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Fecha: 20030518

Título: La oracion es tratar de convencer a mi corazon de lo que Dios quiere.

Original en audio: 23 min. 10 seg.


Hermanos:

Como predicador, uno siempre busca cuál sería el tema que unifica las lecturas del día. Estamos en el tiempo de la Pascua, estamos predicando sobre el triunfo de Jesucristo, y hay tantos temas, que uno podría decir: “Tal vez este reúne lo que nos quieren enseñar las lecturas”.

Yo creo que todavía no tengo una respuesta sobre cuál es el gran tema de este quinto domingo de Pascua del ciclo B. Pero sí hay un tema muy interesante y es el tema de la oración de petición. ¿Qué opinan? El quinto domingo de Pascua en el ciclo B nos habla de la oración de petición, más aún, nos habla de las condiciones para una oración eficaz.

¿Cómo ha de ser la oración para ser eficaz? En efecto, en el capítulo quince del evangelio de Juan, en el pasaje que hemos oído dice Jesús: “Pediréis lo que deseéis y se realizará” San Juan 15,7; una oración eficaz.

En la Primera Carta de Juan, que fue lo que escuchamos en la segunda lectura, dice: “Cuanto pidamos, lo recibiremos de Él” 1 Juan 3,22; es una idea parecida a la del evangelio; un oración eficaz.

Si hay algo que puede traerle muchísima unidad al corazón, muchísima alegría al alma, muchísima paz a todo nuestro ser es sentir que nuestra oración es escuchada. Y cuando aquí hablamos de una oración eficaz, hablamos de esa oración que uno siente que es escuchada.

Yo creo que todos los que estamos aquí quisiéramos tener esa certeza, la certeza de una oración escuchada. Y la Biblia nos está enseñando hoy cómo es una oración escuchada, porque Jesús dijo: “Pediréis lo que deseéis y se realizará” San Juan 15,7, aunque puso una condición.

Y en la Primera Carta de Juan, dice el Apóstol: “Cuanto pidamos lo recibiremos de Él” 1 Juan 3,22; pero también pone una condición.

Destaco lo de la condición porque en el capítulo séptimo de san Mateo está esa famosa frase de Cristo: “Pedid, y recibiréis” San Mateo 7,7. En ese momento Cristo no dijo con qué condiciones, pero las lecturas de hoy nos enseñan cuáles pueden ser esas condiciones.

Pero antes de hablar de esas condiciones quiero hablar de la gran alegría, de la tremenda confianza y de la fantástica paz que tienen las personas que saben que sus oraciones son escuchadas.

En otra ocasión ya he comentado una anécdota de Santo Domingo de Guzmán, Fundador de nuestra Orden de Predicadores. Haciendo vigilia junto con un obispo amigo, compartían plegarias, pero también compartían testimonios, y en la intimidad de esa oración compartida le dijo Santo Domingo a este obispo: No me acuerdo haberle pedido nada a Dios que no me lo haya concedido”.

Y aquí dice uno que si hubiera envidia buena, pues da envidia pensar, envidia de la buena pensar en una persona que está así, por decirlo de alguna manera, tan cerca de Dios, tan convencido, tan cierto de la amistad divina.

Mi experiencia y mi convencimiento, hermanos, es que si uno no alcanza este tipo de oración, cojea demasiado, cae demasiado, sufre demasiado y se confunde demasiado. Necesitamos llegar a este tipo de oración, lo necesitamos. Es demasiado devastador para el alma humana sentir que su oración no es escuchada.

Es demasiado duro sentir que la voluntad de uno va por un lado y la voluntad de Dios va por otro lado. Yo puedo hablar de ese drama con conocimiento de causa, porque yo mismo me siento muy lejos del ideal de oración que presenta Santo Domingo de Guzmán.

Y por eso sé perfectamente, porque he conocido personas tan cerca de Dios y porque vivo la experiencia y veo el sufrimiento de otras personas que oramos, pero oramos como con una incertidumbre, como con un temor de qué será lo que Dios quiere, qué será lo que Él realmente quiere.

Estoy convencido, entonces, por mi historia personal y por la historia de la Iglesia, que necesitamos este tipo de oración. Esta oración trae una paz muy grande. Si lo pensamos bien, una oración de petición de estas características, es la oración de una persona que pide lo que le van a dar.

Cuando uno piensa en la oración de petición, uno cree que la oración consiste en que a uno le den lo que uno pide, pero no, el secreto de la oración es que uno pida lo que le van a dar; que son dos cosas distintas, que son dos temas distintos.

Mientras que uno esté esperando a que le den lo que uno está pidiendo, empieza a desanimarse y empieza a confundirse, porque muchas veces Dios no le da lo que uno está pidiendo.

El arte de la oración de petición no es esperar a que me den lo que yo pido, sino empezar a pedir lo que me van a dar, y eso es lo que han vivido santos como Domingo de Guzmán.

Es decir, el éxito de la oración de petición no está en tener un gran poder sino en tener una gran luz, y si lo pensamos mejor, una gran comunión, una profunda unión de amor, una intensa unión de amor que hace que uno pida lo que le van a dar.

Observemos la diferencia entre pedirle algo al papá o pedirle algo al jefe en condiciones típicas. Hay jefes que son como papás o casi mamás y hay papás que son más jefes que papás.

Pero en condiciones normales hay una gran diferencia entre pedirle algo al papá y pedirle algo al jefe. ¿En qué consiste la diferencia? En que yo conozco el corazón de mi papá, conozco los recursos de mi papá, conozco los gustos de mi papá, conozco los criterios de mi papá.

Entonces, si yo llego donde mi papá que es un asalariado y le digo: “Papá, ¿me puede regalar, por favor, un Peugeot último modelo?” Como mi papá no tiene recursos para eso, me va a decir que no. O si le digo a mi papá: “Papá, ¿me regalas una escopeta doble o triple cañón?” Mi papá me va a decir que no porque él no va con eso.

Es decir, lo que hace que yo me pueda acercar con confianza a mi papá es que yo lo conozco y él me conoce. Es ese mutuo conocimiento lo que hace que yo solamente pido lo que yo sé que puedo recibir. Yo no espero recibir lo que yo pida, sino que primero pido lo que sé que puedo recibir.

Entonces yo sé que si yo le pido a mi papá, por ejemplo, un buen consejo, que vale más que oro en polvo, mi papá con el mayor gusto y con la mayor sabiduría tratará de darme ese consejo.

Luego, la oración de petición se vuelve perfecta según crece la confianza y según crece el conocimiento. En la medida en que vamos creciendo en conocimiento y confianza de Dios, vamos aprendiendo a sintonizar nuestro corazón con el Señor, y de esa manera empezamos a pedir no cualquier cosa, sino empezamos a pedir según el deseo de Dios.

Y cuando uno empieza a pedir según el deseo de Dios, empieza a recibir según la generosidad de Dios. El que pide según el deseo de Dios, recibe según el poder de Dios. El que pide según su propio deseo, a veces recibe, a veces no recibe; a veces recibe más, a veces recibe menos; a veces le explican y a veces no le explican por qué llegan las cosas.

Esa es la condición lamentable en la que a veces nos encontramos muchos y por eso nos confundimos en nuestra relación con Dios.

Porque nosotros pedimos según nuestros deseos. El apóstol Santiago dice expresamente eso: “Ustedes piden y no reciben porque piden mal, porque ustedes piden según sus deseos” Santiago 4,3. El éxito de la oración de petición no está en la actitud que yo tome en el momento de orar.

Porque yo puedo ir donde mi papá con lágrimas en los ojos, y después de tomarle las manos y mirarle el corazón, le digo: “Dame ese carro último modelo”, y él me dice: “Pues no, mijito”. No es la actitud en el momento de orar, no es la insistencia en el momento de orar, no es eso; es la sintonía de corazones anterior.

La oración cristiana no es la oración de volverse uno un gusano delante de Dios y decirle: “No merezco nada, no soy nada, nada de nada, y yo que no soy nada, yo que sólo puedo ser considerado un sapo aplastado vengo aquí a pedirte, que si te parece, pues me des”.

¿Qué clase de Dios sería ese? Un Dios que se deleita viéndonos humillados así. No, el éxito de la oración no está en ese tipo de humillación; no es tanto esa actitud, sino es la sintonía de corazón.

A mí me llama mucho la atención en los milagros que realiza Jesucristo delante de la gente, es decir, orando a Dios delante de la gente, la manera como Dios le habla al Papá. ¿Ustedes cuándo han visto que Cristo, por ejemplo, para la resurrección de Lázaro haya dicho: “Yo, que no soy nada de nada sin embargo me atrevo a pedirte”? No.

Muy al contrario, las palabras de Cristo son estas: “Padre, yo sé que siempre me escuchas; digo esto en voz alta para que esta gente crea" San Juan 11,42. ¡Es con una confianza!

La oración no es tratar de convencer a Dios de lo que yo quiero; la oración es tratar de convencer a mi corazón de lo que Dios quiere. Es la sintonía de mi corazón con el corazón de Dios.

Y después de que estamos en sintonía, uno habla como Cristo y dice: “Bueno, papá, vamos a resucitar a Lázaro. "¡Lázaro!” Y Lázaro sale. No es un asunto de hacer fuerza, pujar, concentrarse, concentarse, "vamos a concentrarnos".

La oración no es un asunto de concentración, no es un asunto mental, esa es idea de la nueva era; que la oración es más cuanto más reconcentrado esté uno; como quien dice: “Si yo visualizo, si yo visualizo, yo visualizo, el baloto, me lo gané”. No es un asunto de concentrarse ni de visualizar, es un asunto de sintonía de corazones.

Yo voy donde el jefe y no le hablo con la misma confianza con la que le hablo a mi papá, porque no lo conozco. Es el conocimiento mutuo.

Con estas convicciones revisemos la enseñanza que nos dan la segunda lectura y el evangelio de hoy. “Cuanto pidamos lo recibiremos de Él” 1 Juan 3,22. ¡Ay, qué maravilla, eso era lo que yo quería oír!

¿Qué nos está dando Dios con esto? ¿Una especie de varita mágica? “Cuanto pidamos lo recibiremos de Él” 1 Juan 3,22. ¿Es una vara mágica? No.

Fíjese lo que sigue: “Porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada” 1 Juan 3,22. Eso no significa que Dios nos conceda las cosas como un premio por habernos portado bien.

Esto lo que significa es: porque estamos en sintonía con Él, porque nos gustan las cosas que le gustan a Dios, a Dios le gustan las cosas que nosotros le pedimos. Así funciona.

Repito ese pensamiento: “cuando a mí me gusten las cosas que le gustan a Dios, a Dios le gustarán las peticiones que yo le haga”.

Y ahí es donde se forma la confianza. No es un asunto de doblar la cabeza como un junco, ni de humillarse y decir uno que es una porquería o que es el último. No, no es tanto eso. Jesús nunca oró así, ni Pedro tampoco oró así, ni Pablo tampoco oró así, ni María tampoco oró así. La oración no es eso.

La oración brota de una profunda, de una intensa, de una perfecta confianza. Por eso dice el salmo que: "Sea el Señor tu delicia, y Él te dará lo que pide tu corazón” Salmo 37,4. Ese es el resumen. “Sea el Señor tu delicia y Él te dará lo que pide tu corazón”.

Cuando tú estás en la dimensión de lo que le agrada a Dios, ¿tus peticiones cómo van a ser? Del agrado de Dios. Así de sencillo.

Algo parecido es lo que nos dice el evangelio: “Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros” San Juan 15,7. Es la misma idea en el fondo. Si la Palabra del Señor vive en mí, si Cristo vive en mí, cuando yo oro ¿quién ora? Cristo.

El asunto es muy sencillo: si Cristo vive en mí, cuando yo oro, el que ora es Cristo; y si el que ora en mí es Cristo, mi oración es eficaz, ¿por qué? Porque Cristo, según dice en el mismo evangelio, jamás, jamás recibe una negativa del Padre celestial.

Bueno, ustedes se preguntarán, porque aquí hay gente que se hace preguntas, cosa que me parece muy buena; ustedes se preguntarán: ¿y en el caso de la oración en el Huerto? ¿Ahí qué pasó? Bueno, analicemos qué fue lo que pasó ahí, que eso nos puede enseñar mucho.

Ahí aparentemente tenemos un contraejemplo, porque Cristo no quería ese sufrimiento, y sin embargo le tocó. Entonces, ¿qué pasó ahí con su teoría? Usted dice que Cristo lo que pide lo recibe; y resulta que Cristo no quería ese sufrimiento; y sin embargo lo padeció; ¿cómo se explica? Miremos con mayor atención los textos y llegamos a una conclusión.

¿Cristo le pidió al Padre no sufrir? No. Cristo no le pidió al Padre no sufrir, eso no fue lo que le pidió. Revisemos los Evangelios, esto está en los tres sinópticos. Revisemos los Evangelios y veremos que en ninguna parte aparece Cristo haciendo esta petición.

"Padre, te pido no sufrir". No. Cristo lo que dice es: “Si es posible que este cáliz pase sin que yo lo beba, que sea así; pero que se haga tu voluntad y no la mía” San Mateo 26,39, San Marcos 14,36, San Lucas 22,42.

Cristo no pidió no sufrir, lo que pidió es que si era posible, le quitara el sufrimiento; y son dos cosas distintas.

Es distinto pedirle a Dios no sufrir que pedirle a Dios que, si es posible, no suframos. Son dos cosas distintas. ¿Por qué? Porque cuando yo le pido a Dios no sufrir ¿qué pasa? Que si me llega el sufrimiento ¿qué digo yo? Dios no me hizo caso, Dios no atendió mi oración. Si yo le pido a Dios no sufrir, y me llega sufrimiento ¿qué tengo que decir? Dios no me oye.

Pero si yo le pido a Dios que si es posible yo no sufra, y me llega el sufrimiento ¿yo qué conclusión saco? Que Dios oye mi oración, pero en este caso era necesario ese sufrimiento. Son dos cosas totalmente distintas.

De manera que Jesucristo no fue desatendido en su oración; Jesucristo nunca fue desoído, nunca, incluso en el Huerto. Pero en esa oración del Huerto aprendemos otra cosa, amigos; en esa oración del Huerto aprendemos que el trabajo de acomodar nuestro corazón al corazón de Dios supone siempre pasar por la escalera del sufrimiento.

Y esto es expresamente lo que nos dice la Carta a los Hebreos que tiene esta expresión referida a Jesucristo: “Aprendió sufriendo a obedecer” Carta a los Hebreos 5,8. ¡Ojo! Jesucristo aprendió, aprendió. Esto quiere decir que hay un sufrimiento en el proceso de unir nuestra voluntad a la voluntad del Padre.

Hay un proceso de sufrimiento ahí; y en ese proceso de sufrimiento preparamos nuestra alma para que tenga el agrado de Dios adentro, para que tenga la mente de Dios adentro, como dijo San Pablo: “Nosotros tenemos la mente de Cristo" 1 Corintios 2,16.

Hay un proceso para acomodar el corazón; pero cuando uno ha acomodado el corazón al querer divino, cuando uno ha puesto el corazón en el querer divino, entonces la oración de petición llega. Es decir, que estamos aprendiendo algo fantástico.

Estamos aprendiendo que la oración de petición no es lo primero que tiene que salir de nosotros, lo primero que tiene que salir es acomodar el corazón al corazón de Dios; acomodar la voluntad a la voluntad de Dios. Cuando estemos sintonizados, entonces pido.

San Josémaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, describía esta operación con una frase sencilla y elocuente: “Corazón en la Cruz”.

Cuando el corazón se pasa, cuando se muda, cuando se pasa a vivir al corazón de Dios, cuando hacemos el mismo proceso que hizo Cristo, un proceso que supone sufrimiento, cuando hacemos ese proceso de sufrimiento porque implica morir, cuando en ese proceso de sufrimiento acomodamos nuestro corazón al corazón de Dios entonces estamos listos para pedir.

Uno no está listo para pedir por el hecho de que sepa hablar. Uno está listo para pedir cuando tiene el corazón en el corazón de Dios. Esa es la oración eficaz, esa es la oración de petición.

Y eso es lo que nos enseñan las lecturas de hoy. “Si permanecéis en mí, si mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que deseéis y se realizará” San Juan 15,7. Si estamos así unidos.

Y el Apóstol san Juan: “Si guardamos sus mandamientos, si hacemos lo que a Él le agrada” 1 Juan 3,22; si estamos sintonizados con Él, pediremos y recibiremos. Claro que hay una petición que sí podemos hacer antes de empezar a pedir, y es la petición de poder unir nuestro corazón al corazón de Él. Esa petición sí la podemos hacer.

Esa es la primera y fundamental petición y es esa petición del Padrenuestro: “Hágase tu voluntad, que se cumpla tu voluntad”. La petición que siempre podemos hacer es: “Señor, lleva mi voluntad a donde está la tuya, cuando esté allá te pido lo que te voy a pedir”.

Antes de que mi voluntad esté en la voluntad de Dios seguramente voy a pedir cosas que no son, que no me convienen, que no sirven y que no voy a recibir. ¡Lleva mi corazón a donde está el tuyo! “Corazón en la Cruz”, decía san Josémaría.

"Lleva mi corazón a donde está el tuyo. Transpórtalo, llévalo; cuando esté allá podré pedir, cuando esté allá empezaré a pedir, y lo que pida se realizará"..