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Fecha: 19970309

Título: La Palabra que da vida

Original en audio: 11 min. 31 seg.


Queridos Hermanos:

La Palabra de Dios nos va alimentando, pero también va aumentando el hambre. En esto se diferencia el alimento que Dios nos da del alimento material.

Cuando uno tiene hambre, físicamente hablando, come hasta saciarse. Y si sigue comiendo, llega el momento en que siente fastidio del mismo alimento, repulsión. Le repugna lo que antes quería.

Esto sucede así, porque cuanto más se come, menos hambre queda. Y esto sucede así, porque el hambre material, el hambre física, es como una señal que da el organismo de que necesita ayuda, auxilio, energía, para crecer, para desarrollar sus actividades. No obstante, necesita solamente éso.

El alimento material que recibimos, sirve para sostener la vida. Mas, no la da; la sostiene. Sostiene una vida que ya existe. Por eso, no sirve darle alimentos a un cadáver. Porque, el alimento material sostiene la vida, pero no la produce.

En cambio, el alimento espiritual que es la Palabra de Dios, el alimento espiritual que es el Verbo de Dios, Cristo, Nuestro Señor, aquí en la tierra y en el Cielo, es una Palabra que como dice el Salmo, "da vida" Salmo 19,7.

Y por eso, es una Palabra que alimentando, produce su propia hambre. Despierta el hambre al mismo tiempo que la sacia.

Si Dios, por su gracia y por su gloria, nos concede la visión beatífica, la bienaventurada visión del Cielo, lo que entonces experimentaremos, se parece a alguien que cuanto más come, más hambre siente. Pero, al mismo tiempo, cuanto mayor es su hambre, más recibe.

Sin embargo, no hay tiempo en el Cielo. Y por tanto, cuando utilizamos descripciones temporales de la Bienaventuranza, como decir, alguien que come y siente más hambre, o alguien que se alimenta y en su alimento encuentra su propia hambre...

O, cuando decimos que en el Cielo se canta, o se danza, o se proclaman las alabanzas de Dios, no estamos haciendo una descripción de los acontecimientos de allá, sino tratando de poner en nuestro lenguaje el llamado de amor que Dios nos ha hecho manifiesto en Jesucristo.

De ahí que con su Palabra, Dios ya en esta tierra nos va alimentando y nos va dando hambre.

Pasa lo mismo que con la conciencia. Note usted que cuando una persona dura mucho tiempo sin confesarse, si se le pregunta: "¿Usted por qué no se confiesa?", la persona dice: "¡No tengo de qué! No robo, no mato, no le hago el mal a nadie. Procuro vivir bien. No me meto con nadie. ¡No tengo de qué confesarme!"

Por el contrario, aquella persona que se va acercando a Dios, como que la misma luz le ayuda a ver el mugre de su alma. En una casa en tinieblas, todo parece ordenado y uno no puede decir dónde está el desorden. Parece ordenado, porque no se ve el desorden. Parece limpio, porque no se ve la suciedad.

Pero, cuando llega la luz, y eso nos cuenta el evangelio, "cuando llega la luz" San Juan 3,19, la persona se va dando cuenta de sus propias fallas, de sus propios errores y pecados.

Por eso, viene a suceder que Santos muy grandes, como por ejemplo, Santo Domingo de Guzmán, encontraban en su conciencia, formada, límpida, delicada, motivos de reconciliación con Dios.

Porque, esas almas eran como cristales ya muy limpios, que al ser heridos por la luz, mostraban claramente en dónde está la suciedad, en dónde está una mancha, en dónde está un error.

La Palabra de Dios nos va alimentando y nos va dando hambre, va mostrando la suciedad y la va limpiando. Nos dice que estamos enfermos, pero nos cura.

Y así se diferencia del alimento material, que sólo sirve para sostener una vida que ya existe.

La Palabra de Dios va creando la misma vida que va alimentando. Va levantando al que estaba caído y poniendo a andar al que era paralítico.

Da la luz al que estaba ciego, y conduciéndolo, lo lleva a esa tierra que fue prometida a Abraham y que en definitiva, sólo logramos a través de Jesucristo; a esa gloria en la que el universo entero reconoce a su Creador, a su Autor.

No obstante, para hacer este recorrido, se necesita primero como despertarse. San Agustín, cuando describe su propia conversión, dice estas palabras elocuentes, como todas las suyas: "Me di cuenta de que había un alimento para comer, pero que yo no era capaz todavía de comerlo". Y así, se puso en movimiento.

El papel de las lecturas y de las predicaciones de Cuaresma, es que cada uno de nosotros haga un descubrimiento semejante. Que cada uno descubra cómo también hay prometido a nuestro ser, un alimento que no somos capaces todavía de comer.

Y Agustín dice que sintió una voz en su interior que le afirmaba: "¡Crees que me comerás!"

Si se logra que a través de esta Palabra que hemos escuchado y a través de estas palabras que con la gracia de Dios predico, usted se despierte a una vida santa, usted se despierte a una vida digna de su Creador; si se consigue que usted deje de pensar que no es malo y empiece a preguntarse qué sucedería si usted fuera bueno, se ha alcanzado la Cuaresma.

Porque, ese es el objetivo de este tiempo de conversión. Y para animarnos en ese despertar, hay que levantar los ojos hacia el amor grande de la Cruz.

Uno no se da cuenta de todo lo egoísta que uno es, hasta que se encuentra a alguien que verdaderamente ama. Y todos somos buenos, o nos creemos buenos, hasta que encontramos a alguien que es realmente bueno.

Luego, las personas que hacen algo grande por la humanidad, nos hacen reflexionar sobre nosotros mismos.

Cuando uno piensa en el tamaño del valor de aquellos que le han dado la libertad a un país; cuando se piensa, por ejemplo, en que Alejandro Magno, el gran conquistador, murió de la misma edad de Cristo, -unos treinta y tantos años tendría-, y había conquistado tierras, tierras y kilómetros, de pronto uno se mira a sí mismo y se descubre como un gran mediocre.

Cuando se piensa que Albert Einstein, a la edad que yo tengo, ya había sacado las conclusiones fundamentales de su teoría de la relatividad que cambiaron nuestra concepción del mundo, uno se siente como un torpe que ha perdido mucho tiempo.

Cuando se leen los deportes, por ejemplo, en la prensa, o se miran en la televisión, y se descubre la tenacidad, el arrojo, la agilidad de personas que son más jóvenes que nosotros, tal vez uno siente que está desperdiciando la vida.

Cuando yo me pongo a pensar en que Santa Teresita, Teresa del Niño Jesús, aquella monja carmelita de clausura, cuyo centenario de nacimiento estamos celebrando, murió a los veintitrés o veinticuatro años de edad, llena de amor de Dios, llena de celo por la salvación de los hombres, con una claridad inmensa sobre el mensaje de la Redención, uno siente que uno es un gran mediocre en su vida espiritual.

¡Es necesario pasar por esa sensación! Es necesario despertarse y dejar de decir: "Yo no soy malo", para preguntarse: "¿Por qué no soy mejor?"

El problema no es dejar de ser malos. El problema es empezar a ser realmente buenos.

Multitud de jóvenes, de Santos, y en otro plano, de héroes, de científicos, de militares, de deportistas, de artistas, nos invitan a salir de nuestra mediocridad.

Pero, antes que todos ellos, el más joven y el más arrojado, el más bello y el más fuerte, el más Santo y el más grande, Jesucristo, Nuestro Salvador, muerto en su juventud lleno de amor en una Cruz, es el gran reto a nuestra mediocridad.

Es el que puede levantar nuestra mirada como "se levantó la serpiente en el desierto" San Juan 3,14.

Y es Él el que puede convocar todas las fuerzas de nuestro ser, para dar un paso en firme hacia eso grande y bello que se llama la santidad.

Fijemos por un instante de silencio nuestra mirada en la Cruz de Jesucristo. Descubramos en ese Joven, -porque Cristo murió joven-, en ese Joven muerto en la flor de su vida, lo que significa amar, amar hasta el extremo.

Dejemos que esa luz y ese amor nos despierten del valle de nuestra mediocridad y nos lleven a una vida más perfecta, más digna, lo que Dios pensó para nosotros cuando nos creó.

¡Un momento, entonces, de silencio, para mirar así la Cruz, para admirarla, para adorarla, y para descubrir ahí, detrás del velo del dolor, la inmensa belleza de la realidad del amor!