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Revisión del 19:37 13 jul 2015

El Evangelio del día de hoy tomado del capítulo cuarto de San Marcos, nos habla del crecimiento del Reino de Dios, hay dos expresiones, dos comparaciones que nos da nuestro Señor Jesucristo, se trata de algo vivo, una semilla, algo vivo pero pequeño. Y podemos decir que los dos temas del Evangelio de hoy son el comienzo humilde y el prodigioso crecimiento del Reino de Dios, queriendo exponer este pasaje del Evangelio, conviene entonces dar alguna razón de por qué el comienzo es humilde y por qué el crecimiento es prodigioso.

Dios llega con humilde paso a nuestra vida, porque nuestra soberbia es lo que nos tiene bloqueados; como es la soberbia lo que ha cerrado el paso, entonces la humildad ha tenido que buscar su propio sendero. Miremos la humildad de Dios como una expresión particular de su paciencia y de su misericordia y por eso normalmente Dios llega a nosotros a través de aquello que es más humilde, más frágil o más herido en nuestra vida. Una persona puede ser muy inteligente y muy exitosa, pero la enfermedad de un hijo le hace sentir débil e impotente y a través de esa enfermedad, a través de las oraciones que hace por esa enfermedad, quizás llegue a un encuentro genuino con Dios; una persona puede tener muchísimo dinero, pero se siente vacío y a través de esa puerta de su necesidad, quizás esta persona un día se abre al amor de Dios.

Los comienzos del Reino de Dios, son llenos de humildad, porque nuestra soberbia aunque ha bloqueado muchas cosas todavía tiene grietas y Dios en su ternura ha querido acercarse por esas grietas a nuestro corazón, eso puede dar razón del humilde comienzo del Reino de Dios.

También hay que explicar el prodigioso crecimiento,y lo que hay que decir, es que lo mismo que nos cuenta el Primer Libro de lo Reyes cuando nos habla del profeta Elías, también cabe aplicarlo aquí, es decir; la acción de Dios es suave pero no es débil, es discreta pero perfectamente real, es humilde pero a la vez potente.

Este humilde Cristo cuando llega a nuestra vida, no quiere llegar como un visitante más, ni solamente para poner una capa de esmalte y disimular nuestras miserias. Cristo llega a nuestra vida como Señor para tomar el trono y asumir el único puesto que le corresponde y ese es el puesto de dueño y Señor de nuestra existencia. ¿Qué significa esto?, significa que una vez que el Señor se hace presente en nuestra historia desde ese trono y centro de nuestra vida, empieza a poner orden y cuando nuestros pensamientos se llenan de luz y nuestra voluntad se llena de su amor, entonces sí que las cosas caminan prontamente y es por eso por lo que el crecimiento del Reino de Dios en un corazón que acepta a Cristo, es siempre acelerado, inesperado y prodigioso, maravilloso, diría Santo Tomás de Aquino, es un crecimiento que responde no a la naturaleza humana, sino a la naturaleza de quien actúa, es decir a la naturaleza divina.

Contamos entonces con este humilde comienzo, pero contemos también con ese prodigioso crecimiento, imploremos al Señor que se digne visitar nuevamente nuestra vida y que haga maravillas del tamaño de su misericordia, de su poder y de su amor.