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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20000326

Título: Nosotros, que somos templos de Dios, necesitamos ser purificados por Cristo.

Original en audio: 17 min. 42 seg.


Hermanos:

Jesús hizo una purificación del templo, una purificación un poco drástica, a fuerte; tiró la plata por el suelo, volcó las mesas; estaba como energúmeno. Poseído de una ira santa. Purificó el templo, ¿para qué? Para que por lo menos esa pascua, -era tiempo de pascua- para que por lo menos esa pascua fuera limpia.

Jesús conocía el templo desde hacía muchos años. Lucas nos cuenta que fue con sus padres, -siendo todavía un niño, prácticamente-, al templo.

Había soportado muchas veces ese espectáculo grotesco, pero un día ya no se aguantó más y como un vendaval, como un torrente de fuego; ¿cuál sería la impresión que causó la mirada de Cristo en aquel momento? Purificó ese templo y dijo: "No sigáis haciendo de la casa de mi Padre, un mercado" San Juan 2,16

Esta actitud de Cristo tan firme, tan clara, puede asustarnos o impresionarnos al principio, pero en realidad esta actitud de Cristo es una buena noticia para nosotros.

¿Quién, leyendo este evangelio no siente ganas de ser ese templo y que venga Jesús y limpie? Seguramente esas purificaciones duelen, seguramente desconciertan; pero por lo menos así tendremos una pascua limpia, por lo menos una.

La pascua de Cristo, esta misma pascua que se iba a celebrar, fue la pascua en que lo mataron, la pascua en que murió en la cruz. La pascua de Cristo, esta pascua que Él la limpia fue la pascua de la cruz, la pascua de su muerte.

Tú también has celebrado muchas veces la pascua, han pasado muchas cuaresmas por tu vida, y ya se acerca la Semana Santa. Esa pascua hermosa, celebrada con toda la Iglesia, significa mucho, pero sobre todo te recuerda que te espera una pascua: la tuya, la de tu muerte; y que Cristo quiere que esa pascua de tu muerte sea limpia.

Cristo limpió el templo para que la pascua de Él fuera limpia. A ti te espera una pascua: la pascua de tu partida, la pascua de tu muerte. Anticipada por el Bautismo, anticipada por cada celebración de la Eucaristía, por cada momento de conversión.

Pero hay una pascua, una sola, la definitiva en tu vida. Así como Cristo, aunque celebró muchas pascuas, sabía que había una que era la definitiva. Y para esa pascua definitiva quiso purificar el templo.

¿Qué concluimos de aquí? Que nosotros, que somos templos de Dios, necesitamos ser purificados por Cristo.

A veces, como sacerdote, debo acercarme a los enfermos que están próximos a morir. Yo les cuento que la mayor parte de mi trabajo como sacerdote dominico es asunto de profesor. Dar clases a los frailes, predicar a grupos de laicos; soy un profesor básicamente.

Y yo le he pedido a Dios, y me lo ha cumplido, le he pedido que me acerque a los enfermos. Porque un profesor tiene que ver con los marcadores, -ya no se utiliza tiza-, marcadores borrables y tableros, tiene que ver con salones de clases y pupitres, tiene que ver con computadores y bibliografías, y a veces no ve este dolor de la muerte.

Por eso, hace unos años le pedí a Cristo, que cuando Él quisiera y como Él quisiera, me acercara a los enfermos y a los moribundos, porque sé que Cristo se hace muy presente en esos momentos.

Cuando va llegando la hora de la muerte, va llegando la hora de la pascua, y Cristo hace esto: purifica. A veces de una manera terrible, a veces de una manera incomprensible. Más de una vez uno llega donde el enfermo, como me pasó con una enfermita de cáncer.

Estábamos hablando, conversando, de pronto ella no pudo seguir la conversación por un espantoso dolor motivado por su enfermedad. Unos minutos después se retorcía terriblemente en la cama. Eso es muy duro. Yo pensaba en todas mis clases, en todos los libros que he leído, en todo lo que he tratado de predicar y sentía que ninguna palabra servía en ese momento.

¿Qué le puedo decir a una persona que sabe que se va a morir y que está sufriendo un dolor que no le deja ni pensar? ¿Qué le puedo decir?

Me enfrenté aquella vez a la impotencia, que es lo que muchos de nosotros hemos vivido ante la enfermedad y ante la muerte. El rostro de la persona que sufre se transforma. Como yo no podía hablar, sí podía mirar.

Yo vi muchísimo dolor ahí, y era todo el dolor de la enfermedad. En esa vida había habido muchos dolores, muchos, y ahí estaban como reunidos. Los ojos míos se encuentran con los ojos de esa enferma, y efectivamente, murió a los pocos días.

Esa experiencia a mí me ha puesto a pensar cuál es la solución que nos da el mundo. Muy fácil: "inyectémosle alguna cosa y que se muera y ya no sufra; matémosla". Esa es la eutanasia. Y a eso lo llaman "morir dignamente". "¡Matémosla!".

Un amigo mío, sacerdote franciscano, decía que la eutanasia era la "urbanidad para matar". "¡Matémosla!". "Matémosla", ¿para qué? Para que esos ojos dejen de preguntarnos a nosotros, para que esa voz deje de interrogarnos y quebrantarnos a nosotros.

Ante la experiencia de ese dolor yo pensaba: "¿Qué tiene sentido aquí y ahora?" Yo estoy de acuerdo, si una persona no tiene fe, si una persona no cree en Cristo, lo único que se le puede ocurrir es: "Mátenme, mátenme, acaben conmigo, no quiero más este dolor".

Pero el dolor del enfermo que muere, el dolor del templo donde se daña el negocio, y el dolor del purgatorio, se parecen. Estos son dolores que dirigen al corazón de los bienes pasajeros de este mundo, hacia los bienes eternos, los bienes del cielo.

Cristo derramó el dinero, no lo cogió, no le interesaba el dinero ese. Cristo causó esa escena, ese dolor ahí. Purificó ese templo. Mis hermanos: nosotros necesitamos acercarnos a Dios con un corazón puro, y un corazón puro es un corazón dirigido hacia Él, limpio de todo lo que a Él no le gusta. Sólo así tendremos una pascua limpia, una muerte santa.

Uno siente cobardía de ser purificado. Yo sé que Dios ha limpiado por el dolor a muchas personas. En este momento me acuerdo de un tío mío, hermano de mi mamá. Un hombre que aprendió lo que nunca había aprendido, en los últimos meses de dolor. Pero uno es cobarde, uno no quiere.

Esto me lleva a contarles de dónde surgió esta inquietud de un congreso que hablara y que tuviera que ver con las almas del purgatorio. Todo empezó con un sueño, un sueño dormido, porque hay sueños despiertos.

En ese sueño yo caminaba por una montaña y llegaba a una caverna donde vivía un anciano ermitaño, un hombre que me parecía muy piadoso. La caverna era grande, y yo fui hacia la parte de adentro para guardarme del frío y del viento de la noche.

Después, en el sueño, me dormí, y estando dormido en el sueño, oí unas voces lejanas. Me desperté en el sueño, pero no me desperté del sueño, y me fui caminando hasta la puerta de la caverna. Allí estaba el ermitaño mirando a lo lejos, orando.

Y vi luces, como esas que ustedes tienen en las manos, y oí un lamento, un dolor que no cabe en ninguna palabra, y vi que avanzaban esas especies de luces abajo de la montaña en que estábamos. Iban caminando lentamente, y le pregunté al ermitaño: "¿Esos quiénes son?" Y dijo él: "Esos son los no amados, son gente a la que nadie quiere".

Eso sí que me partió el alma: "Gente a la que nadie quiere". Cuando eso sucedió yo todavía no me había ordenado sacerdote. Esa impresión quedó grabada en mi alma. Porque pensé dos cosas: primera: cómo es de serio el amor: si Dios nos ha amado hasta el fondo, Dios pide de nosotros una respuesta hasta el fondo.

Y con su gracia, sabiendo de nuestras culpas, orando formándonos en la fe, es posible, sí, es posible, sí, dar una respuesta hasta el fondo. Eso significa ser santos.

Pero por otra parte, pensé en ellos, y pensé, que yo, que he visto morir gente en medio de terribles dolores, que he visto niños retrasados mentales, extranjeros, pobres, leprosos, pervertidos, asesinos, guerrilleros, paramilitares, todo género de personas, nunca vi tanta miseria como la que vi en esos seres, porque no pueden hacer nada por ellos mismos, y porque muy poco reciben amor.

Cuando hace un año se pudo celebrar este primer congreso, sentí que una partecita de la deuda de amor que yo tengo con los difuntos estaba por decirlo así, pagada. Hermanos míos: la vida es seria, el amor de Dios es grande. Dios nos quiere santos para santificarnos, Dios quiere purificarnos.

Aceptemos con amor y desde el amor, el fuego de Dios que nos purifica. Roguemos por nuestros hermanos que ya han muerto, y pidámosle que cuando llegue esa pascua, la de cada uno, el templo esté limpio, para que Jesús, cuando vierta su Sangre en nosotros, haga resplandecer la gloria del Padre Celestial.

Amén.