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Fecha: 20030810

Título: La humildad de Cristo y la humildad del Espiritu Santo

Original en audio: 25 min. 58 seg.


Como estamos en el tiempo de las comunicaciones, vamos a tomarle unas fotos a las lecturas que hemos escuchado. La primera foto es el pan que recibe Elías en la caverna. El hombre está en una crisis espantosa, sobre todo porque se ha quedado solo.

Él defiende la fe en el verdadero Dios, pero en ese momento esa opción no es popular sino todo lo contrario, es sumamente impopular. Primera enseñanza del día de hoy: muchas veces la fe va en contravía, muchas veces. Y muchas veces ir en contravía implica esfuerzo, desgaste, soledad.

Como no somos de bronce ni somos de concreto, nos cansamos y podemos tener momentos de verdadero abatimiento y depresión, como lo que tuvo Elías. Elías se deseó la muerte. Él se dejó dormir, pero en ese sueño deseaba morir. Pero Dios le hizo tres regalos.

Esta es la primera cosa: mire usted a Elías dormido; a su lado pan cocido a fuego, un Ángel que le entrega ese pan, que lo despierta para entregarle el pan. Bueno, no sabemos si el fuego era un fuego de la caverna o era fuego del Cielo, eso no lo sabemos, ni sabemos de dónde vino ese pan.

Pero Dios le regaló tres cosas a Elías, a Elías, deprimido, le regaló tres cosas: le regaló hambre, le regaló fuego y le regaló pan. Las tres cosas que levantaron a Elías fueron hambre, fuego y pan. Ustedes pueden pensar, tal vez, que el hambre era una cosa obvia, eso no es cierto.

Uno de los síntomas de la depresión profunda, como nos enseñan los psicólogos, es que la persona pierde el hambre. Y no es una coincidencia que este mundo en el que estamos, que es un mundo lleno de deprimidos, es también un mundo lleno de anoréxicos.

La anorexia y la depresión, aunque no son el mismo mal, sí tienen una relación. El estudio de la anorexia lleva a descubrir que la persona tiene gravísimas dificultades para aceptar y amar lo que es. El anoréxico tiene la tristeza infinita de nunca alcanzar lo que quisiera ser. Y por perseguirlo, a través de su figura hace incluso el ejercicio de dejarse destruir sin comer.

Hermanos, que Dios le regale a uno hambre, es un gran regalo. Porque, por ejemplo ustedes, amados del Señor, ustedes están aquí por hambre; es el hambre de la Palabra lo que nos ha traído. Es el hambre del paso de Dios, es el hambre de la bendición de Dios. ¡Qué bendición el tener hambre! Pero necesitamos que esa hambre no caiga en el vacío.

Necesitamos que a esa hambre le llegue pan. Y ese es el pan que Dios nos da: nos da el pan de la Palabra, nos da el pan de la Eucaristía, nos da el pan del perdón, de la compañía, de la bendición, de la unción. Jesucristo es el Pan vivo como hemos escuchado en el evangelio.

Dios nos da hambre y Dios nos da pan. Pero entre el hambre y el pan está el fuego. El libro Eclesiástico, cuando va a dibujar la figura de Elías lo presenta con estas palabras: “Un profeta como un fuego” Eclesiástico 48,1. Lo más bonito de este pan que el ángel le da a Elías es que es un pan cocinado por Dios.

Hay un fenómeno que alguna vez tendrá que explicarme alguien: ¿por qué hay comida que le dura tanto la temperatura? Por ejemplo el café. Claro que un café demasiado caliente puede ser ofensivo. Pero hay unos cafés que duran, y eso no se enfrían y no se enfrían, parece que tuvieran el fuego adentro. Hay comidas que no se enfrían; hay otras comidas que rápidamente pierden su temperatura.

Dios no solamente le metió en la boca a Elías pan, en ese pan le metió fuego. Le metió candela, le metió un incendio de amor. Y Elías se quemaba por dentro, Elías ardía por dentro. Ese también lo necesitamos: necesitamos ardor, necesitamos arder.

¿Qué es el celo? El celo por la causa de Dios ¿qué es? Es un nivel de amor. Es alcanzar un nivel de amor en el cual me interesa lo que pase con Dios, en el cual me interesa cómo queda Dios, cómo quedan los intereses de Dios ante el mundo, me interesa la causa de Dios. Eso es tener celo por la causa de Dios, eso es tener fuego.

Llevamos dos puntos, primero, ser cristiano, ser creyente implica una serie de contravías. Esas contravías en algún momento nos pueden llevar a la soledad, y la soledad y el desgaste a veces nos pueden llevar a la depresión. Esto es humano.

Pero lo interesante es ver como, segundo punto, Dios nos levanta de ese decaimiento, nos levanta de ese momento malo dándonos tres cosas: devolviéndonos el hambre, devolviéndonos el pan y devolviéndonos el fuego. Esto con respecto a la primera lectura de hoy.

Si sientes depresión, si sientes que tu lucha es interminable, si sientes que estás como patinando en el mismo sitio, si sientes que se te agotan las fuerzas, te digo de parte del Señor que eso es perfectamente explicable.

No tienes que castigarte por estar sintiendo eso. De pronto necesitas una visita como esta que el Señor le regaló a Elías. Pidamos que también a nosotros nos regale hambre de su Palabra, pan que calme esa hambre y fuego que nos haga ardientes en su servicio.

Pasemos al evangelio que tienen una gran relación con esa primera lectura. Es la continuación del capítulo sexto de San Juan, donde hemos venido escuchando sobre el pan de vida. El capítulo sexto de San Juan empezó contando la multiplicación de los panes, pero hay una característica en la versión que San Juan nos da de este milagro.

Este milagro lo cuentan los cuatro Evangelistas, pero en el caso de San Juan hay una característica muy interesante, y es que el milagro se prolonga, el milagro se extiende.

¿De qué manera? No se extiende en el sentido de que Cristo siga multiplicando más panes, sino más bien en el sentido de que Cristo toma ese milagro como una parábola, como un tremendo símbolo que termina ¿en qué? Termina en la imagen del pan del cielo, termina en la imagen del Pan de vida eterna y termina en la imagen de Él.

Él no sólo multiplica nuestros panes, sino que se vuelve pan nuestro; Él no sólo multiplica lo que nosotros le damos, sino que Él mismo se da a nosotros. Ese es el capítulo sexto de san Juan.

Pues bien, en ese capítulo sexto vamos recorriendo el discurso de Jesucristo y la oposición que va encontrando ese discurso. Por eso los judíos le critican y dicen: "Bueno, ¿no es este el hijo de José, no conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo viene ahora con que salió del cielo? ¡Qué cuento que salió del Cielo! Si nosotros sabemos de dónde salió" San Juan 6,42. No creen en Él.

Esta desconfianza es una cosa triste, pero una de las características del evangelio de San Juan es que las cosas tristes, es decir, los ataques que recibe Cristo se convierten en ocasiones de revelación.

Es decir, lo mismo que tenemos aquí. Aquí tenemos una imagen de Jesucristo en la Cruz. Mira, que hayamos herido a Jesucristo es una cosa muy triste, pero la sangre que ha salido de Cristo es una bendición inmensa. De manera que una cosa muy triste se convirtió en la fuerza para una revelación muy grande.

La sangre es nuestra esperanza. De manera que las heridas son nuestras, la sangre es de Él. Nuestras heridas hicieron salir su sangre, pero la sangre es finalmente el mensaje que lava la maldad causada por nuestras heridas. Esa es la lógica que sigue el evangelio de Juan.

En el caso presente del evangelio de hoy, le han mostrado desconfianza, eso es triste. Le son escépticos, eso es triste. Pero el escepticismo de esos hombres, que es como una herida en el alma de Cristo, hace brotar un manantial de revelación, que es lo que escuchamos hoy.

Y de todo lo que se podría decir, quiero subrayar especialmente una frase, mis amados hermanos. Esa frase es de lo más misterioso, pero también de lo más bello que tiene el evangelio de Juan. Vamos a tratar de entenderla con la ayuda que nos dé el Espíritu Santo.

Jesucristo dice: “No critiquéis, no murmuréis. nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado” San Juan 6,43-44. Ahí está el misterio y ahí está el secreto en esa frase. Y más adelante dice: “Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende, viene a mí” San Juan 6,45.

Tratemos de entender esa frase que de alguna manera es el corazón del texto del evangelio de hoy. “Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende, viene a mí” San Juan 6,45, dice Cristo.

Entonces, ¿qué será? Todo el que escucha ¿qué? Pues no es todo el que escucha a Cristo, porque Cristo está diciendo esto. A ver, aquí está Cristo, aquí estoy yo. Cristo me dice: “El que escucha lo que dice el Padre y aprende, viene a mí” San Juan 6,45, entonces hay una voz del Padre que me lleva hacia Cristo. Ese es el diamante de hoy, esa revelación.

Hay una palabra del Padre que me lleva hacia Cristo, aunque Cristo mismo es la Palabra. Porque de hecho, el evangelio de Juan es el que ha llamado así a Jesucristo. “En el principio existía la Palabra” San Juan 1,1, y luego dice: “la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” San Juan 1,14.

Cristo es la Palabra, pero yo necesito de una palabra interior que es la que me pone en camino para que yo oiga a Jesucristo Palabra del Padre. “Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende, viene a mí”. ¿Qué es escuchar lo que dice el Padre? Jesucristo no se está refiriendo ahí a un discurso ni dicho por Él ni dicho por los discípulos de Él.

“Todo el que escucha lo que dice el Padre”. Se refiere a esa instrucción interior de la que nos habla por ejemplo el Salmo quince. “De noche me instruye internamente” Salmo 15,7, dice el Salmo.

Hay una enseñanza interna, una enseñanza superior, una enseñanza que Papá Dios nos mete adentro y que nos pone en camino para aceptar la enseñanza exterior, que es la Palabra de Cristo.

Si esto les suena muy raro, con la ayuda de Dios tratemos de explicarlo un poco mejor. Dios Padre quiere que yo me acerque a Cristo, pero Cristo tiene para contarme cosas que son muy difíciles de aceptar. “Pero si yo conozco a José y yo conozco a María, Jesús es el hijo de José Y María”.

Así sentía y decía toda la gente de aquel tiempo, obviamente. “Conozco a José, conozco a María, Jesús es el hijo de José y María, y ahora viene diciendo: Oiga, vengo del Cielo. No, no, no, eso es muy difícil, es muy difícil”.

Y cuando Jesús me dice que perdone a los enemigos; y cuando Jesús me dice: “Si tú crees, harás obras mayores que las que yo hago” San Juan 14,12; y cuando Jesús me dice: “Oye, mi carne es verdadera comida” San Juan 6,55, ¿yo qué pienso? "No, eso el Señor se ha vuelto loco, eso es demasiado".

Jesucristo tiene para decirnos cosas tan grandes que son demasiado para nuestros oídos. Yo creo que Jesús se entusiasmaba hablando, predicando, pero en la Última Cena hubo un momento en el que se frenó, y les dijo a los discípulos: “Yo quisiera decirles más cosas, pero veo que no pueden” [[:Categoría: ]]. Quién sabe cuántas cosas más quería decir. Y no las oyeron porque no podían.

Jesús tiene cosas grandes, cosas maravillosas para decirnos; Jesús quiere contarnos que Dios puede habitar en nosotros, transformarnos, deificarnos. Cristo tiene misterios sublimes para hablarnos, pero nuestros oídos zumban, como dice el Antiguo Testamento, retumban.

Y hay un momento en el que no somos capaces de entender. ¿Qué necesitamos? Como ese misterio, como ese discurso sublime de Cristo nos desborda, necesitamos una palabrita interior, una palabrita que nos persuada, que nos convenza.

Todo alumno vive una crisis, la crisis de salir de la ignorancia. “Yo eso no lo entiendo, ¿lo podré entender?” El salto entre no saber y llegar a saber es un salto siempre incierto, siempre inseguro.

¿Quién me garantiza a mí que yo podré entender eso algún día? Necesitamos una voz que nos acompañe por dentro, una voz que nos diga: “Un día vas a entender, sigue escuchando, sigue oyendo, por ahora tú no entiendes cómo es lo del perdón, por ahora tú no entiendes cómo es lo de la carne que es verdadera comida, por ahora tú no entiendes que la sangre sea verdadera bebida, por ahora tú no entiendes muchas cosas, pero mira, no te vayas, sigue escuchando".

Necesitamos esa voz, esa voz cariñosa, que algunos teólogos dicen que es como la voz materna, como la voz de la mamá. ¿Ustedes han visto a las mamás tratando de convencer a los hijos para que vuelvan al colegio? Muchos niños han tenido crisis: "¡No vuelvo al colegio, ya no vuelvo a ese colegio!" ¿Y por qué no vuelve? Porque se siente incómodo, porque no entiende, porque no se siente aceptado.

Necesita una voz materna que le diga al niño: “Bueno, espera, tranquilízate, cálmate, ven, vamos a hacer otra cosa, vamos a jugar un rato”.

Y después de que juegan un rato y después de que conversan llega un momento en el que toca volver al colegio, y entonces hay una voz como materna que dice: “Mira, es un colegio donde te sientes un poco solo y tal vez no te gusta, pero ve”.

Esa aceptación de seguir sin entender esa es la voz del Padre a través de nuestro corazón, es la voz del Padre adentro de nosotros, invitándonos a decir: “Mira, todavía no entiendes muchas cosas de mi Hijo”. Libertad, lo llama el Padre celestial hablando con Santa Catalina.

"Tú no le entiendes muchas cosas, pero mira no huyas, no te vayas, no te vayas, espera, trata, come lo que puedas hoy, entiende lo que puedas hoy y ya irás entendiendo mejor". Esa es la voz del Padre que nos va persuadiendo, que nos va convenciendo.

Si Jesucristo es la Palabra del Padre, esa voz interior del Padre ¿qué es? Es la acción previa del Espíritu Santo, es la acción preparatoria del Espíritu de Dios. Esta parte me encanta, me gusta mucho.

¿Qué es lo que hace Papá Dios? Papá Dios dice: “Necesitamos conquistar este corazón”. ¿Qué hace Papá Dios? Nos manda un mensaje exterior que pueden ver nuestros sentidos, como la carne de Cristo, como oír el Evangelio. Nos manda a Cristo, esa es como una mano. Esta es una comparación frecuente en los Padres de la Iglesia.

Nos manda a Cristo, esa es como una mano, pero nos envía en secreto, nos persuade en secreto con la acción del Espíritu santo que se mete en nosotros y nos va empujando hacia Cristo.

Es decir, hermanos, la teología de este evangelio de hoy es muy sencilla, la podemos enunciar como “la teología del sandwich”. Dios nos salva en sandwich. Con esta manita nos empuja hacia acá y con esta manita nos empuja hacia acá y quedamos ahí en sandwich.

Esta manita es Cristo que se presenta ante nuestros ojos, que hace maravillas por nosotros, que nos fascina, que nos seduce, pero que también nos desborda. Esa es esta manita.

Y esta otra manita es la acción del Espíritu Santo que nos va diciendo “Mira, qué cosa tan linda es Cristo, mira qué hermosura lo que ha dicho, y si no entiendes, no te preocupes, sigue, no te preocupes”, y va empujando y va empujando.

Y entre esta manita que lo va empujando a uno por dentro, y esta otra manita que te va presentando la imagen de Cristo, ahí va uno que dando como en sandwich, Dios nos va agarrando como en sandwich.

Y uno cree que fue solamente la acción de Cristo, pero Cristo es lo suficientemente humilde para decir: “Nadie puede venir a mí, si el Espíritu Santo, si la voz del Padre, si la enseñanza del Padre no lo persuade” San Juan 6,44.

Este sí que es el fondo del misterio, hasta donde alcanzo a ver yo. Lo que nos cuenta este pasaje de hoy es la humildad de Cristo y la humildad del Espíritu Santo. Mira la humildad de Cristo que dice: “No, si la obra no es mía, yo soy sólo un lado del sandwich, la obra no es mía”. Y mira la humildad del Espíritu Santo que permanece oculto.

La persona del Espíritu Santo es adorable, es tan linda. Mira cómo el Espíritu Santo obra en nosotros, pero sin revelarse Él; el Espíritu Santo no se revela Él, sino que nos revela, nos encanta, hace que nos encantemos, que nos fascinemos, que nos enamoremos de Cristo. El Espíritu Santo se nos entra sin permiso por designio del Padre.

Se nos entra sin permiso y empieza a fascinarnos, empieza a mostrarnos todo lo bello que es Jesús, todo lo grande que es Jesús.

Y cuando decimos: “Yo no le entiendo, yo me olvido, yo mejor me voy a retirar”, el Espíritu Santo, la voz secreta del Padre en el corazón humano le dice: “No, ten paciencia, mira, ya casi va a acabar la homilía, ten paciencia”. Eso dice el Espíritu Santo: “No te preocupes, espérate tantico que ya casi acaba, espérate un momentico”.

Y el Espíritu Santo lo va empujando a uno por dentro y así Dios lo mete a uno en un sándwich. Por aquí el Espíritu Santo que me empuja, y aquí Cristo que se me aparece. Por más gordo que sea el fulano, finalmente queda en sandwich, queda atrapado en el amor de Dios.

Así nos redime Dios: con la acción del Espíritu que nos encanta interiormente, y la acción de Cristo que nos ilustra y nos desborda y nos maravilla exteriormente. Y así nosotros vamos descubriendo el misterio de Cristo. Por eso, yo les pido el favor, no nos pongamos bravos cuando una persona no puede creer o cuando una persona no acepta una parte de la fe.

Los protestantes, en su inmensa mayoría, no aceptan el milagro de la Eucaristía, no lo aceptan, no alcanzan. Jamás nos pongamos bravos con ellos, nunca, nunca disgusto, jamás desprecio, prohibida la violencia, nunca.

Lo que tenemos que pensar es que si nosotros le quitamos las trabas exteriores a las dificultades que ellos tienen para creer, y si oramos por ellos, una multitud, junto con nosotros, un día adorará la Eucaristía.

De manera, hermanos, que así nos convierte Dios, así obra Dios con nosotros, nos va persuadiendo, nos va empujando y nos va atrayendo. El Espíritu que empuja y Cristo que atrae, así funciona. Y vamos sintiéndonos atraídos por Cristo.

Finalmente quedamos abrazados por Dios, finalmente se cierra en el misterio del abrazo trinitario, se cierra ese amor, se cierra en un círculo que gira a velocidades infinitas, y nos sentimos embriagados de gozo, y sentimos que nos hemos encontrado con el que es nuestra fuente, nuestro camino y nuestra meta. En ese momento sentimos que Jesús mismo es nuestro alimento y que Él mismo es nuestro pan.

Amados hermanos, démosle gracias a Dios por lo que nos haya podido enseñar en esta reflexión. Acuérdate, vas en contravía. Vas a tener momentos de cansancio, es normal, eso está dentro del paquete, es normal, se entiende, eso va a suceder.

Dios es capaz de levantarte de esa depresión dándote nueva hambre, dándote nuevo pan y dándote nuevo fuego.

Y tercer punto: no te preocupes, Dios te está metiendo en un sandwich, tranquilo, no te preocupes, Dios te está metiendo en un sandwich: el Espíritu que te empuja y Cristo que te atrae.

"Tú déjate enseñar por Dios", dice Cristo; "tú déjate llevar, déjate enamorar por el Espíritu, déjate fascinar por Cristo y pronto descubrirás que estás danzando adentro del misterio de la Trinidad.