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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19971123

Título: Cristo, Rey de nuestra vida

Original en audio: 12 min. 50 seg.


Queridos Hermanos:

La Sagrada Escritura nos cuenta, allá en los inicios, que cuando Dios creó al hombre le hizo el encargo de que dominara la creación. El verbo dominar viene de una palabra en latín que significa señor, dominus; que fuera el señor de la creación.

Pero resulta que por obra del pecado el ser humano ya no resulta señor de las criaturas, sino muchas veces esclavo de ellas; y por esta razón Dios, nuestro Padre, queriendo con infinita misericordia sanar tantos males, quiso volver a empezar su obra no desafiando el universo y creando uno nuevo, sino redimiendo, sanando, salvando, santificando, y hay un hombre a través del cual y por el cual Dios recuperó su señorío a través de toda la creación.

Lo que no había sido posible en ese primer hombre, a quien llamamos Adán, acogiéndonos a las palabras de la Biblia, lo que no fue posible en ese plan original, Dios lo logró definitivamente con el segundo Adán, en quien redimió todas las cosas, por quien salvó su obra, la restauró, la levantó, la santificó.

Este segundo Adán es Jesucristo. Y hoy estamos celebrando con toda la Iglesia a Jesucristo como ese nuevo Adán que no es esclavo de las criaturas, sino que es Señor de ellas, Señor de todo cuanto existe.

Cuando una persona no tiene dinero sino que el dinero la tiene a ella, cuando una persona no tiene placer sino que el placer lo tiene a él, ése no es rey, ese es esclavo. Por lo tanto, la primera enseñanza de hoy es: que en Jesucristo la humanidad recupera el deseo primero de Dios.

Y en Jesucristo, uniéndonos a Él, nosotros dejamos de ser esclavos de las cosas y podemos ser señores de ellas; porque dígase lo que se quiera nuestra sociedad occidental, tecnológicamente tan avanzada, reserva su admiración para aquellos que tienen verdadero poder sobre ellos mismos.

Efectivamente, nosotros, occidentales, volvemos nuestros ojos hacia Oriente e intentamos buscar en los caminos de las meditaciones, de los mantras, de cursos espirituales, de técnicas de relajación y de muchas otras cosas, intentamos ¿qué? ¿Qué es lo que intentamos? Cuando una persona empieza a hacer terapias con una vela o con músicas de la naturaleza o con ejercicios del cuerpo, ¿qué pretende? No ciertamente acrecentar su exitosa empresa, ni aumentar su cuenta bancaria, ni obtener otra tarjeta de crédito.

¿Qué es lo que busca ese hombre moderno que es usted y que soy yo, cuando coqueteamos con las espiritualidades occidentales, cuando leemos libros que utilizan la palabra "espíritu", "las leyes espirituales", ¿qué buscamos? ¿Qué mendigamos? ¿Qué anhela nuestro corazón en eso?

Libertad. Que las cosas, que nuestras propias pasiones, que nuestros propios deseos no nos dominen a nosotros, sino que nosotros seamos señores de ellos, y esto es lo que callada o abiertamente admiramos en la figura adusta de los monjes budistas o en esos otros que parecen tener una paz imperturbable, en esos que parecen tener armonía.

¿Por qué la palabra armonía tiene tanto poder en nuestro corazón hoy? Porque estamos desafinados. Somos guitarras de buena calidad, seguramente tenemos todo para ser felices, buenas cuerdas, buena madera pero estamos desafinados y una guitarra desafinada es lo mismo que una guitarra mala: no suena bien.

Por eso buscamos la armonía de nuestro ser, buscamos algo que nos devuelva el conjunto, algo que pueda parcharnos porque nos estamos desinflando; algo que le dé sentido a tantos esfuerzos, alguien que pueda responder para qué tantas cosas, sobre todo alguien que pueda tener una respuesta válida.

Cuando el ser humano mismo nos parece tan cuestionable o incluso tan despreciable, ¿cuántos de nosotros, cuántos de ustedes sienten verdadero respeto y amor por sus jefes, por los gerentes, por los dueños de sus empresas? ¿Cuántos de ustedes sienten respeto y amor por sus congresistas, senadores, por su presidente, por su alcalde?

¿Dónde están los líderes de nuestro tiempo? ¿Quién gobierna realmente? En un país como el nuestro sometido al ambage de tantos oleajes, desorientado por tantos vientos, perdido entre tantas brújulas cada una con su norte, nosotros quisiéramos encontrar una voz que fuera fiable, quisiéramos encontrar alguien a quien se le pudiera creer, alguien que hubiera llegado a la meta, y por eso el esoterismo, la espiritualidad, le meditación son el gran mercado en las librerías actuales.

Pues bien, esos anhelos de nuestro corazón, esa búsqueda del gran para qué, muestra que nosotros no somos dueños de nuestra propia vida, no nos poseemos a nosotros mismos, son otros los que nos poseen, son otros los que nos gobiernan a través de los hilos de la publicidad, por ejemplo, o de la moda, o del consumismo, o de tantas otras cosas.

Pero como Dios puso un sello de libertad en lo profundo del alma humana, uno se resiste a ser esclavo, uno se resiste al absurdo de no lograr la victoria en la única lucha que verdaderamente es importante. La única batalla que realmente vale la pena, es la batalla por vencerse uno a sí mismo.

¿Porque de qué sirven estrategias para aplastar a otras personas si no logro la victoria sobre mí mismo, si no logro cumplir mis propios objetivos, si mis metas se me escapan una y otra vez? ¿De qué sirve que yo tenga un gran puesto o un gran sueldo?

Por eso el corazón humano permanece descontento, agrio, amargado insatisfecho mientras no encuentre una clave para ser nuevamente dueño de sí mismo, y por eso volvemos nuestros ojos, en cuanto cristianos, a la Sagrada Biblia y en ella descubrimos que cuando el hombre se revela contra Dios, su propio ser se revela contra él; es decir, cuando rompo el orden querido por Dios rompo también la armonía, esa armonía que luego busco tortuosamente entre tantos libros, meditaciones, cantos.

Perdido el orden con el Dueño del universo, no importa cuántas velas de cuántos colores, ni cuántas músicas de cuántos artistas pueda yo escuchar, jamás recuperaré esa armonía fundamental.

Porque el plano de mi propia vida no lo hice yo, en contra de los que puedan enseñar ciertas filosofías, el plano fundamental de la vida no me lo hice yo porque yo no me hice a mí mismo, fui hecho.

Y el plan de mi vida, el plan fundamental, el norte de mi vida no lo encontraré hasta que no encuentre a Aquel que hizo ese plan, Aquel que puso esa luz, Aquel que sembró ese amor en mi existencia.

Eso es lo que nosotros encontramos cuando encontramos a Jesucristo y en Él encontramos ese plan fundamental. No es una palabra simplemente, no es una enseñanza, cariño, una simpatía. Es encontrar como la clave fundamental y radical de mi existencia.

El que haya encontrado esto sabe que estoy diciendo la verdad, sabe que en esa luz y en ese plano se realiza lo que no es posible en los reinos de esta tierra, como dicen hermosamente los santos: "servir a Dios es reinar".

Cuando por fin redescubro el orden de Dios en mi vida entonces esa armonía que tanto busqué, que tanto perseguí en tantos caminos vuelve a mí y cuando yo me someto, mira la palabra que utilizo, me someto al amor que me creó, las criaturas se someten al amor que las creó, yo vuelvo a ser señor de mi existencia.

En Jesucristo Dios ha devuelto el orden a mi vida, es Cristo ya el Rey de tu existencia, es Él el que manda en tu vida, el que da la luz fundamental a tus proyectos, el que ayuda a discernir en tus amistades, el que te ayuda a reconocer en tus recuerdos qué es y qué no es.

Feliz aquel que tiene a Cristo como Rey, ése tiene el plan. El otro, los otros que yo creo que hemos sido todos en algún momento, me parece a mí, que vamos de alguna manera cambiando una esclavitud por otra y así nuestra condición va como de mal en peor.

Hoy queremos decirte que sí, Señor Jesucristo; hoy queremos decirte que sí aceptamos el plan de Dios, el plan tuyo; ese plan original para lo que yo fui creado, yo lo acepto en este momento, Señor, y acepto que si tú eres mi Señor, esa felicidad y ese amor para el que me hiciste serán verdad en mi existencia.


Amén.