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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20000130

Título: Cristo quiere que se propague la Buena Noticia, no por medio terror, sino con la velocidad del amor

Original en audio: 11 min. 44 seg.


Las noticias terribles, las noticias patéticas, estrafalarias, estrambóticas, grotescas, vuelan.

Las noticias que se refieren a aquello que es desproporcionado, aquello que es particularmente sucio, allí donde el mal sobresale, esas noticias no faltan nunca en los periódicos, esas noticias no faltan en los medios de comunicación.

Notemos cómo este evangelio termina con algo que debería ser una buena noticia para nosotros: "La fama de Cristo se extendió enseguida por todas partes alcanzando la comarca entera de Galilea" San Marcos 1,28; se extendió la fama de Jesucristo, ¿a raíz de qué? A raíz de ese exorcismo realizado por la palabra de Nuestro Señor.

La gente que estaba ahí, presenció algo grotesco, algo terrible. En primer lugar, intentemos imaginarnos la escena: Jesús está enseñando y alguien interrumpe, con unos gritos de una voz que parece venir del más allá: ¿"Qué quieres de nosotros, jesús Nazareno?" San Marcos 1,24, una voz altanera, burlesca, grosera, penetrante, ácida, una voz que produce terror.

"Sé quién eres: El Santo de Dios" Marcos 1,24, pero ahí no hay diálogo, simplemente la sentencia pronunciada por los labios de Jesucristo, y luego ese otro grito pavoroso que revuelca al poseso: sale el demonio.

Eso, que es grotesco, que es estrambótico, eso impacta a la gente, y eso se convierte en noticia, y eso se va contando de una a otra parte.

Y rápidamente toda la comarca de Galilea supo que había sucedido ese hecho, ese hecho extraño, ese hecho deforme, exagerado, ese hecho estrambótico, estrafalario.

De modo que en la raíz de esa difusión de la noticia, está precisamente la fealdad de lo que sucedió. Fue lo feo, lo terrible, lo espantoso de la experiencia lo que causó que la gente hablara. Es un discurso, es una fama que se propaga en razón de lo espantoso. En últimas, es lo horrible, lo terrorífico del espíritu del mal lo que produce esa difusión, esa fama, esa noticia.

¿Le sirve eso a Jesucristo? Propiamente no. Lo que dijo el demonio por boca de este poseso no tenía nada de malo, excepto tal vez la primera pregunta o la segunda: "¿Has venido a acabar con nosotros?" San Marcos 1,24, es una pregunta retadora, cínica, pero luego dice: "Sé quién eres: El Santo de Dios" San Marcos 1,24.

En cierto modo, eso es una manera de proclamar el Evangelio, ¿le sirve a Cristo eso? No. ¿Por qué? Porque es una noticia que se propaga en razón de lo estrafalario, de lo horrible, lo exagerado, lo pavoroso.

Es la noticia del pavor. La noticia del pavor se difunde rápido, pero no cambia a las personas. La noticia del terror se propaga prontamente, llega a todas partes, pero o toca los corazones. LLega muy pronto y se va muy pronto.

Esa no es la noticia que Cristo quiere que se propague. No es la noticia que se difunde por la velocidad del pavor, es la noticia que se difunde por la velocidad del amor.

Cristo quiere que se difunda el Evangelio por toda la comarca de Galilea; Cristo quiere que su fama se extienda en todas partes, pero no en razón de lo terrible, de lo pavoroso, lo estrepitoso, lo deforme, eso que provoca un impacto, un terror en el alma.

Cristo quiere que se difunda su fama y que llegue hasta el último rincón pero por una fuerza buena, no por la causa del espíritu de tiniebla, sino por la fuerza, la gracia, la hermosura del Espíritu de luz.

Cristo quiere que esto mismo que hoy hemos escuchado en el evangelio: "Su fama se extendió por todas partes" San Marcos 1,28, Cristo quiere que esto suceda, pero que suceda no en razón del pavor, del terror, sino en razón del amor.

De acuerdo con ese dato fundamental, podemos comprender el lugar de la primera lectura. Las primeras manifestaciones de Dios ante su pueblo, fueron manifestaciones pavorosas.

Decía la gente que estaba ahí: "Vimos la montaña retumbando, echando humo y en llamas" Exodo 2,19 y la gente, llena de miedo, dijo: "Que ya no nos hable más Dios; háblanos tú, Moisés" Exodo 2,19.

Y por eso Dios, en esa primera lectura que hemos oído hoy, la del Libro del Deuteronomio, promete un profeta que va a hablar sin ese estrépito de truenos y sin ese espectáculo de luces y retumbar de montañas.

Sí, esa noticia de lo estrepitoso, se difunde; todo el pueblo de Israel, con las rodillas temblando, decía: "Sí, sí, Él es el Señor" Exodo 19,16-18. Pero esa confesión, arrancada por medio del miedo, no ha rozado el corazón de esos hombres. El tiempo pasa, todos prometen que van a ser fieles a Dios, y todos traicionan a Dios.

Por eso Dios anuncia un profeta que va a hablar a escala humana, un profeta que va a tocar al hombre, un profeta que va a llegar a su corazón, no es el profeta del estrépito, dice Isaías: "No voceará, no clamará por las calles" Isaías 42,2.

Cristo es el Profeta, pero no el Profeta del estrépito; la fuerza de su persuasión no está en convertirse en una amenaza potencial para nosotros, sino en una potencial salvación para nosotros.

El increíble atractivo de Jesucristo viene a reemplazar el impacto que producían los truenos o que producía la estentórea voz del poseso. Cristo no quiere voces estentóreas, Cristo no quiere gritos de posesos, no quiere montañas en llamas, Cristo quiere llegar al corazón y desarmar al corazón. Y por eso manda a callar a este poseso, y por eso su palabra sólo se vuelve imperiosa, para que ese método quede cancelado.

No es por el deslumbre del poder, es por esa otra metodología, que a nosotros nos puede parecer débil, pero que en últimas es la más eficaz: la metodología del amor.

Los que estamos aquí, casi todos o todos estamos comprometidos con la evangelización, estamos comprometidos con la evangelización, ¡y a veces quisiéramos tener poder, tener cornetas grandes, tener montañas en llamas! Cuando vemos cómo se difunde el mal y con tanta fuerza, los números son siempre impactantes.

Por ejemplo: número de programas evangélicos, en contraste con númeero de programas católicos; velocidad con la que están creciendo las iglesias satánicas, comparado con velocidad con que están creciendo las iglesias cristianas; aumento de la legislación anticatólica en los países de tradición católica, versus retroceso de los católicos en los países no cristianos.

Todos esos números son humillantes para nosotros y para nuestra fe. Es una humillación, por ejemplo, que en el país donde está el Papa, en Italia, el aborto aprobado; son humillaciones, humillaciones de la Iglesia. Es humillante ver, en cualquiera de estas cifras o indicadores que he mostrado, lo mal que quedamos, lo débiles que somos.

Y en esos momentos nosotros quisiéramos montañas en llamas, retumbar de truenos, humaredas impactantes; quisieramos tener una fuerza que dejara a la gente estupefacta; quisiéramos tener algo como el poder que tiene el mundo para convocar y para difundir su fama en todas partes.

Y Cristo, sin embargo hoy, lo mismo que hace veinte siglos, lo que nos está diciendo es: "Mi método no es ese; mi método no es la acumulación de poder; mi método no es el deslumbre del poder; mi método no es la exacerbación del poder y del ansia de poder en el corazón humano; mi método es distinto, mi estilo es otro".

Y ese estilo, ese otro etilo de Cristo es el que va a conducir, finalmente, por la senda de la misericordia hasta la realidad de la Cruz.

La montaña del Sinaí, con todo su impacto, esa montaña que hizo llorar de miedo a los hebreos y decir: "Que ya no nos hable más" Exodo 20,19, ahora se convierte en ese humilde monte, el Calvario, donde en lugar de esos truenos espantosos, lo que encontramos son los gemidos de oración de Jesucristo, la manera como perdona a sus enemigos, como promete el cielo a un criminal, y como se encarga piadosamente de su Santísima Madre.

Ese es el monte donde Cristo reina, ese es el modo como Cristo quiere reinar. Y así como del Sinaí salieron los israelitas a prometer que iban a ser fieles y no lo cumplieron, así nosotros, convencidos, no en nuestros sentidos, sino en nuestro corazón, por ese nuevo Sinaí que es el monte Calvario, recibimos de Dios la fuerza para ser verdaderamente fieles.

No se puede ser fiel a base de terror; la fidelidad sólo tiene su fuente, tiene su arroyo escondido en el principio del amor, y ese es el que tiene Cristo en la Cruz.

Y entonces nos corresponde a nosotros llegar a esa montaña, entender que ese es el Profeta del que ya hablaba el Deuteronomio, ¿qué dirán los judíos sobre esa lectura? No tengo ni idea.

Entender que es es el Profeta que estaba anunciado, ese es Dios hablando a escala de los hombres, ese es el reaplandor, ese es el humo, ese es el retemblar de piedras, que ya no transforma tanto lo que ven nuestros ojos, sino que quebranta y convierte lo que hay en nuestros corazones.

Seducidos por ese estilo de Jesucristo, cautivados por el poder, enamorados por el poder de amor y de misericordia de esa Cruz, nosotros llevamos un anuncio nuevo. Nos toca hacer lo mismo que dijo el evangelio de hoy, pero ya no llevando una noticia de terror, sino llevando la aterradora noticia de un amor que no tiene límites.