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De Wiki de FrayNelson
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La lectura del Evangelio de hoy presenta muy en el centro la palabra cruz. Cristo define su manera de ser Mesías, precisamente como abrazar la cruz y define el discipulado cristiano como tomar la propia cruz. La frase explicativa que nos da el Señor es esta: “El que quiera conservar su vida la perderá, el que la pierda por mí y por el Evangelio la encontrará” (Mc 8-35). Esa manera de hablar, ese lenguaje semita, fuerte casi diríamos brusco, resulta a veces difícil de entender, por eso propongo que tomemos otras dos palabras, para expresar el significado de lo que nos enseña Jesús. Tomemos la palabra “retener” y la palabra “ofrecer”.

Que tal si empezamos a entender las palabras de Cristo de esta manera: los que pretenden retener y aferrarse, los que pretenden protegerse encerrándose al final se asfixian, se encarcelan y se sepultan. Por el contrario los que abren su puerta, aquellos que saben ofrecer, que comparten y que confiando en Dios se donan a su voluntad y a sus planes, esos tienen una continuidad, tienen un camino y en ese camino, finalmente hallan la plenitud.

Estos dos verbos: “retener” y “ofrecer” nos enseñan bastante sobre lo que Cristo quiere de nosotros como discípulos, aplícalo a las cosas buenas que has recibido, aplícalo a los talentos que tienes, al bien que puedes compartir con otros. Piensa por ejemplo, en algo tan sencillo como una sonrisa, la sonrisa retenida no te hace bien a ti ni al prójimo; la sonrisa ofrecida lleva un pequeño bien a los demás y trae un gran bien a tu vida. El conocimiento que tienes y que puedes compartir, o también tu tiempo que es uno de los tesoros más grandes que todos tenemos, el tiempo retenido es decir ese gastar la vida únicamente en sí mismo, termina convirtiendo la misma existencia en una especie de prisión aburrida y asfixiante. Por el contrario cuando aprendemos a gastar nuestro tiempo también en otros, cuando entre comillas, perdemos el tiempo, escuchando a otros o brindándoles aquella palabra que quizás pueda ser el consejo apropiado, ese tiempo que entregamos, se convierte en nuestro verdadero tesoro, en el que le da significado a nuestra vida.

Más vidas ofrecidas, menos vidas retenidas; más vidas llenas de confianza en la bondad, en la providencia, en la ternura de Dios, menos vidas asustadas, acomplejadas, estranguladas en el egoísmo, tal es la propuesta de Jesucristo.