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Vamos llegando al final del año litúrgico recordemos que nuestra Iglesia Católica hace con respecto a nuestro Señor Jesucristo lo mismo que la tierra hace alrededor del sol, así como la tierra a lo largo de un ciclo toma un año, da una vuelta alrededor del sol y también la Iglesia gira en torno a Jesucristo.


El año, ese recorrido que hace la Iglesia lo llamamos el año litúrgico, porque es una celebración una continua celebración del misterio de Cristo. Si nosotros miramos a Cristo a lo largo del año, le descubrimos en el adviento y en la navidad, en la cuaresma y en la pascua, y luego a lo largo del tiempo llamado ordinario.


Es muy hermoso tener esta sensibilidad litúrgica, es muy hermoso percibir la sabiduría y la belleza que tiene nuestra Iglesia en su liturgia, porque cuando uno conoce mejor, aprecia mejor también. En aquellos países donde se siente de una manera bastante fuerte las estaciones, la gente sabe cómo tiene que prepararse para cada una de ellas, si llega al verano se preparan para tiempos de calor, si llega el invierno lo contrario hay que sacar la ropa de abrigo, algo parecido tiene que hacer el cristiano, cuando va llegando cada época, cada tiempo dentro del año litúrgico, somos invitados a tener el vestido propio de ese tiempo, esto se nota incluso en los colores, por ejemplo: el tiempo ordinario tiene el color verde, el tiempo de adviento y de cuaresma tienen la sobriedad del espíritu penitencial que se muestra en el color morado, el tiempo de navidad y el tiempo de pascua nos invitan a la alegría a la contemplación de la grandeza y el triunfo de Dios y entonces utilizamos el color blanco, en las fiestas del Espíritu Santo, en la fiesta de los apóstoles y también en las memorias de los Santos, se utilizan los ornamentos rojos, que nos hablan de la sangre derramada y que nos hablan del fuego del Espíritu. Todo ese lenguaje que nos habla de vestiduras, que es lenguaje de colores, que es lenguaje de fiesta, es el lenguaje propio de un verdadero creyente, por ejemplo, ahora que vamos llegando al final del año litúrgico hay una característica especial y es que este es un tiempo que nos invita a tomar muy en serio nuestra vida, que nos invita a mirar muy de corazón, quienes somos y qué queremos hacer, nos invita a presentarnos ante Dios y a reconocerle a Él como nuestro Señor, como nuestro Salvador y también como nuestro Juez. Por eso el Evangelio de hoy tomado del capítulo 13 de San Marcos, nos presenta como todas las cosas, incluso las que creemos más estables, las que consideramos más permanentes, también ellas tendrán que desaparecer dice Jesús: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”. (Mt 24,35).


Esas palabras de Cristo que incluso son más firmes que el cielo y la tierra, esas palabras nos están diciendo que Él es en verdad el Señor y que todo lo que nosotros somos y todo lo que nosotros hemos hecho en la vida, tendrá que comparecer ante Cristo, tendremos que presentarnos ante Él, esa conciencia de que nuestra vida personal y que la historia entera de la humanidad llegara a un final y que tendremos que comparecer ante Cristo, eso es muy propio de esta parte del año y por consiguiente somos invitados por la Iglesia para mirar con seriedad nuestra propia vida. ¿Qué es lo que estamos haciendo? ¿Cómo estamos viviendo? ¿A quién estamos sirviendo? ¿Cómo nos vamos a presentar finalmente ante el Señor? Estas son las preguntas propias de este tiempo y a medida que llega el final del año litúrgico, también nosotros como creyentes tenemos que vivir en nuestro corazón la conciencia, mi vida llega a un final y ¿Qué estoy haciendo? ¿Con qué me voy a presentar delante de Cristo el Señor? Son preguntas que le dan profundidad, no se trata de llevarnos a la amargura y al pánico, esas predicaciones que invitan al pánico esas no son cristianas, eso es del enemigo, lo propio nuestro es: profundidad, serenidad, seriedad. ¿Qué estoy haciendo con mi vida? Es los propios de este tiempo, vivámoslo a fondo y demos gracias a Dios por su providencia.