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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20030126

Título: Una vida responsable conduce a una muerte en esperanza

Original en audio: 7 min. 18 seg.


La palabra que más se destaca en las lecturas de hoy, es la palabra conversión. Jonás predica la conversión en Nínive. Jesús predica la conversión en Galilea, y atrae a algunos pescadores mejorándoles el oficio, para que ayuden a predicar la conversión. Cristo quiere que redes nuevas colaboren en recoger la pesca maravillosa, la pesca para el Reino.

Detengámonos un poco, sin embargo, en la primera lectura, la del Profeta Jonás, para subrayar una idea que creo es interesante y provechosa. El mensaje de Jonás es casi brutal: "Dentro de cuarenta días, Nínive será arrasada" Jonás 3,3-4.

Ni siquiera habla de los pecados de Nínive. No les dice explícitamente que se conviertan. Sólo muestra el rostro espantoso de un castigo, el peor que se podía imaginar: "Dentro de cuarenta días, Nínive será arrasada" Jonás 3,3-4.

Y el espanto, el horror de ese destino que ya se les viene encima, causa un efecto saludable en los ninivitas.

Porque, aunque no se les dijera expresamente que cambiaran su forma de vida, el Texto Sagrado relata: "Creyeron en Dios, proclamaron un ayuno, se vistieron de sayal, grandes y pequeños" Jonás 3,5. "Vio Dios sus obras, cómo se convertían de su mala vida, y tuvo piedad" Jonás 3,10.

Lo que llama la atención, es cómo mostró el destino. ¡Los libró del destino! Éso es lo que quiero destacar. ¡Es una gracia particular! Ver hacia dónde va uno, lo hace a uno libre de escoger otro camino. Y así fue como obró la predicación de Jonás. Mostrando el destino de Nínive, libró a Nínive de ese destino.

Y esto tiene una doble aplicación: en primer lugar, para conocer las estrategias del enemigo de nuestra alma, y en segundo lugar, para contar con esa herramienta en nuestro servicio a la Palabra de Dios.

Nos dice Santa Catalina de Siena, que el enemigo trata de mantenernos con los ojos vendados mientras avanzamos vertiginosamente hacia el abismo. Durante toda esa travesía, durante toda esa rebeldía y apartamiento de Dios, es como si el pecado no importara.

Pero, de repente, a las puertas de la eternidad, el demonio quita la venda, para cambiar la despreocupación en desesperación. Hasta hacía un instante, pecar no importaba. "Ahora es muy tarde. ¡Tu pecado es demasiado! ¡No hay nada que hacer! Estás perdido".

La estrategia del demonio, entonces, la resume Santa Catalina en esas dos palabras: despreocupación en la vida y desesperación ante la muerte. ¡Interesante! Ese es el estilo del enemigo: una vida despreocupada, para llegar a una muerte desesperada.

Por consiguiente, la conversión es lo contrario. Si el demonio quiere que llevemos una vida despreocupada, nosotros llevamos una vida que se ocupa de los intereses de Dios, que toma en serio la Palabra de Dios.

Él quiere una vida indolente, una vida irresponsable, coronada por una muerte desesperada. Pues, nosotros respondemos a eso, con una vida responsable para una muerte esperanzada. Una vida irresponsable conduce a una muerte en desesperación. Una vida responsable conduce a una muerte en esperanza.

Y por eso, durante la vida es necesario quitar el velo, para que se vea a qué destino me estoy enfrentando. Una vez que la vida se llena de la conciencia de ese destino, se vuelve una vida responsable. Y una vida responsable recibe las bendiciones de Dios, convirtiéndose en una vida esperanzada.

Este es el recurso que nosotros tenemos que utilizar en nuestra evangelización. Denunciando los males, quitamos el velo que cubre el destino hacia donde va la sociedad, hacia donde va la familia, hacia donde va el mundo.

Es una labor ingrata. Es una labor malentendida, criticada, que recibe todo tipo de indiferencia, agresividad y burla. Es la vida que, por ejemplo, corresponde llevar al Papa. Tiene que mostrar una y otra vez el rostro del destino hacia donde está yendo el mundo.

Pero, al mismo tiempo, mientras se muestra el horroroso destino, el que conduce a nuestro pecado, hay que mostrar el maravilloso final al que conduce nuestra esperanza, al que conduce el amor, al que conduce la gracia de Dios.

Un evangelizador sabe mostrar las dos cosas. Sabe mostrar el horroroso destino de nuestros pecados y el maravilloso final de nuestra esperanza. De esa manera, quita la venda mientras vamos caminando en la vida, y abre la esperanza cuando llegamos a la muerte.