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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20000924

Título: Demosle a cada cosa que pensamos, a cada cosa que hacemos, su sentido de amor a Dios

Original en audio: 16 min. 50 seg.


Desde luego, a nosotros nos causa gracia esas discusiones de los apóstoles. Parecen cosas de niños pequeños. ¿Cómo se puede hacer una discusión interesante sobre quién es el más importante? ¿Qué argumentos presentaría cada uno?

"Yo soy el más importante porque a mí me llamó primero", "yo soy el más importante porque conmigo habla más", "yo soy el más importante porque soy el que maneja la plata", "yo soy el más importante porque yo lo he acompañado en las oraciones". ¿Qué argumentos presentarían? ¿Quién sabe, no?

A nosotros nos parece que una discusión sobre lo más importante es una discusión sin importancia. Seguramente sentimos que es una discusión que no tiene sentido. ¿Qué se puede decir sobre los más importantes? Y Jesús dice: “Mire, el más importante es el que sirve”.

Lo más importante de un edificio es lo que sostiene al edificio; lo más importante en una comunidad es el que sostiene a la comunidad, el que es fortaleza de la comunidad. Es lo último que nosotros vemos.

Si miramos una construcción, miramos, qué sé yo, las ventanas, los muros, los techos, las esculturas, las luces. Y uno puede entrar y salir de una construcción sin haber pensado siquiera en los cimientos. Es lo último en lo que pensamos, y sin embargo, sin cimientos, pues no existirían ni las paredes, ni los techos, ni todo lo demás que llama la atención en nosotros.

Entonces, si lo que les interesa es lo más importante, pues lo más importante es lo que sirve de algo, y cuanto más sirva una persona, más importante es. Es decir, que la importancia está en lo que la persona hace para la comunidad, no en lo que las demás personas digan sobre él o sobre ella.

Loa Apóstoles querían la fama, querían la honra, querían la gloria, querían el nombre. Jesús les dice: "No, lo más importante es no lo que más se ve, sino lo que más sirve. Por eso el servicio, servir para algo, producir el bien, engendrar bien, eso es lo más importante, y ése es el más importante de todos.

Jesús les estaba hablando sobre su muerte: “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, lo matarán” San Marcos 9,31. Esto hace todavía más absurda la discusión de los discípulos. Se ve que no le aprendían ni una.

Jesús les dice, mire: “Se que supone que yo soy el Maestro y ustedes son los discípulos, a cada uno de ustedes lo que les he dicho es síganme, seguirme es ir detrás de mí. Ustedes van detrás de mí, yo voy delante de ustedes, a mí me van a agarrar y me van a matar, o sea que ¿qué les espera a ustedes?”

A ver, ¿quién es el más importante? Es tan absurda la discusión de ellos, ¿es que no ves detrás de quién estás? Está Él diciendo: “Me van a agarrar, me van a matar, eso es lo que me espera a mí"; y los otros, mirando a ver en qué orden los van a matar, sería esa la discusión, en qué orden nos van a atrapar, o en qué orden los van, ¿a qué?

De modo que, segunda enseñanza del día de hoy, la primera es: es más importante el que más sirve, y el que sirve más, el que sostiene más, el que soporta más, el que engendra más vida, esa es la primera enseñanza. La segunda es: si nosotros somos discípulos de Cristo, Cristo, con su cruz, con su muerte le cambia toda la dimensión a lo que significa servir y a lo que significa ser importante.

Voy detrás de Cristo, ser discípulo es ir detrás de Cristo, y a Cristo le pasó lo que le pasó, eso me espera de alguna manera, de alguna o de otra manera eso me espera a mí, punto. Eso no tiene como más vueltas, ese es mi destino.

Ahora, de acuerdo con eso, viene una segunda enseñanza: puedo considerar como más importante aquello que pase por el cedazo, por el colador de la cruz. Lo que pase por el cedazo de la cruz, lo que soporte la prueba de la cruz, eso, eso, es lo que puedo considerar importante, eso.

Porque yo voy detrás de Jesucristo. Mi destino propio es el destino de mi Maestro, y voy detrás de Él. Luego a esa luz, a la luz del destino de Cristo debo evaluar qué es lo importante o qué no es importante para mí.

Vamos a tratar de aplicar este criterio a ver qué resulta. Decía, me parece que era San Jerónimo: “Tenemos que aprender en la tierra lo que nos sirva hasta los Cielos”. O sea que él utilizaba como criterio: ”Llamaré importante de aprender en esta tierra lo que me sirva más allá de la muerte”, eso es una manera de interpretar este criterio de la Cruz.

Las cosas que no tienen ninguna relación con la eternidad... La Cruz fue la muerte propia de Cristo, pero Él no es el único que va a morir; yo voy a morir, todos vamos a morir. Entonces consideraré importante aquello que trasciende a la muerte, aquello que puede vencer a la muerte, aquello que atraviese a la muerte. Eso es lo que va a ser importante para mí. Eso es lo que es importante.

Y ahora apliquémosle este criterio a muchas cosas buenas y malas, por ejemplo, nuestras peleas o, por ejemplo, la discusión de los discípulos, apliquémosle ese criterio. "Yo me siento mal en mi grupo de oración, ¿por qué? Porque nunca me incluyen en sus chistes. Yo siento que me tratan mal. Mire, de las nueve señoras, siete tuercen la boca cuando yo entro, eso me hace sufrir mucho, mucho, mucho".

¿Cómo queda ese sufrimiento a la luz de tu destino eterno? La torcida de la boca de las señoras, ¿qué queda de esa torcida de la boca a la luz de eso? Cómo es importante pasar por el tamiz de la muerte, pasar por el tamiz de la cruz y de la muerte, nuestros propósitos.

Cuando te estés muriendo, cuando vayas a morir, ¿qué quedará de tus proyectos de hoy? ¿Qué importará de lo que tú haces, hoy, qué importará? ¿Qué tendrá importante en ese momento?

Alguien podría creer que con ese tipo de criterios pues entonces no hay nada que hacer. Metámonos todos a ermitaños y monjes, a hacer penitencia y a cantar salmos, será, porque no hay nada más que hacer. No señor.

Pensemos por ejemplo en un médico. Un médico puede tomar una de estas dos actitudes: "Bueno, con otras tres o cuatro infecciones de estas, pago la cuota del carro". El tipo está haciendo cuentas. Él no mira a seres humanos, él mira platica que está llegando. Y médicos hay así. Así lo miran, así de sencillo, por eso dicen: “Más peligroso que médico con funeraria”.

El médico tiene su trabajo, él tiene su trabajo, pero él puede mirar su trabajo solamente en función de su dinero, o puede pensar de esta manera: “Gracias, Señor, porque en primer lugar me permites aplicar mi inteligencia, mis conocimientos, mi salud, mi tiempo, para hacerle bien a la humanidad”.

Esa intención con la que él ofrece su trabajo de cada día hace que ese médico, mientras atiende al paciente, mientras lo receta, mientras lo recibe, le sonríe, mientras acoge su paciente y lo sirve, está trabajando para los Cielos, y sigue siendo un médico y seguramente muy buen médico.

¿Ves? Ambos son médicos, el uno sólo está pensando en llenar sus arcas, el otro está pensando en el tesoro del Cielo; el uno obra como si nunca se fuera a morir. Recordemos la pregunta de Cristo a aquel rico: “Y lo que has amontonado, ¿para quién será?” [[:Categoría: ]]; el otro, en cambio, está obrando consciente de que hay una eternidad.

O sea que todos los oficios, porque podríamos dar muchos otros ejemplos, todos los oficios lícitos pueden ser ofrecidos sacerdotalmente, ese el sacerdocio del bautismo. Todos los oficios pueden ser ofrecidos sacerdotalmente.

Es muy distinta la persona que dice: “Malaya sea que me toca hacer esta porquería de oficio, cuando yo tenía plata y no tenía que estar así como una sirvienta”, esa es una manera de ver las cosas.

Y hay otra manera de ver las cosas, que es: “Mientras hago este oficio, que lo tengo que hacer, voy, por ejemplo, a orar, o voy a cantar, o voy a oír un buen programa, o simplemente voy a ofrecer este sacrificio al Señor, unido con las incomodidades que Él sufrió en su Pasión".

Las dos personas terminan haciendo el oficio, seguramente, las dos lo hacen; pero uno lo hace de tal manera, con tan mal corazón, que no le sirve seguramente ni para esta tierra; la otra persona lo hace de tal manera, que haciendo cosas en esta tierra, está acumulando tesoros en el Cielo.

O sea que cuando decimos que hay que mirar lo importante a la luz de la muerte, no estamos diciendo que entonces dejemos nuestras ocupaciones diarias, sino estamos diciendo: “démosle a cada cosa que realizamos, a cada cosa que hacemos, démosle su sentido de amor a Dios”, eso se llama vivir en la presencia de Dios. Ese sentido de amor a Dios. Es que todas las cosas de la vida puede ser santificada.

Un trancón puede servir para que recuerde todas las groserías desde los tres años de edad hasta la presente; o un trancón puede servir para que tú mires de otra manera tu propia actitud. Miremos dos carros atascados en la misma avenida, por los mismos bolardos; miremos dos carros metidos en el mismo trancón.

El carro de la izquierda está repasando todas las groserías. Ya empezó con la familia de no sé quién y la familia del otro. Está haciéndole amarga la vida a los que están ahí en el carro, está preparándose para tener accidentes, está dañando su propia salud.

La otra persona, que en esa circunstancia sabe que no va a lograr nada con sus groserías, con su mal genio, con sus maldiciones, aprovecha ese tiempo de muchas maneras: oye, escucha, canta, comparte un testimonio, hace una pregunta interesante, ora, ofrece esa incomodidad. Los dos viven lo mismo; al uno no le sirvió ni para esta tierra, al otro le sirvió para los Cielos.

Por eso digo, el hecho de que nosotros vayamos detrás de Cristo, y el hecho de que Cristo tuviera esa claridad sobre su propia muerte, nos invita a nosotros a tomar también conciencia sobre nuestro destino eterno y vivir cada cosa, desde las cositas más pequeñas, vivirlas en función de Dios, en función del amor de Dios.

La última parte de nuestra predicación tiene que ver con la escena del niño. Dijo Jesús:”Quien quiera ser el primero que sea el último y el servidor de todos. y acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, y les dijo: "El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí, y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado” San Marcos 9,35-37.

Un niño es un hijo de los hombres, Jesús es el niño de Dios. El que recibe a Jesús, el que recibe al niño de Dios, recibe a Dios. Si al papá le maltratan al niño, el papá se disgusta más que si le hicieran algo a él; si al papá le acogen al niño, le cuidan al niño, le sanan al niño, le educan al niño, el papá se siente más agradecido que si se lo hicieran a él mismo.

Un niño es un hijo de los hombres; Jesucristo es el niño de Dios, es el Hijo de Dios, es el niño de Dios. Recibir al niño de Dios, -esta es nuestra última enseñanza en este domingo-. El niño de Dios se llama Jesús.

Vamos a recibir al niño de Dios, lo vamos a acoger; Él nos dijo incluso cómo acogerlo: "Lo puso en medio de todos y lo abrazó." San Marcos 9,36. Vamos a hacer eso nosotros con Jesús, vamos a recibir al niño de Dios, a Jesús; vamos a ponerlo en medio de todas nuestras cosas y vamos a abrazarlo.

Es una escena supremamente bella, no quería que se nos perdiera. Porque no hay muchas escenas que nos muestren la dulzura, la ternura de Cristo, así. Jesucristo muestra su ternura con los pecadores, con los pobres, con los niños, sobre todo con esas personas, con los enfermos, con los pecadores, con los pobres, con los niños, con ellos abre su corazón y abre su ternura.

Recibir así a Jesús como este niño, recibir a Jesús como se recibe a los pequeños, a los pobres, a los pecadores, a los enfermos; recibir a Jesús, ponerlo en el centro de nuestra vida y decirle: “Tú, Jesús, Jesús pequeño, niño de Dios, tú eres de hoy en adelante lo más importante de mi vida.