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Fecha: 19970622

Título: Cristo hace que nosotros dejemos de admirar el poder del mal y que empecemos a admirar el poder del bien.

Original en audio: 4 min. 26 seg.


Queridos Hermanos:

Comúnmente se dice al comentar este evangelio que Cristo calmó la tormenta, y eso es cierto, porque Él, como nos cuenta el libro de Job, le pone un límite a la arrogancia impetuosa de las aguas, ¿y quién manda sobre las aguas? Si son ciertas fieras que en una inundación o que en una tormenta, pues acaban, acaban con todos. Eso es cierto, que calmó la tormenta es cierto.

Pero a mí se me ocurre que podemos decir también de otra manera, y es que Cristo les entró la tormenta en el corazón. Mire que los discípulos estaban asustados por el viento, por el mar, por las olas. Y Cristo hace el milagro y quedan asustados: "¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!" San Marcos 4,41

En cierto modo Cristo les hizo pasar de un susto a otro susto, de una impresión a otra impresión, de una admiración a otra admiración. Ellos estaban asustados, impresionados del poder de las olas que iban a acabar con la barca. Y Cristo hace que queden admirados del poder del que hace callar al viento y a la tormenta.

Ellos estaban asustados porque no sabían en dónde se encontraban, y Cristo hace que se asusten porque no saben con quién se encuentran. Cristo hace que nosotros dejemos de admirar el poder del mal y que empecemos a admirar el poder del bien. Cristo hace que dejemos de escandalizarnos de que haya males, y empecemos a admirarnos de que haya bien.

En este sentido hay una continuidad con lo que hemos comentado con el libro del Apocalipsis a lo largo de esta semana en el retiro con estos nuestros hermanos. El Apocalipsis se resume o se puede resumir en esta expresión: "para no tener más miedo, para dejar de admirar el mal, para no escandalizarse más".

Porque ¿qué es el escándalo? El escándalo es un movimiento súbito del alma que queda presa de admiración por un mal inesperado, o muy grande, o muy fuerte. Nos escandalizamos ante la crueldad o ante la extensión o ante la profundidad de los males.

Pues Cristo hace que esa admiración de los males, que es como la admiración de los discípulos por esta tormenta, Cristo hace que ese susto se cambie por esa otra admiración, por esa otra impresión profunda que causa el poder de su palabra, el vigor de su amor, la cercanía de su presencia.

Para vencer el miedo, para no tener más miedo, para que ninguna tormenta nos quite la confianza en el Señor, para que toda nuestra capacidad de admiración esté puesta en Dios, para que jamás nos escandalicemos de que haya males; eso no es extraño. Lo extraño es que en esta tierra de males, como en esa tormenta de vientos y de olas, la voz de Cristo venza.

Se necesita un cambio de mentalidad, y esta palabra de Cristo puede hacerla por nosotros. Cristo puede traer en nosotros esa nueva mente para que nunca más admiremos el mal, sino que toda nuestra adoración y toda nuestra admiración esté en el poder, en la sabiduría, en la palabra y en el Espíritu del bendito Cristo, a quien sea la gloria por los siglos.

Amén.