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Fecha: 20000820

Título: Recibir la Sagrada Comunion sin prisa, saboreando y agradeciendo el regalo que Dios nos da

Original en audio: 15 min. 51 seg.


Queridos Hermanos:

Llevamos varias semanas escuchando el capítulo sexto del Evangelio según San Juan. La historia empezó con la multiplicación de los panes. Un milagro notable de Jesucristo que lo cuentan los cuatro Evangelios.

La multiplicación de los panes sucedió en una especie de montecito, como en una colina, donde según el Evangelista Juan, había mucha hierba. Allí Cristo dio alimento multiplicando ese alimento natural que es el pan, pero todo este capítulo sexto sigue hablando del pan, y del alimento.

Y resulta que en este mismo capítulo, pero ya a la altura del versículo 51 en el que nos encontramos; Jesús ya no está en la montaña, sino que está en la sinagoga. La sinagoga era el lugar de reunión de los judíos. Allí se congregaban para escuchar y meditar La Palabra de Dios; podemos decir para alimentarse con La Palabra de Dios.

Y en la sinagoga allá en Cafarnaúm Jesucristo sigue hablando del pan; allí donde los judíos se alimentaban con la palabra de Dios; Jesús predica y hace de su predicación un alimento espiritual, es decir, que llevamos dos alimentos que da Jesús.

El primer alimento es la multiplicación del pan para la vida del cuerpo. El segundo alimento es el pan de La Palabra; pero todavía Cristo nos habla de un tercer alimento, de un tercer pan, un pan maravilloso que dejó desconcertados a sus oyentes, porque dijo Cristo: “sino coméis la carne del Hijo del Hombre, si no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros”

Estas expresiones causan una inmensa extrañeza en la gente que lo estaba escuchando. Se escandalizaron, y el Evangelista nos dice que incluso "muchos de los que estaban andando con Él se retiraron" San Juan 6,66; pero Cristo no retiró sus palabras, aunque pudieran sonar, y suenan muy fuertes.

Cristo no retiró sus palabras, porque en verdad el alimento verdadero, el alimento que alimenta, el alimento de verdad es el mismo Cristo que fue preparado para nosotros; no en los hornos de la panadería, no en la imprenta como salen las palabras en los libros, sino que viene a nosotros desde el Amor entrañable de Papá Dios.

Por decirlo así: “Dios ha dado de sí mismo, y con su propia Carne y su propia Sangre nos alimenta para que tengamos la misma vida que Él tiene” Es decir que la lectura de hoy nos permite reconocer tres clases de pan: el pan material, que todos necesitamos mientras estemos en esta tierra; el pan de la Palabra, que ilumina nuestra inteligencia y que nos da esa sabiduría de la que nos hablaba la primera y la segunda lecturas.

Pero luego viene el tercer pan, ese Pan último, ese Pan que es alimento de verdad, el Pan de la Eucaristía, el Pan del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, en el cual, como nos dice Santo Tomás de Aquino: “Probamos a la caridad de Dios en su misma gente"; tres panes, y todos nos lo da Dios.

Tres panes, alimento para nosotros. Tres alimentos que son de gratitud, de súplica, de alabanza, y que son causa de vida en nosotros. El que se queda con el pan material tiene sólo la vida material; el que además del pan material recibe el pan de la Palabra y de la sabiduría, tiene manera de vivir en esta tierra; pero también eso termina su ciclo, muere, desfallece.

Hay un pan, el tercero, el más importante, es el Pan que vence a la muerte, porque es el Pan que nos da en alimento esa Carne glorificada de Cristo, la única que rompió los cerrojos de la muerte, porque no podía quedar bajo el imperio de la muerte Aquel que es la vida misma, Jesucristo.

Estas realidades a ¿qué nos invitan? Primero, a la gratitud por el pan de cada día, por el alimento en nuestras mesas, por el trabajo quienes tienen trabajo, por los campos, la agricultura, los campesinos, y quienes tienen este modo de producir y de consumir el alimento. Gratitud.

Gratitud por la educación; gratitud por la predicación; gratitud por la santa fe que llega a nosotros a través de las palabras; gratitud por la Eucaristía; gratitud enamorada por la Eucaristía; gratitud llena de adoración por la Eucaristía.

Porque en ninguna religión, oiganme bien, en ninguna religión se les ha ocurrido predicar una locura de amor tan grande como la que nosotros, los cristianos católicos, predicamos. En ninguna religión se les ha ocurrido decir que ninguna divinidad ha llegado a tanto, ¡a tanto! ¡Hasta el extremo de darse así mismo en alimento!

Por lo tanto, nosotros que tenemos esta santa fe hemos de vivir postrados ante el Señor, llenos de agradecimiento, llenos de amor, llenos de alabanza, gratitud.

En segundo lugar, mis queridos hermanos, estas lecturas nos invitan a hacer realidad lo que dijimos en el salmo; en el salmo dijimos una frasecita muy profunda: “gustad, y ve cuán dulce; cuán deleitable es del Señor” Salmo 33,9.

“Gustad” Salmo 33,9, esto se parece a las degustaciones. En algunos almacenes, para promover alimentos nuevos, dan degustaciones, y hay gente que se dobla en las degustaciones, la degustación es una prueba. "Gustad"Salmo 33,9, hermanos, quiere decir: “Tomadle el sabor, Saboread, y eso nos está diciendo el Espíritu Santo hoy.

Porque el Espíritu Santo fue el que inspiró la Escritura. El Espíritu Santo te está diciendo en este día: “Saborea, tómale el sabor y deléitate en el Pan de la vida. Tómale el sabor y deléitate en el Pan que Dios te da. Saboréalo". Aprender a saborear, esa es la segunda y última enseñanza que quiero sacar yo de estas lecturas.

Aprended a saborear. ¿Qué es saborear? Saborear es lo que hace una niña pequeñita cuando le dan un caramelo. Hay una diferencia entre comerse un caramelo, y tomarse una pastilla. Cuando a uno le dan la pastilla, uno busca tomar esa pastilla lo más rápido posible.

Y muchas veces cuesta trabajo que los niños se tomen las pastillas. Yo tengo un hermano al que mi papá tenía que decirle: “Abra la boca”, cuando mi hermano había abierto la boca, mi papá, con una puntería certera, le tiraba la pastillita que caía allá atrás en la garganta, y el pobre muchachito no tenía otra opción que pasarse la pastilla.

Así nos tomamos las pastillas, porque la mayor parte de las pastillas no tienen buen sabor; son remedios que nos tomamos, porque necesitamos salud. Pero si a este mismo hermano, o si a una niña le damos un caramelo, ¿la niña qué hace? Le da muchas vueltas en la boca, y le saca todo el sabor, y le puede durar ese dulce mucho rato en la boca.

La pregunta es: ¿tú cómo le recibes el Pan a Dios, como si fuera una pastilla, o como si fuera un caramelo? Cuando una persona viene a la iglesia con afanes: “Apure, Padre, resuma, termine; hay que irse; ¡ya!, se acabó esto; debe hacer una Misa más cortita”. La persona que obra así, está tomándose el pan de La Palabra como si fuera una pastilla: "¡Apure! ¡Rápido! ¡Entendí! ¡Resuma!" Eso es tomarse La Palabra de Dios como una pastilla.

Cuando una persona se sienta a comer, y resulta que es más agradecido un marrano que él, porque empieza, y no levanta la boca, -vamos a llamarlo boca del plato-, hasta que acaba todo, y no se le ocurre ni siquiera levantar su pensamiento hacia Dios; esa persona está recibiendo el pan material como si fuera una pastilla. En el sentido de que no le aprovecha nada para la vida del alma.

Cuando una persona, pienso yo, comulga, y treinta y dos segundos después se ha olvidado del regalo tan grande que Dios le ha dado, no tiene ni un momento de recogimiento para apreciar el regalo que Dios le hizo, esa persona no está comulgando, está tomándose una pastilla.

O sea que ¿cuál es la manera de comulgar? Hay que comulgar sin prisa, con amor, y dando tiempo para agradecerle Dios. Muchos de ustedes que van a comulgar hoy, han recibido también la absolución de sus pecados, porque en este Santuario se confiesa mucha gente.

Cuando usted reciba la Comunión, nola reciba como una pastilla porque, o si no, el sacerdote va a tener que hacer como mi papá: “tirarle la Hostia, y que se le pase rápido, y que se le olvide” Eso sería profanación.

Comulgue con amor, sabiendo qué es lo que está recibiendo. Saboree la misericordia de Dios. Agradezca en su alma el regalo maravilloso que Dios le da, el regalo inconmensurable de la presencia de Cristo reinando en su cuerpo y en su alma.

Recójase. Entre un momento para decirle al Señor: ¡gracias! ¡Gracias! Ese “gracias” que nace de un alma bendecida, agraciada y agradecida.

Por eso, mis hermanos, “¡gustad!” Salmo 33,9, Saborea lo que Dios te da, y descubrirás todo lo bueno que es Dios. Saborea lo que Dios te da; alábale, agradécele por todo lo que te da para la vida del cuerpo, para la vida del intelecto, para la vida del alma.

Agradece de todo, y verás todo lo bueno que es el Señor, y desde ahí, ¿qué? Pues a dar testimonio, a convertirnos nosotros también en alimento y fuente de vida para otros hermanos

Así nos lo conceda Dios, que merece todo nuestro amor y alabanza por los siglos.

Amén.