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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20081228

Título: Para salvar la familia nuclear, cuidar la familia más amplia, cuidar la comunidad

Original en audio: 22 min. 51 seg.


La familia, mis hermanos, tiene un significado amplio y rico. Fíjate nada más cómo empiezo estas palabras: digo, "mis hermanos". Porque, pertenecemos a una misma familia, somos de la familia de Dios. Creo yo que la mejor manera de entender la familia es descubrir que hay distintas formas y modos de familia, que cada uno de nosotros pertenece a más de una familia y que estos distintos modos de entender la familia se iluminan, se enriquecen y se protegen mutuamente.

Por ejemplo, todos pertenecemos a la gran familia humana, y aprender a reconocer a los otros otros seres humanos como miembros de una misma raza y dignos, por lo tanto, de respeto, es el principio de toda moralidad. Esto que llamamos "los derechos humanos", brota precisamente de la conciencia de que todos tenemos un mismo origen: no solamente compartimos unos mismos genes, sino que gozamos de unos mismos derechos y tenemos también obligaciones y responsabilidades comunes.

Tenemos además la familia que somos nosotros en la Iglesia. Por eso nos llamamos hermanos unos a otros, por eso consideramos a Jesús el Primogénito. Porque, en el nuevo orden que fue inaugurado por Jesucristo con su Resurrección, Él es el primero, como el nuevo Adán. Así como podemos decir que somos familia humana en razón de nuestros primeros padres a los que tradicionalmente llamamos Adán y Eva, así también hay que reconocer que en el nuevo orden de la Redención, hay Uno que va primero, y ese nuevo Adán es Nuestro Señor Jesucristo.

Gracias a Cristo y gracias a que hemos sido insertados en su misterio y en su amor por el bautismo, nosotros nos podemos considerar y somos en realidad hermanos unos de otros. Hermanos, porque somos hijos en el Hijo de Dios; hermanos, porque compartimos una misma herencia, porque nos da vida un mismo Espíritu y porque esperamos habitar una misma Casa. Jamás olvidemos que Cristo dijo: "En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; me voy a prepararos un lugar" ( véase San Juan 14,2-3 ).

Es decir, que todos nosotros con la gracia de Dios, con su misericordia, hemos de habitar una misma Casa, hemos de pertenecer a ese Hogar celestial en donde Papá Dios celebra la Boda de su Hijo, Jesucristo. Porque, Cristo, -hay que saberlo-, ha querido reservar sus Bodas para el Cielo: no se casó en la tierra porque reservó sus Bodas para el Cielo. Su novia, su esposa, aparece bellamente representada y descrita en el Libro del Apocalipsis en la Biblia.

Ahí también somos familia. Es interesante en el texto del evangelio de hoy, ver cómo el pueblo elegido, el pueblo de Israel, tenía esta conciencia de familia. Ellos se veían como familia los unos de los otros. Y aquí tengo que entrar en algunos detalles históricos que ayuden a comprender por qué se perdió el Niño Jesús. Porque, estoy seguro que causa extrañeza que un Niño tan precioso, -"dicha del cristiano", como dice la Novena tradicional-, este Niño tan precioso se les haya extraviado.

¿Cómo dejan perder al Hijo de Dios? No podemos imaginar que ellos fueran gente descuidada: José y María. Pero, aquí es donde conviene empezar a mirar detalles de cuál era la vida en el siglo primero de nuestra era y cómo organizaban sus peregrinaciones estos israelitas, estos hebreos de ese tiempo.

Todavía hay memoria aquí en Colombia de personas que organizaban peregrinaciones de un modo semejante. Muchos de los que venimos a este Santuario de Nuestra Señora de Chiquinquirá, hemos viajado, por ejemplo, en autos particulares. Una escena muy común sería: papá, mamá, hijos, metidos en un automóvil. Salen, por poner el caso, de Barbosa, Bucaramanga, Tunja o Bogotá. Viajan unos kilómetros, la familia va dentro de ese carro, dentro de ese auto, llegan aquí, parquean su carro, asisten a la Misa, hacen algo de turismo, se montan en su carro y se devuelven a Tunja, Bucaramanga, Ibagué, Bogotá o lo que sea.

Para nosotros, las peregrinaciones, hoy en día, se organizan a veces en núcleos pequeños. Pero, no siempre era de esa forma. Hace muchos años las peregrinaciones se organizaban de otro modo, porque la gente iba a pie, porque la gente traía su propio equipaje y porque eran caminatas de días enteros. Entonces, las personas, por ejemplo, viniendo de Santander a este Santuario de Chiquinquirá, tenían que organizarse por familias. Tres, cuatro, cinco familias se ponían de acuerdo, empezaban a caminar y tenían que llevar por supuesto equipaje y algo de comida para esos días que tenían que ser bastante pesados.

Así eran también las peregrinaciones en el tiempo de Jesús, todavía más duras si se quiere. Como los niños pequeños necesitan la atención de las mamás y como generalmente los papás, los hombres, caminamos a un ritmo más rápido que el de las mujeres, lo natural era, -y de esa manera se hacía en tiempos de Jesús-, que por una parte fueran las mujeres y los niños, y por otra parte fueran los hombres. Por lo tanto, las mujeres y niños, seguramente con algunas bestias de carga, iban por un lado, y los hombres iban por otro lado. Al final de cada jornada, es decir, después de cada día de caminata, se volvían a encontrar.

Obsérvese que aquí no viajaba papá, mamá e hijos, como nosotros nos imaginamos hoy. En estas peregrinaciones a Jerusalén, por un lado estaban todas las mamás con los niños pequeños, por otro lado estaban los hombres. Pero, ellos se sentían miembros de una misma familia, todos ellos; de modo que resultaba natural que las mujeres como un conjunto, tomaran cuidado, tuvieran cuidado de los niños, y los hombres, pues, tuvieran cuidado de la seguridad de la caravana.

¿En qué momento un niño dejaba de viajar con la mamá y empezaba a viajar con el papá? Usualmente a la edad que aquí se menciona, es decir, a los doce años. En tiempos de Jesús no existía la noción de lo que nosotros llamamos "juventud"; más bien la gente era, o un niño que estaba al cuidado de la mamá, o un adulto chiquito que tenía que empezar a aprender el oficio del papá y que tenía que trabajar con el papá. Eso todavía se alcanza a ver en algunas regiones de Colombia. Los niños muy pequeños, especialmente en zonas rurales, están con la mamá, pero llegados a una cierta edad, doce o quince años, se espera que el niño empiece a ayudar al papá, que salga al campo y ayude a sembrar, ayude con el arado o ayude con algo.

Los doce años eran la edad de la transición. A los doce años, -ésa era la costumbre entre los israelitas-, el niño dejaba de estar, podríamos decir "en colombiano", pegado a las faldas de la mamá, y empezaba a caminar con el papá. Esto explica por qué Jesús se podía perder en esta edad particular. Porque, como iban dos grupos separados, el grupo de las mujeres con los niños y el grupo de los hombres, y Jesús estaba hacia los doce años de edad, entonces no era completamente seguro si Él tenía que irse con la mamá o tenía que irse con el papá. Siendo todavía un niño en cierto modo, podía irse en la caravana con las mujeres, pero siendo ya un hombre aunque un hombre pequeño, muy joven, diríamos nosotros, ya podía caminar con el papá.

Por eso cuando ellos salieron de Jerusalén, salieron los dos grupos: salió el grupo de las mujeres, salió el grupo de los hombres. Y era natural que José pensara: "Este Jesús todavía está como muy apegado a la mamá; entonces, dejémoslo". Y es posible que la mamá, la Virgen pensara: "Este Jesús ya se siente grandecito y va con el papá; dejémoslo". Cada uno estaba pensando que Jesús caminaba con el otro grupo. Pero, mira lo que nos dice el evangelio; dice aquí: "Hicieron una jornada" (véase San Lucas 2,44). Cuando ya terminaron ese día de camino, era el momento de reunirse todos, y ahí, ¡oh, sorpresa! -"Bueno, ¿y el Niño? ¿Qué pasó con el Niño?" -"No, yo creía que tú lo tenías; yo creí que iba contigo", y tienen que devolverse hacia Jerusalén.

Lo anterior para que comprendamos que estos papás, por una parte, tenían toda la responsabilidad de padres amorosos que eran, pero por otra parte, para que veamos que ellos se sentían miembros de una familia más amplia, la familia del pueblo de Dios. A esa familia más amplia a veces la llamamos "comunidad". La palabra fundamental aquí es "comunidad". Y cuando una persona se siente miembro de una comunidad, por ejemplo, la comunidad parroquial, o por ejemplo, la comunidad religiosa, entonces, además de su familia biológica, tiene, por así decirlo, otra casa afectiva, emocional, otro lugar en donde encuentra cómo construir su propio ser.

¿Yo por qué estoy insistiendo en estas distintas variedades o niveles de la palabra familia? Porque hoy en día, si queremos salvar a la familia de papá, mamá e hijos, tenemos que cuidar esas otras familias, tenemos que cuidar la familia que se llama la comunidad, tenemos que cuidar la familia que se llama la Iglesia que somos todos nosotros, y tenemos que aprender a cuidar y enseñar a cuidar la gran familia humana que somos todos los nacidos de Adán y Eva, según esos nombres tradicionales.

La familia siempre encontrará crisis, la familia siempre tendrá dificultades, y aquí hablo de la familia de papá, mamá e hijos. Pero, un fenómeno muy grave que está sucediendo en nuestro tiempo, es que la familia, esa familia de papá, mamá e hijos, se queda aislada, se queda sin la protección, se queda sin la ayuda, sin el soporte de la familia extensa, que son los abuelos, los tíos, los primos, incluso los amigos cercanos, y esa familia se queda sin la protección de la comunidad parroquial, la comunidad creyente.

Y cuando la familia nuclear, la familia de papá, mamá e hijos no tiene la protección de la comunidad creyente, ¿qué sucede? Sucede algo muy grave. Cuando el hombre tiene dificultades con la esposa, o lo contrario, la mujer se siente descontenta con el marido, si no tiene una familia extensa, llena de amor y clara en sus principios, esa persona cuando está en crisis, en dificultad con su familia pequeña, ¿a dónde va a ir? Ahí está el problema. Por eso digo que para salvar la familia, la familia de papá, mamá e hijos, tenemos que fortalecer la familia extensa. ¿Qué es familia extensa? Abuelos, tíos, primos, la unión, el intercambio, el conocimiento mutuo, la alegría compartida de la familia extensa.

Pero, también hay que cuidar la comunidad, la familia espiritual, la comunidad parroquial, aquella comunidad en donde uno aprende y vive la fe, por supuesto también esa otra familia que es la Iglesia y la familia que es la raza humana. Si la familia nuclear, si ese núcleo que es papá, mamá e hijos, no tiene la protección de la familia extensa, cuando llega una dificultad, ¿ese hombre a dónde va? Pues, va a buscar otra mujer para empezar otra tragedia, que será otra familia frustrada.

Si no existe esa familia nuclear protegida por una familia extensa, cuando llega la dificultad, la persona queda a la intemperie, al frío de la falta de afecto y de cuidado. Entonces, ahí es donde vienen la infidelidad matrimonial, ahí es donde vienen las malas amistades para los hijos, ahí es donde vienen los adulterios, ahí es donde viene esa frase que detesto con todas las fuerzas de mi alma: "El amor se acabó". Me da rabia esa frase, porque esa frase demuestra la superficialidad, la poca raíz, la pobre raíz que tenía ese amor.

¿Qué hay que hacer entonces para salvar la familia? Hay que proteger la familia extensa. Ayuden ustedes, mis hermanos, los que tienen familia, a que sus niños conozcan y valoren al abuelito, a la abuelita, a la tía que no se casó, al tío que quedó viudo, al primo que es sacerdote, a la prima que se entró de monja, a los amigos que viven en otro barrio o en otra ciudad. ¡Amplíen, de caridad, amplíen el mundo afectivo y emocional de sus hijos!

Los niños que crecen con un universo afectivo amplio, donde caben los abuelos, los tíos, los primos, los cuñados, las nueras, los suegros, el niño que crece en una familia extensa, cuando tiene dificultades puede decir esta frase: "Mi papá no me entiende, pero voy a hablar con el tío Roberto; pero, voy a hablar con mi abuelito Mario". ¡Tiene a dónde acudir! Lo grave es cuando el niño sólo tiene su familia chiquitica, su familia nuclear: familia nuclear, -una vez más lo digo-, es mamá, papá e hijos. El niño que sólo tiene papá, mamá e hijos, el día que pelea con el papá y la mamá, no tiene a dónde ir, excepto ir a la calle a aprender a drogarse, a aprender a emborracharse y a aprender a degenerarse.

Por eso, para defender la familia, tenemos que cuidar la familia nuclear, tenemos que cuidar la familia extensa. Pero, también necesitamos la familia de la fe: la necesitamos. Por ejemplo, nosotros, los sacerdotes, somos llamados precisamente "padres". Mucha gente habla así, "el padre", el Padre Juan, el Padre Pedro, el Padre Nelson.

¿Qué clase de paternidad tenemos nosotros? Pues, mira, si tú acostumbras a tus hijos a que vengan a la Iglesia, a que escuchen la Palabra de Dios y a que valoren la persona del sacerdote, ese hijo tuyo, el día que tenga un problema contigo, de pronto se le ocurre decir: "Oiga, ¿y por qué no voy a hablar con el Padre Carlos Mario?" " Oiga, no me entiendo con mi papá, pero de pronto el Padre Nelson me puede aconsejar algo". "No me entiendo con mi mamá, pero de pronto el padre puede aconsejarme, puede darme una luz". Hay que cuidar la familia, reconociendo que solamente dentro del conjunto de la familia extensa y dentro del conjunto de la comunidad cristiana, se pueden tolerar las cosas.

Las personas, las familias, como está sucediendo hoy en las ciudades grandes, sobre todo, la familia que se aísla, esa familia que son papá, mamá y un hijo, metidos en un apartamento, por allá perdidos, donde no conocen ni los vecinos, el día que esa señora tiene un problema con el marido, ¿a dónde va? ¿Qué hace? Pues, siente que el mundo se le acabó y empieza a decir: "Se acabó el amor. Yo tengo derecho a rehacer mi vida. No nos entendimos. El matrimonio tendría que ser a término fijo". Eso dice esa mujer porque está desesperada, no tiene a quién acudir.

Pero, si esa misma mujer cuando tiene una crisis con su esposo tuviera esa familia extensa y esa familia de comunidad cristiana, parroquial, católica, si tuviera ese grupo de oración, a quién acudir, con quién llorar, con quién rezar, esa misma mujer, en vez de decir: "El amor se acabó", diría algo como: "El amor tenemos que renovarlo; es la hora de comenzar de nuevo".

Hermanos, nosotros, cristianos católicos, tenemos que defender la familia con todas las fuerzas de nuestra alma. Y la mejor manera de defender la familia es fundar verdaderas familias en Cristo Jesús.

La primera lectura del día de hoy fue hecha por una joven que aquí la tengo, por una joven que está aquí. Yo creo que ésta es más o menos la edad para formar la familia. "No quiero decir que se case, señorita, ni esta semana ni la otra". Pero, ésta es la edad. -"¿Cuántos años tienes?" Tiene la edad de Jesús en el evangelio, tiene doce años; está apenas para formar familia. A esta edad, -y los niños que hay ahí-, a esta edad es que ustedes, niños y niñas, tienen que hacerse esta pregunta y ésto no se les olvide: "¿Cómo es que voy a formar mi familia?"

La familia no se puede empezar a formar cuando llega una tragedia, cuando: "¡Ay, estoy embarazada! ¿Ahora qué hago?" Ésa no es la hora de formar una familia, a las carreras. La familia se forma desde el santuario del corazón de las niñas y desde el templo del corazón de los niños, que desde ya tienen que aprender a valorar que ser familia es una vocación. Ser familia es una empresa que ocupa la mayor y mejor parte de tu vida. Ser familia no es un compromiso para un momento.

Y desde ya, si has pensado de pronto en tener familia, o los niños que están ahí, si han pensado en tener familia, desde ya hay que pedirle a Dios por intercesión de la Virgen: "Dame la pareja con la que yo pueda formar hogar": verdadero hogar, y que ese hogar sea custodiado, protegido por el amor de Dios en el conjunto de una familia extensa y en el conjunto de una familia de fe que es la comunidad parroquial, o el grupo de oración, o allí donde uno practica y vive su fe católica.

Tenemos que defender la familia, tenemos que proteger la familia. Lo que le suceda a la familia le va a suceder a la sociedad. Si dejamos destruir la familia estamos destruyendo nuestro futuro. Pero, si protegemos, si fortalecemos con amor, con fe, con principios a nuestros niños, si protegemos y bendecimos a nuestros niños y les enseñamos a formar verdaderas familias, ¡qué futuro hermoso y luminoso aguarda a nuestra patria y a la sociedad!