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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20060312

Título: La mejor manera de encontrar paz es entregar a Dios lo que uno mas ama

Original en audio: 19 min. 15 seg.


A veces para comprender mejor algunos textos de la Biblia necesitamos ayuda de la historia o de la arqueología, en fin, como ciencias auxiliares que nos ayuden, por ejemplo, a situar estos textos dentro de su contexto: ¿qué podía estar sucediendo en aquel tiempo, por ejemplo en el tiempo en el que vivió Abrahán? Abrahán vivió más o menos en el siglo XVII a.C.

Y en esa época y en el lugar donde él estaba que corresponde a lo que hoy es Irak y luego pues un poco de lo que es Israel todo en torno al golfo Pérsico. En esa región no había propiamente países, no había naciones, lo único que había era tribus, distintos grupos familiares y la vida estaba llena de incertidumbres, llena de angustias, una vida que además era muy corta.

Los científicos han llegado a la conclusión de que en el tiempo en el que vivió Jesús, hacia el siglo I, la expectancia de vida era de unos cuarenta, cuarenta y cinco años. El promedio de vida al morir, queremos decir, estaba en esa edad. Eran vidas cortas; además muchas familias, era un caso frecuente, perdían a muchos de sus hijos.

No existía nada de lo que hoy nos parece tan normal a nosotros: que las vitaminas, y la sal yodada y los antibióticos, nada de eso existía, entonces moría mucha gente en la infancia y también a una edad relativamente temprana.

Además, la gente envejecía muy pronto; ese sigue siendo el patrón en algunos países. Me dicen, por ejemplo, que en la India sucede así. Es una raza muy hermosa, pero relativamente pronto la gente envejece; entonces hacia los cuarenta y cinco años aparentan una edad mucho mayor, incluso si viven más.

Estas anotaciones sirven, porque en medio de toda esa incertidumbre, de ese tiempo y de ese lugar, pues las personas se aferraban a la religión que tenían y trataban de tener éxito en sus proyectos, en sus empresas, empezando por el lugar de vivienda.

Para nosotros hoy, las ciudades son cosas que están ahí ya garantizadas, uno sabe dónde están las ciudades. Dónde puede estar Guatemala o Panamá o Santa Cruz o Bogotá o Dublin o París o Nueva York; Ahí ya están las ciudades.

Pero las ciudades alguien las tuvo que fundar. Y las ciudades no estaban fundaddas en esta época, entonces ellos estaban un poco en esa incertidumbre, y era frecuente que al fundar una ciudad se hicieran sacrificios a los dioses, pidiendo que el agua no se fuera a acabar, por ejemplo.

Si nos ubicamos en esa parte del Medio Oriente, pues sabemos que el agua siempre ha sido más bien incierta. Entonces, que el agua no se fuera a acabar, que las fieras no fueran a devastar la población, que no llegara una plaga, que no llegaran los enemigos.

Nosotros estamos relativamente mejor, contamos con las Naciones Unidas y contamos con unos sistemas de autoridad y de Fuerzas Armadas que producen una sensación de seguridad; quizá estamos engañados, pero uno supone que no cualquiera va a llegar a arrasar, a violar, a matar, porque sí.

Y en cambio esa era la situación en esa época. La violencia del clima, la violencia de las plagas, la violencia de los ladrones; y así ha sido la mayor parte de la historia del mundo. Hasta relativamente pronto.

El otro día leía que en la Italia del siglo XV era muy frecuente eso: que había todo tipo de desmanes y violaciones y atracos; y en general, en la mayor parte de la Edad Media y bien entrada la Edad Moderna la gente no podía viajar sino apostando su propia vida porque no había quién garantizara, no existía una policía, lo que nosotros hoy entendemos por policía o por ejército.

Toda esta introducción tan larga es para que tratemos de meternos en la mente de estas personas. Ellos no tenían nada ni a nadie. Y en esa angustia ellos se aferraban a lo que consideraban eran las fuerzas superiores; y tratando de agradar a esos dioses ofrecían sacrificios.

Y claro, se supone que cuanto más es lo que se le quiere pedir a un dios, pues más grande tiene que ser el sacrificio.

Entonces era muy común en lo que es hoy la Tierra Santa que llamamos, era muy común que se hicieran sacrificios humanos. Podemos imaginar un pequeño grupo de personas; uno oye que una ciudad podían ser doscientas, trescientas personas, eran casi campamentos. Si la cosa funcionaba bien, podía crecer más.

Imaginémonos a uno de estos jefes que está al frente de doscientas o trescientas familias por dar un número, y está tratando de fundar una ciudad y a ver dónde se establecen, dejar un poco la vida nómada, pero él no sabe nada del clima, no sabe nada de fieras, no sabe de inundaciones, no sabe nada de ladrones, no sabe de nada.

Entonces, cuando echaban los cimientos de la ciudad, hacían las primeras casas, hacían sacrificios a los dioses, pidiendo a sus dioses que ese proyecto saliera bien, y como era de lo más difícil que una población prosperara, que un poblado prosperara, entonces era muy común que hicieran sacrificios humanos.

Y el jefe de la población y algunos otros aportaban de sus propios hijos, y algunos los degollaban y otros los quemaban vivos.

Este espectáculo grotesco, estas piras funerarias, que no eran funerarias sino sacrificiales en realidad, fue algo que Abrahán conoció, y ese fue el mundo en el que él vivió cuando Dios lo llamó para que saliera de su pequeño poblado, en Ur en la región de Caldea.

El único mundo que conocía Abrahán era ese mundo, un mundo durísimo, agreste, salvaje, rudo; un mundo donde la incertidumbre y el terror están a la orden del día. El mundo de la exageración y de la agresividad de la naturaleza y de la gente.

Y lo maravilloso de esta primera lectura es que Dios llama a una persona así. Dios no le podía decir a Abrahán: "Mira, dentro de treinta y cuatro o treinta y cinco siglos se van a declarar los derechos humanos y los derechos del niño.

Dios no podía contarle a Abrahán la filosofía o la teología o lo que nosotros hemos aprendido y que a nosotros nos parece normal. A nosotros nos parece normal que hay que respetar a la otra persona o las posesiones de la otra persona, la familia de la otra persona; eso no era nada normal aquí.

La mayor parte de estos pequeños grupos humanos vivían continuamente la tragedia de que un grupo invadiera al otro y el procedimiento normal era matar a los niños, matar a los hombres, quedarse con las mujeres, porque de lo que se trataba era eso: de multiplicar la especie a como diera lugar.

Y algunas de esas mujeres pues tuvieron que pasar por todos esos dramas y tener dos o tres dueños, dos o tres pueblos.

Es en ese contexto en el que podemos comprender lo que significaba este sacrificio humano, ése era el mundo de Abrahán; comprender el mundo de Abrahán: en mundo lleno de muerte y de sorpresas espantosas y lleno de agresividad.

Y a ese hombre Dios lo llama para una historia nueva, y de ese hombre Dios va a sacar el pueblo de la Alianza. Y de ese mensaje que tiene que caminar mucho, de ese mensaje, pues, recibimos nosotros; de ahí viene nuestra fe, por eso llamamos a Abrahán, nuestro padre en la fe.

Abrahán entonces está buscando a Dios, está tratando de escuchar la voluntad de Dios, el llamado de Dios; pero podemos decir que entre sombras, o podemos decir: en medio de mucho ruido Abrahán está tratando de descubrir quién es Dios. Ese Dios al que él no puede imaginar; ese Dios que es único porque no hay más dioses. Esto lo descubre Abrahán.

Y en medio de todo ese ruido y toda esa confusión y toda esa penumbra, Abrahán siente que tiene que darle a ese Dios todo.

Tratemos de apreciar, mis hermanos, la grandeza del acto de Abrahán. Por supuesto que matar a un niño nunca será una cosa de aplaudir.

Pero si ya uno entiende un poquito este contexto, uno ve que Abrahán en medio de esta confusión tan espantosa y en medio de ese mundo tan terrible, lo que estaba buscando era unir la gente de todo corazón, hacer un pacto de total obediencia a un Dios que él apenas empezaba a escuchar, apenas empezaba a entender.

Además, pues ya sabemos que cuando la Biblia dice que Dios dijo, pues usualmente yo creo que casi nunca significa que Dios diera un dictado o le mandara un archivo en mp3. Abrahán no tenía cómo oír así la voz de Dios; era como un discernimiento, es una búsqueda.

Y en medio de esa búsqueda él comprende que tiene qué darle todo lo que más ama. Lo único era que su esperanza. Lo único que es su alegría darlo a Dios.

Y lo maravilloso es que de ese acto de Abrahán van a nacer muchas cosas buenas y nosotros podemos aprender mucho de ellas. Lo primero: Abrahán queda como liberado de sí mismo. La mejor manera de encontrar paz es entregar a Dios lo que uno más ama, porque sólo en manos de Dios uno puede encontrar el verdadero sentido de la existencia.

Cada uno de nosotros tiene su propio Isaac. Algunos de ustedes son padres de familia y pueden pensar, por ejemplo, en sus hijos. Entregar un hijo a Dios no es solamente si el hijo se va para un seminario o se va para un convento.

Entregar un hijo a Dios es entender que primero es de Dios antes que que mío, y Dios sabrá lo que hace. Y ese acto es liberador.

Abrahán, si uno mira el conjunto de este pasaje, los capítulos anteriores y posteriores, uno ve que Abrahán relamente queda como liberado, Abrahán entrega a Isaac, lo que más podía amar en esta tierra y de ahí en adelante tiene una experiencia de amistad, de cercanía, de alegría en Dios que es maravilloso.

Entonces, la primera lección es esa: cuál es tu Isaac, puede ser un hijo que tú tienes o hija o puede ser otra cosa; puede ser tu dinero, o puede ser tu libertad, o puede ser no sé, cada uno de nosotros aprecia algo. O puede ser la inteligencia o un proyecto que tienes, no sé, una empresa.

El acto de entregarle a Dios de corazón no significa destruirlo porque fíjate que finalmente no hubo que matar a Isaac. Pero ese acto interior de entregarle a Dios lo que uno más ama es un acto liberador, porque en el fondo lo que hace ese acto es restaurar el reinado de Dios en mi corazón.

Si yo lo que más amo es una empresa que tengo, tengo una empresa de zapatos, mi empresa es mi vida y yo madrugo para trabajar en mi empresa y hacer mucho dinero con mi empresa.

Pero un día le entrego esa empresa a Dios y digo: "Señor, que suceda en ella lo que tú quieras, como tú quieras, en ese acto yo estoy diciendo: Tú, Dios, Tú, señor, vas a ser el primero en mi vida, más que mi empresa de zapatos".

Lo mismo tienen que decir los papás con respecto a los hijos, y lo mismo tienen que decir los artistas con respecto a sus obras y los escritores con respecto a sus libros: "Primero tú, Señor, te entrego eso; estás tú en primer lugar".

En segundo lugar, es maravilloso en este sacrificio de Abrahán, que finalmente el sacrificio no se completó, finalmente hablando. El corazón de Abrahán sí entregó a Isaac, pero el niño no fue sacrificado, no fue asesinado.

Pero luego ustedes ven que lo más alto que hay aquí en medio de nosotros es la cruz que nos está recordando que Dios no se deja ganar en generosidad por nadie. Abrahán no tuvo que entregar a la muerte a Isasac, en cambio Dios sí entregó a su Hijo hasta el extremo de la muerte.

Eso no significa que Abrahán sea mejor papá que Dios, sino significa que en la donación que Jesús hace de su propia vida obedeciendo al Padre, ahí está la máxima manifestación de amor.

Si hoy encontramos este pasaje de la transfiguración en el evangelio, donde Dios llama a su Hijo: "El Hijo amado" San Marcos 9,7, es para que comprendamos que verdaderamente en Jesús está la máxima expresión de amor; en Él, en Jesús.

¿Por qué a nosotros los cristianos nos resulta tan importante la cruz? Porque en la cruz se ha manifestado el amor hasta el extremo. No se puede tener más amor que ese: entregarlo todo hasta la misma vida.

Entonces, cuando uno relaciona a Abrahán entregando a Isaac y Dios entregándonos a su Hijo amadísimo y mostrando así lo que es el amor, uno entiende para dónde van estas lecturas: estas lecturas van de camino hacia la Semana Santa, de camino hacia la Pascua.

De lo que se trata aquí es de entender cuál es el verdadero rastro y el verdadero rostro del amor. El amor es así, el amor es esa entrega absoluta, total; eso es lo que encontramos en Cristo.

Y aquí también entendemos cómo entra la segunda lectura de hoy. Nos dijo San Pablo: "El que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿no nos concederá con Él toda clase de favores?" Carta a los Romanos 8,32.

Lo grandioso de que Dios haya dado a su propio Hijo, es que ahí disipa toda duda de nuestra mente y ahí entendemos que podemos esperarlo todo de Dios. Dios me ha dado tanto que puedo esperar en Él; Dios me ha dado tanto que puedo confiar en Él; Dios me ha dado tanto que puedo descansar en Él.

Es muy importante descansar en Él; es muy importante descubrir que uno sí puede apoyarse en el Señor; que el Dios que nosotros tenemos es el Santo en medio de su pueblo, y no un enemigo a la puerta.

Nuestro Dios no es un Dios espía mirando a cuándo uno se equivoca; nuestro Dios es el Dios que ha mostrado su amor hasta el extremo y ha manifestado ese extremo incluso en la donación de su propio Hijo.

Demos gracias a Dios por el sacrificio de Jesucristo, y aplicando este texto a nuestra propia vida, descubramos, hermanos, que sólo cuando entregamos a Dios lo que más amamos, encontramos nuestra verdadera libertad y encontramos la verdadera generosidad.

Ya hemos dicho en otras oportunidades esa expresión: "No le entregues a Dios una fotocopia de tu problema, entrégale el problema". Porque el problema que uno abraza y que uno sostiene es algo que en realidad es precioso para uno y una decisión que quiere tomarla uno.

Si uno verdaderamente entrega la libertad, y entrega lo que uno tiene, y entrega la inteligencia, y entrega la salud, y si uno dice: "Tú serás el primero en mi vida por encima de todo" entonces encuentra una tremenda paz, encuentra una tremenda alegría.

No es fácil, por supuesto, tampoco fue fácil para Abrahán, pero es el camino de la libertad y de la paz y de la generosidad.