que me dice el médico; “tiene que hacerse estos exámenes, tiene que hablar con el anestesiólogo, tiene que llegar aquí tal día”; lo que hago es disponerme, la operación no la hago, el único que la hace es él, pero yo puedo disponerme, y esa el la lógica del Adviento, que nosotros nos dispongamos, nos preparemos, que quitemos obstáculos de esa manera viene Dios a nuestra vida y de esa manera hace sus prodigios en nosotros.