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Fecha: 20000618

Título: Dios, por su Palabra, nos libera, y por su Espiritu, nos adopta

Original en audio: 10 min. 17 seg.


Sabemos que el tiempo Pascual termina con la fiesta de Pentecostés. Pero hay tres celebraciones que prolongan, como una especie de eco, las enseñanzas y las gracias de la Pascua. Esas tres celebraciones son: la Santísima Trinidad, el Cuerpo y Sangre Santísimos de Cristo y el Sagrado Corazón de Jesús. Junto a esta última hay una memoria opcional del Inmaculado Corazón de María.

Estas tres o cuatro celebraciones toman, por así decirlo, su tema, su motivo, en realidad de la Pascua; son fiestas que prolongan la Pascua, que traen al pueblo cristiano memoria de lo que celebramos en el gran misterio pascual, con esa solemne preparación de la Cuaresma, y con esa prolongación durante la cincuentena que nos llevó hasta Pentecostés.

Por eso, estas celebraciones no tienen una relación directa con las lectura que venimos haciendo los días ordinarios, lo que litúrgicamente se llama "las ferias".

¿Qué es lo que nos quiere enseñar esta fiesta? Pues que a través de la Pascua de Jesucristo, el regalo propio de esa Pascua, que es el Espíritu, nos ha entreabierto una puerta, una ventana para asomarnos a la riqueza íntima del misterio divino.

Aquello que ha sucedido entre nosotros, nos ha ayudado a comprender quién es el Autor de tales maravillas; por aquello que Él ha hecho, tenemos alguna noticia de quién es Él, y lo que Él ha hecho, es lo que ha aparecido sobre todo en la Pascua.

Gracias a Jesucristo, el enviado del Padre, y gracias al Espíritu Santo, enviado por el ruego de Cristo desde el seno del Padre; gracias a esas donaciones, a esos regalos de la Pascua nosotros podemos tener una noticia, tener una cierta intuición de quién es el Autor de tales maravillas.

O sea que esta fiesta tiene sabor de Pascua. Y lo mismo sucede con las otras dos que siguen. Por ejemplo, la próxima, el Cuerpo y Sangre Santísimos de Jesucristo, es una fiesta que si lo pensamos bien, prolonga el Jueves Santo y produce una especie de eco.

El jueves Santo había tanto que celebrar, había tanto que mirar: el mandamiento del amor, la institución del sacerdocio, la institución de la Eucaristía; pero sobre todo, el Jueves Santo es el pórtico que nos abre esa fiesta principalísima y madre de todas las fiestas, el Triduo Pascual.

Por eso en el Jueves Santo, nosotros adorábamos a Cristo en la Eucaristía de modo solemne, por ejemplo, con esos monumentos eucarísticos que se acostumbran en muchas partes. Pero ahora esta fiesta retoma ese aspecto del Triduo Pascual y nos lleva a contemplar, con admiración agradecida, la presencia de Cristo en medio de nosotros. Ese es el contenido de esa otra fiesta que se aproxima.

Y de aquí podemos también comprender un poquito cuál es el papel de la otra fiesta, el Sagrado Corazón de Jesús. Ahí estamos como retomando el viernes; cuando se celebra la fiesta opcional del Inmaculado Corazón de María, estamos como retomando el sábado.

De modo que así, pausadamente, a un ritmo distinto, con una mirada, podríamos decir, más serena, y por eso mismo más profunda, la Iglesia nos pide que nos detengamos en estos misterios para saborearlos y para que no se nos olvide que el tiempo Ordinario está impregnado de las gracias y de la belleza, de la hermosura de la Pascua.

Así tenemos la clave fundamental de lectura para estas fiestas: son fiestas de Pascua, son prolongaciones, explicitaciones, son énfasis particulares que damos a algunos aspectos de las celebraciones que hemos tenido en el tiempo Pascual.

Son celebraciones durante el tiempo Ordinario, pero son celebraciones con aspecto y con perfume de Pascua.

Cada Año Litúrgico tiene sus propias lecturas, sabemos que estamos en el Ciclo B de los domingos; cada año tiene sus propias lecturas. En este año, conviene que digamos una palabra sobre estas lecturas que nos ha ofrecido la Iglesia.

La primera se refiere a la Palabra; la segunda se refiere al Espíritu; la tercera, el evangelio, se refiere al Bautismo, al Nombre de Dios.

La primera, tomada del Deuteronomio, se refiere a la Palabra, esa Palabra que fue pronunciada a los Patriarcas, esa Palabra que tomó el corazón y la boca de los Profetas, esa Palabra que se convierte en ruego, en esperanza, en expectativa, y de la cual luego nos dirá San Juan: "La Palabra se hizo carne" San Juan 1,14.

La Palabra, la voz de Dios que es poderosa. "¿Cuándo se ha oído que uno de esos dioses haya sacado algún un pueblo de nuevo de otro pueblo? Pues eso fue lo que Dios ha hecho contigo.

Quiere esta primera lectura que nosotros nos dejemos asombrar por el poder de la Palabra, porque Dios sacó a su pueblo de Egipto con la fuerza de la Palabra.

Lo que sabía Moisés, lo único que sabía Moisés era entregar la Palabra de Dios, y con esa Palabra de Dios, quebrantó el poder de la magia de aquellos brujos egipcios; con el poder de la Palabra de Dios realizó los milagros; con el poder de la Palabra se abrieron las aguas del Mar Rojo; con el poder de la Palabra sofocó las rebeliones en el desierto; con el poder de la Palabra alimentó física y espiritualmente a ese pueblo.

Nosotros, que ya sabemos cuál es el destino, porque también sabemos cuál es el origen de esta Palabra, nos maravillamos ante esas señales y pensamos en todo lo que nosotros tenemos en Cristo.

Entonces, con Cristo en mí, cuando la Palabra de Dios ha sido pronunciada sobre mí, entonces yo quebranto toda maldición y toda brujería. Ese es el argumento de Pablo que les hablaba a los Corintios -estaban asustados porque allá todo lo consagraban a los demonios, a los dioses, a los ídolos-.

Entonces Pablo les dijo: "No, señor: el alimento que usted toma, usted lo toma con acción de gracias, y usted está en Cristo", o como dice la Primera Carta de Juan: "El que está en vosotros es más fuerte que el que está en el mundo" 1 San Juan 4,4.

Déjese de miedos; usted puede abrirse paso, para usted, los elementos de la naturaleza, los ardides del enemigo, nada es obstáculo para usted; usted tiene la Palabra de Cristo, ¿y para qué nos ha sido entregada esa Palabra? Pues a través de ella nosotros hemos sido elegidos.

La Palabra nos ha escogido, nos ha segregado del dominio, ya no de Egipto, sino del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al Reino de su Hijo querido" Carta a los Colosenses 1,13.¡Qué hermosa la acción de esa Plabra!

Y luego San Pablo nos trae un pequeño pero elocuentísimo mensaje sobre el Espíritu: "Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios. Ustedes no tiene espíritu de esclavos, ustedes tienen espíritu de hijos" Carta a los Romanos 8,14-15.

El Espíritu es el vínculo entre ustedes, se convierte en oración entre ustedes para que puedan decir con confianza, para que puedan tener certeza en aquella plegaria que se reduce a una palabra: "Papá". Toda plegaria se reduce a esa palabra: "Abbá", "papá".

¿Qué nos queda entonces de esas pos lecturas? Que Dios por su Palabra nos elige, y por su Espíritu nos atrae; Dios por su Palabra nos libera, y por su Espíritu nos adopta; Dios por su palabra vence a nuestros enemigos, y por su Espíritu nos hace amigos suyos; Dios por su Palabra sale a encontrarnos en donde estábamos, y por su Espíritu nos lleva hasta donde Él está.

Dios nos ha dado esa Palabra maravillosa, Dios nos ha entregado esa Palabra de salvación y nos ha dado ese Espíritu de adopción. Nosotros recibimos la Palabra y recibimos el Espíritu. Con el poder de la Palabra somos libres de lo que nos ataba, y con el poder del Espíritu somos libres para acercarnos al que nos ama.

Recibirle los regalos a Dios Padre; Dios Padre nos ha enviado a su Hijo y al Espíritu. Vamos a recibirle esos regalos. Cuando se completa esa revelación, cuando sucede, cuando acaece esa revelación en nosotros, entonces tenemos una maravillosa contemplación del amor.

La obra es única, nos explica San Atanasio, el gran defensor de la divinidad de Cristo. La obra es única; todo lo ha realizado el Padre por su Palabra poderosa en el Espíritu de santificación.

Renovemos la gratitud por el don del bautismo; recibámosle los regalos a Dios, y en este día, gozosos por la Palabra y el Espíritu, digamos junto con Cristo, como nos pide la Iglesia, esa oración que es propia de los hijos de Dios.