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Fecha: 19970914

Título: ¿Quien es Jesucristo?

Original en audio: 14 min. 4 seg.


Queridos Hermanos:

En este año de 1997 la Iglesia Católica nos ofrece, en los domingos, textos del Evangelio según San Marcos. Casi todos los textos de los domingos de este año están tomados de este Evangelista, de San Marcos.

Hubo un grupo de domingos, unos cuatro o cinco, en que la Iglesia incluyó, como en una especie de gran paréntesis, textos de San Juan, pero la inmensa mayoría de los textos, insisto, son de San Marcos.

El año entrante, con la gracia de Dios, estaremos también presentes y escuchando su Palabra y, entonces, oiremos a San Lucas durante todo el año. Y el año siguiente, si es la voluntad de Dios, escucharemos a San Mateo.

Esto es lo que llamamos los Ciclos Litúrgicos. Primero, oímos a San Mateo; luego, a San Marcos; luego, a San Lucas; y luego, a San Mateo. A San Juan lo oímos especialmente en el tiempo después de la Semana Santa, el tiempo llamado Pascual, y también, cuando se lee a San Marcos, como sucedió en este año, se oye un fragmento importante de San Juan.

Estas anotaciones son importantes, creo yo, para que seamos oyentes inteligentes de la Palabra.

Hace ya unos treinta años, la Iglesia culminaba el Concilio Vaticano II, y una de las reformas más visibles de este Concilio fue que las celebraciones de los Sacramentos y, particularmente, de la Misa, tomaron casi en su totalidad las lenguas de cada país, las lenguas vernáculas.

Pero la traducción de la Palabra de Dios no termina con el hecho de que la leamos en español. La Palabra de Dios alcanza su objetivo, no cuando llega hasta nuestros oídos, sino cuando llega hasta nuestro corazón.

Los traductores, en este caso algunos traductores colombianos, nos ofrecen estos textos, y esta traducción puede llegar hasta nuestros oídos; pero lo que suceda entre su oído y su corazón, eso ya no lo puede hacer ningún traductor, eso sólo lo puede hacer usted con el auxilio del Espíritu Santo.

Lo que pase entre sus oídos y su corazón, sólo lo sabe usted; y usted puede ser un oyente inteligente y aprovechado que cada domingo crece en el amor de Dios, o puede ser un oyente rezongón, distraído, que cada domingo empobrece su capacidad de admirarse ante la Palabra Divina.

Pues bien, si nosotros en este año estamos acompañando a San Marcos, he aquí que en este capítulo octavo en que nos encontramos, es decir, en la mitad misma del Evangelio, el texto de hoy nos presenta lo que podríamos llamar una crisis: un momento bien importante dentro del camino de la predicación del Señor.

En la distribución actual de la Biblia, el evangelio de San Marcos tiene dieciséis capítulos; en este texto de hoy, tomado del capítulo octavo, aparece una crisis. La palabra "jrisis," con "j" al principio, en griego significa "juicio".

A veces uno toma la palabra crisis com un estado negativo: si me siento un poco confundido o deprimido, digo que estoy "en crisis"." La palabra crisis tiene un origen un poco más alto: significa, como digo, un momento de juicio, un momento de decisión, un momento en el que hay que tomar las cosas, quizá, de otro modo.

Interesante este significado para leer de otra manera las crisis que atraviesa el país, o que atraviesa una vocación, o que atraviesa un noviazgo.

¿Y cuál es la crisis que se nos presenta aquí? Jesús hace una pregunta central, nosotros la hemos escuchado varias veces, porque no es esta la primera vez que venimos al templo.

Jesús pregunta: "¿Quién dice la gente que soy yo? " ¿y quién dicen ustedes que soy yo?" San Marcos 8,27. A mí me parece que así como había muchas respuestas en el tiempo de Jesús, así también sigue habiendo muchas respuestas en nuestro tiempo.

"Unos dicen que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que alguno de los profetas". San Marcos 8,28. Todavía hoy estas serían las respuestas, me parece.

¿Quién es Jesús? Pues, "unos dicen que un maestro espiritual, otros dicen que una especie de filósofo, otros dicen que una especie de poeta, otros que un profeta más".

Los musulmanes, por ejemplo, miran en Jesús a uno más de los profetas, pero no el profeta definitivo que para ellos es Mahoma. Y, por ejemplo, los entusiastas de la Nueva Era verán en Jesús un maestro más, alguien que tenía palabras bonitas que ayudan a iluminar el corazón, que dan principios de paz y de armonía, para que uno pueda tener crecimiento espiritual.

Pregunta luego Jesucristo: "¿Y ustedes qué dicen?" San Marcos 8,29. Pedro, entusiasta siempre, un poco atropellado y primario, responde: "Tú eres el Mesías" San Marcos 8,29. La palabra Mesías significa Ungido, el Ungido de Dios; Aquel que Dios ha ungido para que sea nuestro Rey y para que sea nuestro Salvador.

"Jesús les prohibió que lo dijeran a otros" San Marcos 8,30. Se trata de un mensaje que en este momento es como un secreto. ¿Por qué un secreto? Probablemente, porque las personas del tiempo de Jesús estaban más dispuestas a interpretar estas palabras sólo en sentido político.

Los judíos estaban fastidiados con la dominación de los Romanos; y no sólo eso, estaban fastidiados con los cinco siglos largos que llevaban de no tener propiamente ni tierra ni independencia. Ellos querían que se restaurara con poder, con fuerza, con ganas el reinado que habían visto florecer sobre todo en tiempos de David.

David era el prototipo del gran rey, y cuando los judíos esperaban a ese Rey-Mesías, estaban esperando al que llamaban " Hijo de Dios"; alguien que fuera digno de suceder a David porque, por lo visto, los reyes que habían venido después no habían servido suficientemente al plan de Dios.

Como la gente tenía esa expectativa sobre todo humana y política tan acentuada, Jesús en este momento es prudente, y les pide prudencia a ellos: "No le digan a nadie que yo soy el Mesías" San Marcos 8,30.

¡Pero no se quedó callado! La cosa no queda en secreto y en esoterismo, porque, como de todo hay, entonces hay gente que inventa que esta Biblia no es la verdadera Biblia, sino que en el Vaticano o en no sé yo qué sitios, tienen escondidas las verdaderas Escrituras, y hay gente que se aventura a decir que lo que pasa es que a la Iglesia no le conviene que salga a la luz la verdadera Biblia.

Todavía hay personas que se atreven más, añadiendo, por ejemplo, supuestas revelaciones, mensajes o escritos antiquísimos. Entre esos hay que incluír la colección bien voluminosa de lo que se llama El Caballo de Troya. No sé cuántos volúmenes van del "Caballo de Troya".

Así se vuelve tema de moda en editoriales, sobre todo españolas, repartir libros sobre "lo que nadie sabe de Cristo, y ahora nosotros sí lo vamos a decir". Vienen después los manuscritos "encontrados," que la Iglesia ha tenido ocultos durante mucho tiempo, porque supuestamente no sirven a sus intereses.

Cuando uno ha conocido de cerca cómo se elaboran las lecturas de la Misa, cuando uno conoce la historia de la Biblia, no dice tantas tonterías.

¿Saben esos señores que dicen esas cosas, por ejemplo, cuántos manuscritos y de qué extensión existen, que sirvan para la elaboración del texto crítico de la Biblia? Pero digo más: esos señores, en la borrachera de sus pensamientos, ¿saben lo que es un texto crítico? ¿Saben eso?

Yo, con estas palabras, les invito a ustedes, hermanos, a que no se dejen vender libros tan fácilmente, o casi que digo aquí, editoriales y títulos, pero no vale la pena.

No se dejen vender libros que "por fin" les van a contar el secreto sobre Cristo; "por fin, lo que la Iglesia tuvo oculto tanto tiempo y por qué." Y la gente paga y compra, y hace negocio con Jesucristo. No sé qué pasará el día del Juicio Final con esas personas.

Si Cristo dice aquí: "No le digan a nadie que yo soy el Mesías" San Marcos 8,30, inmediatamente se pone a explicarles cuál es el sentido verdadero de Mesías, para que luego puedan decir qué significa ser Mesías.

Cristo no les dijo: "Quédense callados sobre lo del Mesías", como un mensaje escondido, esotérico; como algo que no le podían decir a nadie.

Al contrario, el mensaje de nuestra fe en Jesucristo es un mensaje para gritarlo a los cuatro vientos, como lo ha hecho la Iglesia a lo largo de los siglos; sin andar escondiendo manuscritos inventados por señores que se tapan con la plata de su bolsillo, cuando usted compra esos libros.

Jesucristo no es ningún esotérico, pero Jesucristo sí quiere que comprendamos cuál es su verdadero papel, cuál es su verdadero ser, y su ser no es el de un curanderista, un curandero, un santero, como los que abundan en todo el Caribe.

Jesucristo no es simplemente un santero dedicado a hacer curaciones parapsicológicas; Jesucristo tampoco es simplemente un hombre de palabras inspiradas, como pueden afirmarlo los señores de la Nueva Era.

Jesucristo, ¿qué es? ¿Qué dice Él de sí mismo? Es Aquel que sufre mucho, que es condenado por su propio pueblo, que padece la muerte y resucita al tercer día. Cristo aquí se define a sí mismo no porque tenga palabras muy elocuentes, ni porque tenga milagros espectaculares.

Hay un señor que se llama Zai-Baba. Zai-Baba es un hindú, bellísima persona, entiendo yo, gordito, con cara de inspirado, morenito él, que dicta una especie de "retiros espirituales" hinduístas, allá en su país, en la India.

Y parece de muy buen gusto a los ejecutivos de alto nivel en Colombia ir a hacer retiros espirituales con Zai-Baba, que tiene palabras inspiradas y que tiene milagros en sus manos. ¿Sabe una cosa? Yo no dudo de que ese señor haga milagros, no lo dudo; el diablo también sabe hacer prodigios y cosas extrañas, y los sacerdotes del faraón también podían convertir las varas aquellas en serpientes.

Ser inspirado no simplemente es hacer cosas raras con las manos, ni tener palabras elocuentes en los labios.

Ser el Mesías es dar la vida, y eso sólo lo hizo Jesucristo. Zai-Baba no ha muerto en una cruz por mí, por el perdón de mis pecados; ni Mahoma; ni Buda, ni ninguno de esos señores teosofistas, gnósticos o de cualquier otro color o sabor que quieran pretender nuestra fe.

Este, pues, es un domingo que nos invita a centrar nuestra mirada en lo esencial de Jesucristo.

Esto es como catecismo: ¿Qué es lo que tiene Jesucristo que no tenga nadie? El amor hasta el límite, hasta la muerte en la cruz, hasta el sepulcro y hasta la gloriosa resurrección. Eso no lo tiene nadie, eso no lo ofrece nadie, eso no lo promete nadie, eso sólo lo tiene nuestra santísima fe, y no podemos vender la fe por un plato de lentejas.

¡No podemos dejar de apreciar y bendecir lo que tan caro le salió a Dios! Estas palabras son un poco duras de entender.

Uno quisiera un Mesías simpático, gordito, sonriente, como Zai-Baba, que tuviera milagritos en las manos y que tuviera palabras de reconciliación; uno quisiera palabritas así, suavecitas; uno no quiere los latigazos de la Cruz; uno no quiere los clavos ni las llagas de la Cruz.

Pero esos clavos, esas llagas, ese amar a los enemigos hasta el extremo, eso, precisamente, es lo que hace que Cristo sea verdaderamente el Ungido de Dios, y eso es lo que la Iglesia quería enseñarnos en este día.