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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19970406

Título: No esconder mas nuestras propias llagas, sino sumergirlas en las Llagas de Cristo

Original en audio: 9 min. 59 seg


La gloriosa Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo ha llenado estos ocho días. Estamos culminando hoy la Octava de Pascua.

Este es un domingo tan grande, que para la Iglesia ha vuelto domingo a todos los otros días. Porque también el mensaje de Dios es tan grande, que convierte en Evangelio a todas las noticias. Porque este Evangelio está dado en un Espíritu tan grande, que viene sobre toda carne y la hace semejante el cuerpo gloriosos del Señor.

Estos, hermanos, son los misterios que queremos meditar, con la ayuda del Espíritu Santo.

La Pascua de Cristo no suprime ni reemplaza las otras noticias. La noticia de Jesucristo no cambia a las otras noticias, no las suprime, no las reprime, no las esconde, como las Llagas de Cristo.

Cristo glorificado sigue teniendo las huellas de los clavos y sigue teniendo la herida de su costado. Cristo no se apareció resucitado con la piel entera, como si nada hubiera sucedido.

Cristo resucitado es el Cristo después de que todo ha sucedido, después de que ha sucedido la crueldad, la traición, la negación de Pedro, después de que ha sucedido la Cruz y después de que ha sucedido la muerte.

Pero sobre todo, Cristo Resucitado es el Cristo después de que ha sucedido el Espíritu, después de que ha acontecido el amor de Dios en grado sumo, superlativo, infinito, precisamente en su cuerpo.

Y nosotros, en la escuela del Apóstol Tomás, queremos asomarnos a esas Llagas gloriosas de Cristo, porque ante nuestros propios problemas, nosotros quisiéramos que no se vieran esas Llagas, a veces quisiéramos que nuestros dolores, dificultades, frustraciones o fracasos, no se vieran.

Y resulta que el camino de la Cruz y el camino de la Pascua es distinto. A Cristo se le ven bien sus Llagas; Cristo va a adornado, no por joyas ni por perfumes, no lleva accesorios de última moda, sino lleva sobre su propio cuerpo el hermosos vestido de Llagas gloriosas.

Y el mensaje para nuestra propia Pascua es ese: ya no más esconder nuestro dolor, ya no más hacer de cuenta que nada pasara, ya no más ocultar el rostro ante la pobreza, ante el pecado, ante la soledad, ante el odio del mundo.

El cristiano que ha participado de la fuerza de la Resurrección de Cristo no tiene que esconder el rostro a esas cosas como si no existieran, ni tratar de no pensar en ellas como si fueran en otro planeta. Sí hay llagas, hay llagas en la sociedad, hay llagas en la familia, hay llagas en el corazón.

Y el mensaje del cristianismo, muy lejos de lo que dijo Marx, no es un opio, no es dejar de ver esas llagas, sino sumergirlas, bautizarlas, someterlas al poder del Espíritu que resucitó a Cristo de entre los muertos.

Para que aquello que era nuestra ruina se convierta en nuestro gozo; y para que aquello que era señal de tortura sea señal de victoria; lo que era señal de dolor sea manantial de gracia; lo que era señal de muerte sea fuente de vida. Ese es el mensaje del cristianismo.

Nosotros nos unimos a la Pascua de Jesucristo, nosotros nos unimos en fe a Él, y creemos que el mismo Espíritu que resucitó a Cristo de entre los muertos, tiene también poder para transformar nuestra propia vida.

Cuando se acepta este mensaje de Jesús en lo profundo del corazón, de pronto descubrimos que todos tenemos un tesoro en común, y que ese tesoro es precisamente el mismo Cristo. Después de que se tiene a Cristo en común, es fácil compartir las otras cosas. Esta es la diferencia entre el compartir cristiano y la propuesta, por ejemplo, del comunismo o del socialismo ateo.

La propuesta del comunismo es o era, no sé qué sea mejor decir, "pongamos los bienes en común, y tendremos una sociedad justa, feliz, etcétera. La propuesta del cristianismo no es esa.

Nos dice la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles que "los cristianos tenían todo en común" Hechos de los Apóstoles 4,32, y no ha faltado el que diga: "¿Ve usted? ahí está la prueba de que hay una especie de comunismo cristiano". No es cierto, no es la idea.

La idea no es: "Pongamos nuestros bienes en común, y Cristo vivirá entre nosotros", eso no fue lo que sucedió. Lo que sucedió fue: "Cristo vive entre nosotros; Cristo ha vencido nuestra incredulidad; Cristo ha sacado a cada uno de la guarida de su propio miedo; Cristo le ha mostrado a cada uno que no tiene que esconder con terror y con vergüenza sus llagas; Cristo a liberado".

"Y precisamente por eso, porque tenemos ese Tesoro, que es Cristo, en común, por eso aprendemos y por eso podemos poner los demás tesoros en común"

Entonces no somos nosotros los que mantenemos vivo a Cristo, no somos nosotros los que mantenemos vivo su recuerdo.

En la Universidad Nacional hasta hace poco había un letrero, lo habrán cambiado, da lo mismo: "Mao, -Mao Tsé Tung-, Mao vive", "El Che vive", ¿de qué se trata ahí? Se trata de que sus ideas perduran, o su inspiración y sus sentimientos perduran en sus seguidores.

Nosotros, los cristianos, no funcionamos así, no caminamos así, no vivimos así; no somos nosotros los que mantenemos vivo el recuerdo de Cristo; nosotros no somos hoy aquí un puñado de tercos tratando de sostener la idea de que Cristo resucitó, y tratando de que el mundo no se termine de enfriar y no desfallezca en medio de la muerte y del egoísmo.

No somos nosotros los que le damos vida a Él, sino la maravillosa noticia de su amor la que le da vida a nosotros. No es nuestro compartir el que hace que Cristo esté presente, sino su presencia la que nos hace compartir.

¿Y qué entonces puede hacer el cristiano para encaminarse hacia una sociedad más justa? Porque el camino entonces no es: "Reformemos la sociedad, la sociología, la economía, y entonces veremos a Cristo resucitado". El mensaje es: "Deja de ser incrédulo, y hazte creyente" San Juan 20,27.

El mensaje es: "Deja que entre la Pascua de Cristo hasta sus últimas consecuencias en tus oídos y en tu corazón, e inesperadamente descubrirás, que el dinero que siempre te pareció poco para tus necesidades, te alcanza y te sobra para compartir; la alegría, que guardabas avaramente en economizando sonrisas, "no va y sea que crea ese pobre diablo que yo soy su amigo", esa alegría que economizabas, se desborda en ti.

Hay un graffitti, un letrerito, una calcomanía, que la he leído en inglés en varias partes, que dice algo así como: "No me cuente sus problemas; ya tengo bastante con los míos", es toda una proclama del egoísmo. "No me diga sus problemas; yo ya tengo bastante con los míos".

Eso lo dice el que no ha estado en una Semana Santa, el que no ha recibido el poder del Espíritu, el que no ha metido sus llagas en las Llagas de Cristo.

Precisamente lo que descubre el cristiano es: "Me has amado de tal modo, Señor, has podido conmigo, has abierto de tal modo mi alma que yo descubro, que lo que no me alcanzaba para mí solo, ahora me alcanza y me sobra para mí, para mi hermano, para mi prójimo, para la Iglesia".

Dejemos que la palabra de Cristo habite en nosotros con toda su riqueza, según nos exhorta el Apóstol Pablo en una de sus cartas.

Que esta palabra llueva con fuerza en el corazón, que dé vida al alma y descubriremos cómo, ese perdón que parecía imposible, se puede dar; esa sonrisa, que era tan esquiva, brota espontánea; esa limosna que se daba de mala gana, ahora surge como por sí sola. Y sobre todo, esa muerte que parecía pesar sobre nosotros, es fracturada y vencida por la vida del Resucitado.