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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20000430

Título: Que Dios en esta Pascua haga de nosotros una hermosa claridad

Original en audio: 10 min. 25 seg.


Hermanos:

El evangelio que hemos escuchado vuelve a refrescar en nuestra conciencia el día maravilloso de la Pascua, el día de la Resurrección.

Llevamos en verdad ocho días, una Octava, que son en realidad un solo día, el día de la Resurrección.

Este nombre, que el Apóstol Juan le da a este día, entra en contraste con las palabras que Cristo había dicho cuando llegó el momento de su muerte y dijo: “Ha llegado la hora” San Juan 12,23.

Y en otro texto más claramente dice, cuando ya lo iban a aprender en el Huerto: “Esta es vuestra hora, la de las tinieblas” San Marcos 14,41.

Y así nosotros, cristianos, recordamos la hora de Jesús, una hora espantosa, no una hora de sesenta minutos, sino un drama que atraviesa la vida terrena de Cristo y que tiene su consumación cuando todas las traiciones se dan cita, cuando todas las mentiras se amontonan, cuando todos los odios se agolpan y la muerte misma golpea la humanidad del Hijo de Dios.

Nosotros recordamos, tenemos fresca la memoria ese momento, este tiempo de tinieblas; pero ahora también tenemos en nuestra memoria, también tenemos en nuestro corazón y en nuestras voces de alabanza lo que se dice aquí el día de la Resurrección.

La primera enseñanza en este día entonces es que sepamos conservar esas dos realidades: la hora de las tinieblas y el día de la Resurrección.

En otro lugar de la Biblia San Pablo le dice hermosamente: ”La noche va pasando, el día está encima” Carta a los Romanos 13,12.

Ese tiempo en que la noche va pasando y el día llega, ese es el tiempo de la Iglesia, que tiene todavía algo de la noche, algo de la hora de las tinieblas, porque padece todavía el peso del pecado, de sus propios pecados y el de sus hijos.

Porque padece de la incomprensión del mundo, porque sigue siendo perseguida, burlada, escarnecida, se la intenta ahogar con la indiferencia o con la burla.

Pero la misma Iglesia tiene para este día maravilloso de Resurrección, y así se burle el que se burle, consagramos el Pan de la Eucaristía y tenemos el Cuerpo vivo de Cristo.

Y la Sangre derramada para el perdón de nuestros pecados se vierte generosa, especialmente en el sacramento del Bautismo y en el sacramento de la Confesión.

Y así, frente a la incredulidad y la burla, frente a la violencia y la indiferencia del mundo, la Iglesia amanece, la Iglesia es, nosotros somos el amanecer de la gloria de Dios en el mundo, tenemos de las tiniebla, padecemos de las tinieblas; pero tenemos de la luz y nos gozamos en la luz.

Somos una penumbra, pero no una penumbra por falta de luz, ni tampoco penumbra de atardecer, somos la penumbra del día que ya ha empezado, el día de la Resurrección del Señor, el que se llama primer día de la semana.

El primer día de la semana y este primer día, que en esta cuenta de la Iglesia es el octavo dentro de esta celebración, que por eso se le llama Octava de Pascua, este día es el día que ya no tiene ocaso, porque ya no hay una segunda muerte, porque ya no hay otra traición que tenga poder sobre Jesús, porque ya no hay ninguna mentira que tenga poder sobre Él.

Por eso nos ha dicho esa Primera Carta de San Juan: “Al mundo no lo vence sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios” 1 Juan 5,5.

Este día que empezó con la Resurrección del Señor, este día que somos nosotros mismos aurora de una humanidad nueva, ese día no se acaba, no se puede acabar, ninguna noche tiene poder sobre este día.

Y lo único que puede suceder, y es lo que va a suceder, es que la claridad de la Pascua de Jesús, invadiendo con su fascinante claridad los corazones humanos, las culturas humanas, las lenguas, los pensamientos y los afectos humanos, llegue a ser un día, llegue a ser alguna vez, la absoluta luz, la absoluta claridad del Reino de los cielos.

Hoy nos toca despedirnos de la Octava de la Pascua, hoy está terminando la Octava de la Pascua. La oración del comienzo de la Santa Misa, la oración colecta del día, rogando a Dios que nos diera comprensión, que pudiéramos entender, ¿qué?

Es una oración hermosísima, dice: "Que la comprensión de la riqueza del bautismo que nos purificó, la riqueza del Espíritu que nos hizo renacer y la riqueza de la Sangre que nos redimió".

Llévese esta hojita para su casa y sepa que ese es el regalo con el que la Iglesia nos despide, hoy que termina la Octava de Pascua. Nos despedimos de esta Octava, pero no nos despedimos de la Pascua, por una parte porque sigue la celebración del tiempo que se llama precisamente Tiempo Pascual y que tiene su culminación en el día de Pentecostés.

Los destellos hermosísimos de Pentecostés ya están en el horizonte y el evangelio de hoy nos lo recuerda: “Reciban el Espíritu Santo” San juan 20,22-23, dijo Cristo ya desde el mismo día de la Resurrección.

La Pascua sigue, termina la Octava, pero no termina la Pascua, y la Pascua sigue en el Tiempo Pascual, porque en ese Pentecostés, desde ya le rogamos a Dios que realice en nosotros lo que hizo con la humanidad de Cristo. El cuerpo de Cristo lo vimos despedazado en la cruz y ahí lo contemplamos lleno de belleza, de hermosura, lleno de luz, lleno de claridad.

Creemos que ese mismo Espíritu que hizo eso en Cristo, lo puede hacer también en nosotros, puede tomar también nuestros huesos dislocados, nuestra carne lacerada, nuestra existencia rota, la puede tomar Dios con su Espíritu y puede hacer también de nuestra vida una maravillosa claridad.

Pero después de Pentecostés, ¿qué? ¿Termina ya la Pascua? No, la Pascua ya nunca termina, en cada Eucaristía el Pan Vivo bajado del Cielo es para nosotros Pascua maravillosa y vida en el alma; en cada bautismo de cada niño y cada adulto, hay una pascua maravillosa, cada vez que nos arrepentimos de nuestros pecados obedecemos el mandato de Cristo.

En este evangelio hay pascua, porque Cristo dijo a los Apóstoles, “A quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados” San Juan 20,23; cada vez esta palabra se cumple por el ministerio de los Apóstoles y de lo sucesores de los Apóstoles, que son principalmente los obispos y luego, por delegación de ellos, nosotros los sacerdotes.

Cada vez que eso se cumple, se cumple la Pascua, sigue habiendo esa Pascua, esa realidad en nosotros, cuando arrepentidos del pecado nos acercamos al Cristo de Dios y recibimos, no por razón de los méritos de Él sino por razón de la Pascua de Cristo, nuestra propia Pascua.

La Pascua sigue y nosotros nos llevamos como un breviario, como una síntesis de lo que significa la Pascua en estas tres expresiones de la oración inicial: una mayor comprensión de la riqueza del Bautismo, mayor comprensión de la riqueza del Espíritu, que nos hizo renacer, y mayor comprensión de la Sangre que nos redimió.

Que venga ese Espíritu.

¿Qué es lo que me queda a mí, a mí personalmente, ¿qué me queda de esta Pascua? Un hambre de Espíritu Santo inmensa, lo que me queda a mí, lo que queda en mi corazón, son unos anhelos infinitos de que ya llegara Pentecostés.

Yo quisiera que ya fuera Pentecostés, para que así, como me lo dijo el evangelio, también venga sobre mí, venga el don del Espíritu Santo, y la gracia de la Pascua crezca en mí como en toda la Iglesia.

¡Bendito sea Dios que nos permite celebrar esta Pascua! ¡Bendito sea Dios que renueva este misterio sin cesar a través de la Eucaristía y del Bautismo, sobre todo! ¡Bendito sea Dios que en la promesa del Espíritu Santo quiera renovar todo lo que somos, lo que esperamos, tenemos, creemos y hacemos!

A Él honor y alabanza por los siglos.

Amén.