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Fecha: 20001210

Título: Palabra en el desierto

Original en audio: 19 min. 28 seg.


El Evangelista Lucas se caracteriza, entre otras cosas, porque se preocupa de ser ordenado, de situar las cosas con los personajes, los tiempos, los lugares; y así, hoy nos presenta, al mismo tiempo, el mapa geográfico y el panorama político, la situación religiosa y el amanecer de la gracia.

Nos presenta, podríamos decir, las coordenadas en el espacio y en el tiempo, en la sociedad humana y en la historia, las coordenadas ese acontecimiento maravilloso: "Vino la palabra del Señor" San Lucas 3,2. Este es un acontecimiento fantástico; "vino la palabra del Señor" San Lucas 3,2.

¿Usted sabe cuánto tiempo hacía que no venía esta Palabra del Señor? Para quien esté familiarizados con la Escritura, esta expresión de Lucas es muy impresionante.

Por ejemplo, los libros de los Macabeos, que son dentro de la serie del Antiguo Testamento los que nos cuentan los últimos acontecimientos de la historia de Israel antes de Cristo, estos libros de los Macabeos nos presentan un panorama desolador: no hay profeta, no hay profecía.

El Libro de Daniel, que con seguridad fue escrito también casi en la aurora de la era cristiana, ese libro de Daniel también nos habla de una soledad, de un silencio de bronce que no deja al pueblo sino suspirar por la Palabra.

Según este libro de Daniel, un rey piadoso llamado Azarías, hace una larga oración arrepintiéndose de los pecados propios y del pueblo y dice: “Ya no vemos nuestros signos ni hay profeta; nadie entre nosotros sabe hasta cuándo” Daniel 3,38.

El Antiguo Testamento, mis hermanos, Venía como un panorama de desolación, un silencio de muerte, con una oscuridad próxima al abismo, el Antiguo Testamento termina con una constatación terrible: Dios ya ni siquiera nos habla, Dios ya ni siquiera nos regaña, Dios ni siquiera se preocupa por nosotros, "no vemos nuestros signos, no hay profeta, se ha acabado la Palabra de Dios" Daniel 3,38.

Lucas trae la buena noticia en este día. Nos va contando cómo era la geografía y cómo era la política. En el mundo se presenta como emperador, Tiberio; en Judea, el delegado de Tiberio, un gobernador, Poncio Pilato, y luego las regiones administrativas de la época: Galilea, Iturea y Traconítide, Avilene, las regiones en las que estaba repartido el pastel del poder, y no había espacio para Dios ahí.

¿Quiénes eran estos? Sabemos qué clase de persona era Pilato, sabemos quién era ese tal Herodes y Felipe, tenemos datos sobre Lisanio. Esos eran hombres a los que no le importaba Dios.

Las regiones de la tierra estaban repartidas entre los poderosos de este mundo, gente que no tenía sus intereses en Dios, gente a la que no le interesaba ni le importaba Dios. No había espacio para Dios, no había un terreno para Dios, no había un lugar para Dios ni había palabra para Dios, tampoco había Palabra de parte de Dios.

Como esas parejas, cuando pelean tanto y se hieren tanto, que finalmente prefieren no hablarse, pero ese silencio de hielo, es peor que si siguieran lastimándose, así está rota toda amistad, está perdida toda gracia, sólo hay un silencio de hielo, el pueblo no le sabe hablar a Dios, no hay espacio en las comarcas para el Señor, y Dios hace mucho rato está callado.

Y los sacerdotes son Anás y Caifás, de los cuales tenemos noticias, precisamente por el final de la vida de Cristo. Sabemos qué clase de gente eran esos sacerdotes, sólo una cosa les preocupaba: no perder su amistad con el poder, no perder su relación con Herodes y no perder su amistad con el poder romano.

Eso era lo único que querían, y por eso, estaban dispuestos a todo, incluso hasta a lo que llegaron: a acabar con Cristo. No hay espacio para Dios.

Entre los sacerdotes, gente cómoda, política, llena de conveniencias, de egoísmo, llenas de desprecio y de indiferencia para el pueblo. Entre los gobernantes, codicia, rapiña, dureza, y la tierra parcelada entre ellos. Reina en el mundo un tal Tiberio, Dios no habla y la gente está callada.

Este es el triste telón de fondo, esta es la triste realidad que precede al ministerio de Cristo, esta es la escena en la que se hace ver la palabra de Juan, vino la Palabra del Señor a Juan" San Lucas 3,2, Dios volvió a hablar, ¡estaba tan callado!

"Una voz grita en el desierto" San Lucas 3,4, en el desierto, sí, porque todo lo bueno de la tierra se lo han repartido los poderosos. El desierto. ¿Tú sabes una cosa? Desierto empezó siendo un adjetivo, desierto quiere decir: lo abandonado.

En el desierto, es decir, en lo que no le importa a nadie, en lo que no está en las cuentas ni de Herodes, ni de Felipe, ni de Lisanio, ni de Poncio; en las sobras, en lo que no interesa, en lo que no importa, allí encontró Dios una grieta para volver a hablar, y esta es una enseñanza muy grande para nosotros, porque nos habla de esa humildad infinita de Dios, y porque nos permite también encontrar la voz de Dios.

La voz de Dios no está en las reuniones elegantísimas, con banquetes magníficos de Anás y Caifás. La voz de Dios no se hace escuchar en los palacios de Herodes, o de Felipe, o de Lisanio, la voz de Dios no está en los tribunales de Pilato, ni en las conversaciones de alta política de toda esta gente.

La voz de Dios está lejos, la voz de Dios está donde a nadie le importa nada, donde nadie pretende nada; eso que el mundo ha desechado, allí es donde se hace oír la voz de Dios.

"Una voz clama en el desierto: Preparad el camino al Señor, allanad los senderos" San Lucas 3,4. Lejos de los intereses humanos, lejos de lo que aparece, de lo que hace ruido, de lo que recibe aplausos, lejos, en el desierto, Dios ha vuelto a hacer escuchar su voz. Dios se hace escuchar allá, y allá empieza a preparar un pueblo, un pueblo que sepa oír.

En ese desierto se prepara un camino. El desierto va a ser el lugar donde puedan encontrarse estos dos que estaban tan peleados y que se hacían tanto daño, en el desierto se ha roto el silencio, en el desierto el silencio alumbró a la Palabra, en el desierto se acabó ese silencio de hielo, Dios se acercó y el pueblo vino.

Bendito desierto. Es que si lo pensamos bien, mis hermanos, lo abandonado, lo desechado, el desierto, ha sido siempre el lugar predilecto por Dios.

Desierto físico a veces, como en el caso del Sinaí y la peregrinación de los israelitas hasta la tierra prometida. Desierto físico como en el caso del profeta Elías, según el primer libro de los Reyes.

Definitivamente, "Dios prefiere lo abandonado por los hombres, lo que parece inútil, Lo que parece inservible" 1 Corintios 1,28, nos dice Pablo en la Primera Carta a los Corintios, capítulos 1 y 2.

Definitivamente, Dios empieza a hablar allí donde los intereses humanos no han puesto todavía su garra, allí habla Dios.

El profeta Baruc nos había dicho que Dios iba a preparar un magnífico camino, una especie de super autopista en el desierto para traer a sus hijos, para traer a su pueblo que había salido humillado para el destierro.

Dios va a poner a su pueblo en camino por ese desierto, les va a salir al encuentro y los va guiar hacia una realidad nueva, hacia una Jerusalén esplendorosa, que será madre de todos los pueblos.

En ese desierto Dios se hace cercano y a ese desierto el pueblo acude. La Iglesia, que conoce el valor del desierto, nos regala dos desiertos en cada año. Dos desiertos que no son de espacio sino de tiempo. Uno de esos desiertos es el Adviento, el otro desiertos es la Cuaresma.

El Adviento, un tiempo que lleva el mismo color de la Cuaresma, este morado que es como señal de luto, este morado que apaga la belleza ante los ojos, este morado que uniforma y que humilla lo que buscan nuestros ojos para que aprendan a no codiciar.

Estamos en uno de esos desiertos, estamos en el desierto del Adviento. Un desierto pequeño, un tiempo precioso, un regalo para descubrir que Dios nos hace falta, un tiempo maravilloso para desprendernos de todas esas parcelas que ya están repartidas entre los poderosos de este mundo.

Un tiempo maravilloso para hacer algo de silencio y para buscar que la voz de Dios resuene; un tiempo en el cual queremos reconocer que Dios y solo Dios es la necesidad profunda de nuestras almas; un tiempo para anhelar su retorno, para salirle al encuentro, para abrazarlo cuando llegue; un tiempo precioso, un tiempo hermoso, un tiempo de abrazo y de reconciliación.

Tiempo para oír de una manera nueva a Dios, tiempo para preguntarse qué es lo que Dios me ha estado tratando de decir y yo no he querido escuchar.

Un tiempo para quitarle los obstáculos a Dios y para decirle: "Habla tú entonces"; mis colinas se han abajado, mis valles se han levantado, lo torcido se ha enderezado, lo escabroso se ha allanado, ven, ven, ven y dime lo que me falta escuchar, completa lo que has prometido, no me dejes a medio hacer".

Pablo, con palabras cariñosas, le dice algo así a la comunidad de los filipenses: "Ustedes son comunidad de amor, que Dios los complete, que Dios los termine de hacer". Carta a los Filipenses 1,5.

El Adviento es ese pequeño desierto en el que descubrimos que no estamos hechos sino sólo a medio hacer, y que sólo Aquél que empezó a hacernos puede terminar su obra en nosotros.

"Ven, ven, termíname de hacer, no te calles en la mitad del discurso, termíname de hablar, dime a dónde va todo esto, porque cuando somos honestos, cuando tomamos en serio nuestra fe, otra vez el mundo nos parece desierto así haya jardines, mercados y supermercados, hipermercados y cibermercados, Así haya abundancia de colores, de sonidos, de perfumes, de abrazos, me falta tu abrazo, Señor".

"Y sin ti se me vuelve desierto la vida, El mundo está repartido, hoy no se llaman Herodes, Felipe o Lisanio, hoy no se llaman Pilato y Tiberio, hoy no se llaman Anás y Caifás, pero el mundo está repartido, el mundo ya lo parcelaron y ya lo repartieron todo y yo no se dónde quedas tú".

Mira tu trabajo, tú que me escuchas mira tu trabajo y dime si ahí reservaron una parcela para Dios, lo partieron todo, todo, todas las horas del día, todas las oficinas, todo se lo repartieron, qué poco queda para Dios, y lo poco que queda para Dios, tiene siempre el aspecto de un desierto. Los oratorios vacíos, las iglesias desocupadas, todo es desierto.

Miremos las diversiones y los descansos. Todo se lo repartieron Herodes, Felipe, Lisanio, Anás y Caifás; ya, ya está repartido todo y no queda nada para Dios.

¿Cómo voy a descansar yo? Pues voy a descansar como se me dé la gana de descansar y mi mañana va a ser así, mi tarde así y mi noche así, ¿y Dios? "Bahhh, para Dios las obras". ¡Cuántos piensan de este modo!

"Voy a unas vacaciones, mis vacaciones, mis merecidas vacaciones, las mías, como mi pedazo de tierra, como mi parcela, como Herodes que gobierna en Galilea, como Felipe que gobierna en Iturea y Traconítide, este es mi pedazo, mi porción".

El cristiano, consciente de la Palabra de Dios, se da cuenta de que también hoy todo está repartido, todo se lo han repartido, y toca sacar como arañando con las uñas el pedacito de tiempo para un retiro, y toca encontrar esa casa donde se puede orar un rato, y toca mendigar ese tiempo, y toca buscar ese pedacito porque siempre es desierto donde Dios habla y Dios habla siempre en los desiertos.

Pues nosotros nos vamos a esos desiertos a decirle al Señor, junto con toda la Iglesia: "Ven, ven, no tardes; ven, ya se repartieron todo, acabaron con todo, pero faltaste tú, faltó la parte tuya; porque la parte que sea para ti, Señor, será la única parte que podamos llamar nuestra".

"Ven, Señor, ven con por lo tuyo, ven para que nos encontremos, ven para que nos abracemos, ven para que me perdones, ven para volver a escuchar las palabras del primer día".

Tan bello eso que le dice Pablo a los Filipenses: "Desde el primer día hasta hoy han sido mis colaboradores" Carta a los Filipenses 1,5.

"Ven, Señor, ven, regálame las palabras, regálanos las palabras del primer día. Óyenos en este desierto, danos tu Palabra en este desierto, el camino se allanó, lo torcido se enderezó, ven, habla, ven, abrázanos, ven, perdónanos, ven que todo está listo, sólo tú haces falta".