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Fecha: 20030504

Titulo: Sentir dolor por los pecados, pero tener la dulce y segura confianza en el perdon y el amor de Dios

Original en audio: 8 min. 25 seg.


La Escritura dice que el Mesías debía sufrir la muerte y resucitar al tercer día, “Sufrir la muerte y resucitar” San Mateo 16,21. El sufrimiento de la muerte, es ese espectáculo terrible que vemos en la Cruz; la gloria de la Resurrección es esa maravilla que llena de alegría, nuestra Pascua.

La muerte y la resurrección, son las dos dimensiones de lo que vivió Cristo, y son las dos dimensiones que nosotros tenemos que vivir, pero a nosotros no nos toca ser crucificados; lo que tiene que ser crucificado en nosotros, ya fue crucificado en Cristo y se llama el pecado.

A nosotros no nos tienen que meter en un sepulcro para que entremos en vida nueva, a ese sepulcro ya bajó toda la calamidad y toda la tragedia del pecado de la humanidad; Cristo vivió el sufrimiento de la muerte y la gloria de la resurrección; yo tengo que vivir el arrepentimiento de los pecados y entrar en vida nueva, ese es el mensaje de hoy.

A Cristo le costó el dolor espantoso que vemos en la Cruz, una chispa de ese dolor tiene que llegar a mi corazón, eso fue lo que vimos en la primera lectura.

Pedro toma la palabra y empieza, podríamos decir, regañando a la gente: “El Dios de nuestros padres, el Dios de Abraham glorificó a su siervo Jesús, a quién vosotros entregasteis, y cuando Pilato se decidió a soltarlo, lo repudiasteis. Habéis repudiado al que era santo e inocente” Hechos de los Apóstoles 3,13.

¿Por qué habla así Pedro? Porque quiere despertar en nosotros, una chispa del dolor de Cristo en su Pasión y en su muerte; si yo quiero abrazar la Pascua de Cristo, porque soy cristiano, tengo que participar de la muerte de Cristo y de la vida de Cristo.

Y para participar de la muerte de Cristo tengo que participar del dolor de Cristo, pero ya no es dolor de que me metan clavos en las manos, es dolor de haberle metido clavos en las manos de Él, es dolor de mis pecados.

El dolor de mis pecados se une al dolor de Cristo por el pecado del mundo; de esa manera yo tengo una chispa de su dolor, de esa manera también recibo una semilla de la gloria de la Resurrección.

La vida cristiana es una chispa y una semilla: una chispa del dolor de Cristo, una semilla de su vida eterna, de su vida que no acaba.

¡Yo quiero abrazarme a Cristo por que Él es mi vida, yo quiero alimentarme de Cristo porque Él es mi Pan, yo quiero aprender de Cristo porque Él es mi Maestro, yo quiero ser construido en cristo porque Él es mi Roca, yo quiero ser defendido por Cristo porque Él es mi Salvador.

Así que si quiero estar unido a Cristo necesito una chispa y una semilla, una chispa de su dolor, sólo una chispa de dolor, que es lo que le llega a mi alma cuando descubro qué es lo que he hecho, y por eso el Apóstol Pedro predicó como predicó.

A primera vista es como una contradicción, estamos predicando la Pascua y sale un regaño, ¡bendito regaño! Porque el que ha pasado por el dolor, conoce el amor.

Es más o menos lo mismo que sucede cuando, por ejemplo, en una pareja surge alguna desavenencia y tienen una discusión, –puede ser una pareja de novios o de esposos-, y tienen problemas, y no se entienden, y se miran mal, y se dicen cosas duras, es el momento duro y difícil.

Pero qué tal que ese momento luego va pasando y cada uno comprende que de pronto cada uno obró mal, y llega el momento de las disculpas, y llega el momento de la humildad, y llega el momento del perdón, y llega el abrazo de la reconciliación.

Cuando llega ese abrazo de reconciliación, cuando llega ese momento de perdón, hay una alegría tan grande, y de ahí en adelante seguramente se conocen mejor, se entienden mejor y se quieren más.

Así también es la vida cristiana, uno dice que conoce a Dios, pero si de la palabra de un apóstol, me llega una chispa de dolor por el pecado del mundo, sobre todo por mis pecados, si de pronto cae una chispa de esas y me incendia en dolor de amor, entonces lo mismo que en la pareja de esa historia, yo voy a descubrir y voy a saborear, y voy a regocijarme en el abrazo de amor de mi padre Dios que me ama tanto.

Hay una oración en la Liturgia de las Horas que rezamos los religiosos, sacerdotes y muchos fieles laicos también, hay una oración muy bonita en la hora intermedia que dice: “ Ayúdanos, Señor, a llorar nuestros pecados”.

Hermanos, no le pidamos a Dios solamente alegrías: “Dame alegrías, y más alegrías, dame gozo y risas y pasarlo bien”, también hay que pedirle a Dios: “Señor, dame dolor por mis pecados; Señor, dame lágrimas de arrepentimiento”.

Nuestro Fundador, Santo Domingo de Guzmán, (Orden de Predicadores), amaba tanto esta gracia del arrepentimiento, que les decía a los novicios: “Si ustedes no encuentran pecados propios por los cuales llorar, pídanle a Dios la gracia de llorar por los pecados del mundo”.

Y Santa Teresa de Jesús decía: “Aprovecha más media hora de arrepentimiento humilde, confiado en la misericordia divina, que tres días de alabanza y de gozo por su majestad divina”.

La gracia del arrepentimiento, la chispa de dolor que viene del Cielo, es como un lazo de oro que nos une al misterio de Jesucristo, y movidos por ese dolor podemos encontrar la grandeza del amor que nos ha hecho salvos.

Sigamos esta celebración, mis hermanos, pidiéndole a Dios que siempre vivamos nuestra existencia como Pascua: en el dolor por los pecados, pero en la dulce y segura confianza del perdón y del amor de Dios.

Amén.