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Fecha: 20001203

Título: ¿Que es el Adviento?

Original en audio: 22 min. 7 seg.


Hermanos:

Sólo después de entrar al convento y después de varios años de vida religiosa y de estudios, hubo alguien que se compadeció de mí y me explicó cómo era el Adviento, porque yo hasta ese tiempo primero, no sabía que existiera Adviento, me refiero a mi infancia.

Sólo sabía que existía la Novena, después ya supe que había Adviento, pero yo pensaba que era como una novena, pero largotota.

Mi ignorancia dolorosa y supina, mostraba lo que puede suceder en el pueblo católico: desconocemos las riquezas del año litúrgico. Yo siempre había pensado que el Adviento era para preparar la Navidad y eso es verdad, pero sólo la mitad de la verdad. El Adviento no sólo es para eso.

El adviento tiene dos caras, una es para prepararnos para que Cristo vuelva y otra es para animarnos en esa esperanza, recordando las circunstancias en que Cristo vino la primera vez. El Adviento tiene dos partes: la primera dura hasta el dieciséis de diciembre, la segunda corresponde a la última semana antes de la Navidad.

Usualmente, pues, el Adviento tiene algo así como unos trece, catorce, quince, dieciocho días que son los primeros, y en esos días el énfasis está en el retorno de Cristo.

Por ejemplo, examine usted esta lectura que acabamos de oír. Resulta que como en el tiempo Ordinario los Evangelios se van leyendo por orden: fragmentos de Marcos, luego fragmentos de Mateo y finalmente de Lucas. Entonces el tiempo Ordinario termina con fragmentos de Lucas, pedazos del evangelio de Lucas, y resulta que el evangelio de ayer era este mismo.

Ayer, el tiempo Ordinario terminó con este evangelio y estábamos celebrando Cristo Rey del Universo y estábamos suplicando que volviera; y ahora empezó el Adviento.

Y como da la casualidad de que este es el ciclo C, porque ya empezó otro año litúrgico y en este ciclo se lee a Lucas, entonces teníamos a Lucas ayer, porque estaba terminando el tiempo Ordinario y tenemos a Lucas hoy, porque estamos empezando el ciclo C, y da la casualidad de que la lectura de ayer es prácticamente la lectura de hoy, mejor, la lectura de hoy incluye lo que se leyó ayer.

Esta lectura de hoy no es para preparar la Navidad, ¿usted le ve cara de preparación para la Navidad esto? Cuando empiece a suceder esto que es: signos en el sol y la luna, angustia, las gentes enloquecida por el estruendo del mar y el oleaje, eso no es preparación a la Navidad, esa es preparación para que Cristo vuelva, o mejor, es una preparación de la Iglesia, porque Cristo vuelve, y es una manera de apresurar con nuestro amor y oración el retorno de Cristo.

La dimensión principal del Adviento, es recordarle a la Iglesia el retorno de Cristo, esa es la dimensión principal; cuéntelo por días y verá: ¿cuántos días son, estrictamente hablando, para preparar la Navidad? Siete, que son los últimos, del diecisiete al venticuatro; siete, ocho días anteriores a esa semana.

Por eso esa es la semana que tiene antífonas especiales, eso sí yo me di cuenta desde el noviciado, yo decía: "Mientras uno aprende a bailar con esa Liturgia de las Horas, las antífonas, las lecturas, los salmos".... Mientras estaba yo en esas, dije: "Bueno, ¿por qué a esta le cambian las antífonas?" Porque sólo la última semana tiene ese objetivo particular.

Claro, el tema del Nacimiento de Cristo estará en todo el Adviento, pero el objetivo primero del Adviento, primero en el tiempo, es decir, cronológicamente, en orden de importancia, pero el objetivo primero del Adviento, primero en el tiempo, es decir, primero cronológicamente, primero el orden de importancia: el objetivo primero no es: “Recordemos la Navidad y celebremos la Navidad”. Yo creo que en esto tienen que ver las costumbres folclóricas y el comercio.

El Adviento, como lo he dicho en otras predicaciones, no produce muchos regalos, en cambio la Navidad sí, por eso los grandes almacenes no van a decir: “LLegó el Adviento", porque nadie les compra nada, no hay nada que comprar en Adviento, en cambio: “Llegó la Navidad", sí. Hay que comprar entonces los regalos para los tíos, los sobrinos los hijos, los esposos.

Yo creo que ese factor comercial nos ha marcado mucho. El Adviento comercialmente no existe, lo que existe es la Navidad, entonces nosotros volvimos al Adviento solamente preparación a la Navidad, falso. El Adviento es preparación para el retorno de Cristo.

Sólo que en la parte final del Adviento, en la última semanita del periodo, nos animamos en la espera de que Cristo vuelva, en las circunstancias particulares de cuando vino la primera vez. Esa era la primera idea que quería compartirles: caigamos en cuenta de cuál es el verdadero espíritu del Adviento.

Segunda idea: resulta que dejemos el texto del evangelio, del cual, por cierto, predicamos ayer, y volvamos a la primera lectura, a la del profeta Jeremías, vamos a ver qué descubren nuestros ojos avizores en esa lectura: “Llegan días en que cumpliré la promesa que hice a la casa de Israel y a la casa de Judá” Jeremías 33,14.

Promesa, esta palabra es muy importante, muy hermosa y de las más importantes de la Biblia, de donde nosotros podemos agarrarnos. Donde nosotros fallamos es en las alianzas, esa es la segunda idea que quiero transmitirles hoy, ojo, ¿en dónde falla uno? En las alianzas, ¿y en dónde puede sostenerse uno? En las promesas. Fíjese usted que en la alianza, el pueblo falló, pero en la promesa, el pueblo se sostuvo.

¿Cuál es la característica de una alianza? La característica de una alianza, sobre todo las alianzas del Antiguo Testamento, es que es un acuerdo, un contrato, un pacto entre dos, es decir, entre Dios y el pueblo; en la alianza entran dos: Dios y el pueblo. Dios siempre cumple la alianza.

La historia del Antiguo Testamento nos muestra que el pueblo siempre, más tarde o más temprano, incumple la Alianza. Alianza significa dos: Dios y el pueblo; Dios que sí permanece y el pueblo que se quita, que se quiebra, que se revienta, que se raja como dicen en Méjico; el pueblo se raja mientras Dios permanece.

Por eso la alianza no sirve, la alianza del Antiguo Testamento no sirve; la alianza con cara de alianza no sirve, porque la alianza que es como un puente, necesita de las dos orillas; nadie puede hacer un puente desde una de las orillas, este necesita de las dos orillas y tiene que estar firme en ambas partes.

Entonces Dios hizo Alianza, la Alianza más grande del Antiguo Testamento, desde luego, es la Alianza de Moisés, esa Alianza Dios la estableció y allá en el Sinaí les dijo: “Y van a cumplir todo esto?" "Siiiii" "¿Seguro? "Siiiii” Siguieron caminando, llegaron a la tierra prometida y Josué, que ya conocía que clase de gentecita era esa, les volvía a preguntar: “¿Seguro?" "Síii" "¿Osea que seguro van a cumplir la alianza? "Síii”.

Entraron a la tierra prometida y nooo cumplieron la Alianza, no la cumplieron. La alianza es entre dos. Donde usted vea alianza en el Antiguo Testamento, usted seguramente puede decir: "Aquí seguramente alguien la "embarró", y no fue Dios".

Siempre el que la "embarra", el que mete la pata, siempre el que se equivoca, el pueblo; ese es el que falla, el pueblo de Dios; ese sí falla. Y usted mira todos los personajes del Antiguo Testamento y todo el mundo falló.

El hijo amado del rey David. David fue como el rey más importante que tuvo sus "embarradas", pero fue como el más importante, sobre todo como por esa percepción que tenía del don de Dios, del don de la gracia de Dios, de la unción de Dios.

David fue el rey más importante, pero su hijo Salomón, ya no sirvió para nada en términos de Alianza, porque Salomón se metió con un mujererío y entonces eso era mujeres iban, mujeres venían, esposas de unos, concubinas.

Y cada esposa tenía sus idolatrías y sus cultos y sus no sé qué, y el viejito Salomón por estar en ese trasteo en mujeres de una parte para otra, y pactos, y matrimonios, y concubinatos, entonces dice la Biblia: “Su corazón ya no fue enteramente para el Señor” 1 Reyes 11,9.

Ya, el hijo de David, no sirvió para guardar la Alianza. Por eso la palabra "Alianza" es una palabra muy bonita, pero esa palabra sólo será bonita cuando venga Cristo, sólo con Cristo vendrá una nueva Alianza, antes de Cristo la palabra Alianza. Cuando usted diga alianza, tiene que sentir miedo: alianza, alguien se equivocó y no fue Dios.

Pero Jeremías dice, no la alianza, dice la promesa. Una promesa es una iniciativa que sale de Dios. Y lo interesante de ese texto de Jeremías, que es el texto que abre el Adviento, Jeremías en el capítulo treinta y tres. Lo hermoso de ese texto es que Dios dice: “Yo voy a cumplir mi promesa" Jeremías 33,14. bendito sea su nombre, bendito sea.

Sí, Ése va a cumplir la promesa, Ése sí va a ser, porque no va a depender de la inestabilidad, de la fragilidad, del miedo, de lo sucio del corazón humano, que una y otra vez ha demostrado que se meten alianzas y no cumplen.

Por eso, hay dos manera de vivir la vida. Ahora vamos a aplicar esto a nuestra existencia: Una es vivir la vida en clave de alianza, y otra es vivir la vida en clave de promesa.

Nuestro Maestro de Novicios, -que ya murió y que Dios le tenga en su gloria-, fue un hombre de raza santandereana, colombiana, que hablaba muy crudamente a veces, y les decía este venerable Maestro, el Padre Pastor Prada, nos decía: “Ustedes no saben lo qué es el bautismo y sin saber lo que es el bautismo, comulgaron, sin saber qué es bautismo, qué es comunión ni qué es nada, los confirmaron".

"Y se van hechando encima alianzas y alianzas y más pactos, no han vivido la confirmación y ya "pónganme un hábito". No saben lo que es portar un hábito y ya profesaron, y tres veces con hábito, confirmado y bautizado y de todo”, decía él en su lenguaje: “Se tiran de buche a que los ordenen, y se quieren hacer obispos también, y se echan encima todas las alianzas”.

Uno puede vivir la vida en clave de alianzas y hacer pactos y mas pactos. Por ejemplo, cuando uno hace promesas: “Señor, te prometo solemnemente que si mi papá sale de esta enfermedad, entonces no le vuelvo a echar azúcar al café”. Y resulta que el papá salió de la enfermedad, para festejarlo se hizo una gran reunión y sólo se les ocurrió dar café con leche con azúcar.

Esa persona está viviendo en clave de alianza; es más bonito vivir fiado de las promesas. Claro, eso no significa que uno no pueda asumir compromisos, pero aquí es donde viene lo interesante, uno tiene que hacer alianzas, pues claro, tiene que hacerlas, incluso, así se resbale y caiga, porque todos hemos caído de una u otra manera, todos hemos caído.

Uno tiene que vivir sus pactos y su profesión, su ordenación y su todo, así se resbale a veces y se caiga. Bien, en el nombre del Señor tiene que levantarse y seguir, eso no se puede dudar un momento; pero vivamos nuestras alianzas fiados de las promesas, esa es la idea. Ya ahí quedó cortica, concreta. No vivamos nuestras alianzas fiados de nuestra capacidad de ser aliados, no nos fiemos de nosotros, vivamos nuestras alianzas fiados de las promesas.

En unos momentos, vamos a tener aquí, la consagración del pan y el vino. Cuando el presidente toma el vino respectivo, entonces va a decir las palabras de la consagración que hablan precisamente de una alianza, va a decir: “Este es el Cáliz de la alianza nueva y eterna”; esa es una alianza, pero esa sí funciona, por eso es eterna.

La Alianza de Moisés no funcionó y por eso tuvo que venir una nueva alianza que la anunció Jeremías, entre otros. La alianza antigua no funcionó, por eso hubo que anunciar una nueva alianza y esa nueva alianza es la alianza esta, la del Cáliz de la alianza del Señor, esa alianza es la nueva alianza, pero además es la alianza eterna, ¿qué quiere decir eterna? Que ya no hay otra después de ella.

¿Y por qué esta nueva alianza, la alianza en el Cáliz de Cristo? Porque esta alianza no se va a acabar, porque esta alianza sí se va a sostener, porque esta alianza se sostiene en la promesa de Dios, acuérdese cuando Cristo iba a subir al cielo, cuando les dice a los Apóstoles, capítulo 1 de los Hechos de los Apóstoles: “Quédense en Jerusalén hasta que Dios cumpla la promesa" Hechos de los Apóstoles 1,4.

La única alianza que yo puedo cumplir es la alianza que está colgada, la alianza que depende, la alianza que nace de la promesa de Dios.

La única alianza que yo sí sé que puedo cumplir, y esa es la alianza que tiene que ser bendición de mi bautismo, o mi confirmación, mi comunión, mi profesión religiosa, en mi caso, mi ordenación sacerdotal; la única alianza que yo puedo cumplir es la alianza que está colgada, que está amarrada de la promesa de Dios; esa promesa de Dios tiene un rostro, tiene un aspecto particular, ese aspecto es el don del Espíritu, la gran promesa es el Espíritu Santo.

Lo prometido en últimas, la alianza nueva en últimas es la efusión del Espíritu. Santo Tomás de Aquino dice: “Lo nuevo del Nuevo Testamento es el Espíritu Santo”. Esta alianza es nueva, porque esta alianza se sostiene de lado y lado por la fuerza de Dios.

La alianza de Moisés ¿cómo era? Aquí Dios que no falla, y allá el hombre que no sabe sino fallar; claro, eso se reventó, eso no sirvió. La nueva alianza es: de este lado Dios y de ese lado, ¿quién? Dios, Dios también, Dios obrando en mí, por la efusión de su Espíritu; cumpliendo su promesa en mí, que me hace capaz.

“Bendito Dios que me hace capaz y se fió de mí” –léase Primera Carta del Apóstol San Pablo a Timoteo-. Por eso la alianza que llega con Cristo es la alianza nueva, había sido prometida y es la alianza eterna, ya no hay más alianzas, ¿por qué? Porque esta es la alianza que no puede fallar, ¿por qué no puede fallar? Porque en esta maravillosa alianza Dios está de ambos lados.

De un lado está Dios, así pues, completito; y del otro lado, Dios está completito, pero en nosotros, obrando con la efusión de su Espíritu, por eso, porque Dios cumple su promesa, que es la efusión del Espíritu, entonces Dios rompe el esquema de las antiguas alianzas, esas alianzas que uno no podía cumplir, porque siempre uno se equivocaba.

Ahora llega una alianza nueva, esta es la alianza que llega con Cristo; sólo con Él llega la nueva alianza, la alianza en que se cumple la promesa: Dios infunde su Espíritu en mí, Dios obra en mí, Dios me santifica, me capacita.

Se fió de mí, me capacitó y se fió de mí; Dios me levanta y me hace posible decir un sí que está más allá de mis mismas capacidades. Dios queda de lado y lado, y esa alianza nunca fallará; esa es la alianza que nos llegó con Cristo.

Amén.